El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: noviembre, 2019

NO ERA TIEMPO NI HABÍA LUGAR PARA LOS DIFERENTES

(Esta es una colaboración que me ha pedido Chiqui para ilustrar un trabajo sobre “Discapacidad y Despoblación” en la revista del prestigioso Hospital de Parapléjicos de Toledo, donde ella trabaja de psicóloga. La encargada de realizar ese trabajo es una fisioterapeuta, compañera suya y que, por esas casualidades de la vida es natural de Villar del Río, en las Tierras Altas de Soria, a un paso de Sarnago, mi pueblo. He pensado que podía interesar también a los seguidores de “El canto del cuco”)  

Nos situamos en los años de la posguerra, en las Tierras Altas de Soria, un rincón pobre y abrupto de la España rural, donde Castilla pierde su nombre. Eran los tiempos del racionamiento, de los delegados, del pan negro, de la economía del trueque y del estraperlo. En cada caserío se podía ver a más de un mutilado de guerra -sin una pierna, sin un brazo, tuerto o sordo como una tapia-  a los que el régimen, además de sufragar al cojo la pata de palo, otorgaba algún beneficio civil: el correo, el estanco o la Administración de Lotería.

Estos son recuerdos de mi infancia lejana. En el pueblo, como tengo dicho, no había, por no haber, ni agua corriente ni luz eléctrica. El terreno era escabroso y las calles estaban sin asfaltar, con un empedrado deficiente y rudimentario, poblado de cagajones y cagarrutas. No había coches, ni carros, ni bicis. Aún no habían llegado los tractores ni las cosechadoras. En realidad allí no existía la rueda. Cualquiera con un problema serio de movilidad -ancianos, cojos, paralíticos…- tenía dificultades para moverse por la calle. A nadie se le había ocurrido entonces todavía eliminar barreras arquitectónicas ni dentro ni fuera de casa para facilitar la movilidad.

Recuerdo bien el caso de los hijos del tío Casimiro y la tía Milagros. Formaban una familia numerosa. Ella llevaba el horno comunitario  del pan que estaba junto a la plaza. Vivían en el barrio de abajo, entrando por un callejón. Poseían un perro peligroso, que estaba siempre suelto. Se llamaba “Reverte” y mordía al que se acercaba desprevenido. La mitad de los hijos estaban sanos y la otra mitad sufrían una enfermedad neurológica, que iba avanzando desde la infancia hasta impedirles andar, además de otros problemas que se agravaban con los años fatalmente, hasta convertirlos en desechos humanos antes de morir. Su vida era corta. Me acuerdo, sobre todo, de dos de ellos, el Isidro y  el Faustino, que eran un poco mayores que yo. Se pasaban la vida, sin bajar nuca a la calle, aposentados en una salita y asomados a un balcón enrejado que daba al callejón, del que se adueñaba el perro. Se entretenían, sobre todo, con las noticias del fútbol y las quinielas. Allí pasaban los pobres la vida, su corta vida, aparcados sin moverse, viendo pasar las nubes y el revuelo de los gorriones en el tejado de enfrente. Nadie les proporcionó una silla de ruedas ni un mal carricoche para dar un paseo.  Eso era un sueño imposible entonces. Mi hermano y yo, en vacaciones, nos pasábamos las horas muertas con ellos. Se alegraban de vernos. Éramos, creo, los únicos que los visitábamos. La gente del pueblo les tenía compasión, pero procuraba ignorarlos como si no existieran. Nadie preguntaba a los padres: “¿Cómo están los chicos?”

Todo lo contrario de lo que ocurría con el que tuviera un defecto físico. Eso se convertiría en su seña de identidad, y, en los casos más llamativos, sería objeto de la burla de todos. Ocurría desde los niños de la escuela, por cualquier deficiencia, a los viejos que habían perdido la cabeza con los años. Su desorientación y sus salidas producían risa. La gente se reía del deficiente por sistema, sin compasión alguna. Con frecuencia un defecto del padre o de la madre se convertía en el apodo con que era conocida esa familia durante generaciones. Por lo general, un defecto muy visible proporcionaba la seña de identidad del individuo: La tía Sorda, el Sordo, el Manquillo, el Bisojo, el Cuatrojos, la Tía Pelavivos, el Murco, el Miralcielo… Entre los niños, al deficiente o al distinto se le hacía la vida imposible en la escuela y se le discriminaba en el recreo con la complicidad general de los mayores. Del “tonto del pueblo” -en cada pueblo había uno, como había aguacil o cabrero,- se reía todo el mundo.

Me viene, a este propósito, a la cabeza el caso del “Tuto, el cacharrero”, que fue una caso singular. Llegó a ser muy popular en la comarca. Un hombre joven, que venía  del pueblo vecino, corto de mente, bondadoso y peculiar. Por unas pesetas hacía de  ayudante  del vendedor de los cacharros: cazuelas, pucheros, botijos… Mientras éste extendía la mercancía en la plaza, el Tuto iba “echando el pregón” pausadamente por las calles del pueblo. En vez de gritar, anunciaba con una voz característica, suave y contenida, casi dulce: “¡El cacharreroooo…!” Y los niños salíamos a su encuentro, divertidos. Nadie le quería mal, pero todos -las mujeres, los hombres, los muchachos- le preguntaban cien veces, uno detrás de otro: “Pero vamos a ver, Tuto, ¿tú cómo te llamas en realidad?”. Y él respondía a todos siempre lo mismo, sin alzar la voz, sin enfadarse nunca, con paciencia y suavidad,  con los ojos mirando al suelo: “ Pues lo mismo me da que me llamen Tuto que Restituto”. La respuesta esperada provocaba la carcajada general.  La frase llegó a hacerse popular y la gente de la comarca la repetía cuando quería expresar que no tenía preferencia por algo o  que no le importaba nada lo que dijeran de él.

