VIAJE EN TREN

por elcantodelcuco

La última vez que viajé a Soria en tren era verano y llegué de noche. Fue hace tres o cuatro  años y me hice el firme propósito de no volver a repetir la experiencia. Y lo he cumplido. Fueron, desde que salimos de la estación madrileña de Chamartín, casi cuatro horas de traqueteo, a una media de menos de sesenta kilómetros por hora. Pero lo peor fue el tramo final del recorrido desde que abandonamos la provincia de Guadalajara.  Al final, me quedé casi solo en el vagón, con una señora mayor enlutada y un agente de seguros. El tren, perdido en la noche, sin una referencia luminosa a la vista,  iba dando saltos y contorsiones. Llegué a pensar que en cualquier momento se pararía al pasar por la pradera de las brujas en Barahona y nos dejaría allí tirados.

Luego me enteré, por un letrero de Renfe en la estación, de que íbamos por una ruta inusual, una vía que nadie había arreglado desde antes de la guerra, porque estaban reformando la otra, la habitual. Supongo que es así. Pero lo cierto es que para viajar de Madrid a Soria en tren se sigue tardando más que a Zaragoza y casi tanto como a Barcelona o Sevilla. He aquí una de las razones por las que esta provincia se queda vacía. El servicio ferroviario es tan malo, si no peor, que a Extremadura, que ha tenido que alzar la voz últimamente por una serie de graves percances. Nadie pide un ave, ni falta que hace. Basta con un tren en condiciones, a la altura del siglo XXI.

Un corresponsal amigo, de origen extremeño, pero vinculado a Soria, me acaba de hacer llegar una información sobre la historia ferroviaria de esta provincia, de la que me voy a hacer  brevemente eco aquí. En 1985 el Gobierno, para ahorrar gastos, cerró las dos líneas trasversales que cruzaban la provincia. Dejó sólo la que va a Madrid, que, como queda dicho, ha seguido desde entonces en un lamentable abandono. Desde la famosa llegada del “rápido Ter” hasta hoy, la cosa no ha mejorado ciertamente. Ni hay mucha diferencia, en rapidez, con los viajes en tren de Antonio Machado –“siempre sobre la madera/ de mi vagón de tercera”. Con qué sorna acaba el poema: “El tren camina y camina, / y la máquina resuella,/ y tose con tos ferina. /  ¡Vamos en una centella!”. Aquellos trenes de humo y carbonilla eran más divertidos. Y más humanos. Por lo menos, adornaban el paisaje. Yo los vi con nieve en la estación de Soria con letreros en ruso cuando rodaron “El Doctor Zhivago”. Alguien escribió por entonces, en tiempo de Franco, con grandes letras en la tapia de la estación: “Viva Soria, libre”.

Decía que el Gobierno socialista se cargó las dos líneas ferroviarias trasversales. Una iba de Valladolid a Ariza y por ella circulaba el famoso “Shangay” de La Coruña a Barcelona y, sobre todo, los trenes de mercancías. La otra, que iba de Burgos a Calatayud, inaugurada en los años 30,  formaba parte del famoso proyecto Santander-Mediterráneo, una brillante idea de futuro, abortada por intereses bastardos y políticos incapaces. Mi interlocutor concluye: la salida de la madera de la comarca de Pinares se quedó sin transporte y los sorianos, sin manera de ir a coger el ave a Calatayud. Ni siquiera han puesto una conexión por carretera a pesar de infinidad de peticiones. Llegado a este punto, uno se acuerda, como una metáfora del abandono, de la casa del jefe de  estación de La Rasa, donde vino al mundo Marcelino Camacho, fundador de Comisiones Obreras, ahora cerrada y vacía. Allí pasó su infancia el entrañable sindicalista oyendo por la noche el pitido lejano del tren y el chirrido a su paso por la estación. Ahora sólo queda el silencio.

 

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