LA LLUVIA AMARILLA

Vengo de Sarnago. He vuelto a ver desde la plaza, en una tarde clara y serena, la magia de la puesta del sol sobre la sierra de Oncala. Siempre que se acerca la noche de San Juan, la del solsticio de verano, la más corta del año, iluminada por las hogueras, una fuerza interior me empuja, quiera o no quiera, a las Tierras Altas de la Alcarama. El paso del fuego en San Pedro Manrique, si has tenido ocasión de contemplarlo de niño, se te queda grabado dentro para siempre. Por unos días la primavera, en estos páramos pobres y fríos, se muestra exuberante. El campo está de lujo. Los ribazos son un tapiz de flores, una policromía. Las lluvias de abril y mayo pintan este año buena cosecha, si no viene una mala nube. Por San Juan esperan el dalle las esparcetas y la hierba de los prados y blanquean las cebadas. Era cuando los cazadores furtivos salían al rayar el alba por las callejas con la perdiz de reclamo bajo el tapabocas hacia el chozo del cabezo.

En Sarnago he participado en un insólito acto cultural, organizado por la Asociación de Amigos del pueblo, con la plaza abarrotada. Más que una mesa redonda fue una mesa larga, interminable y variopinta, para rendir homenaje, con el autor presente, a “La lluvia amarilla”, de Julio Llamazares, al cumplirse treinta años de su publicación. La famosa novela es el monólogo de Andrés, el último vecino de un pueblo abandonado del Pirineo de Huesca. El protagonista recuerda la vida del pueblo y los vecinos que se fueron mientras, entre desvaríos, espera la muerte. En el caso de Sarnago, el último vecino fue, como se sabe, el Aurelio, el hijo del tío Luis, que murió en el hospital de Soria el 23 de abril de 1979, fiesta de los comuneros, a los 47 años de edad sin que nadie acudiera a recoger su cadáver.

La lluvia amarilla”, según ha confesado Llamazares y así figura en la entrada de mis “Historias de la Alcarama”, está, en cierta medida, inspirada en Sarnago, después de la impresión que le produjo el pueblo despoblado en aquella primera visita suya la víspera de San Juan al caer la tarde. Como todo el mundo sabe, la despoblación del pueblo y de la mayor parte de los pueblos de la comarca de la Alcarama se debió a la expropiación de las tierras para plantar pinos. La repoblación forestal causó la despoblación humana. En mi intervención, no tuve más remedio que recordar mi pública oposición a esta iniciativa del Gobierno franquista y mi duro encuentro con el gobernador civil un jueves del verano del 68. “Con esta repoblación, vamos a crear un emporio de riqueza en las Tierras Altas”, me dijo. “Lo que van a hacer ustedes -le repliqué- con la compra de las tierras, es vaciar de gente todos los pueblos de la comarca”. Siento haber acertado.

La novela está escrita con un rico y cuidado lenguaje poético. Trasciende el tema de la despoblación y nos habla, como digo, del paso del tiempo, de la soledad y, entre los desvaríos del protagonista, de la vida y de la muerte; es decir, de los grandes asuntos que afectan al ser humano de todos los tiempos. Por eso es un libro que no ha perdido vigencia, treinta años después, y que ha recibido el reconocimiento que se merecía en el lugar adecuado. En cierta medida fue el libro pionero de una literatura ruralista, que ahora, ante el drama de la despoblación, está floreciendo con fuerza. En la esquina de la plaza abarrotada de Sarnago, un pueblo oficialmente despoblado, había montado la librería Las Heras de Soria su tenderete de libros, y la gente acudía a comprarlos. Toda una imagen valiosa.

Esta reunión, tan significativa y peculiar, tiene dos derivaciones más: Ha sido una reflexión sobre el drama humano de la despoblación y un reconocimiento a la heroica lucha que lleva a cabo este pueblo de Sarnago, que es mi pueblo, contra el abandono y la resignación.

En fin, esta es la breve crónica de un acontecimiento singular. Todo invitaba a la alegría y a la esperanza. La tarde apacible, el tapiz de los campos, el hermoso atardecer azul, la representación teatral de la novela por la noche, el tenderete de libros entre las ruinas, la cercanía de la noche mágica de San Juan y hasta el camino preparado ya, por fin, para el asfalto. Pero yo ni siquiera llevé la llave para entrar en casa. Se van perdiendo las referencias. El paso del tiempo y la memoria, lo mismo que a Andrés, el último vecino de la festejada novela de Llamazares, nos deja más bien a la intemperie bajo “la lluvia amarilla” de las inminentes hojas de otoño.

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