El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: septiembre, 2018

LA PASTORA DE POBAR

La pastora de Pobar tiene 31 años, se llama Lorena Genzor y desde que cumplió los 25 ha vivido sola con sus ovejas y sus mastines en este pueblo vacío de las Tierras Altas de Soria. De un tiempo a esta parte le acompaña su novio y están a punto de ser padres. Por primera vez en cincuenta años va a nacer un niño en esta aldea despoblada y montuna, cerca de donde nace el Alhama, entre las sierras de la Alcarama, las Cabezas y el Almuerzo. Cuando esto ocurra, deberían repicar las campanas de todos los pueblos de alrededor, donde apenas queda tampoco un alma: Magaña, Villarraso, La Losilla, Carrascosa de la Sierra, Valtajeros, Suellacabras… Es una tierra áspera y quebrada, donde crecen la estepa, el sabino y el roble y encuentran cobijo y alimento la liebre y el jabalí. En el cielo vuelan majestuosos el buitre y el águila. Una carretera tortuosa, la SO-P-1001, poco transitada, que arranca de Magaña y llega hasta Soria, es la vía de comunicación con el mundo habitado.

Lorena nació en Aragón, en las altas tierras de Jaca, de familia ganadera. Desde niña sintió la atracción de la majada y la llamada del campo. Ella quería ser pastora. Cursó el grado superior de gestión de empresas agropecuarias y de recursos naturales y paisajísticos y se dispuso a cumplir su sueño. En el Pirineo los inviernos eran interminables y la nieve obligaba a tener encerrado el ganado semanas enteras. Necesitaba encontrar un sitio menos desapacible, con buenos pastos, con poca gente, en el que no hubiera otros rebaños. Y así llegó a Pobar, un pueblo semiabandonado, que en los largos meses de invierno se queda vacío. El alcalde pedáneo vive en Ágreda, a 36 kilómetros, y de vez en cuando se da una vuelta por la aldea. Lorena alquiló una casa, unas majadas y dos mil hectáreas de terreno del término municipal. Compró la primera punta de ovejas, que ella misma condujo desde Garray por las cañadas. Llegó a juntar seiscientas cabezas de ganado y se echó literalmente al monte. En el buen tiempo había gente en el pueblo, pero luego, cuando llegaron las nubes y el frío, se quedó sola. Dice que a ella no le importa la soledad. “Todo el mundo me decía que estaba loca -ha confesado-, pero yo era feliz”. Pasaba muchos días sin ver a un ser humano, pero no le importaba. Hace unos inviernos, el de la gran nevada, se quedó encerrada en casa sin ver a nadie en casi dos semanas. “¿Qué haría yo en una ciudad? ¡Me aburriría!”, asegura. A esta mujer no le asusta la soledad, le gusta.

A la pastora de Pobar, una mujer guapa, culta, de buena estampa y aspecto saludable, no le importaba, pues, vivir sola con sus ovejas. Disfruta viéndolas pastar, careadas en los ribazos o en las laderas del monte, acompañada de sus tres perros, Ori, Senda y Gordo, y con un libro en el zurrón. (Aquí, una confidencia personal: mi hija Sara, la de “Historias de la Alcarama”, tiene un perro de ganado, precioso, alegre e inteligente -”Duero” se llama-, que adoptó hace unos meses de cachorro y que, según he sabido ahora, era de Lorena). La cobertura del móvil es allí muy deficiente, no hay wifi, pero se las apaña con el “whatsApp” para estar conectada con el exterior. Así conoció a Jesús, su novio, un mocetón navarro, también pastor. El esquilador de las ovejas propuso hacer un grupo de “whatsApp” con pastores y se apuntó. Poco a poco trabaron amistad a distancia. Un día, para que salieran más baratas, decidieron comprar un lote de ovejas juntos. Y, al final, se enamoraron. Juntaron los rebaños -unas 1.200 cabezas- y Jesús no quiso que Lorena siguiera sola en el pueblo. Se fue con ella, formaron una familia, más de una noche cogieron una tienda de campaña y acamparon en el monte con las ovejas.  Y ahora, un día de estos, esperan un hijo (no han querido saber si será niño o niña). Es, como digo, el primer nacimiento en Pobar en medio siglo. Ahora piensan comprar una de las ruinas de la aldea y sobre ellas construirán una casa grande para ellos y para su hijo.

