El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

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NO ERA TIEMPO NI HABÍA LUGAR PARA LOS DIFERENTES

(Esta es una colaboración que me ha pedido Chiqui para ilustrar un trabajo sobre “Discapacidad y Despoblación” en la revista del prestigioso Hospital de Parapléjicos de Toledo, donde ella trabaja de psicóloga. La encargada de realizar ese trabajo es una fisioterapeuta, compañera suya y que, por esas casualidades de la vida es natural de Villar del Río, en las Tierras Altas de Soria, a un paso de Sarnago, mi pueblo. He pensado que podía interesar también a los seguidores de “El canto del cuco”)  

Nos situamos en los años de la posguerra, en las Tierras Altas de Soria, un rincón pobre y abrupto de la España rural, donde Castilla pierde su nombre. Eran los tiempos del racionamiento, de los delegados, del pan negro, de la economía del trueque y del estraperlo. En cada caserío se podía ver a más de un mutilado de guerra -sin una pierna, sin un brazo, tuerto o sordo como una tapia-  a los que el régimen, además de sufragar al cojo la pata de palo, otorgaba algún beneficio civil: el correo, el estanco o la Administración de Lotería.

Estos son recuerdos de mi infancia lejana. En el pueblo, como tengo dicho, no había, por no haber, ni agua corriente ni luz eléctrica. El terreno era escabroso y las calles estaban sin asfaltar, con un empedrado deficiente y rudimentario, poblado de cagajones y cagarrutas. No había coches, ni carros, ni bicis. Aún no habían llegado los tractores ni las cosechadoras. En realidad allí no existía la rueda. Cualquiera con un problema serio de movilidad -ancianos, cojos, paralíticos…- tenía dificultades para moverse por la calle. A nadie se le había ocurrido entonces todavía eliminar barreras arquitectónicas ni dentro ni fuera de casa para facilitar la movilidad.

Recuerdo bien el caso de los hijos del tío Casimiro y la tía Milagros. Formaban una familia numerosa. Ella llevaba el horno comunitario  del pan que estaba junto a la plaza. Vivían en el barrio de abajo, entrando por un callejón. Poseían un perro peligroso, que estaba siempre suelto. Se llamaba “Reverte” y mordía al que se acercaba desprevenido. La mitad de los hijos estaban sanos y la otra mitad sufrían una enfermedad neurológica, que iba avanzando desde la infancia hasta impedirles andar, además de otros problemas que se agravaban con los años fatalmente, hasta convertirlos en desechos humanos antes de morir. Su vida era corta. Me acuerdo, sobre todo, de dos de ellos, el Isidro y  el Faustino, que eran un poco mayores que yo. Se pasaban la vida, sin bajar nuca a la calle, aposentados en una salita y asomados a un balcón enrejado que daba al callejón, del que se adueñaba el perro. Se entretenían, sobre todo, con las noticias del fútbol y las quinielas. Allí pasaban los pobres la vida, su corta vida, aparcados sin moverse, viendo pasar las nubes y el revuelo de los gorriones en el tejado de enfrente. Nadie les proporcionó una silla de ruedas ni un mal carricoche para dar un paseo.  Eso era un sueño imposible entonces. Mi hermano y yo, en vacaciones, nos pasábamos las horas muertas con ellos. Se alegraban de vernos. Éramos, creo, los únicos que los visitábamos. La gente del pueblo les tenía compasión, pero procuraba ignorarlos como si no existieran. Nadie preguntaba a los padres: “¿Cómo están los chicos?”

Todo lo contrario de lo que ocurría con el que tuviera un defecto físico. Eso se convertiría en su seña de identidad, y, en los casos más llamativos, sería objeto de la burla de todos. Ocurría desde los niños de la escuela, por cualquier deficiencia, a los viejos que habían perdido la cabeza con los años. Su desorientación y sus salidas producían risa. La gente se reía del deficiente por sistema, sin compasión alguna. Con frecuencia un defecto del padre o de la madre se convertía en el apodo con que era conocida esa familia durante generaciones. Por lo general, un defecto muy visible proporcionaba la seña de identidad del individuo: La tía Sorda, el Sordo, el Manquillo, el Bisojo, el Cuatrojos, la Tía Pelavivos, el Murco, el Miralcielo… Entre los niños, al deficiente o al distinto se le hacía la vida imposible en la escuela y se le discriminaba en el recreo con la complicidad general de los mayores. Del “tonto del pueblo” -en cada pueblo había uno, como había aguacil o cabrero,- se reía todo el mundo.

Me viene, a este propósito, a la cabeza el caso del “Tuto, el cacharrero”, que fue una caso singular. Llegó a ser muy popular en la comarca. Un hombre joven, que venía  del pueblo vecino, corto de mente, bondadoso y peculiar. Por unas pesetas hacía de  ayudante  del vendedor de los cacharros: cazuelas, pucheros, botijos… Mientras éste extendía la mercancía en la plaza, el Tuto iba “echando el pregón” pausadamente por las calles del pueblo. En vez de gritar, anunciaba con una voz característica, suave y contenida, casi dulce: “¡El cacharreroooo…!” Y los niños salíamos a su encuentro, divertidos. Nadie le quería mal, pero todos -las mujeres, los hombres, los muchachos- le preguntaban cien veces, uno detrás de otro: “Pero vamos a ver, Tuto, ¿tú cómo te llamas en realidad?”. Y él respondía a todos siempre lo mismo, sin alzar la voz, sin enfadarse nunca, con paciencia y suavidad,  con los ojos mirando al suelo: “ Pues lo mismo me da que me llamen Tuto que Restituto”. La respuesta esperada provocaba la carcajada general.  La frase llegó a hacerse popular y la gente de la comarca la repetía cuando quería expresar que no tenía preferencia por algo o  que no le importaba nada lo que dijeran de él.

