CUANDO LOS PUEBLOS ECHAN EL CIERRE

por elcantodelcuco

Primero cerró la casa del médico. Después el cuartel de la Guardia Civil. Luego, con la llegada de las máquinas, cerraron las cuadras y desaparecieron las caballerías de las calles, del campo y los caminos. Por entonces muchos vecinos echaron la llave a su casa y se fueron a la ciudad a buscar trabajo. También se fue el veterinario y el secretario del Ayuntamiento, que ahora viven en la capital. No tardó en cerrar la escuela, lo que aceleró la estampida. También la iglesia quedó cerrada y sin cura, con las campanas mudas toda la semana. En los últimos años han echado el cierre la oficina del banco y la de la Caja de Ahorros, la botica, el centro de salud, la gasolinera de la carretera de entrada y la tienda de ropa. Cualquier día cerrará el bar, ahora en manos de una familia llegada de fuera. Y acaban de anunciar que en la oficina de la estación van a dejar de vender billetes, que habrá que comprar por internet. A este paso no tardará mucho el tren en pasar de largo ante la ausencia de viajeros. Lo hará, eso sí, a gran velocidad.

El caso es que las máquinas se apoderan del mundo rural. Desde ahora en los pueblos manda Internet y, en el mejor de los casos, las máquinas expendedoras. Sobran los empleados. En realidad, en los pueblos  sobran las personas. No son rentables. Según datos del Banco de España, desde 2008 han cerrado 20.000 sucursales bancarias, y más de la mitad de los pueblos de España, en los que viven todavía un millón doscientos mil habitantes, la mayoría mayores, no tienen ya ni oficinas bancarias ni cajeros automáticos.  Por si esto fuera poco, decaen los pequeños negocios tradicionales, como las tiendas. El comercio “online” está haciendo estragos. Amazon arrasa. Las pasadas Navidades ha tenido 500 millones de pedidos en España. Se impone el comercio electrónico, el gran Leviatán. Pero el servicio de Internet en la España despoblada sigue siendo parecido al de los países en vías de desarrollo. Cuando estamos entrando en la era del 5G, en gran parte del mundo rural es casi un milagro conseguir una conexión básica a Internet cuando más falta hace. Esto afecta especialmente al emergente turismo rural, a los restaurantes y al comercio local, los negocios de proximidad,  las tiendas familiares  que aún resisten, aunque sea a duras penas.

Para sacar dinero o manejar su pensión los mayores tienen que desplazarse a la capital. La mayoría de los pueblos pequeños carece de transporte público o es muy deficiente. Apenas, en el mejor de los casos,  un viaje al día a la ciudad de la esperada “camioneta”. Lo que se pretende desde las oficinas centrales del poder económico y de la Administración es que las gestiones se hagan electrónicamente. Así el teléfono  móvil se presenta  como la herramienta imprescindible. Pero, desde tan alto y tan lejos de la realidad,  no tienen en cuenta la “brecha digital”, que  convierte al móvil en un recurso inútil para una población envejecida. Muchos de los mayores de sesenta años carecen de teléfono inteligente o apenas saben manejarlo. Sólo lo usan, los que lo tienen,  para llamar y para mandar o recibir recados. Nadie les ha enseñado a manejar sus aplicaciones. Uno piensa que el dinero público mejor empleado -ahora que tanto se despilfarra en cargos y chiringuitos- sería enseñar en los pueblos, como se enseñaba a leer y escribir en las antiguas escuelas de adultos, a entender y utilizar las nuevas tecnologías. De paso esto daría trabajo a muchos jóvenes desocupados, muy capacitados, que engrosan  las filas del paro. Sería una tarea tan encomiable como la que llevaron a cabo en su día las recordadas Misiones Populares. Ahí queda la idea.

Y algunos aún se preguntan por qué se mueren los pueblos.