El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: junio, 2019

EL TIEMPO DE LA COSECHA

(Este breve relato aparece hoy en “La Razón” y a los seguidores asiduos de “El canto del cuco” le traerá a la memoria un paisaje dibujado aquí hace ya algunos veranos. Cuestión de reciclaje, algo siempre recomendable y más en estos tiempos de usar y tirar. En este caso se trata de un compendio de aquello corregido y puesto al día. A los niños les gusta escuchar el mismo cuento mil veces repetido; a los mayores nos agrada volver una y otra vez sobre nuestros pasos y nuestros recuerdos. Espero que no les importe. El cuadro que aquí se pinta, al que le he añadido algunos claroscuros y unas sutiles pinceladas de color, a lo mejor merece su atención y hasta un pequeño hueco en la sala familiar. La vida en los pueblos era una constante reiteración de historias conocidas.  También las televisiones reponen las series en verano, y los músicos repiten las mismas piezas un año tras otro cuando hacen el pasacalles en la fiesta del pueblo. Y todos, tan contentos).

Para alguien de las Tierras Altas como yo, las semanas que van de San Pedro a Santiago significarán siempre el tiempo luminoso y ajetreado  de la cosecha, y por San Bartolomé, cuando desfallece agosto, culminará el año agrícola. Compréndanlo, a estas alturas, la vida de uno depende de los cristales rotos de la memoria. Hace mucho que el rito de cosechar ha dejado de ser parte esencial de la cultura rural. Ya no hay segadores en los tajos con la hoz en la mano derecha y la zoqueta en la izquierda, ni manadas en el alto rastrojo recién segado, ni garrotillo en la faja para enfajar las manadas con vencejo de bálago, ni se verán fascales en las piezas ni hacinas en las eras. Hace mucho que no andan recuas de caballerías acarreando la mies sobre las artolas por los caminos polvorientos entre nubes de saltamontes, de tábanos, de moscas y de mariposas. Los trillos están arrumbados en las casas deshabitadas y nadie sabe cuántos años hace que se tendió la última parva y se amontonó luego el trigo en el somero sobre el que maduraban las olorosas manzanas de Aguilar del Río Alhama y las maguillas silvestres.

Un día vinieron los de los pinos. El Gobierno de entonces pagó comisiones para convencer a los campesinos de que vendieran sus tierras. La repoblación forestal, como tengo contado cien veces, produjo la despoblación humana de toda la comarca de la Alcarama. Las tierras de cultivo pasaron a dueños desconocidos. Después llegaron las máquinas, que se llevaron por delante los ribazos, esenciales para el ecosistema, que sostenían los bancales y daban cobijo y alimento a los animales, y arrasaron huertos y herrañes en aras del progreso. Los tractores y las cosechadoras acabaron vaciando del todo las cuadras y las casas. En los caminos dejó de verse el pausado caminar de los arrieros. Se acabó la dula. Cayó también el precio de la lana y desaparecieron de los pagos cosechados los rebaños de ovejas. Los aperos de labranza -el yugo, el arado, la albarda, el ataharre, el trillo, los serones, la bríncula…- quedaron arrumbados, pasto de la humedad, el óxido, los ácaros y la polilla. Poco a poco sus hermosos nombres se borrarán de los libros de texto, de las novelas modernas, de los relatos sincopados de Internet y de la cabeza de las nuevas generaciones, lo mismo que borra el mar por la noche, con la marea, las huellas humanas de la orilla y los castillos de arena que han construido los niños.

 

LO QUE NO HABÍA EN EL PUEBLO

Los más jóvenes no se lo van a creer. Y los más viejos van a recordar. No hace falta remontarse unos siglos atrás. Ni siquiera un siglo. Pongamos que hablo de hace 70 u 80 años. Justo después de la guerra. Es la época de mi infancia y lo recuerdo muy bien. Contaré hoy cómo se vivía en el pueblo. O mejor, daré cuenta de lo que no había y, a pesar de ello, mal que bien vivíamos y nos desvivíamos. Incluso, con tantas carencias y privaciones, uno recuerda aquel tiempo como una época feliz de su vida.

No había luz eléctrica. Tenía yo doce o trece años cuando la inauguró el gobernador. Fue un gran acontecimiento. Hasta entonces, y después con muchos apagones y restricciones, la gente se alumbraba con candiles de aceite o de petróleo, con rudimentarios faroles portátiles y más raramente con un cabo de vela colocado en una palmatoria. Las noches eran oscuras como boca de lobo bajo un cielo estrellado.

No había teléfono y nadie podía imaginarse entonces que un día la gente llevaría un móvil en el bolsillo y podría comunicarse con cualquier persona en cualquier lugar del mundo marcando unos números. Eso, y no digamos las aplicaciones portentosas de los portátiles inteligentes, estaba fuera de la comprensión humana. A mis abuelos, Internet les parecería ahora, si levantaran la cabeza, un invento del diablo o cosa de brujería.