La crueldad de los vecinos con el que rompía las normas establecidas en la comunidad se mostraba con especial virulencia contra los sexualmente diferentes. Nadie se atrevía a mostrar abiertamente su homosexualidad. Oí el caso de un muchacho de  un pueblo de al lado, un tanto amanerado, al que se le descubrió esa tendencia , y la familia, avergonzada, se vio obligada a emigrar para evitar el escarnio y el acoso inmisericorde de los vecinos. Todo el mundo lo conocía por “El Mariquita”.  Además entonces declararse homosexual era políticamente incorrecto.  También suponía un suplicio el que tenía que soportar  una mujer -esto no ocurría con un hombre-, sobre todo si estaba casada, de la que se sospechaba un desliz o una relación ilícita. El caso se convertía automáticamente en la comidilla del vecindario. La mujer quedaba expuesta a la pública vergüenza y, si estaba soltera, encontraría dificultades para encontrar novio en la comarca. También era demoledor en aquellas tierras castellanas el hecho de que alguien adquiriera fama de ladrón , aunque fuera por haber cogido distraídamente una lechuga del huerto del vecino. Robar era imperdonable, y la mala fama de los padres se transmitía a veces a los hijos durante varias generaciones.

En fin, como digo, no era aquel buen tiempo ni buen lugar, según mis recuerdos, para los diferentes, para los débiles, para los tullidos, ni para los que se saltaba las normas sagradas de la comunidad.

EL DÍA QUE DEJÉ DE CAZAR

El voto de los cazadores tendrá  importancia en las elecciones del domingo, 10 de noviembre. Lo saben bien los de Vox, que tratan de aprovecharse de las críticas y obstáculos a la caza en estos tiempos revueltos en los que los animalistas se vuelven combativos y en los que se confunde el culo con las témporas. El caso es que, según los números, hay ahora mismo unos dos millones de españoles con licencia de caza. Yo mismo fui cazador un día.

Dejando aparte la política, que desfigura casi todo, la caza era en  la posguerra  uno de los placeres del otoño en el pueblo, una distracción inocente para escándalo de los actuales animalistas. Salir de caza, acompañando a los mayores, fue uno de los goces de mi infancia. Disfrutábamos tanto como los perros que saltaban de alegría cuando aparecían en el portal los cazadores con la cartuchera al cinto y la escopeta al hombro. Todavía no había cotos y aún quedaba caza. Todo era campo libre. No había sonado la hora de la progresiva y acelerada desaparición de gorriones, calandrias  y codornices. Las hermosas aves de rapiña se consideraban entonces alimañas que había que eliminar para proteger la caza, y en el Ayuntamiento te daban unas pesetas si llevabas un aguilucho muerto o unos huevos de águila, de urraca o de cuervo. Así que desde niños nos volvimos depredadores. La veda no se respetaba demasiado, o sea que, con más frecuencia de lo debido, ejercíamos de furtivos con la complicidad, más de una vez, de la Guardia Civil.

El cazador amaba los animales, disfrutaba del campo y del monte, comulgaba con la Naturaleza, ejercía la camaradería, cazaba para comer, evitaba prolongar el sufrimiento del animal herido, por ejemplo, de la perdiz alicorta, y despreciaba al lacero que ponía al anochecer los lazos traicioneros en la vereda al paso de las liebres.

Las más de las veces volvía a casa con el morral vacío, después de recorrer el monte esperando que saltara la liebre a la vereda y de perseguir en los cogotes y laderas del raso el esquivo y bravo bando de perdices. Pero el día que lo traía lleno había fiesta y toda la familia se reunía a celebrarlo. La cena consistía invariablemente en un fastuoso calderillo de liebre o conejo con arroz. (El calderillo, colgado de las llares sobre el fuego de la cocina se utilizaba siempre, como el instrumento de un rito sagrado, para estas cenas de caza y para las sabrosas migas del almuerzo). Mientras toda la familia, sentada alrededor, daba buena cuenta  del humeante calderillo del arroz con liebre y  el porrón corría de mano en mano, los cazadores -el abuelo y los tíos- contaban con pelos y señales los detalles de la última cacería y era el momento de recordar fantásticas y exageradas hazañas de caza, siempre las mismas, en las que mandaba la imaginación.

Ahora ya no queda caza ni apenas cazadores rurales. En muchos pueblos del interior, como  sabemos, no queda nadie o los que aún resisten son demasiado viejos para echarse al campo con la escopeta al hombro. Además el campo está acotado, reservado para los de la ciudad, que son los que disfrutan, sobre todo, de la caza mayor. Hoy en los montes de las Tierras Altas hay más gamos, ciervos y jabalíes que liebres, perdices o torcaces.

Personalmente, cuando comprendí que no necesitaba ya la caza para comer, perdí la inocencia -o la recuperé, no sé- y colgué la escopeta. Me pregunto qué diría hoy Miguel Delibes, con el que mantuve interesantes y  divertidas conversaciones sobre esto un verano en El Escorial. ¿Comprendería mi renuncia a matar animales, mi abandono del ancestral y noble deporte de la caza? Sólo las aves de rapiña sobrevuelan ya los cielos de Castilla. Pero en las próximas noches de luna escucharemos en el monte, en medio del silencio, la berrea de los ciervos en celo. Y yo seguiré dando de comer en mi pequeño jardín a los mirlos y a los gorriones.

