REPASO DEL TIEMPO PERDIDO

Por culpa de la dispersión del verano, de otras ocupaciones ineludibles, de algunas  preocupaciones vulgares y de un cierto desánimo, tras tantos años anunciando en vano la primavera de los pueblos, llevo  tiempo ausente de esta rama donde acostumbro a cantar y que ya empieza a perder las hojas. Pido disculpas a los seguidores asiduos. Intentaré recuperar, a las puertas del otoño, estas semanas de silencio.

No se me ocurre nada mejor para compensar la imperdonable ausencia que compartir con todos algunos fragmentos de unos escritos míos que  han ido apareciendo este verano, mientras aquí se hacía el silencio y yo brillaba por mi ausencia sin dar explicaciones. Tómenlo como una recuperación del tiempo perdido. Es una forma como otra cualquiera  de dar razón de mí mismo.

  1. CARTA DE VERANO. Escribo desde el mar. Lo contemplo desde la terraza mientras cae la tarde, una tarde plácida de julio, estrictamente azul. El azul marino se une amorosamente en la lejanía con el azul celeste. En lontananza se divisa la vela blanca de un velero (…) La playa luce, como casi siempre, bandera verde. Ahí siguen, mañana y tarde, los europeos del norte, que todo el mundo conoce por “guiris”, tostándose al sol y bebiendo cerveza barata en los chiringuitos. La multitud de extranjeros convive pacíficamente con las huestes autóctonas, murcianas mayormente y de Madrid. Es una invasión pacífica de cuerpos gloriosos y otros, la mayoría, no tanto. No faltan orondas alemanas con las primas de riesgo al aire. Entre las sombrillas suenan lenguas indescifrables. Las orillas del Mediterráneo se han convertido en un compendio del universo. Es la globalización. La corriente turística del norte se mezcla en la playa -iba a decir que choca- con la corriente humana del sur. Los subsaharianos y los de las pateras que no han muerto en el mar tratan de sobrevivir vendiendo sus mercancías. Los africanos, en un trasiego constante entre los bañistas, ofrecen sus productos de imitación: bolsos, gafas de sol, relojes, gorras, camisetas…Pasan los marroquíes cargados de mantas y toallas. Vienen las gitanas con pareos de colores. La gitana mayor vocea su fruta -piña, coco, rajas de sandía…- en inglés macarrónico. Llegan silenciosas las jóvenes chinas ofreciendo su servicio de masaje a veinte euros sobre la arena caliente… Chocan aquí dos mundos que están a una distancia sideral. Es la razón de las grandes corrientes migratorias (…) Cae la tarde por su propio peso. El sol se pone sobre tierra firme. Mañana será otro día, y el sol volverá a salir para todos, según su costumbre, por el mar como una llamarada.

 

2. METAMORFOSIS. Estos días de agosto se llena la España vaciada. Vuelven al pueblo los que se fueron, sus hijos y sus nietos. Y no faltan otros forasteros curiosos. Es una impresionante metamorfosis. El ruido de la ciudad se apodera del mundo rural y sus tentáculos amenazan con acabar definitivamente con lo que queda de la civilización antigua. Los coches invaden las carreteras, los caminos y las calles (…) Del silencio y la soledad que se apodera de los caseríos durante el largo invierno se pasa estos días, en torno a las fiestas, al estrépito, la aglomeración y la música machacona y desaforada. El viajero de la ciudad que busca paz en el campo, que se olvide de venir en este calderón festivo del verano. No encontrará sosiego (…) Lo que quiero decir es que en torno a las fiestas patronales de agosto y septiembre se produce en el mundo rural un llamativo fenómeno sociológico. Los que quedan en los pueblos sacan del arca las mejores galas antiguas, lo más florido de las tradiciones y recuperan por unos días el orgullo y la fe en sí mismos y en lo que fueron. Y al mismo tiempo los pueblos se transforman por unos días en aliviaderos o sucursales de la ciudad. Los que vienen son más e imponen su nuevo estilo de vida. Son dos culturas que chocan irremediablemente. La globalización arrasa las identidades, de las que sólo va quedando el pintoresquismo. Una milenaria forma de vida se resiste a morir y aprovecha las fiestas para demostrar a los que vienen de la ciudad su voluntad de supervivencia. Es una batalla perdida. Sólo queda recoger los despojos. Mientras tanto, que siga la fiesta, que suene la música y que corra el vino. También los pueblos tienen derecho a divertirse unos días antes de morir.

 

3. POESÍA EN EL PARQUE. En el viejo salón semivacío del Casino Amistad Numancia quedé a tomar café y hablar un “ratillo”, como él dice, con Fermín Herrero, el mejor poeta castellano de su generación. Los dos venimos de las Tierras Altas, a un lado y otro de la sierra de Oncala. Era imposible  que no saliera a relucir el problema de la despoblación y el mezquino aprovechamiento que hacen de este drama rural unos cuantos escritores y poetas mediocres y advenedizos, siempre los mismos, que acaparan invitaciones y visibilidad. Herrero me regaló “Microclimas”, un precioso libro de fotografías antiguas en blanco y negro de Ramón Siscart, esmaltadas con breves poemas cortos suyos. En él se recogen las imágenes de las personas y los objetos del alfoz sentimental del autor, los despojos de un mundo que desaparece. No faltan sus padres. “Están los dos ancianos / ante las rosas blancas. / El aroma del tiempo / se recoge en sus ojos”. Después, al caer la tarde soriana, con ciercera de agosto, Fermín Herrero presentó en la Dehesa, bautizada como Alameda de Cervantes, a los dos poetas ganadores “ex aequo”  del Hiperión: el andaluz Carlos Catena por “Los días hábiles” y la castellana Maribel Andrés Llanero por “Autobús de Fermoselle”. Allí, bajo los árboles del parque, sentadas en sillas de madera, docenas de personas seguimos con no poca emoción el recitado de los poemas por sus jóvenes autores. El cortante frío que venía a destiempo de la Cebollera no movió a nadie de sus asientos. A mí me llegó más adentro la poesía de Maribel Andrés, seguramente porque zarandeaba la memoria de mi infancia en el pueblo. Este recital poético coronaba “Expoesía”, una intensa semana de poesía “para un tiempo nuevo” que ha tenido lugar en Soria en el corazón del verano. En el parque florecieron esos días docenas de casetas con libros, una imagen que contrasta con la de la España turística y playera, tan vacía de contenido. Esta es la otra España, la España despoblada y silenciosa, que se agarra a la cultura como tabla de salvación. Raro es el pueblo, por muy vaciado que esté durante el año, que no organice en verano, por medio de sus asociaciones, interesantes actos culturales. Conviene dejar constancia de ello. Dice Fermín Herrero en un brevísimo poema de este libro: “Sólo dos rosas, mínimas, pero de las antiguas. Huelen de verdad”. Pues eso