El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: enero, 2020

CUANDO LOS PUEBLOS ECHAN EL CIERRE

Primero cerró la casa del médico. Después el cuartel de la Guardia Civil. Luego, con la llegada de las máquinas, cerraron las cuadras y desaparecieron las caballerías de las calles, del campo y los caminos. Por entonces muchos vecinos echaron la llave a su casa y se fueron a la ciudad a buscar trabajo. También se fue el veterinario y el secretario del Ayuntamiento, que ahora viven en la capital. No tardó en cerrar la escuela, lo que aceleró la estampida. También la iglesia quedó cerrada y sin cura, con las campanas mudas toda la semana. En los últimos años han echado el cierre la oficina del banco y la de la Caja de Ahorros, la botica, el centro de salud, la gasolinera de la carretera de entrada y la tienda de ropa. Cualquier día cerrará el bar, ahora en manos de una familia llegada de fuera. Y acaban de anunciar que en la oficina de la estación van a dejar de vender billetes, que habrá que comprar por internet. A este paso no tardará mucho el tren en pasar de largo ante la ausencia de viajeros. Lo hará, eso sí, a gran velocidad.

El caso es que las máquinas se apoderan del mundo rural. Desde ahora en los pueblos manda Internet y, en el mejor de los casos, las máquinas expendedoras. Sobran los empleados. En realidad, en los pueblos  sobran las personas. No son rentables. Según datos del Banco de España, desde 2008 han cerrado 20.000 sucursales bancarias, y más de la mitad de los pueblos de España, en los que viven todavía un millón doscientos mil habitantes, la mayoría mayores, no tienen ya ni oficinas bancarias ni cajeros automáticos.  Por si esto fuera poco, decaen los pequeños negocios tradicionales, como las tiendas. El comercio “online” está haciendo estragos. Amazon arrasa. Las pasadas Navidades ha tenido 500 millones de pedidos en España. Se impone el comercio electrónico, el gran Leviatán. Pero el servicio de Internet en la España despoblada sigue siendo parecido al de los países en vías de desarrollo. Cuando estamos entrando en la era del 5G, en gran parte del mundo rural es casi un milagro conseguir una conexión básica a Internet cuando más falta hace. Esto afecta especialmente al emergente turismo rural, a los restaurantes y al comercio local, los negocios de proximidad,  las tiendas familiares  que aún resisten, aunque sea a duras penas.

Para sacar dinero o manejar su pensión los mayores tienen que desplazarse a la capital. La mayoría de los pueblos pequeños carece de transporte público o es muy deficiente. Apenas, en el mejor de los casos,  un viaje al día a la ciudad de la esperada “camioneta”. Lo que se pretende desde las oficinas centrales del poder económico y de la Administración es que las gestiones se hagan electrónicamente. Así el teléfono  móvil se presenta  como la herramienta imprescindible. Pero, desde tan alto y tan lejos de la realidad,  no tienen en cuenta la “brecha digital”, que  convierte al móvil en un recurso inútil para una población envejecida. Muchos de los mayores de sesenta años carecen de teléfono inteligente o apenas saben manejarlo. Sólo lo usan, los que lo tienen,  para llamar y para mandar o recibir recados. Nadie les ha enseñado a manejar sus aplicaciones. Uno piensa que el dinero público mejor empleado -ahora que tanto se despilfarra en cargos y chiringuitos- sería enseñar en los pueblos, como se enseñaba a leer y escribir en las antiguas escuelas de adultos, a entender y utilizar las nuevas tecnologías. De paso esto daría trabajo a muchos jóvenes desocupados, muy capacitados, que engrosan  las filas del paro. Sería una tarea tan encomiable como la que llevaron a cabo en su día las recordadas Misiones Populares. Ahí queda la idea.

Y algunos aún se preguntan por qué se mueren los pueblos.

 

EL INVIERNO DE LOS PUEBLOS

El duro invierno se abate sobre los pueblos despoblados y sobre los que están a punto de quedar vacíos. La imparable, inexorable despoblación de los pueblos es una paradójica contradicción. La palabra poblar viene de pueblo. Un pueblo despoblado no es nada. Es como un río sin agua, una campana sin badajo, una casa sin puerta, ni cocina, ni paredes. Es una tristeza, un disparate. ¡Qué les voy a decir! Este llanto por la España vaciada sólo nos viene a los ojos,  impetuoso, a los que somos de pueblo. Es un invierno, éste de los pueblos, que dura ya demasiado. El desamparo se comprueba acercándose en la cuesta de enero a uno de estos caseríos solitarios, acurrucados sobre sí mismos, al abrigo del valle o la ladera, sin un alma por la calle, ni una risa de niño, sin el  sonido de un  animal, sin un arriero por los caminos . En las Tierras Altas no tardará la nieve en cubrirlo todo con su piadoso sudario blanco y frío.

Acabamos de entrar en la década de los veinte con el recuerdo de los alegres años 20 del siglo pasado, que, ¡ay!, acabaron de mala manera, como se ha recordado oportunamente estos días. No conviene fiarse de las euforias pasajeras. Este año bisiesto nace con un nuevo Gobierno y, por primera vez, con el problema de la despoblación y la necesidad de reordenar el territorio como un objetivo destacado de la acción política. Hasta habrá una Vicepresidencia del Gobierno que se encargará de impulsar  soluciones. Ha costado Dios y ayuda, pero, por fin, parece que se toma conciencia en las altas esferas de la necesidad de abordar esta situación insostenible. Los que llevamos años dibujando el negro panorama de la despoblación, el envejecimiento de la España rural y la paulatina muerte de los pueblos agradecemos que nuestras críticas y nuestros desvelos no sean en vano. Por eso el cuco ha salido de su decaimiento silencioso y vuelve a cantar hoy, adelantándose, más por deseo que por realidad, a la primavera que viene.

El cuco confiesa que, a pesar de las señales esperanzadoras, no las tiene todas consigo. Del dicho al hecho…ya saben. Esto no se arregla de la noche a la mañana. Han ocurrido cosas raras para llegar hasta aquí. Se ha demostrado que Teruel no sólo existe, sino que el representante de esta humana reivindicación ha decidido, con su voto, el Gobierno de la nación y acaso pueda decidir la suerte de los presupuestos generales del Estado. Es un arma poderosa para mover Roma con Santiago.  El disputado voto de Tomás Guitarte, el diputado de “Teruel Existe”, ha demostrado que la revuelta de la España vaciada puede lograr sus frutos y que lo pequeño es capaz de generar grandes cosas. No conviene despreciar a nadie. Otra cosa es que su compromiso con un Gobierno muy controvertido pueda  acarrearle a la larga costes insoportables  a este meritorio movimiento rural, con “Soria, ¡YA!” como punta de lanza, junto a “Teruel existe”. Seguramente a este movimiento ciudadano, abierto y plural,  le convendría  mantener escrupulosamente la neutralidad política, sin oportunismos interesados y sin dejarse deslumbrar por los oropeles del poder. Es muy fácil pasar, de la noche a la mañana, de héroe a villano. Y al revés.

Con estas salvedades y con la acostumbrada desconfianza de los pueblos hacia las promesas del poder, hay que reconocer que, después de tan interminable espera, algo empieza a moverse en la dirección adecuada. Cada uno debemos poner un poco de nuestra parte para que la España vaciada empiece a salir pronto del largo invierno.