La crueldad de los vecinos con el que rompía las normas establecidas en la comunidad se mostraba con especial virulencia contra los sexualmente diferentes. Nadie se atrevía a mostrar abiertamente su homosexualidad. Oí el caso de un muchacho de  un pueblo de al lado, un tanto amanerado, al que se le descubrió esa tendencia , y la familia, avergonzada, se vio obligada a emigrar para evitar el escarnio y el acoso inmisericorde de los vecinos. Todo el mundo lo conocía por “El Mariquita”.  Además entonces declararse homosexual era políticamente incorrecto.  También suponía un suplicio el que tenía que soportar  una mujer -esto no ocurría con un hombre-, sobre todo si estaba casada, de la que se sospechaba un desliz o una relación ilícita. El caso se convertía automáticamente en la comidilla del vecindario. La mujer quedaba expuesta a la pública vergüenza y, si estaba soltera, encontraría dificultades para encontrar novio en la comarca. También era demoledor en aquellas tierras castellanas el hecho de que alguien adquiriera fama de ladrón , aunque fuera por haber cogido distraídamente una lechuga del huerto del vecino. Robar era imperdonable, y la mala fama de los padres se transmitía a veces a los hijos durante varias generaciones.

En fin, como digo, no era aquel buen tiempo ni buen lugar, según mis recuerdos, para los diferentes, para los débiles, para los tullidos, ni para los que se saltaba las normas sagradas de la comunidad.

EL DÍA QUE DEJÉ DE CAZAR

El voto de los cazadores tendrá  importancia en las elecciones del domingo, 10 de noviembre. Lo saben bien los de Vox, que tratan de aprovecharse de las críticas y obstáculos a la caza en estos tiempos revueltos en los que los animalistas se vuelven combativos y en los que se confunde el culo con las témporas. El caso es que, según los números, hay ahora mismo unos dos millones de españoles con licencia de caza. Yo mismo fui cazador un día.

Dejando aparte la política, que desfigura casi todo, la caza era en  la posguerra  uno de los placeres del otoño en el pueblo, una distracción inocente para escándalo de los actuales animalistas. Salir de caza, acompañando a los mayores, fue uno de los goces de mi infancia. Disfrutábamos tanto como los perros que saltaban de alegría cuando aparecían en el portal los cazadores con la cartuchera al cinto y la escopeta al hombro. Todavía no había cotos y aún quedaba caza. Todo era campo libre. No había sonado la hora de la progresiva y acelerada desaparición de gorriones, calandrias  y codornices. Las hermosas aves de rapiña se consideraban entonces alimañas que había que eliminar para proteger la caza, y en el Ayuntamiento te daban unas pesetas si llevabas un aguilucho muerto o unos huevos de águila, de urraca o de cuervo. Así que desde niños nos volvimos depredadores. La veda no se respetaba demasiado, o sea que, con más frecuencia de lo debido, ejercíamos de furtivos con la complicidad, más de una vez, de la Guardia Civil.

El cazador amaba los animales, disfrutaba del campo y del monte, comulgaba con la Naturaleza, ejercía la camaradería, cazaba para comer, evitaba prolongar el sufrimiento del animal herido, por ejemplo, de la perdiz alicorta, y despreciaba al lacero que ponía al anochecer los lazos traicioneros en la vereda al paso de las liebres.

Las más de las veces volvía a casa con el morral vacío, después de recorrer el monte esperando que saltara la liebre a la vereda y de perseguir en los cogotes y laderas del raso el esquivo y bravo bando de perdices. Pero el día que lo traía lleno había fiesta y toda la familia se reunía a celebrarlo. La cena consistía invariablemente en un fastuoso calderillo de liebre o conejo con arroz. (El calderillo, colgado de las llares sobre el fuego de la cocina se utilizaba siempre, como el instrumento de un rito sagrado, para estas cenas de caza y para las sabrosas migas del almuerzo). Mientras toda la familia, sentada alrededor, daba buena cuenta  del humeante calderillo del arroz con liebre y  el porrón corría de mano en mano, los cazadores -el abuelo y los tíos- contaban con pelos y señales los detalles de la última cacería y era el momento de recordar fantásticas y exageradas hazañas de caza, siempre las mismas, en las que mandaba la imaginación.

Ahora ya no queda caza ni apenas cazadores rurales. En muchos pueblos del interior, como  sabemos, no queda nadie o los que aún resisten son demasiado viejos para echarse al campo con la escopeta al hombro. Además el campo está acotado, reservado para los de la ciudad, que son los que disfrutan, sobre todo, de la caza mayor. Hoy en los montes de las Tierras Altas hay más gamos, ciervos y jabalíes que liebres, perdices o torcaces.

Personalmente, cuando comprendí que no necesitaba ya la caza para comer, perdí la inocencia -o la recuperé, no sé- y colgué la escopeta. Me pregunto qué diría hoy Miguel Delibes, con el que mantuve interesantes y  divertidas conversaciones sobre esto un verano en El Escorial. ¿Comprendería mi renuncia a matar animales, mi abandono del ancestral y noble deporte de la caza? Sólo las aves de rapiña sobrevuelan ya los cielos de Castilla. Pero en las próximas noches de luna escucharemos en el monte, en medio del silencio, la berrea de los ciervos en celo. Y yo seguiré dando de comer en mi pequeño jardín a los mirlos y a los gorriones.