El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: febrero, 2020

LOS TRACTORES TOMAN LA CIUDAD

No hace tantos años que, a finales de febrero, si templaba el tiempo y la nieve desaparecía, reducida si acaso a pequeñas manchas sucias en los rincones umbríos, al pie de los ribazos, las yuntas, después del parón obligado del invierno, volvían a los caminos arrastrando el timón de madera del arado. Había que empezar a remover la tierra para la siembra de los tardíos: la avena y la cebada ladilla mayormente. Pero esa estampa rural ha desaparecido desde que llegaron las máquinas, que sustituyeron a las caballerías. La agricultura se modernizó, los pueblos fueron quedándose vacíos y los precios de los productos del campo quedaron casi congelados sin evolucionar al mismo ritmo que los costes y los precios de los mercados. Hasta que los labradores y ganaderos no han podido más y han saltado a los tractores con rabia contenida. Se han echado con ellos a las carreteras y su protesta ha sorprendido a las autoridades, más pendientes de las exigencias de Cataluña que de los acuciantes  problemas de la España rural. Sobre la marcha el Gobierno no ha tenido más remedio que  improvisar unos remiendos para el desgarrón.

Los tractores han ocupado el asfalto de las autovías y las calles de las ciudades. Es una estampa bastante insólita. Hasta ahora venía ocurriendo  lo contrario: era la ciudad la que invadía, paso a paso, el mundo rural. La cultura urbana -su música, sus coches, su forma de vestir, su ruido, sus comidas y hasta su lenguaje, o sea lo que se conoce como estilo de vida- extiende implacablemente sus tentáculos sobre los pueblos, cada vez más vacíos e indefensos, mientras la milenaria cultura rural se desvanece y muere en aras de la globalización. De los pueblos -de sus iglesias, sus fiestas y sus ruinas- sólo perdura el pintoresquismo. Por eso es más chocante el atrevimiento de los campesinos de subirse a los tractores y plantarse en medio de la ciudad. Deben de estar locos o desesperados. Pero es también una demostración gráfica de que el campo aún está vivo. Y eso reconforta a los que venimos de allí. Es sin duda  una revuelta a la desesperada. Deberían tenerlo en cuenta los políticos de la capital, los de los zapatos relucientes, que nunca han pisado un terrón ni se han subido a un tractor.

Quiero decir que esta protesta del campo, con los tractores apoderándose de las autovías y de las calles de las ciudades, no es algo pintoresco y pasajero como la graciosa estampa del rebaño de las merinas cruzando una vez al año  la Puerta del Sol de Madrid para reivindicar  su derecho  sobre la antigua cañada, completamente irreconocible. Y desde luego sobra la demagógica incitación del vicepresidente Iglesias -al que los tractores  han pasado por encima y  han arrollado nada más tomar posesión del cargo- a que invadan carreteras y calles urbanas. Los airados campesinos saben lo que tienen que hacer. Con el máximo respeto. Han aprendido de los comuneros. Lo que piden es un precio justo para sus productos. Al Gobierno le corresponde negociar a calzón quitado con ellos y buscar soluciones a los males del campo español aquí y en Bruselas.

El mal viene de lejos como demuestran los versos de Gregorio Silvestre, un poeta del siglo XVI poco conocido: “Decid los que tratáis de agricultura / en este valle umbroso y desabrido: / ¿qué fruto del deleite habéis tenido / que no se os torne luego en amargura?”. Con esta primavera adelantada de febrerillo loco, con los frutales floreciendo, antes de que vuelva un cordonazo del invierno y hiele la florada, la tierra está ya en tempero, como digo, y habrá que ir pensando en la siembra de los tardíos. La rueda de las estaciones no para y el ciclo del campo se repite inexorablemente. Los tractores volverán pronto dócilmente al barbecho.

DIARIO DE MARCOS

Acaba de salir de la imprenta mi último libro. Tengo el primer ejemplar entre mis manos. Dentro de poco estará en las librerías.  Lo primero que hago es dar la noticia a los seguidores de “El canto del cuco”. Me parece que es justo. Por mi intensa  dedicación a la tarea de escribirlo durante meses, que me ha tenido absorbido, han visto cómo fallaban las entregas del blog. Lo publica Encuentro y se titula “Diario de Marcos”. Creo que es el libro más importante que he escrito en mi vida. Ofrezco aquí, como primicia, el prólogo del mismo, que da una idea aproximada del contenido.

