El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: octubre, 2019

EN DEFENSA DEL COMÚN

En Sarnago y en los pueblos de alrededor siguen estos días con las hacenderas. Lo que se conoce como trabajo comunitario. No importa que en la mayor parte de las casas, o en en todas ellas, ya no viva nadie de forma estable. La población flotante, que no olvida sus raíces, agarra la azada, el pico y la pala y se echa a los caminos. Van todos juntos, en buena armonía, como en los viejos tiempos cuando los vecinos eran convocados a toque de corneta o de campana y cuando los trabajos y obligaciones  de la comunidad se hacían “a reo vecino”. En este caso los voluntarios han sido convocados  este domingo para recuperar y desbrozar la señal de los caminos que unían Matasejún, La Ventosa, San Pedro Manrique y Sarnago, dentro de la GR-86, una ruta de 60 kilómetros, entre lomas, barrancos, ribaceras, manchas de pinos, dehesas de robles y piezas de cultivo. La Diputación hará el resto. Los arrieros y las yuntas, que hace tiempo desaparecieron del paisaje, serán sustituidos por viajeros curiosos, a los que sorprenderá el silencio y la belleza elemental y primitiva de una tierra en la que las ruinas no han perdido la  magnificencia.

Las veredas y los caminos de herradura son las arterias que llevan la sangre a los caseríos y los vivifican. Un pueblo se muere del todo cuando se borran sus caminos, diluidos entre la maleza. Mientras quedan caminos hay vida. Estos que ahora se señalan y se desbrozan son los caminos de mi infancia, que tantas veces recorrí  a golpe de alpargata y en los que los campesinos de cien generaciones desgastaron sus albarcas. ¡Ah, el camino de Matasajún, de donde era mi abuelo Alejandro, por el Horcajuelo y la cuesta de Las Hoyuelas, con la sierra azul de Oncala al fondo! ¡Y la vereda serpenteante, a ratos perdida entre los ulagares, por el Hombriazo, que llevaba a La Ventosa después de vadear el Linares niño, que los abuelos recorrían tantas veces pasito a paso!  ¡Y ,en fin, el camino de San Pedro, por Empudia y la “fuente podrida”, que conducía al mercado y al molino y que era el cordón umbilical de Sarnago con el resto del mundo, el único que ha mejorado y resistido la despoblación!  Me alegro de que todos estos caminos vuelvan a ser  reconocibles y transitados. Es un signo de vida y un avance de la civilización. Aplaudo el trabajo comunitario y la esperada ayuda de la Diputación.

Aprovecho para poner de relieve la importancia del común en estas tierras de fuerte tradición comunera. Una de las características de la economía y la forma de vida de las Tierras Altas ha sido, desde siempre, la pacífica  convivencia de la propiedad privada de la tierra con la existencia de grandes espacios de propiedad común, sobre todo los lotes del monte, llamados también “blancos del pueblo”, por donde campaba el ganado, sobre todo la cabrada, y que abastecían de estrepas los bardales del corral de cada casa. Destaca además la utilidad del ejido, en la orilla del pueblo, y la Dehesa. Esta última, de fuerte valor ecológico hasta que la labraron para plantar pinos, era propiedad estatal, si no recuerdo mal, pero de aprovechamiento vecinal. En la Dehesa se soltaba la dula y se hacía por estas fechas, cuando ya amenazaba la nieve, la corta de la leña. Los montones de trocos de roble se sorteaban -a cada vecino su suerte-, y estos rimeros alimentarían la lumbre del hogar en el duro invierno y hasta la corta siguiente. En una comarca de fuerte tradición ganadera, también era compartido, con los pagos del terreno debidamente reglamentados, el aprovechamiento libre de pastos y rastrojeras. Pero quizás la estampa más característica de esta tradición comunera era la labranza y la siembra de las rozas comunitarias, ruidosa  labor en la que participaban todas las yuntas del pueblo juntas, y, después, el inolvidable día la trilla de la cosecha de todos, la cosecha municipal, con la gran parva de centeno tendida en el ejido como coronación alegre del verano.

EL GRITO DEL SILENCIO

A los seis meses de la “revuelta” histórica, con gritos y pancartas en Madrid, la España vaciada ha vuelto a demostrar que la protesta sigue viva. Este 4 de octubre, viernes, festividad de San Francisco de Asís, que no es mal acompañante, miles de personas se han concentrado en silencio en las plazas de pueblos y ciudades de veintitrés provincias y han guardado un estruendoso silencio de cinco minutos exigiendo a los poderes públicos que tomen de una vez cartas en el asunto.

No me resisto a unirme -es lo que está en mis manos- a la pacífica protesta reproduciendo aquí el manifiesto de “Soria, ¡YA!”, uno de los miembros más activos de la Coordinadora que organiza la “revuelta” , leído en la concentración de la Plaza Mayor de Soria y en las plazas de los pueblos, en los que aún vive alguien.

Hace ya seis meses de aquella marcha reivindicativa en las calles de Madrid, compartida con miles de ciudadanos venidos de tantos pueblos y ciudades de la España interior, de esa España rural lenta y silenciosamente vaciada.

Hoy, aquí, en la plaza de mi pueblo o a las puertas del Ayuntamiento o al pie mismo de nuestro lugar de trabajo, volvemos a juntarnos de nuevo, no para unir nuestra voz airada y firme sino para aunar nuestro silencio, el silencio de sorianos que, junto al de miles de ciudadanos en veintitrés provincias españolas debe resonar como un eco sereno y claro en el aire limpio de España.

Gobierno de España, Gobierno de la Junta de Castilla y León, instituciones públicas y agentes sociales de la provincia de Soria, escuchad nuestro silencio, un silencio portador de un mensaje cargado a la vez de desazón y de esperanza. ¡Queremos un verdadero pacto de Estado contra la despoblación, contra la desvertebración territorial de España y contra la creciente desigualdad de oportunidades entre ciudadanos españoles!

El momento de las buenas intenciones, de las promesas vanas, de las acciones que sólo viven en el papel, ha quedado definitivamente atrás. Ahora le corresponde al Gobierno de España y a los Gobiernos Autonómicos diseñar y desarrollar una verdadera estrategia a favor de la España Vaciada, con actuaciones bien definidas, con presupuestos suficientes y plazos bien marcados y a salvo de los vaivenes políticos de carácter partidista.

Paramos para no parar. Nos callamos para que se nos oiga mejor.

Nuestras son las palabras del poeta Antonio Machado: Nosotros somos la voz de “la España de la rabia y de la idea”. Somos la rabia serena de una España vaciada, que se desangra ante el olvido y la indiferencia de quienes debieran ser sus principales valedores. Pero somos también la idea de una España vital, esencial, fundamental, de alma inconformista y brava que, harta de promesas incumplidas, pide la palabra y quiere ser escuchada.

Somos la encina que abriga el desolado páramo, el firme roble que no se curva, el chopo que verdea las amables riberas, el pinar interminable que no maldice del silencio, somos, amigo Antonio, como tu viejo “olmo hendido por el rayo y en su mitad podrido (que), con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido”.

Porque somos la renacida esperanza de un pueblo vivo.

¡Y porque Soria tiene futuro!

 

Creo que está dicho todo. Esperemos que los que tienen que escuchar escuchen este respetuoso y desesperado grito del silencio dejando aparte las politiquerías. El problema de la despoblación y de la desvertebración nacional es uno de los más serios que tiene España.