El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

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DIARIO DE MARCOS

Acaba de salir de la imprenta mi último libro. Tengo el primer ejemplar entre mis manos. Dentro de poco estará en las librerías.  Lo primero que hago es dar la noticia a los seguidores de “El canto del cuco”. Me parece que es justo. Por mi intensa  dedicación a la tarea de escribirlo durante meses, que me ha tenido absorbido, han visto cómo fallaban las entregas del blog. Lo publica Encuentro y se titula “Diario de Marcos”. Creo que es el libro más importante que he escrito en mi vida. Ofrezco aquí, como primicia, el prólogo del mismo, que da una idea aproximada del contenido.

Esta es la vida de Jesús de Nazaret contada de cerca. Abarca apenas tres años. Desde que deja su casa del pueblo, e inicia, coincidiendo con el apresamiento de Juan Bautista, su predecesor, su misión recorriendo los caminos de Galilea, hasta que muere en Jerusalén, ajusticiado en una cruz después de un juicio injusto. Esta breve y fascinante historia concluye con su segunda vida terrena después de la resurrección, una vida distinta y misteriosa, más inaprehensible, en la que se manifiesta gloriosamente a sus discípulos. Esta segunda vida da pleno sentido a su difícil paso por la Tierra y  no dura más de cuarenta días. Estamos, no sólo para sus seguidores, convencidos de su misteriosa misión divina, sino también para todos los que se acercan de buena fe  a él y a su doctrina, ante la figura más atractiva y luminosa de la historia humana.

A través de este relato, escrito con temblor y  con la mayor fidelidad a los hechos, el lector curioso podrá seguir de cerca su recorrido, con un calendario preciso, por los caminos de Galilea, de Judea y de Samaría, además de una breve excursión a Perea y otra a las tierras altas de Cesarea de Filipo. La mayor parte del tiempo lo pasó Jesús en su tierra de Galilea. Allí se encontraba más a gusto, entre pastores, artesanos, campesinos y pescadores. El punto de encuentro era Cafarnaúm, junto al lago de Tiberíades. En torno al lago se desarrollan las escenas más significativas y entrañables de su vida pública. Subir a Jerusalén, en Judea, era sentir el aliento hostil del poder religioso judío y contar el tiempo que faltaba para el voluntario sacrificio redentor, previsto por los profetas desde antiguo . El presentimiento de la muerte a plazo fijo le acompañó y le ensombreció una buena parte de los últimos meses de su vida. Al final no ocultó su decepción y su dolor por el rechazo de las autoridades judías a su oferta mesiánica -la nueva alianza- y lloró sobre Jerusalén.

Se cuentan aquí, por su debido orden, los principales episodios de la vida pública de Jesús de Nazaret. Los hechos discurren en su contexto, encajados en su tiempo, de acuerdo con  las costumbres de la época. Se enmarcan en el paisaje en que sucedieron, bañados por la luz correspondiente. Las escenas se desarrollan con todo detalle, como vistas por un testigo directo, Así adquieren vida. Pasan del blanco y negro al color. Bajo una cuidadosa y elemental cobertura literaria, huyendo de todo artificio inútil, se suceden  los acontecimientos, las manifestaciones  y los  hechos comprobados, sin ningún tipo de falsificación consciente, sino todo lo contrario. Se procura aclarar lo dudoso y ordenar lo disperso. Confío en que el lector interesado aprecie este esfuerzo de objetividad.