EN DEFENSA DEL COMÚN

En Sarnago y en los pueblos de alrededor siguen estos días con las hacenderas. Lo que se conoce como trabajo comunitario. No importa que en la mayor parte de las casas, o en en todas ellas, ya no viva nadie de forma estable. La población flotante, que no olvida sus raíces, agarra la azada, el pico y la pala y se echa a los caminos. Van todos juntos, en buena armonía, como en los viejos tiempos cuando los vecinos eran convocados a toque de corneta o de campana y cuando los trabajos y obligaciones  de la comunidad se hacían “a reo vecino”. En este caso los voluntarios han sido convocados  este domingo para recuperar y desbrozar la señal de los caminos que unían Matasejún, La Ventosa, San Pedro Manrique y Sarnago, dentro de la GR-86, una ruta de 60 kilómetros, entre lomas, barrancos, ribaceras, manchas de pinos, dehesas de robles y piezas de cultivo. La Diputación hará el resto. Los arrieros y las yuntas, que hace tiempo desaparecieron del paisaje, serán sustituidos por viajeros curiosos, a los que sorprenderá el silencio y la belleza elemental y primitiva de una tierra en la que las ruinas no han perdido la  magnificencia.

Las veredas y los caminos de herradura son las arterias que llevan la sangre a los caseríos y los vivifican. Un pueblo se muere del todo cuando se borran sus caminos, diluidos entre la maleza. Mientras quedan caminos hay vida. Estos que ahora se señalan y se desbrozan son los caminos de mi infancia, que tantas veces recorrí  a golpe de alpargata y en los que los campesinos de cien generaciones desgastaron sus albarcas. ¡Ah, el camino de Matasajún, de donde era mi abuelo Alejandro, por el Horcajuelo y la cuesta de Las Hoyuelas, con la sierra azul de Oncala al fondo! ¡Y la vereda serpenteante, a ratos perdida entre los ulagares, por el Hombriazo, que llevaba a La Ventosa después de vadear el Linares niño, que los abuelos recorrían tantas veces pasito a paso!  ¡Y ,en fin, el camino de San Pedro, por Empudia y la “fuente podrida”, que conducía al mercado y al molino y que era el cordón umbilical de Sarnago con el resto del mundo, el único que ha mejorado y resistido la despoblación!  Me alegro de que todos estos caminos vuelvan a ser  reconocibles y transitados. Es un signo de vida y un avance de la civilización. Aplaudo el trabajo comunitario y la esperada ayuda de la Diputación.

Aprovecho para poner de relieve la importancia del común en estas tierras de fuerte tradición comunera. Una de las características de la economía y la forma de vida de las Tierras Altas ha sido, desde siempre, la pacífica  convivencia de la propiedad privada de la tierra con la existencia de grandes espacios de propiedad común, sobre todo los lotes del monte, llamados también “blancos del pueblo”, por donde campaba el ganado, sobre todo la cabrada, y que abastecían de estrepas los bardales del corral de cada casa. Destaca además la utilidad del ejido, en la orilla del pueblo, y la Dehesa. Esta última, de fuerte valor ecológico hasta que la labraron para plantar pinos, era propiedad estatal, si no recuerdo mal, pero de aprovechamiento vecinal. En la Dehesa se soltaba la dula y se hacía por estas fechas, cuando ya amenazaba la nieve, la corta de la leña. Los montones de trocos de roble se sorteaban -a cada vecino su suerte-, y estos rimeros alimentarían la lumbre del hogar en el duro invierno y hasta la corta siguiente. En una comarca de fuerte tradición ganadera, también era compartido, con los pagos del terreno debidamente reglamentados, el aprovechamiento libre de pastos y rastrojeras. Pero quizás la estampa más característica de esta tradición comunera era la labranza y la siembra de las rozas comunitarias, ruidosa  labor en la que participaban todas las yuntas del pueblo juntas, y, después, el inolvidable día la trilla de la cosecha de todos, la cosecha municipal, con la gran parva de centeno tendida en el ejido como coronación alegre del verano.

EL GRITO DEL SILENCIO

A los seis meses de la “revuelta” histórica, con gritos y pancartas en Madrid, la España vaciada ha vuelto a demostrar que la protesta sigue viva. Este 4 de octubre, viernes, festividad de San Francisco de Asís, que no es mal acompañante, miles de personas se han concentrado en silencio en las plazas de pueblos y ciudades de veintitrés provincias y han guardado un estruendoso silencio de cinco minutos exigiendo a los poderes públicos que tomen de una vez cartas en el asunto.

No me resisto a unirme -es lo que está en mis manos- a la pacífica protesta reproduciendo aquí el manifiesto de “Soria, ¡YA!”, uno de los miembros más activos de la Coordinadora que organiza la “revuelta” , leído en la concentración de la Plaza Mayor de Soria y en las plazas de los pueblos, en los que aún vive alguien.

Hace ya seis meses de aquella marcha reivindicativa en las calles de Madrid, compartida con miles de ciudadanos venidos de tantos pueblos y ciudades de la España interior, de esa España rural lenta y silenciosamente vaciada.