Esta es una de las historias más hermosas que he contado en “El canto del cuco” en estos seis años que se cumplen ahora.

LA COLODRA

Sarnago ha recibido el prestigioso “Premio Colodra” que concede la Diputación. Este premio tiene la gracia de que se decide por votación popular entre los distintos candidatos. Era la quinta edición y, por lo visto, la candidatura de la Asociación de Sarnago ha arrasado frente a las competidoras, que no eran mancas. Quiero decir que ha ganado limpiamente y sin discusión. El presidente de la Diputación en persona acudió a entregarlo en mano a José Mari Carrascosa en el marco de la Semana Cultural del pueblo. El presidente de la Asociación lo recibió orgulloso, como es natural. Le hubiera gustado, estoy seguro, que en el emotivo acto hubiera estado presente su padre, Pepe Carrascosa, amigo mío de la infancia, fallecido recientemente, que contempló la escena, complacido, desde más allá de las estrellas. Él ayudó lo suyo mientras vivió, y nunca se resignó al abandono. Suya es, me parece, la brillante idea de la calera. Déjenme que honre su memoria desde aquí. Nadie duda de que el premio es un reconocimiento merecido. En este caso, tiene además la gracia de que lo ha recibido un pueblo oficialmente deshabitado, pero que se esfuerza en seguir vivo. Hasta han arreglado el camino. Ya sólo falta la iglesia.

El galardón pretende destacar la labor de particulares o asociaciones en la recuperación o divulgación de valores relacionados con el folclore, la cultura popular y la tradición oral, o sea, lo que en “El canto del cuco” se conoce como recogida de los despojos de una cultura milenaria que se acaba. Es lo que vengo haciendo yo y lo que se hace, desde hace años, en Sarnago con un tesón admirable, que está resultando ejemplar. El rescate de la fiesta de las móndidas y el mozo del ramo, el museo etnográfico, las hacenderas, la calera, la espléndida revista anual, el rosario de actos culturales en la plaza del pueblo, remozada y acondicionada para ello como un anfiteatro antiguo, y la proyección en los medios de comunicación españoles y extranjeros (una impresionante foto de las pasadas móndidas con el rojo pendón delante ha merecido el honor de foto del día en “The Guardian”) parecen razones de peso para lucir la colodra.

No sé de quién fue la idea de ponerle el nombre de “Colodra” al premio de la Diputación de Soria. Pero a mí me parece un acierto. Es rescatar del olvido un humilde objeto que un día fue popular entre los campesinos y que no podía faltar en la cintura o en el zurrón de los pastores, sobre todo de los pastores trashumantes. El origen del nombre es latino. Si no me corrige el sabio Tejerina, viene de “colathus”, que quiere decir vasija. En principio se refería a una vasija de madera en forma de barreño que usaban los pastores para ordeñar las ovejas, las cabras y las vacas, algo así como la gamella. Después pasó a ser un vaso de madera, como una herrada, que servía para medir y vender el vino “al por menor”. En sitios como Cantabria llaman colodra a una especie de estuche de madera que lleva en la cintura, sujeto con correas, el segador de los prados. En esa colodra con un poco de agua guarda el segador la barra de pizarra con la que afila el dalle después de cada marallo. En Sarnago y en los pueblos de alrededor ese objeto colgado a la cintura del segador para afilar el dalle con la piedra era metálico, si no recuerdo mal. Allí la colodra propiamente tal era una pequeña vasija, un vaso de cuerno. Era un objeto labrado a mano. A veces primorosamente, con adornos a navaja. Tenía multiuso. Servía para portar la sal, beber vino, leche recién ordeñada o agua de las fuentes del campo. Como digo, la llevaban siempre consigo los pastores. Sea por su historia original o por lo que fuere, la colodra se suele relacionar con el vino. Si se dice de alguien que es una colodra, se quiere decir que le tira el vino o, por lo menos, que le tambalea. Y el “colodrazgo” era un derecho que se pagaba por la venta de vino al por menor, parece que porque se probaba antes en colodra o porque se medía con ella.

Llegados a este punto no queda más que brindar con un vaso de buen vino por el “Premio Colodra” que ha recibido Sarnago.