LO QUE NO HABÍA EN EL PUEBLO

por elcantodelcuco

Los más jóvenes no se lo van a creer. Y los más viejos van a recordar. No hace falta remontarse unos siglos atrás. Ni siquiera un siglo. Pongamos que hablo de hace 70 u 80 años. Justo después de la guerra. Es la época de mi infancia y lo recuerdo muy bien. Contaré hoy cómo se vivía en el pueblo. O mejor, daré cuenta de lo que no había y, a pesar de ello, mal que bien vivíamos y nos desvivíamos. Incluso, con tantas carencias y privaciones, uno recuerda aquel tiempo como una época feliz de su vida.

No había luz eléctrica. Tenía yo doce o trece años cuando la inauguró el gobernador. Fue un gran acontecimiento. Hasta entonces, y después con muchos apagones y restricciones, la gente se alumbraba con candiles de aceite o de petróleo, con rudimentarios faroles portátiles y más raramente con un cabo de vela colocado en una palmatoria. Las noches eran oscuras como boca de lobo bajo un cielo estrellado.

No había teléfono y nadie podía imaginarse entonces que un día la gente llevaría un móvil en el bolsillo y podría comunicarse con cualquier persona en cualquier lugar del mundo marcando unos números. Eso, y no digamos las aplicaciones portentosas de los portátiles inteligentes, estaba fuera de la comprensión humana. A mis abuelos, Internet les parecería ahora, si levantaran la cabeza, un invento del diablo o cosa de brujería.

En Sarnago no había radio ni televisión. Los primeros transistores tardaron años en llegar. Tampoco había aparatos para oír música. Don Joaquín, el maestro, se agenció una gramola con pilas, pero no había manera de que funcionara unos minutos seguidos. Nunca olvidaré la ilusión que me hizo, siendo monaguillo, acompañar a don Livino, el cura, con otros muchachos, a Matasajún, a una legua de camino, para oír en una casa, que poseía, por lo visto, la única radio de todos los alrededores -un enorme aparato de madera- un partido de España en el campeonato mundial de fútbol de Brasil. La voz del locutor llegaba tan entrecortada que era difícil enterarse de nada.

Tampoco había agua corriente. Se traía de la fuente, en cántaros, botijos y calderos. Las mujeres lavaban la ropa en el lavadero público o en el río. Las caballerías abrevaban en el pilón o bebedero. En casa no había cuarto de baño. No había ducha ni bañera ni retrete. Las necesidades se hacían en la cuadra, en la majada, en el pajar, en el corral o a la intemperie. No recuerdo que hubiera tampoco en el pueblo papel higiénico, un lujo que llegó mucho más tarde. Así que cada cual se las apañaba como podía. No había pasta de dientes ni champú. Debajo de todas las camas, eso sí, había un orinal.

En las casas no había calefacción. Sólo la lumbre de la cocina y el calor animal de la majada situada en los bajos. En el crudo invierno se calentaba la cama con la tumbilla -un calentador de cobre con rabo largo, lleno de brasas, o simplemente con el brasero entre las sábanas.

En Sarnago no había ningún coche, ni moto, ni carro, ni bicicleta. Se vivía como si aún no se hubiera inventado la rueda.

Todavía no se conocía el bolígrafo. Se utilizaba el lapicero y, en la escuela, la rudimentaria plumilla se mojaba en el tintero, encajado en el pupitre.

En fin, tampoco existía el plástico. No se conocía. No recuerdo ningún objeto de plástico. No había envoltorios de plástico. Nadie usaba bolsas de plástico. Tampoco se esparcían herbicidas ni pesticidas. Las malas hierbas se escardaban a mano. Y el aire, eso sí, estaba limpio.