Hoy, aquí, en la plaza de mi pueblo o a las puertas del Ayuntamiento o al pie mismo de nuestro lugar de trabajo, volvemos a juntarnos de nuevo, no para unir nuestra voz airada y firme sino para aunar nuestro silencio, el silencio de sorianos que, junto al de miles de ciudadanos en veintitrés provincias españolas debe resonar como un eco sereno y claro en el aire limpio de España.

Gobierno de España, Gobierno de la Junta de Castilla y León, instituciones públicas y agentes sociales de la provincia de Soria, escuchad nuestro silencio, un silencio portador de un mensaje cargado a la vez de desazón y de esperanza. ¡Queremos un verdadero pacto de Estado contra la despoblación, contra la desvertebración territorial de España y contra la creciente desigualdad de oportunidades entre ciudadanos españoles!

El momento de las buenas intenciones, de las promesas vanas, de las acciones que sólo viven en el papel, ha quedado definitivamente atrás. Ahora le corresponde al Gobierno de España y a los Gobiernos Autonómicos diseñar y desarrollar una verdadera estrategia a favor de la España Vaciada, con actuaciones bien definidas, con presupuestos suficientes y plazos bien marcados y a salvo de los vaivenes políticos de carácter partidista.

Paramos para no parar. Nos callamos para que se nos oiga mejor.

Nuestras son las palabras del poeta Antonio Machado: Nosotros somos la voz de “la España de la rabia y de la idea”. Somos la rabia serena de una España vaciada, que se desangra ante el olvido y la indiferencia de quienes debieran ser sus principales valedores. Pero somos también la idea de una España vital, esencial, fundamental, de alma inconformista y brava que, harta de promesas incumplidas, pide la palabra y quiere ser escuchada.

Somos la encina que abriga el desolado páramo, el firme roble que no se curva, el chopo que verdea las amables riberas, el pinar interminable que no maldice del silencio, somos, amigo Antonio, como tu viejo “olmo hendido por el rayo y en su mitad podrido (que), con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido”.

Porque somos la renacida esperanza de un pueblo vivo.

¡Y porque Soria tiene futuro!

 

Creo que está dicho todo. Esperemos que los que tienen que escuchar escuchen este respetuoso y desesperado grito del silencio dejando aparte las politiquerías. El problema de la despoblación y de la desvertebración nacional es uno de los más serios que tiene España.

REPASO DEL TIEMPO PERDIDO

Por culpa de la dispersión del verano, de otras ocupaciones ineludibles, de algunas  preocupaciones vulgares y de un cierto desánimo, tras tantos años anunciando en vano la primavera de los pueblos, llevo  tiempo ausente de esta rama donde acostumbro a cantar y que ya empieza a perder las hojas. Pido disculpas a los seguidores asiduos. Intentaré recuperar, a las puertas del otoño, estas semanas de silencio.

No se me ocurre nada mejor para compensar la imperdonable ausencia que compartir con todos algunos fragmentos de unos escritos míos que  han ido apareciendo este verano, mientras aquí se hacía el silencio y yo brillaba por mi ausencia sin dar explicaciones. Tómenlo como una recuperación del tiempo perdido. Es una forma como otra cualquiera  de dar razón de mí mismo.

  1. CARTA DE VERANO. Escribo desde el mar. Lo contemplo desde la terraza mientras cae la tarde, una tarde plácida de julio, estrictamente azul. El azul marino se une amorosamente en la lejanía con el azul celeste. En lontananza se divisa la vela blanca de un velero (…) La playa luce, como casi siempre, bandera verde. Ahí siguen, mañana y tarde, los europeos del norte, que todo el mundo conoce por “guiris”, tostándose al sol y bebiendo cerveza barata en los chiringuitos. La multitud de extranjeros convive pacíficamente con las huestes autóctonas, murcianas mayormente y de Madrid. Es una invasión pacífica de cuerpos gloriosos y otros, la mayoría, no tanto. No faltan orondas alemanas con las primas de riesgo al aire. Entre las sombrillas suenan lenguas indescifrables. Las orillas del Mediterráneo se han convertido en un compendio del universo. Es la globalización. La corriente turística del norte se mezcla en la playa -iba a decir que choca- con la corriente humana del sur. Los subsaharianos y los de las pateras que no han muerto en el mar tratan de sobrevivir vendiendo sus mercancías. Los africanos, en un trasiego constante entre los bañistas, ofrecen sus productos de imitación: bolsos, gafas de sol, relojes, gorras, camisetas…Pasan los marroquíes cargados de mantas y toallas. Vienen las gitanas con pareos de colores. La gitana mayor vocea su fruta -piña, coco, rajas de sandía…- en inglés macarrónico. Llegan silenciosas las jóvenes chinas ofreciendo su servicio de masaje a veinte euros sobre la arena caliente… Chocan aquí dos mundos que están a una distancia sideral. Es la razón de las grandes corrientes migratorias (…) Cae la tarde por su propio peso. El sol se pone sobre tierra firme. Mañana será otro día, y el sol volverá a salir para todos, según su costumbre, por el mar como una llamarada.