En Sarnago no había radio ni televisión. Los primeros transistores tardaron años en llegar. Tampoco había aparatos para oír música. Don Joaquín, el maestro, se agenció una gramola con pilas, pero no había manera de que funcionara unos minutos seguidos. Nunca olvidaré la ilusión que me hizo, siendo monaguillo, acompañar a don Livino, el cura, con otros muchachos, a Matasajún, a una legua de camino, para oír en una casa, que poseía, por lo visto, la única radio de todos los alrededores -un enorme aparato de madera- un partido de España en el campeonato mundial de fútbol de Brasil. La voz del locutor llegaba tan entrecortada que era difícil enterarse de nada.

Tampoco había agua corriente. Se traía de la fuente, en cántaros, botijos y calderos. Las mujeres lavaban la ropa en el lavadero público o en el río. Las caballerías abrevaban en el pilón o bebedero. En casa no había cuarto de baño. No había ducha ni bañera ni retrete. Las necesidades se hacían en la cuadra, en la majada, en el pajar, en el corral o a la intemperie. No recuerdo que hubiera tampoco en el pueblo papel higiénico, un lujo que llegó mucho más tarde. Así que cada cual se las apañaba como podía. No había pasta de dientes ni champú. Debajo de todas las camas, eso sí, había un orinal.

En las casas no había calefacción. Sólo la lumbre de la cocina y el calor animal de la majada situada en los bajos. En el crudo invierno se calentaba la cama con la tumbilla -un calentador de cobre con rabo largo, lleno de brasas, o simplemente con el brasero entre las sábanas.

En Sarnago no había ningún coche, ni moto, ni carro, ni bicicleta. Se vivía como si aún no se hubiera inventado la rueda.

Todavía no se conocía el bolígrafo. Se utilizaba el lapicero y, en la escuela, la rudimentaria plumilla se mojaba en el tintero, encajado en el pupitre.

En fin, tampoco existía el plástico. No se conocía. No recuerdo ningún objeto de plástico. No había envoltorios de plástico. Nadie usaba bolsas de plástico. Tampoco se esparcían herbicidas ni pesticidas. Las malas hierbas se escardaban a mano. Y el aire, eso sí, estaba limpio.

 

 

LOS OLORES DE LA INFANCIA

A Chiqui, que me ha dado la idea

 

Desde que nacemos, y, en cierta medida, desde antes de nacer, los sentidos nos asoman al exterior, nos comunican, nos relacionan y van tejiendo y orientando nuestras vidas. Al final somos lo que hemos visto, lo que hemos leído, lo que hemos tocado, lo que hemos amado, lo que hemos oído, los sabores inolvidables  y los olores que recordamos. Esa es la vida. Lo que recordamos. No hace falta acudir a Aristóteles para comprobar que los cinco sentidos son las puertas y las ventanas del conocimiento. Aquella música, las palabras de la madre, el grito de aquel hombre, el volteo de las campanas en la fiesta, la nevada primera, el paisaje del pueblo cuando encañan los trigos, el camino del monte y de los prados, el humo de la estufa de la escuela, el fastuoso cocido de la abuela, el roce de aquella mano en el recreo…

Admito que la vista y el oído me parecen los sentidos más imprescindibles. Por eso merecen todo mi asombro y admiración los ciegos y los sordomudos que salen adelante airosamente con estas privaciones. Me ocuparé hoy de los olores de mi infancia. El olfato es un sentido prodigioso, que nos sirve de guía, estimula el apetito y deja huellas imborrables dentro, en nuestra memoria. Por si alguien lo duda, ahí está la pujante industria de la perfumería.  No conviene infravalorarlo. En esto nuestros animales  nos dan vuelta y raya. Es un goce impagable observar el zigzagueo del perro de caza, con el hocico pegado al suelo rastreando la liebre movida en el ulagar o detrás del bando de perdices que han bajado del cabezo a la entrada del monte o tras la escurridiza codorniz en el rastrojo, hasta quedarse de muestra, quieto como una estatua, con el rabo extendido. En el lenguaje común recurrimos con frecuencia a expresiones como “me lo olía”, “esto me huele mal” y otras por el estilo.

Haciendo memoria, el primer olor de la infancia que me viene a la cabeza es el olor a pan recién cocido. Junto a la escuela y a unos pasos de mi casa, pegado a la plaza, estaba el horno de la tía Milagros, que llamaban “La Amasadería”. Era un horno comunitario, al que las mujeres llevaban a cocer las hogazas y las tortas amasadas en las artesas de las casas de cada una. Así que había hornada casi todos los días y el aire de la plaza y de todo el barrio olía siempre a pan y a la hornija quemada con la que la tía Milagros calentaba el horno. Por si fuera poco, pronto mi familia construyó nuestro propio horno en la entrada del corral enfrente de la puerta del portal, con lo que el grato olor a pan recién cocido penetraba en toda la casa.

