EL DÍA QUE DEJÉ DE CAZAR

por elcantodelcuco

El voto de los cazadores tendrá  importancia en las elecciones del domingo, 10 de noviembre. Lo saben bien los de Vox, que tratan de aprovecharse de las críticas y obstáculos a la caza en estos tiempos revueltos en los que los animalistas se vuelven combativos y en los que se confunde el culo con las témporas. El caso es que, según los números, hay ahora mismo unos dos millones de españoles con licencia de caza. Yo mismo fui cazador un día.

Dejando aparte la política, que desfigura casi todo, la caza era en  la posguerra  uno de los placeres del otoño en el pueblo, una distracción inocente para escándalo de los actuales animalistas. Salir de caza, acompañando a los mayores, fue uno de los goces de mi infancia. Disfrutábamos tanto como los perros que saltaban de alegría cuando aparecían en el portal los cazadores con la cartuchera al cinto y la escopeta al hombro. Todavía no había cotos y aún quedaba caza. Todo era campo libre. No había sonado la hora de la progresiva y acelerada desaparición de gorriones, calandrias  y codornices. Las hermosas aves de rapiña se consideraban entonces alimañas que había que eliminar para proteger la caza, y en el Ayuntamiento te daban unas pesetas si llevabas un aguilucho muerto o unos huevos de águila, de urraca o de cuervo. Así que desde niños nos volvimos depredadores. La veda no se respetaba demasiado, o sea que, con más frecuencia de lo debido, ejercíamos de furtivos con la complicidad, más de una vez, de la Guardia Civil.

El cazador amaba los animales, disfrutaba del campo y del monte, comulgaba con la Naturaleza, ejercía la camaradería, cazaba para comer, evitaba prolongar el sufrimiento del animal herido, por ejemplo, de la perdiz alicorta, y despreciaba al lacero que ponía al anochecer los lazos traicioneros en la vereda al paso de las liebres.

Las más de las veces volvía a casa con el morral vacío, después de recorrer el monte esperando que saltara la liebre a la vereda y de perseguir en los cogotes y laderas del raso el esquivo y bravo bando de perdices. Pero el día que lo traía lleno había fiesta y toda la familia se reunía a celebrarlo. La cena consistía invariablemente en un fastuoso calderillo de liebre o conejo con arroz. (El calderillo, colgado de las llares sobre el fuego de la cocina se utilizaba siempre, como el instrumento de un rito sagrado, para estas cenas de caza y para las sabrosas migas del almuerzo). Mientras toda la familia, sentada alrededor, daba buena cuenta  del humeante calderillo del arroz con liebre y  el porrón corría de mano en mano, los cazadores -el abuelo y los tíos- contaban con pelos y señales los detalles de la última cacería y era el momento de recordar fantásticas y exageradas hazañas de caza, siempre las mismas, en las que mandaba la imaginación.

Ahora ya no queda caza ni apenas cazadores rurales. En muchos pueblos del interior, como  sabemos, no queda nadie o los que aún resisten son demasiado viejos para echarse al campo con la escopeta al hombro. Además el campo está acotado, reservado para los de la ciudad, que son los que disfrutan, sobre todo, de la caza mayor. Hoy en los montes de las Tierras Altas hay más gamos, ciervos y jabalíes que liebres, perdices o torcaces.

Personalmente, cuando comprendí que no necesitaba ya la caza para comer, perdí la inocencia -o la recuperé, no sé- y colgué la escopeta. Me pregunto qué diría hoy Miguel Delibes, con el que mantuve interesantes y  divertidas conversaciones sobre esto un verano en El Escorial. ¿Comprendería mi renuncia a matar animales, mi abandono del ancestral y noble deporte de la caza? Sólo las aves de rapiña sobrevuelan ya los cielos de Castilla. Pero en las próximas noches de luna escucharemos en el monte, en medio del silencio, la berrea de los ciervos en celo. Y yo seguiré dando de comer en mi pequeño jardín a los mirlos y a los gorriones.