 

2. METAMORFOSIS. Estos días de agosto se llena la España vaciada. Vuelven al pueblo los que se fueron, sus hijos y sus nietos. Y no faltan otros forasteros curiosos. Es una impresionante metamorfosis. El ruido de la ciudad se apodera del mundo rural y sus tentáculos amenazan con acabar definitivamente con lo que queda de la civilización antigua. Los coches invaden las carreteras, los caminos y las calles (…) Del silencio y la soledad que se apodera de los caseríos durante el largo invierno se pasa estos días, en torno a las fiestas, al estrépito, la aglomeración y la música machacona y desaforada. El viajero de la ciudad que busca paz en el campo, que se olvide de venir en este calderón festivo del verano. No encontrará sosiego (…) Lo que quiero decir es que en torno a las fiestas patronales de agosto y septiembre se produce en el mundo rural un llamativo fenómeno sociológico. Los que quedan en los pueblos sacan del arca las mejores galas antiguas, lo más florido de las tradiciones y recuperan por unos días el orgullo y la fe en sí mismos y en lo que fueron. Y al mismo tiempo los pueblos se transforman por unos días en aliviaderos o sucursales de la ciudad. Los que vienen son más e imponen su nuevo estilo de vida. Son dos culturas que chocan irremediablemente. La globalización arrasa las identidades, de las que sólo va quedando el pintoresquismo. Una milenaria forma de vida se resiste a morir y aprovecha las fiestas para demostrar a los que vienen de la ciudad su voluntad de supervivencia. Es una batalla perdida. Sólo queda recoger los despojos. Mientras tanto, que siga la fiesta, que suene la música y que corra el vino. También los pueblos tienen derecho a divertirse unos días antes de morir.

 

3. POESÍA EN EL PARQUE. En el viejo salón semivacío del Casino Amistad Numancia quedé a tomar café y hablar un “ratillo”, como él dice, con Fermín Herrero, el mejor poeta castellano de su generación. Los dos venimos de las Tierras Altas, a un lado y otro de la sierra de Oncala. Era imposible  que no saliera a relucir el problema de la despoblación y el mezquino aprovechamiento que hacen de este drama rural unos cuantos escritores y poetas mediocres y advenedizos, siempre los mismos, que acaparan invitaciones y visibilidad. Herrero me regaló “Microclimas”, un precioso libro de fotografías antiguas en blanco y negro de Ramón Siscart, esmaltadas con breves poemas cortos suyos. En él se recogen las imágenes de las personas y los objetos del alfoz sentimental del autor, los despojos de un mundo que desaparece. No faltan sus padres. “Están los dos ancianos / ante las rosas blancas. / El aroma del tiempo / se recoge en sus ojos”. Después, al caer la tarde soriana, con ciercera de agosto, Fermín Herrero presentó en la Dehesa, bautizada como Alameda de Cervantes, a los dos poetas ganadores “ex aequo”  del Hiperión: el andaluz Carlos Catena por “Los días hábiles” y la castellana Maribel Andrés Llanero por “Autobús de Fermoselle”. Allí, bajo los árboles del parque, sentadas en sillas de madera, docenas de personas seguimos con no poca emoción el recitado de los poemas por sus jóvenes autores. El cortante frío que venía a destiempo de la Cebollera no movió a nadie de sus asientos. A mí me llegó más adentro la poesía de Maribel Andrés, seguramente porque zarandeaba la memoria de mi infancia en el pueblo. Este recital poético coronaba “Expoesía”, una intensa semana de poesía “para un tiempo nuevo” que ha tenido lugar en Soria en el corazón del verano. En el parque florecieron esos días docenas de casetas con libros, una imagen que contrasta con la de la España turística y playera, tan vacía de contenido. Esta es la otra España, la España despoblada y silenciosa, que se agarra a la cultura como tabla de salvación. Raro es el pueblo, por muy vaciado que esté durante el año, que no organice en verano, por medio de sus asociaciones, interesantes actos culturales. Conviene dejar constancia de ello. Dice Fermín Herrero en un brevísimo poema de este libro: “Sólo dos rosas, mínimas, pero de las antiguas. Huelen de verdad”. Pues eso

CARTA DE VERANO

Escribo desde el mar. Lo contemplo ahora desde la terraza de mi casa mientras cae la tarde, una tarde plácida de julio, estrictamente azul. El azul marino se une amorosamente en la lejanía con el azul celeste. En lontananza se distingue la vela blanca de un velero. Debajo de la casa se oyen gritos y risas de niños que juegan en la hierba entre las palmeras. Muy de mañana el podador, un hombre menudo y cetrino, con extraordinaria agilidad, ha trepado por el tronco y ha cortado las palmas inútiles. Ahora las palmeras lucen  airosas. Las altas copas, movidas por la leve brisa vespertina, se han convertido en penachos  verdes que saludan a la tarde al compás de las risas de los niños. Cortan el aire chillando los ocetes. Yo los observo desde arriba en una visión peculiar, como si manejara los palos de un guiñol. Ladra en la esquina de abajo el perro de los americanos. La mujer de enfrente, recién llegada, una rubia de generosa melena teñida,  limpia en bañador, con gran soltura, las barras blancas de su terraza entre los estores.

La playa luce, como siempre, bandera verde. Allí siguen, mañana y tarde, los europeos del norte, que aquí todo el mundo conoce por “guiris”, tostándose al sol y bebiendo cerveza barata en los chiringuitos. Hace unos días dos muchachos ingleses murieron aquí al lado al precipitarse al mar mientras se hacían un “selfie”. ¡Maldita estupidez humana!  Los muchachos y las muchachas no sueltan el móvil ni en la orilla del mar. Hoy lo que importa es la imagen, sobre todo la imagen, más que disfrutar de un sitio, mucho más que conocer un sitio. ¡La constancia gráfica! La multitud de extranjeros convive pacíficamente con las huestes autóctonas, murcianas mayormente y de Madrid. Es una invasión pacífica de cuerpos gloriosos y otros, la mayoría, no tanto. No faltan orondas mujeres alemanas con las primas de riesgo al aire.

