EL TIEMPO DE LA COSECHA

(Este breve relato aparece hoy en “La Razón” y a los seguidores asiduos de “El canto del cuco” le traerá a la memoria un paisaje dibujado aquí hace ya algunos veranos. Cuestión de reciclaje, algo siempre recomendable y más en estos tiempos de usar y tirar. En este caso se trata de un compendio de aquello corregido y puesto al día. A los niños les gusta escuchar el mismo cuento mil veces repetido; a los mayores nos agrada volver una y otra vez sobre nuestros pasos y nuestros recuerdos. Espero que no les importe. El cuadro que aquí se pinta, al que le he añadido algunos claroscuros y unas sutiles pinceladas de color, a lo mejor merece su atención y hasta un pequeño hueco en la sala familiar. La vida en los pueblos era una constante reiteración de historias conocidas.  También las televisiones reponen las series en verano, y los músicos repiten las mismas piezas un año tras otro cuando hacen el pasacalles en la fiesta del pueblo. Y todos, tan contentos).

Para alguien de las Tierras Altas como yo, las semanas que van de San Pedro a Santiago significarán siempre el tiempo luminoso y ajetreado  de la cosecha, y por San Bartolomé, cuando desfallece agosto, culminará el año agrícola. Compréndanlo, a estas alturas, la vida de uno depende de los cristales rotos de la memoria. Hace mucho que el rito de cosechar ha dejado de ser parte esencial de la cultura rural. Ya no hay segadores en los tajos con la hoz en la mano derecha y la zoqueta en la izquierda, ni manadas en el alto rastrojo recién segado, ni garrotillo en la faja para enfajar las manadas con vencejo de bálago, ni se verán fascales en las piezas ni hacinas en las eras. Hace mucho que no andan recuas de caballerías acarreando la mies sobre las artolas por los caminos polvorientos entre nubes de saltamontes, de tábanos, de moscas y de mariposas. Los trillos están arrumbados en las casas deshabitadas y nadie sabe cuántos años hace que se tendió la última parva y se amontonó luego el trigo en el somero sobre el que maduraban las olorosas manzanas de Aguilar del Río Alhama y las maguillas silvestres.

Un día vinieron los de los pinos. El Gobierno de entonces pagó comisiones para convencer a los campesinos de que vendieran sus tierras. La repoblación forestal, como tengo contado cien veces, produjo la despoblación humana de toda la comarca de la Alcarama. Las tierras de cultivo pasaron a dueños desconocidos. Después llegaron las máquinas, que se llevaron por delante los ribazos, esenciales para el ecosistema, que sostenían los bancales y daban cobijo y alimento a los animales, y arrasaron huertos y herrañes en aras del progreso. Los tractores y las cosechadoras acabaron vaciando del todo las cuadras y las casas. En los caminos dejó de verse el pausado caminar de los arrieros. Se acabó la dula. Cayó también el precio de la lana y desaparecieron de los pagos cosechados los rebaños de ovejas. Los aperos de labranza -el yugo, el arado, la albarda, el ataharre, el trillo, los serones, la bríncula…- quedaron arrumbados, pasto de la humedad, el óxido, los ácaros y la polilla. Poco a poco sus hermosos nombres se borrarán de los libros de texto, de las novelas modernas, de los relatos sincopados de Internet y de la cabeza de las nuevas generaciones, lo mismo que borra el mar por la noche, con la marea, las huellas humanas de la orilla y los castillos de arena que han construido los niños.