Otro de los olores inolvidables de mi niñez es el de la majada en invierno: una mezcla inconfundible del olor animal compuesto por  la lana del ganado y el almizcle de los chivos, mezclado con el apestoso  sirle del suelo y el dulce aroma de la esparceta o el heno seco de los zarzos, todo envuelto en un vaho cálido, acre y pegajoso.

De la cocina destaca el olor a matanza. Las vueltas de chorizos colgados de las varas del techo, los jamones y los lomos, los témpanos de tocino de íntima… todo desprendía el aroma del pimentón de la Vera. Sólo de recordarlo me entra el apetito y veo los pucheros borbollando en la lumbre y el perfume del ajo y el pimentón en la sartén con aceite del trujal. El olor de los rosquillos, fritos en la sartén grande, en abundante aceite, y el aroma de las latas de magdalenas doradas en el horno del pan me trasladan en volandas a un día de fiesta.

Otro de los olores característicos de aquellos años es el de la iglesia los domingos. Olía a sudor campesino, a tabaco, a perfume barato, a jabón de racionamiento, a cera y a incienso.

El monte, a estas alturas del año, era una sinfonía de aromas. Me quedo con el dulce y pegajoso perfume de las estepas florecidas y el fuerte olor de los sabinos. Y del campo, el balsámico aliento de la tierra en otoño cuando la siembra. Siempre me acuerdo de unos rosales, los únicos que había entonces en el pueblo, que estaban en las herrañes y que conservaban todo el aroma original. Y de las plantas aromáticas llevo toda mi vida dentro el olor del tomillo, del romero y de las uñagatas o madreselvas silvestres.

Estos son los olores de la infancia que me han salido al encuentro atropelladamente. Con sosiego recordaré otros. A lo mejor los lectores pueden, con su experiencia, estimular mi memoria.

DE VUELTA Y MEDIA

Ya estoy de vuelta. No ha sido un largo viaje. Puede que nadie me haya echado de menos en este tiempo. Es como si me hubiera ido por tabaco o con el cántaro a la fuente. O, como mucho, de caza o a la feria del pueblo vecino. Pueden pensar, si quieren, que he estado jugando al escondite, como cuando éramos niños, o que me he escapado a la dehesa a buscar nidos. O acaso todo se deba a la necesidad de cambiar de aires o de cargar las pilas.  Lo que quieran. El caso es que llevo un tiempo sin aparecer por aquí y ahora vuelvo. Me he acordado de aquellos versos de Cernuda: “¿Volver? Vuelva el que tenga, / tras largos años, tras un largo viaje, / cansancio del camino y la codicia / de su tierra, su casa, sus amigos, / del amor que al regreso fiel le espere”. Yo no espero tanto. Me conformo con que en algún lugar, puede que en la humilde cocina de un pueblo semiabandonado, haya alguien que espere con curiosidad una nueva entrada de este blog. A ese, si existe en algún sitio, no puedo defraudarlo y le debo una explicación.

Es verdad que yo había observado en muchos de los seguidores habituales de “El canto del cuco” un evidente cansancio. Y a mí me pasaba lo mismo. Cansa seguir rebuscando en los rincones los restos mortales del mundo rural. Y tampoco levanta pasiones seguir denunciando hasta el aburrimiento, año tras año, sin ningún éxito, la muerte de los pueblos y la injusticia de la despoblación. El problema se ha convertido ya en negocio político y en aprovechamiento de oportunistas bien pagados -siempre los mismos-, que acaparan “jornadas culturales”, eventos oficiales y mesas redondas. Normalmente sin aportar nada de provecho ni distinguir el trigo de la paja. No deja de ser obsceno  aprovecharse del drama rural para ganar votantes, lectores o dinero. Personalmente prefiero no contribuir a semejante confusión. Esto explica, en parte, mi ausencia de este tipo de eventos y mi ausencia temporal aquí. Lo razonable era observar el panorama desde la distancia, reflexionar, atar cabos y volver con las ideas más claras. Por ejemplo, ahora le doy más importancia a la hacendera, el pasado domingo, día 2 de junio, en Sarnago, sin ayuda de nadie, que a las ostentosas jornadas sobre el mundo rural celebradas en Soria bajo el patrocinio del Ministerio de Cultura.

También me he convencido de que el paraíso de la infancia no es recuperable, salvo en los cristales rotos de la memoria, que no es poco. Así que seguiré manejando estos cristales de la memoria, aunque sólo sea para recuperar aquel paraíso y compartirlo con los que tuvieron la suerte de habitarlo, como yo, y con los que, en esta era tecnológica y virtual, son aún capaces de soñar. Quiero decir que no me rindo. Volveré a reencontrarme con aquello y  seguiré desde aquí, como cuando entonces, contando al que quiera acompañarme el paso de las estaciones en las Tierras Altas y la eterna sucesión de la vida y la muerte.

Esta explicación no estaría completa si no dejara constancia, para general conocimiento, de que, entre las razones de mi injustificable ausencia, ha habido un libro, en el que he puesto todas mis complacencias, que acabo de entregar al editor y que me ha tenido completamente embebido en los últimos meses. Pero ya estoy aquí.