Por el “Diario de Marcos” van desfilando, con perfil propio, los variopintos personajes que acompañaron a Jesús en su agitada  andadura por la Tierra. Desde la discreta presencia de María, su madre, hasta la oscura e incomprensible figura de Judas Iscariote.   Observamos enseguida el liderazgo de Simón Pedro entre los doce elegidos -doce hombres del pueblo, de oficios humildes, todos galileos menos Judas- y comprobamos el protagonismo femenino, que rompe con las tendencias de la época. Hay un numeroso grupo de mujeres que siguen de cerca al Nazareno sirviendo a la pequeña comunidad creada por él; algunas de ellas le acompañan hasta el Gólgota y son las primeras que descubren el sepulcro vacío. En el relato de la vida de Jesús de Nazaret  adquieren un relieve especial figuras como María Magdalena, Marta y María de Betania, la Samaritana y la mujer adúltera, a la que perdonó sus pecados  y libró de la lapidación.

Recorriendo a su lado los caminos, observamos su amor a la Naturaleza, como obra de sus manos. Contempla con infinita  complacencia los olivos, el trigo, la viña, el rebaño de ovejas, el agua de la fuente, la higuera, los lirios del campo, los peces y las aves del cielo. Le sirven además de materia prima de sus parábolas. Jesús tiene alma de campesino. Pero el rasgo destacado de su personalidad es el repudio de la hipocresía y la soberbia de los poderosos y su compasión por los seres humanos más pobres, humildes, enfermos y desvalidos. Siempre se pone de su parte, utilizando, si es preciso, su poder taumatúrgico para sacarlos de la enfermedad, de la miseria y de la tristeza. Impresiona, casi aterra, su poder -el poder de Dios-, que se corresponde con los signos mesiánicos. Cura a los enfermos, resucita a los muertos, perdona los pecados, expulsa a los demonios, se erige en “señor del sábado” y, si es necesario, apacigua la tempestad en el lago. Y entonces, en medio de la noche oscura, el mar y el viento le obedecen.

El autor del libro confiesa que un fuerte impulso interior, cuando menos lo esperaba, le empujó a escribir este libro. Después de darle muchas vueltas, pasó varios meses sumergido, de alma y cuerpo, en la tarea. Ni en las horas del sueño desconectaba del todo. Ha sido una experiencia emocionante y abrumadora. Ninguna vida humana, como queda dicho, es tan fascinante como la de Jesús de Nazaret si se observa de cerca. Cada día era como una pequeña revelación nueva. A medida que iba descubriendo los rasgos singulares del protagonista y lo observaba de cerca, notaba, o eso creía, que iba, poco a poco, desvelándose en el “Diario de Marcos” el rostro de Jesucristo. Sentía el autor por dentro que, a pesar de su evidente indignidad y la conciencia de sus limitaciones para abordar tal empresa, una fuerza misteriosa le llevaba de la mano hasta concluir el retrato.

 

 

 

 

LA NIEVE COMO GUÍA

De niño en el pueblo, la nevada servía, entre otras cosas, para seguir la huella de las liebres en el monte. A estas alturas de la vida, las hermosas postales de Sarnago nevado que me manda Josemari Carrascosa me devuelven al paisaje de la infancia y me sirven de guía para recrear la vida y alentar la memoria. El blanco manto cubriéndolo todo -la primera gran nevada del año en las tierras de la Alcarama- nos devuelve el paisaje original, puro, sin mancha  y perfectamente reconocible.

Seguiré, pues, la ruta nevada en el mismo orden que aparecen las fotografías en la pantalla del móvil. No importa que no sea un orden lógico. Tampoco las emociones lo son. La primera imagen es la de la curva del camino. Destaca la huella de los coches y, a la izquierda, las señales de una alambrada, como si todavía hubiera ganado suelto. No hay rastro humano ni animal, pero aún hay camino. Es lo que queda, que no es poco: el camino y la vieja casa reconstruida. La segunda imagen está sacada desde lo somero del pueblo. Resaltan los muros de la iglesia derrumbada y al fondo, el cerro del Castillo. Las ruinas celtibéricas y los cados de los conejos del monte quedan probablemente  bajo el amparo piadoso de  la nieve. A la espalda del fotógrafo, a la sombra de la Alcarama blanca, arranca el camino de Valdenegrillos, donde la Romana resiste sola, sin nadie a varias leguas a la redonda,  con su gata, junto al fuego de la cocina, entre las ruinas nevadas del caserío. Puede que ante el cariz del tiempo y ante tal desamparo, la solitaria anciana, la última resistente, reciba hoy la visita semanal de la Guardia Civil o del guarda forestal para ver si tiene agua, está enferma  o le faltan suministros.