Al pasar entre las sombrillas uno oye una sinfonía de lenguas, algunas indescifrables. Las orillas del Mediterráneo se han convertido en un microcosmos del universo. Esto sí que es globalización.  La corriente turística del norte se mezcla en la playa -iba a decir que choca como dos capas tectónicas- con la corriente humana del sur: la inmigración de las pateras, que trata de sobrevivir vendiendo sus mercancías. Los africanos, en un trasiego constante entre los bañistas, ofrecen sus productos de imitación: bolsos, gafas de sol, relojes, gorras, camisetas…Pasan los marroquíes cargados de mantas y toallas. Vienen las gitanas con pareos de colores. Llegan silenciosas las jóvenes chinas ofreciendo su servicio de masaje sobre la arena caliente a veinte euros… Aquí chocan  a la luz del sol dos mundos que están, a estas alturas del siglo XXI, a una distancia sideral. Este contraste explica la razón de las grandes corrientes migratorias. Las diferencias de presión barométrica provoca las tormentas. Las escandalosas diferencias sociales y económicas generan los grandes conflictos a lo largo de la historia humana.  Conviene tenerlo en cuenta.

Cae la tarde por su propio peso. El sol se pone por la tierra firme. Ladran más perros. Se ha ido apagando la risa de los niños. Mañana será otro día, y el sol volverá a salir, según su costumbre, como una llamarada roja sobre el mar.

EL TIEMPO DE LA COSECHA

(Este breve relato aparece hoy en “La Razón” y a los seguidores asiduos de “El canto del cuco” le traerá a la memoria un paisaje dibujado aquí hace ya algunos veranos. Cuestión de reciclaje, algo siempre recomendable y más en estos tiempos de usar y tirar. En este caso se trata de un compendio de aquello corregido y puesto al día. A los niños les gusta escuchar el mismo cuento mil veces repetido; a los mayores nos agrada volver una y otra vez sobre nuestros pasos y nuestros recuerdos. Espero que no les importe. El cuadro que aquí se pinta, al que le he añadido algunos claroscuros y unas sutiles pinceladas de color, a lo mejor merece su atención y hasta un pequeño hueco en la sala familiar. La vida en los pueblos era una constante reiteración de historias conocidas.  También las televisiones reponen las series en verano, y los músicos repiten las mismas piezas un año tras otro cuando hacen el pasacalles en la fiesta del pueblo. Y todos, tan contentos).

Para alguien de las Tierras Altas como yo, las semanas que van de San Pedro a Santiago significarán siempre el tiempo luminoso y ajetreado  de la cosecha, y por San Bartolomé, cuando desfallece agosto, culminará el año agrícola. Compréndanlo, a estas alturas, la vida de uno depende de los cristales rotos de la memoria. Hace mucho que el rito de cosechar ha dejado de ser parte esencial de la cultura rural. Ya no hay segadores en los tajos con la hoz en la mano derecha y la zoqueta en la izquierda, ni manadas en el alto rastrojo recién segado, ni garrotillo en la faja para enfajar las manadas con vencejo de bálago, ni se verán fascales en las piezas ni hacinas en las eras. Hace mucho que no andan recuas de caballerías acarreando la mies sobre las artolas por los caminos polvorientos entre nubes de saltamontes, de tábanos, de moscas y de mariposas. Los trillos están arrumbados en las casas deshabitadas y nadie sabe cuántos años hace que se tendió la última parva y se amontonó luego el trigo en el somero sobre el que maduraban las olorosas manzanas de Aguilar del Río Alhama y las maguillas silvestres.

Un día vinieron los de los pinos. El Gobierno de entonces pagó comisiones para convencer a los campesinos de que vendieran sus tierras. La repoblación forestal, como tengo contado cien veces, produjo la despoblación humana de toda la comarca de la Alcarama. Las tierras de cultivo pasaron a dueños desconocidos. Después llegaron las máquinas, que se llevaron por delante los ribazos, esenciales para el ecosistema, que sostenían los bancales y daban cobijo y alimento a los animales, y arrasaron huertos y herrañes en aras del progreso. Los tractores y las cosechadoras acabaron vaciando del todo las cuadras y las casas. En los caminos dejó de verse el pausado caminar de los arrieros. Se acabó la dula. Cayó también el precio de la lana y desaparecieron de los pagos cosechados los rebaños de ovejas. Los aperos de labranza -el yugo, el arado, la albarda, el ataharre, el trillo, los serones, la bríncula…- quedaron arrumbados, pasto de la humedad, el óxido, los ácaros y la polilla. Poco a poco sus hermosos nombres se borrarán de los libros de texto, de las novelas modernas, de los relatos sincopados de Internet y de la cabeza de las nuevas generaciones, lo mismo que borra el mar por la noche, con la marea, las huellas humanas de la orilla y los castillos de arena que han construido los niños.

 

LO QUE NO HABÍA EN EL PUEBLO

Los más jóvenes no se lo van a creer. Y los más viejos van a recordar. No hace falta remontarse unos siglos atrás. Ni siquiera un siglo. Pongamos que hablo de hace 70 u 80 años. Justo después de la guerra. Es la época de mi infancia y lo recuerdo muy bien. Contaré hoy cómo se vivía en el pueblo. O mejor, daré cuenta de lo que no había y, a pesar de ello, mal que bien vivíamos y nos desvivíamos. Incluso, con tantas carencias y privaciones, uno recuerda aquel tiempo como una época feliz de su vida.

