RECUERDO DE LA MONJA JULIANA

por elcantodelcuco

 

(Ahora que estamos todos en arresto domiciliario y que parece, con la vida en suspenso y la muerte en los talones, que el tiempo se detiene, vamos a volver sobre nuestros pasos y pisar terreno conocido. Recreemos lo vivido. Me ha parecido que este relato, que acabo de publicar en “La Razón”, puede resultar entretenido para los antiguos seguidores de “El canto del cuco” -el reciclaje es un arte como otro cualquiera- y novedoso para los recién llegados. Advierto que, si cuento con su venia, en el próximo me ocuparé de la Romana de Valdenegrillos, otra heroica amiga de la soledad)  

Les contaré hoy para animar su reclusión obligatoria la historia de la monja Juliana, una mujer que prefiere la soledad de una cabaña a la compañía en los muros del monasterio. Más de una vez la visité en su casucha prefabricada, instalada en el rincón de un prado en Molinos de Razón, al pie de la Cebollera. Allí vivió veintiséis años largos, rezando, leyendo y escuchando música de Bach. Dormía en el suelo con la ventana abierta en el duro invierno soriano. No tenía calefacción. Mientras pudo, cultivó su pequeño huerto. Hasta que le fallaron las piernas, viajaba en su vieja bicicleta a Sotillo o Valdeavellano para oír misa o comprar suministros. Es vegetariana y necesita muy poco para vivir. Una nube le privó  de la visión de uno de sus ojos, que son azules como el cielo acerado de Castilla. Estaba  siempre alegre, abierta al mundo, con su pequeña radio a mano, y llena de curiosidad. Se echa en falta ahora  su frágil figura con el hábito azul del Císter y la cabeza cubierta, pedaleando por la carretera como  el vuelo (azul de una mariposa.

La monja Juliana, que llegó de Gante y se afincó en estas soledades,  se resistió lo que pudo a que la llevaran al monasterio. “¡Yo tengo vocación de anacoreta!”, clamaba. La primera vez que la obligaron, cuando empezaba a fallarle la cadera, resistió poco allí dentro. El cuarto de baño le parecía un lujo insoportable, y se volvió a su rincón solitario. Necesitaba vivir en medio de la Naturaleza. Eso decía. Pero la resistencia no duró mucho. La cadera no le dejaba andar ni estar de pie. Era mayo cuando vinieron a buscarla. Andaba ya cerca de los noventa. Casi no podía moverse. Los que fueron a despedirla la encontraron echada en el suelo – le habían eliminado ya su pequeño oratorio- al pie de la ventana, desde la que podía contemplar el monte, escuchando música clásica. “Juliana -le dijeron- ¿te ayudamos a hacer la maleta?”. Y ella se rio. ¡No tenía maleta! Se fue con lo puesto.

Sigue en el monasterio cisterciense de Toledo. No ha perdido el buen ánimo, según me cuenta gente que ha ido a verla. Habita una pequeña celda solitaria. Duerme en el suelo y por la ventana observa el cielo, las nubes y el vuelo de los pájaros. Pero no se olvida de su cabaña solitaria en la orilla del monte, al pie de la Cebollera. Eso me han dicho.