Hay varias fotos de las eras blancas, que suscitan un fuerte contraste con el recuerdo de las parvas tendidas del ardiente verano, en las que crujía la mies al paso de los trillos, y las alegres  cuyalbas hacían sus nidos en las paredes, ahora derrumbadas la mayoría, que separaban unas eras de otras. La desaparición de la trilla y de la tradicional recogida de la cosecha fue la señal de que en los pueblos sólo quedaba el invierno como su seña de identidad. Una demostración patente de que el único elemento fiel de las Tierras Altas es la nieve, además de las cuyalbas,  y, por supuesto, los recuerdos.

Hay numerosas fotografías de las calles del pueblo, de la plaza, del juego-pelota, con la fuente y el lavadero al fondo, con tres árbolitos nuevos plantados en la Era Empedrada, donde se pinga el mayo, un detalle esperanzador. No todo está perdido. Y la Asociación de Sarnago cumple cuarenta años en este año bisiesto. Esto merece una grandiosa celebración por la constancia, la resistencia y la resonancia. No en vano Sarnago ha abierto camino a la esperanza de la España vaciada.

Llama la atención que en la espesa capa de nieve que cubre las calles, demostración gráfica de que estamos ante una nevada como las de antes, no se ve una huella. La sensación de silencio y de soledad es abrumadora. Es imposible no acordarse en este punto de aquellas “guerras” infantiles a bolazo limpio en la plaza durante  el recreo de la escuela y del humo de la “amasadería”,  cercana y caliente, de la tía Milagros . Ahora no hay nadie en la plaza, ni un perro retozando en la nieve,  nadie amasa ni cuece el pan y nadie construye en los ventisqueros trampas jocosas para incautos.

Y dejo para el final unas estampas cargadas de misterio y magnificencia. Son las imágenes interiores de  la impresionante figura de la nave hundida y vacía  de la iglesia. Pisamos aquí tierra sagrada. La nieve cubre amorosamente  los huesos de los muertos y bendice y purifica el alma de los vivos.

CUANDO LOS PUEBLOS ECHAN EL CIERRE

Primero cerró la casa del médico. Después el cuartel de la Guardia Civil. Luego, con la llegada de las máquinas, cerraron las cuadras y desaparecieron las caballerías de las calles, del campo y los caminos. Por entonces muchos vecinos echaron la llave a su casa y se fueron a la ciudad a buscar trabajo. También se fue el veterinario y el secretario del Ayuntamiento, que ahora viven en la capital. No tardó en cerrar la escuela, lo que aceleró la estampida. También la iglesia quedó cerrada y sin cura, con las campanas mudas toda la semana. En los últimos años han echado el cierre la oficina del banco y la de la Caja de Ahorros, la botica, el centro de salud, la gasolinera de la carretera de entrada y la tienda de ropa. Cualquier día cerrará el bar, ahora en manos de una familia llegada de fuera. Y acaban de anunciar que en la oficina de la estación van a dejar de vender billetes, que habrá que comprar por internet. A este paso no tardará mucho el tren en pasar de largo ante la ausencia de viajeros. Lo hará, eso sí, a gran velocidad.

