LA NIEVE COMO GUÍA

por elcantodelcuco

De niño en el pueblo, la nevada servía, entre otras cosas, para seguir la huella de las liebres en el monte. A estas alturas de la vida, las hermosas postales de Sarnago nevado que me manda Josemari Carrascosa me devuelven al paisaje de la infancia y me sirven de guía para recrear la vida y alentar la memoria. El blanco manto cubriéndolo todo -la primera gran nevada del año en las tierras de la Alcarama- nos devuelve el paisaje original, puro, sin mancha  y perfectamente reconocible.

Seguiré, pues, la ruta nevada en el mismo orden que aparecen las fotografías en la pantalla del móvil. No importa que no sea un orden lógico. Tampoco las emociones lo son. La primera imagen es la de la curva del camino. Destaca la huella de los coches y, a la izquierda, las señales de una alambrada, como si todavía hubiera ganado suelto. No hay rastro humano ni animal, pero aún hay camino. Es lo que queda, que no es poco: el camino y la vieja casa reconstruida. La segunda imagen está sacada desde lo somero del pueblo. Resaltan los muros de la iglesia derrumbada y al fondo, el cerro del Castillo. Las ruinas celtibéricas y los cados de los conejos del monte quedan probablemente  bajo el amparo piadoso de  la nieve. A la espalda del fotógrafo, a la sombra de la Alcarama blanca, arranca el camino de Valdenegrillos, donde la Romana resiste sola, sin nadie a varias leguas a la redonda,  con su gata, junto al fuego de la cocina, entre las ruinas nevadas del caserío. Puede que ante el cariz del tiempo y ante tal desamparo, la solitaria anciana, la última resistente, reciba hoy la visita semanal de la Guardia Civil o del guarda forestal para ver si tiene agua, está enferma  o le faltan suministros.

Hay varias fotos de las eras blancas, que suscitan un fuerte contraste con el recuerdo de las parvas tendidas del ardiente verano, en las que crujía la mies al paso de los trillos, y las alegres  cuyalbas hacían sus nidos en las paredes, ahora derrumbadas la mayoría, que separaban unas eras de otras. La desaparición de la trilla y de la tradicional recogida de la cosecha fue la señal de que en los pueblos sólo quedaba el invierno como su seña de identidad. Una demostración patente de que el único elemento fiel de las Tierras Altas es la nieve, además de las cuyalbas,  y, por supuesto, los recuerdos.

Hay numerosas fotografías de las calles del pueblo, de la plaza, del juego-pelota, con la fuente y el lavadero al fondo, con tres árbolitos nuevos plantados en la Era Empedrada, donde se pinga el mayo, un detalle esperanzador. No todo está perdido. Y la Asociación de Sarnago cumple cuarenta años en este año bisiesto. Esto merece una grandiosa celebración por la constancia, la resistencia y la resonancia. No en vano Sarnago ha abierto camino a la esperanza de la España vaciada.

Llama la atención que en la espesa capa de nieve que cubre las calles, demostración gráfica de que estamos ante una nevada como las de antes, no se ve una huella. La sensación de silencio y de soledad es abrumadora. Es imposible no acordarse en este punto de aquellas “guerras” infantiles a bolazo limpio en la plaza durante  el recreo de la escuela y del humo de la “amasadería”,  cercana y caliente, de la tía Milagros . Ahora no hay nadie en la plaza, ni un perro retozando en la nieve,  nadie amasa ni cuece el pan y nadie construye en los ventisqueros trampas jocosas para incautos.

Y dejo para el final unas estampas cargadas de misterio y magnificencia. Son las imágenes interiores de  la impresionante figura de la nave hundida y vacía  de la iglesia. Pisamos aquí tierra sagrada. La nieve cubre amorosamente  los huesos de los muertos y bendice y purifica el alma de los vivos.