LOS TRACTORES TOMAN LA CIUDAD

por elcantodelcuco

No hace tantos años que, a finales de febrero, si templaba el tiempo y la nieve desaparecía, reducida si acaso a pequeñas manchas sucias en los rincones umbríos, al pie de los ribazos, las yuntas, después del parón obligado del invierno, volvían a los caminos arrastrando el timón de madera del arado. Había que empezar a remover la tierra para la siembra de los tardíos: la avena y la cebada ladilla mayormente. Pero esa estampa rural ha desaparecido desde que llegaron las máquinas, que sustituyeron a las caballerías. La agricultura se modernizó, los pueblos fueron quedándose vacíos y los precios de los productos del campo quedaron casi congelados sin evolucionar al mismo ritmo que los costes y los precios de los mercados. Hasta que los labradores y ganaderos no han podido más y han saltado a los tractores con rabia contenida. Se han echado con ellos a las carreteras y su protesta ha sorprendido a las autoridades, más pendientes de las exigencias de Cataluña que de los acuciantes  problemas de la España rural. Sobre la marcha el Gobierno no ha tenido más remedio que  improvisar unos remiendos para el desgarrón.

Los tractores han ocupado el asfalto de las autovías y las calles de las ciudades. Es una estampa bastante insólita. Hasta ahora venía ocurriendo  lo contrario: era la ciudad la que invadía, paso a paso, el mundo rural. La cultura urbana -su música, sus coches, su forma de vestir, su ruido, sus comidas y hasta su lenguaje, o sea lo que se conoce como estilo de vida- extiende implacablemente sus tentáculos sobre los pueblos, cada vez más vacíos e indefensos, mientras la milenaria cultura rural se desvanece y muere en aras de la globalización. De los pueblos -de sus iglesias, sus fiestas y sus ruinas- sólo perdura el pintoresquismo. Por eso es más chocante el atrevimiento de los campesinos de subirse a los tractores y plantarse en medio de la ciudad. Deben de estar locos o desesperados. Pero es también una demostración gráfica de que el campo aún está vivo. Y eso reconforta a los que venimos de allí. Es sin duda  una revuelta a la desesperada. Deberían tenerlo en cuenta los políticos de la capital, los de los zapatos relucientes, que nunca han pisado un terrón ni se han subido a un tractor.

Quiero decir que esta protesta del campo, con los tractores apoderándose de las autovías y de las calles de las ciudades, no es algo pintoresco y pasajero como la graciosa estampa del rebaño de las merinas cruzando una vez al año  la Puerta del Sol de Madrid para reivindicar  su derecho  sobre la antigua cañada, completamente irreconocible. Y desde luego sobra la demagógica incitación del vicepresidente Iglesias -al que los tractores  han pasado por encima y  han arrollado nada más tomar posesión del cargo- a que invadan carreteras y calles urbanas. Los airados campesinos saben lo que tienen que hacer. Con el máximo respeto. Han aprendido de los comuneros. Lo que piden es un precio justo para sus productos. Al Gobierno le corresponde negociar a calzón quitado con ellos y buscar soluciones a los males del campo español aquí y en Bruselas.

El mal viene de lejos como demuestran los versos de Gregorio Silvestre, un poeta del siglo XVI poco conocido: “Decid los que tratáis de agricultura / en este valle umbroso y desabrido: / ¿qué fruto del deleite habéis tenido / que no se os torne luego en amargura?”. Con esta primavera adelantada de febrerillo loco, con los frutales floreciendo, antes de que vuelva un cordonazo del invierno y hiele la florada, la tierra está ya en tempero, como digo, y habrá que ir pensando en la siembra de los tardíos. La rueda de las estaciones no para y el ciclo del campo se repite inexorablemente. Los tractores volverán pronto dócilmente al barbecho.