LOS OLORES DE LA INFANCIA

por elcantodelcuco

A Chiqui, que me ha dado la idea

 

Desde que nacemos, y, en cierta medida, desde antes de nacer, los sentidos nos asoman al exterior, nos comunican, nos relacionan y van tejiendo y orientando nuestras vidas. Al final somos lo que hemos visto, lo que hemos leído, lo que hemos tocado, lo que hemos amado, lo que hemos oído, los sabores inolvidables  y los olores que recordamos. Esa es la vida. Lo que recordamos. No hace falta acudir a Aristóteles para comprobar que los cinco sentidos son las puertas y las ventanas del conocimiento. Aquella música, las palabras de la madre, el grito de aquel hombre, el volteo de las campanas en la fiesta, la nevada primera, el paisaje del pueblo cuando encañan los trigos, el camino del monte y de los prados, el humo de la estufa de la escuela, el fastuoso cocido de la abuela, el roce de aquella mano en el recreo…

Admito que la vista y el oído me parecen los sentidos más imprescindibles. Por eso merecen todo mi asombro y admiración los ciegos y los sordomudos que salen adelante airosamente con estas privaciones. Me ocuparé hoy de los olores de mi infancia. El olfato es un sentido prodigioso, que nos sirve de guía, estimula el apetito y deja huellas imborrables dentro, en nuestra memoria. Por si alguien lo duda, ahí está la pujante industria de la perfumería.  No conviene infravalorarlo. En esto nuestros animales  nos dan vuelta y raya. Es un goce impagable observar el zigzagueo del perro de caza, con el hocico pegado al suelo rastreando la liebre movida en el ulagar o detrás del bando de perdices que han bajado del cabezo a la entrada del monte o tras la escurridiza codorniz en el rastrojo, hasta quedarse de muestra, quieto como una estatua, con el rabo extendido. En el lenguaje común recurrimos con frecuencia a expresiones como “me lo olía”, “esto me huele mal” y otras por el estilo.

Haciendo memoria, el primer olor de la infancia que me viene a la cabeza es el olor a pan recién cocido. Junto a la escuela y a unos pasos de mi casa, pegado a la plaza, estaba el horno de la tía Milagros, que llamaban “La Amasadería”. Era un horno comunitario, al que las mujeres llevaban a cocer las hogazas y las tortas amasadas en las artesas de las casas de cada una. Así que había hornada casi todos los días y el aire de la plaza y de todo el barrio olía siempre a pan y a la hornija quemada con la que la tía Milagros calentaba el horno. Por si fuera poco, pronto mi familia construyó nuestro propio horno en la entrada del corral enfrente de la puerta del portal, con lo que el grato olor a pan recién cocido penetraba en toda la casa.

Otro de los olores inolvidables de mi niñez es el de la majada en invierno: una mezcla inconfundible del olor animal compuesto por  la lana del ganado y el almizcle de los chivos, mezclado con el apestoso  sirle del suelo y el dulce aroma de la esparceta o el heno seco de los zarzos, todo envuelto en un vaho cálido, acre y pegajoso.

De la cocina destaca el olor a matanza. Las vueltas de chorizos colgados de las varas del techo, los jamones y los lomos, los témpanos de tocino de íntima… todo desprendía el aroma del pimentón de la Vera. Sólo de recordarlo me entra el apetito y veo los pucheros borbollando en la lumbre y el perfume del ajo y el pimentón en la sartén con aceite del trujal. El olor de los rosquillos, fritos en la sartén grande, en abundante aceite, y el aroma de las latas de magdalenas doradas en el horno del pan me trasladan en volandas a un día de fiesta.

Otro de los olores característicos de aquellos años es el de la iglesia los domingos. Olía a sudor campesino, a tabaco, a perfume barato, a jabón de racionamiento, a cera y a incienso.

El monte, a estas alturas del año, era una sinfonía de aromas. Me quedo con el dulce y pegajoso perfume de las estepas florecidas y el fuerte olor de los sabinos. Y del campo, el balsámico aliento de la tierra en otoño cuando la siembra. Siempre me acuerdo de unos rosales, los únicos que había entonces en el pueblo, que estaban en las herrañes y que conservaban todo el aroma original. Y de las plantas aromáticas llevo toda mi vida dentro el olor del tomillo, del romero y de las uñagatas o madreselvas silvestres.

Estos son los olores de la infancia que me han salido al encuentro atropelladamente. Con sosiego recordaré otros. A lo mejor los lectores pueden, con su experiencia, estimular mi memoria.

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