No había luz eléctrica. Tenía yo doce o trece años cuando la inauguró el gobernador. Fue un gran acontecimiento. Hasta entonces, y después con muchos apagones y restricciones, la gente se alumbraba con candiles de aceite o de petróleo, con rudimentarios faroles portátiles y más raramente con un cabo de vela colocado en una palmatoria. Las noches eran oscuras como boca de lobo bajo un cielo estrellado.

No había teléfono y nadie podía imaginarse entonces que un día la gente llevaría un móvil en el bolsillo y podría comunicarse con cualquier persona en cualquier lugar del mundo marcando unos números. Eso, y no digamos las aplicaciones portentosas de los portátiles inteligentes, estaba fuera de la comprensión humana. A mis abuelos, Internet les parecería ahora, si levantaran la cabeza, un invento del diablo o cosa de brujería.

En Sarnago no había radio ni televisión. Los primeros transistores tardaron años en llegar. Tampoco había aparatos para oír música. Don Joaquín, el maestro, se agenció una gramola con pilas, pero no había manera de que funcionara unos minutos seguidos. Nunca olvidaré la ilusión que me hizo, siendo monaguillo, acompañar a don Livino, el cura, con otros muchachos, a Matasajún, a una legua de camino, para oír en una casa, que poseía, por lo visto, la única radio de todos los alrededores -un enorme aparato de madera- un partido de España en el campeonato mundial de fútbol de Brasil. La voz del locutor llegaba tan entrecortada que era difícil enterarse de nada.

Tampoco había agua corriente. Se traía de la fuente, en cántaros, botijos y calderos. Las mujeres lavaban la ropa en el lavadero público o en el río. Las caballerías abrevaban en el pilón o bebedero. En casa no había cuarto de baño. No había ducha ni bañera ni retrete. Las necesidades se hacían en la cuadra, en la majada, en el pajar, en el corral o a la intemperie. No recuerdo que hubiera tampoco en el pueblo papel higiénico, un lujo que llegó mucho más tarde. Así que cada cual se las apañaba como podía. No había pasta de dientes ni champú. Debajo de todas las camas, eso sí, había un orinal.

En las casas no había calefacción. Sólo la lumbre de la cocina y el calor animal de la majada situada en los bajos. En el crudo invierno se calentaba la cama con la tumbilla -un calentador de cobre con rabo largo, lleno de brasas, o simplemente con el brasero entre las sábanas.

En Sarnago no había ningún coche, ni moto, ni carro, ni bicicleta. Se vivía como si aún no se hubiera inventado la rueda.

Todavía no se conocía el bolígrafo. Se utilizaba el lapicero y, en la escuela, la rudimentaria plumilla se mojaba en el tintero, encajado en el pupitre.

En fin, tampoco existía el plástico. No se conocía. No recuerdo ningún objeto de plástico. No había envoltorios de plástico. Nadie usaba bolsas de plástico. Tampoco se esparcían herbicidas ni pesticidas. Las malas hierbas se escardaban a mano. Y el aire, eso sí, estaba limpio.

 

 

LOS OLORES DE LA INFANCIA

A Chiqui, que me ha dado la idea

 

Desde que nacemos, y, en cierta medida, desde antes de nacer, los sentidos nos asoman al exterior, nos comunican, nos relacionan y van tejiendo y orientando nuestras vidas. Al final somos lo que hemos visto, lo que hemos leído, lo que hemos tocado, lo que hemos amado, lo que hemos oído, los sabores inolvidables  y los olores que recordamos. Esa es la vida. Lo que recordamos. No hace falta acudir a Aristóteles para comprobar que los cinco sentidos son las puertas y las ventanas del conocimiento. Aquella música, las palabras de la madre, el grito de aquel hombre, el volteo de las campanas en la fiesta, la nevada primera, el paisaje del pueblo cuando encañan los trigos, el camino del monte y de los prados, el humo de la estufa de la escuela, el fastuoso cocido de la abuela, el roce de aquella mano en el recreo…

Admito que la vista y el oído me parecen los sentidos más imprescindibles. Por eso merecen todo mi asombro y admiración los ciegos y los sordomudos que salen adelante airosamente con estas privaciones. Me ocuparé hoy de los olores de mi infancia. El olfato es un sentido prodigioso, que nos sirve de guía, estimula el apetito y deja huellas imborrables dentro, en nuestra memoria. Por si alguien lo duda, ahí está la pujante industria de la perfumería.  No conviene infravalorarlo. En esto nuestros animales  nos dan vuelta y raya. Es un goce impagable observar el zigzagueo del perro de caza, con el hocico pegado al suelo rastreando la liebre movida en el ulagar o detrás del bando de perdices que han bajado del cabezo a la entrada del monte o tras la escurridiza codorniz en el rastrojo, hasta quedarse de muestra, quieto como una estatua, con el rabo extendido. En el lenguaje común recurrimos con frecuencia a expresiones como “me lo olía”, “esto me huele mal” y otras por el estilo.

Haciendo memoria, el primer olor de la infancia que me viene a la cabeza es el olor a pan recién cocido. Junto a la escuela y a unos pasos de mi casa, pegado a la plaza, estaba el horno de la tía Milagros, que llamaban “La Amasadería”. Era un horno comunitario, al que las mujeres llevaban a cocer las hogazas y las tortas amasadas en las artesas de las casas de cada una. Así que había hornada casi todos los días y el aire de la plaza y de todo el barrio olía siempre a pan y a la hornija quemada con la que la tía Milagros calentaba el horno. Por si fuera poco, pronto mi familia construyó nuestro propio horno en la entrada del corral enfrente de la puerta del portal, con lo que el grato olor a pan recién cocido penetraba en toda la casa.