Esta es la vida de Jesús de Nazaret contada de cerca. Abarca apenas tres años. Desde que deja su casa del pueblo, e inicia, coincidiendo con el apresamiento de Juan Bautista, su predecesor, su misión recorriendo los caminos de Galilea, hasta que muere en Jerusalén, ajusticiado en una cruz después de un juicio injusto. Esta breve y fascinante historia concluye con su segunda vida terrena después de la resurrección, una vida distinta y misteriosa, más inaprehensible, en la que se manifiesta gloriosamente a sus discípulos. Esta segunda vida da pleno sentido a su difícil paso por la Tierra y  no dura más de cuarenta días. Estamos, no sólo para sus seguidores, convencidos de su misteriosa misión divina, sino también para todos los que se acercan de buena fe  a él y a su doctrina, ante la figura más atractiva y luminosa de la historia humana.

A través de este relato, escrito con temblor y  con la mayor fidelidad a los hechos, el lector curioso podrá seguir de cerca su recorrido, con un calendario preciso, por los caminos de Galilea, de Judea y de Samaría, además de una breve excursión a Perea y otra a las tierras altas de Cesarea de Filipo. La mayor parte del tiempo lo pasó Jesús en su tierra de Galilea. Allí se encontraba más a gusto, entre pastores, artesanos, campesinos y pescadores. El punto de encuentro era Cafarnaúm, junto al lago de Tiberíades. En torno al lago se desarrollan las escenas más significativas y entrañables de su vida pública. Subir a Jerusalén, en Judea, era sentir el aliento hostil del poder religioso judío y contar el tiempo que faltaba para el voluntario sacrificio redentor, previsto por los profetas desde antiguo . El presentimiento de la muerte a plazo fijo le acompañó y le ensombreció una buena parte de los últimos meses de su vida. Al final no ocultó su decepción y su dolor por el rechazo de las autoridades judías a su oferta mesiánica -la nueva alianza- y lloró sobre Jerusalén.

Se cuentan aquí, por su debido orden, los principales episodios de la vida pública de Jesús de Nazaret. Los hechos discurren en su contexto, encajados en su tiempo, de acuerdo con  las costumbres de la época. Se enmarcan en el paisaje en que sucedieron, bañados por la luz correspondiente. Las escenas se desarrollan con todo detalle, como vistas por un testigo directo, Así adquieren vida. Pasan del blanco y negro al color. Bajo una cuidadosa y elemental cobertura literaria, huyendo de todo artificio inútil, se suceden  los acontecimientos, las manifestaciones  y los  hechos comprobados, sin ningún tipo de falsificación consciente, sino todo lo contrario. Se procura aclarar lo dudoso y ordenar lo disperso. Confío en que el lector interesado aprecie este esfuerzo de objetividad.

Por el “Diario de Marcos” van desfilando, con perfil propio, los variopintos personajes que acompañaron a Jesús en su agitada  andadura por la Tierra. Desde la discreta presencia de María, su madre, hasta la oscura e incomprensible figura de Judas Iscariote.   Observamos enseguida el liderazgo de Simón Pedro entre los doce elegidos -doce hombres del pueblo, de oficios humildes, todos galileos menos Judas- y comprobamos el protagonismo femenino, que rompe con las tendencias de la época. Hay un numeroso grupo de mujeres que siguen de cerca al Nazareno sirviendo a la pequeña comunidad creada por él; algunas de ellas le acompañan hasta el Gólgota y son las primeras que descubren el sepulcro vacío. En el relato de la vida de Jesús de Nazaret  adquieren un relieve especial figuras como María Magdalena, Marta y María de Betania, la Samaritana y la mujer adúltera, a la que perdonó sus pecados  y libró de la lapidación.

Recorriendo a su lado los caminos, observamos su amor a la Naturaleza, como obra de sus manos. Contempla con infinita  complacencia los olivos, el trigo, la viña, el rebaño de ovejas, el agua de la fuente, la higuera, los lirios del campo, los peces y las aves del cielo. Le sirven además de materia prima de sus parábolas. Jesús tiene alma de campesino. Pero el rasgo destacado de su personalidad es el repudio de la hipocresía y la soberbia de los poderosos y su compasión por los seres humanos más pobres, humildes, enfermos y desvalidos. Siempre se pone de su parte, utilizando, si es preciso, su poder taumatúrgico para sacarlos de la enfermedad, de la miseria y de la tristeza. Impresiona, casi aterra, su poder -el poder de Dios-, que se corresponde con los signos mesiánicos. Cura a los enfermos, resucita a los muertos, perdona los pecados, expulsa a los demonios, se erige en “señor del sábado” y, si es necesario, apacigua la tempestad en el lago. Y entonces, en medio de la noche oscura, el mar y el viento le obedecen.

