LA ESPAÑA QUE ENVEJECE Y SE VACÍA

por elcantodelcuco

El mundo rural envejece y se despuebla de año en año. En realidad asistimos al final de una cultura milenaria, un verdadero cambio de época. La decadencia de la España interior es uno de los grandes fenómenos sociales e históricos de nuestro tiempo. Hasta aquí, ningún descubrimiento, pero un acuciante deber moral nos obliga a algunos a volver una y otra vez sobre ello, como el herrero en la fragua, intentando machacar las conciencias y alertar a la opinión pública y a los altos despachos del poder sobre este drama humano y sobre los efectos de este cambio radical de horizonte al que asistimos. Como dice el escritor irlandés Oliver Goldsmith, “las virtudes rurales abandonan el país”. No es seguro que estas virtudes tengan recambio.

De un tiempo a esta parte, ha aumentado considerablemente la nómina de poetas, escritores y sociólogos, jóvenes y viejos, que se ocupan del problema de la despoblación. Rara es la semana que no aparezca un libro nuevo, más o menos interesante, sobre el particular. Abundan, entre piezas de cierto valor literario, relatos localistas que no conviene despreciar y que ayudan sobre el terreno a levantar acta de lo que está pasando y de lo que se está perdiendo. Se cuelan también pastiches de éxito literario momentáneo, pero de corto alcance, -no me hagan hablar- sin pizca de compasión, que se aprovechan de la penosa situación para vender ejemplares y que no ayudan nada a resolver ni a iluminar el problema. En todo caso asistimos a un rebrote de la literatura llamada ruralista. Y esto acarrea que historias del mundo rural aparezcan con mayor frecuencia en los medios de comunicación de alcance nacional, en muchos casos por lo que las ruinas o las costumbres antiguas tienen de pintorescas. Esto hace también que los poderes públicos se remuevan un poco en sus asientos y prometan planes ambiciosos, aunque estos se diluyan pronto, con el paso de los meses, hasta que llegue la siguiente convocatoria electoral con los nuevos presupuestos bajo el brazo. Todo se reduce mientras tanto a pequeñas ayudas y a algunos parches. Y vuelta a empezar. Sin un plan global que haga frente al gran desequilibrio demográfico de las “dos Españas”.

No hace falta comprobar con datos estadísticos lo que está pasando. Basta con acercarse a los pueblos para ver que la España rural sigue vaciándose. Recorrer las calles solitarias, sin un alma ni un animal, sin un niño ni un mozo, y encontrarse, si acaso, con una persona mayor encorvada bajo el peso de los años. Eso en el caso de que quede alguien y no sea todo una ruina. Pero, por si alguien piensa que exagero, he aquí las últimas estadísticas oficiales que han llegado a mis manos: Los pueblos de menos de 2.000 habitantes -casi todos los de Soria, sin ir más lejos- han perdido desde 1970 prácticamente la mitad de la población. Del 11 por ciento se quedan en el 5.9 por ciento de la población total de España. Y también decaen los municipios rurales intermedios, los que tienen entre 2.000 y 10.000 habitantes. Esto es especialmente llamativo en Castilla y León. Ahora no sólo se van los jóvenes, que no encuentran alicientes para seguir en el pueblo, y los de mediana edad, sino también los mayores de 65 años. Por ley de vida, muchos de estos se van muriendo. De año en año sólo aumenta la nómina del cementerio. Las defunciones superan abrumadoramente a los nacimientos. Pero además muchos ancianos que han resistido hasta ahora no aguantan más la soledad, los achaques y el abandono. Se van a una residencia o a la casa de los hijos en la ciudad a ayudar, de paso, con la pensión. A fecha 18 de enero último, en 5.686 municipios rurales vivían 773.249 mayores de 65 años, con no pocas necesidades que cubrir. Y en los pueblos pequeños la mitad del censo municipal ha superado ya la edad de jubilación. Este es el panorama. Los fríos datos oficiales no engañan, pero no alcanzan a reflejar el cúmulo de dramas humanos que tienen lugar en la España callada. “Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España” (Miguel Hernández).

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