EN DEFENSA DEL COMÚN

por elcantodelcuco

En Sarnago y en los pueblos de alrededor siguen estos días con las hacenderas. Lo que se conoce como trabajo comunitario. No importa que en la mayor parte de las casas, o en en todas ellas, ya no viva nadie de forma estable. La población flotante, que no olvida sus raíces, agarra la azada, el pico y la pala y se echa a los caminos. Van todos juntos, en buena armonía, como en los viejos tiempos cuando los vecinos eran convocados a toque de corneta o de campana y cuando los trabajos y obligaciones  de la comunidad se hacían “a reo vecino”. En este caso los voluntarios han sido convocados  este domingo para recuperar y desbrozar la señal de los caminos que unían Matasejún, La Ventosa, San Pedro Manrique y Sarnago, dentro de la GR-86, una ruta de 60 kilómetros, entre lomas, barrancos, ribaceras, manchas de pinos, dehesas de robles y piezas de cultivo. La Diputación hará el resto. Los arrieros y las yuntas, que hace tiempo desaparecieron del paisaje, serán sustituidos por viajeros curiosos, a los que sorprenderá el silencio y la belleza elemental y primitiva de una tierra en la que las ruinas no han perdido la  magnificencia.

Las veredas y los caminos de herradura son las arterias que llevan la sangre a los caseríos y los vivifican. Un pueblo se muere del todo cuando se borran sus caminos, diluidos entre la maleza. Mientras quedan caminos hay vida. Estos que ahora se señalan y se desbrozan son los caminos de mi infancia, que tantas veces recorrí  a golpe de alpargata y en los que los campesinos de cien generaciones desgastaron sus albarcas. ¡Ah, el camino de Matasajún, de donde era mi abuelo Alejandro, por el Horcajuelo y la cuesta de Las Hoyuelas, con la sierra azul de Oncala al fondo! ¡Y la vereda serpenteante, a ratos perdida entre los ulagares, por el Hombriazo, que llevaba a La Ventosa después de vadear el Linares niño, que los abuelos recorrían tantas veces pasito a paso!  ¡Y ,en fin, el camino de San Pedro, por Empudia y la “fuente podrida”, que conducía al mercado y al molino y que era el cordón umbilical de Sarnago con el resto del mundo, el único que ha mejorado y resistido la despoblación!  Me alegro de que todos estos caminos vuelvan a ser  reconocibles y transitados. Es un signo de vida y un avance de la civilización. Aplaudo el trabajo comunitario y la esperada ayuda de la Diputación.

Aprovecho para poner de relieve la importancia del común en estas tierras de fuerte tradición comunera. Una de las características de la economía y la forma de vida de las Tierras Altas ha sido, desde siempre, la pacífica  convivencia de la propiedad privada de la tierra con la existencia de grandes espacios de propiedad común, sobre todo los lotes del monte, llamados también “blancos del pueblo”, por donde campaba el ganado, sobre todo la cabrada, y que abastecían de estrepas los bardales del corral de cada casa. Destaca además la utilidad del ejido, en la orilla del pueblo, y la Dehesa. Esta última, de fuerte valor ecológico hasta que la labraron para plantar pinos, era propiedad estatal, si no recuerdo mal, pero de aprovechamiento vecinal. En la Dehesa se soltaba la dula y se hacía por estas fechas, cuando ya amenazaba la nieve, la corta de la leña. Los montones de trocos de roble se sorteaban -a cada vecino su suerte-, y estos rimeros alimentarían la lumbre del hogar en el duro invierno y hasta la corta siguiente. En una comarca de fuerte tradición ganadera, también era compartido, con los pagos del terreno debidamente reglamentados, el aprovechamiento libre de pastos y rastrojeras. Pero quizás la estampa más característica de esta tradición comunera era la labranza y la siembra de las rozas comunitarias, ruidosa  labor en la que participaban todas las yuntas del pueblo juntas, y, después, el inolvidable día la trilla de la cosecha de todos, la cosecha municipal, con la gran parva de centeno tendida en el ejido como coronación alegre del verano.