Otro de los olores inolvidables de mi niñez es el de la majada en invierno: una mezcla inconfundible del olor animal compuesto por  la lana del ganado y el almizcle de los chivos, mezclado con el apestoso  sirle del suelo y el dulce aroma de la esparceta o el heno seco de los zarzos, todo envuelto en un vaho cálido, acre y pegajoso.

De la cocina destaca el olor a matanza. Las vueltas de chorizos colgados de las varas del techo, los jamones y los lomos, los témpanos de tocino de íntima… todo desprendía el aroma del pimentón de la Vera. Sólo de recordarlo me entra el apetito y veo los pucheros borbollando en la lumbre y el perfume del ajo y el pimentón en la sartén con aceite del trujal. El olor de los rosquillos, fritos en la sartén grande, en abundante aceite, y el aroma de las latas de magdalenas doradas en el horno del pan me trasladan en volandas a un día de fiesta.

Otro de los olores característicos de aquellos años es el de la iglesia los domingos. Olía a sudor campesino, a tabaco, a perfume barato, a jabón de racionamiento, a cera y a incienso.

El monte, a estas alturas del año, era una sinfonía de aromas. Me quedo con el dulce y pegajoso perfume de las estepas florecidas y el fuerte olor de los sabinos. Y del campo, el balsámico aliento de la tierra en otoño cuando la siembra. Siempre me acuerdo de unos rosales, los únicos que había entonces en el pueblo, que estaban en las herrañes y que conservaban todo el aroma original. Y de las plantas aromáticas llevo toda mi vida dentro el olor del tomillo, del romero y de las uñagatas o madreselvas silvestres.

Estos son los olores de la infancia que me han salido al encuentro atropelladamente. Con sosiego recordaré otros. A lo mejor los lectores pueden, con su experiencia, estimular mi memoria.

DE VUELTA Y MEDIA

Ya estoy de vuelta. No ha sido un largo viaje. Puede que nadie me haya echado de menos en este tiempo. Es como si me hubiera ido por tabaco o con el cántaro a la fuente. O, como mucho, de caza o a la feria del pueblo vecino. Pueden pensar, si quieren, que he estado jugando al escondite, como cuando éramos niños, o que me he escapado a la dehesa a buscar nidos. O acaso todo se deba a la necesidad de cambiar de aires o de cargar las pilas.  Lo que quieran. El caso es que llevo un tiempo sin aparecer por aquí y ahora vuelvo. Me he acordado de aquellos versos de Cernuda: “¿Volver? Vuelva el que tenga, / tras largos años, tras un largo viaje, / cansancio del camino y la codicia / de su tierra, su casa, sus amigos, / del amor que al regreso fiel le espere”. Yo no espero tanto. Me conformo con que en algún lugar, puede que en la humilde cocina de un pueblo semiabandonado, haya alguien que espere con curiosidad una nueva entrada de este blog. A ese, si existe en algún sitio, no puedo defraudarlo y le debo una explicación.

Es verdad que yo había observado en muchos de los seguidores habituales de “El canto del cuco” un evidente cansancio. Y a mí me pasaba lo mismo. Cansa seguir rebuscando en los rincones los restos mortales del mundo rural. Y tampoco levanta pasiones seguir denunciando hasta el aburrimiento, año tras año, sin ningún éxito, la muerte de los pueblos y la injusticia de la despoblación. El problema se ha convertido ya en negocio político y en aprovechamiento de oportunistas bien pagados -siempre los mismos-, que acaparan “jornadas culturales”, eventos oficiales y mesas redondas. Normalmente sin aportar nada de provecho ni distinguir el trigo de la paja. No deja de ser obsceno  aprovecharse del drama rural para ganar votantes, lectores o dinero. Personalmente prefiero no contribuir a semejante confusión. Esto explica, en parte, mi ausencia de este tipo de eventos y mi ausencia temporal aquí. Lo razonable era observar el panorama desde la distancia, reflexionar, atar cabos y volver con las ideas más claras. Por ejemplo, ahora le doy más importancia a la hacendera, el pasado domingo, día 2 de junio, en Sarnago, sin ayuda de nadie, que a las ostentosas jornadas sobre el mundo rural celebradas en Soria bajo el patrocinio del Ministerio de Cultura.

También me he convencido de que el paraíso de la infancia no es recuperable, salvo en los cristales rotos de la memoria, que no es poco. Así que seguiré manejando estos cristales de la memoria, aunque sólo sea para recuperar aquel paraíso y compartirlo con los que tuvieron la suerte de habitarlo, como yo, y con los que, en esta era tecnológica y virtual, son aún capaces de soñar. Quiero decir que no me rindo. Volveré a reencontrarme con aquello y  seguiré desde aquí, como cuando entonces, contando al que quiera acompañarme el paso de las estaciones en las Tierras Altas y la eterna sucesión de la vida y la muerte.

Esta explicación no estaría completa si no dejara constancia, para general conocimiento, de que, entre las razones de mi injustificable ausencia, ha habido un libro, en el que he puesto todas mis complacencias, que acabo de entregar al editor y que me ha tenido completamente embebido en los últimos meses. Pero ya estoy aquí.