El autor del libro confiesa que un fuerte impulso interior, cuando menos lo esperaba, le empujó a escribir este libro. Después de darle muchas vueltas, pasó varios meses sumergido, de alma y cuerpo, en la tarea. Ni en las horas del sueño desconectaba del todo. Ha sido una experiencia emocionante y abrumadora. Ninguna vida humana, como queda dicho, es tan fascinante como la de Jesús de Nazaret si se observa de cerca. Cada día era como una pequeña revelación nueva. A medida que iba descubriendo los rasgos singulares del protagonista y lo observaba de cerca, notaba, o eso creía, que iba, poco a poco, desvelándose en el “Diario de Marcos” el rostro de Jesucristo. Sentía el autor por dentro que, a pesar de su evidente indignidad y la conciencia de sus limitaciones para abordar tal empresa, una fuerza misteriosa le llevaba de la mano hasta concluir el retrato.

 

 

 

 

LA NIEVE COMO GUÍA

De niño en el pueblo, la nevada servía, entre otras cosas, para seguir la huella de las liebres en el monte. A estas alturas de la vida, las hermosas postales de Sarnago nevado que me manda Josemari Carrascosa me devuelven al paisaje de la infancia y me sirven de guía para recrear la vida y alentar la memoria. El blanco manto cubriéndolo todo -la primera gran nevada del año en las tierras de la Alcarama- nos devuelve el paisaje original, puro, sin mancha  y perfectamente reconocible.

Seguiré, pues, la ruta nevada en el mismo orden que aparecen las fotografías en la pantalla del móvil. No importa que no sea un orden lógico. Tampoco las emociones lo son. La primera imagen es la de la curva del camino. Destaca la huella de los coches y, a la izquierda, las señales de una alambrada, como si todavía hubiera ganado suelto. No hay rastro humano ni animal, pero aún hay camino. Es lo que queda, que no es poco: el camino y la vieja casa reconstruida. La segunda imagen está sacada desde lo somero del pueblo. Resaltan los muros de la iglesia derrumbada y al fondo, el cerro del Castillo. Las ruinas celtibéricas y los cados de los conejos del monte quedan probablemente  bajo el amparo piadoso de  la nieve. A la espalda del fotógrafo, a la sombra de la Alcarama blanca, arranca el camino de Valdenegrillos, donde la Romana resiste sola, sin nadie a varias leguas a la redonda,  con su gata, junto al fuego de la cocina, entre las ruinas nevadas del caserío. Puede que ante el cariz del tiempo y ante tal desamparo, la solitaria anciana, la última resistente, reciba hoy la visita semanal de la Guardia Civil o del guarda forestal para ver si tiene agua, está enferma  o le faltan suministros.

Hay varias fotos de las eras blancas, que suscitan un fuerte contraste con el recuerdo de las parvas tendidas del ardiente verano, en las que crujía la mies al paso de los trillos, y las alegres  cuyalbas hacían sus nidos en las paredes, ahora derrumbadas la mayoría, que separaban unas eras de otras. La desaparición de la trilla y de la tradicional recogida de la cosecha fue la señal de que en los pueblos sólo quedaba el invierno como su seña de identidad. Una demostración patente de que el único elemento fiel de las Tierras Altas es la nieve, además de las cuyalbas,  y, por supuesto, los recuerdos.

Hay numerosas fotografías de las calles del pueblo, de la plaza, del juego-pelota, con la fuente y el lavadero al fondo, con tres árbolitos nuevos plantados en la Era Empedrada, donde se pinga el mayo, un detalle esperanzador. No todo está perdido. Y la Asociación de Sarnago cumple cuarenta años en este año bisiesto. Esto merece una grandiosa celebración por la constancia, la resistencia y la resonancia. No en vano Sarnago ha abierto camino a la esperanza de la España vaciada.

Llama la atención que en la espesa capa de nieve que cubre las calles, demostración gráfica de que estamos ante una nevada como las de antes, no se ve una huella. La sensación de silencio y de soledad es abrumadora. Es imposible no acordarse en este punto de aquellas “guerras” infantiles a bolazo limpio en la plaza durante  el recreo de la escuela y del humo de la “amasadería”,  cercana y caliente, de la tía Milagros . Ahora no hay nadie en la plaza, ni un perro retozando en la nieve,  nadie amasa ni cuece el pan y nadie construye en los ventisqueros trampas jocosas para incautos.

Y dejo para el final unas estampas cargadas de misterio y magnificencia. Son las imágenes interiores de  la impresionante figura de la nave hundida y vacía  de la iglesia. Pisamos aquí tierra sagrada. La nieve cubre amorosamente  los huesos de los muertos y bendice y purifica el alma de los vivos.