El caso es que las máquinas se apoderan del mundo rural. Desde ahora en los pueblos manda Internet y, en el mejor de los casos, las máquinas expendedoras. Sobran los empleados. En realidad, en los pueblos  sobran las personas. No son rentables. Según datos del Banco de España, desde 2008 han cerrado 20.000 sucursales bancarias, y más de la mitad de los pueblos de España, en los que viven todavía un millón doscientos mil habitantes, la mayoría mayores, no tienen ya ni oficinas bancarias ni cajeros automáticos.  Por si esto fuera poco, decaen los pequeños negocios tradicionales, como las tiendas. El comercio “online” está haciendo estragos. Amazon arrasa. Las pasadas Navidades ha tenido 500 millones de pedidos en España. Se impone el comercio electrónico, el gran Leviatán. Pero el servicio de Internet en la España despoblada sigue siendo parecido al de los países en vías de desarrollo. Cuando estamos entrando en la era del 5G, en gran parte del mundo rural es casi un milagro conseguir una conexión básica a Internet cuando más falta hace. Esto afecta especialmente al emergente turismo rural, a los restaurantes y al comercio local, los negocios de proximidad,  las tiendas familiares  que aún resisten, aunque sea a duras penas.

Para sacar dinero o manejar su pensión los mayores tienen que desplazarse a la capital. La mayoría de los pueblos pequeños carece de transporte público o es muy deficiente. Apenas, en el mejor de los casos,  un viaje al día a la ciudad de la esperada “camioneta”. Lo que se pretende desde las oficinas centrales del poder económico y de la Administración es que las gestiones se hagan electrónicamente. Así el teléfono  móvil se presenta  como la herramienta imprescindible. Pero, desde tan alto y tan lejos de la realidad,  no tienen en cuenta la “brecha digital”, que  convierte al móvil en un recurso inútil para una población envejecida. Muchos de los mayores de sesenta años carecen de teléfono inteligente o apenas saben manejarlo. Sólo lo usan, los que lo tienen,  para llamar y para mandar o recibir recados. Nadie les ha enseñado a manejar sus aplicaciones. Uno piensa que el dinero público mejor empleado -ahora que tanto se despilfarra en cargos y chiringuitos- sería enseñar en los pueblos, como se enseñaba a leer y escribir en las antiguas escuelas de adultos, a entender y utilizar las nuevas tecnologías. De paso esto daría trabajo a muchos jóvenes desocupados, muy capacitados, que engrosan  las filas del paro. Sería una tarea tan encomiable como la que llevaron a cabo en su día las recordadas Misiones Populares. Ahí queda la idea.

Y algunos aún se preguntan por qué se mueren los pueblos.

 

EL INVIERNO DE LOS PUEBLOS

El duro invierno se abate sobre los pueblos despoblados y sobre los que están a punto de quedar vacíos. La imparable, inexorable despoblación de los pueblos es una paradójica contradicción. La palabra poblar viene de pueblo. Un pueblo despoblado no es nada. Es como un río sin agua, una campana sin badajo, una casa sin puerta, ni cocina, ni paredes. Es una tristeza, un disparate. ¡Qué les voy a decir! Este llanto por la España vaciada sólo nos viene a los ojos,  impetuoso, a los que somos de pueblo. Es un invierno, éste de los pueblos, que dura ya demasiado. El desamparo se comprueba acercándose en la cuesta de enero a uno de estos caseríos solitarios, acurrucados sobre sí mismos, al abrigo del valle o la ladera, sin un alma por la calle, ni una risa de niño, sin el  sonido de un  animal, sin un arriero por los caminos . En las Tierras Altas no tardará la nieve en cubrirlo todo con su piadoso sudario blanco y frío.

Acabamos de entrar en la década de los veinte con el recuerdo de los alegres años 20 del siglo pasado, que, ¡ay!, acabaron de mala manera, como se ha recordado oportunamente estos días. No conviene fiarse de las euforias pasajeras. Este año bisiesto nace con un nuevo Gobierno y, por primera vez, con el problema de la despoblación y la necesidad de reordenar el territorio como un objetivo destacado de la acción política. Hasta habrá una Vicepresidencia del Gobierno que se encargará de impulsar  soluciones. Ha costado Dios y ayuda, pero, por fin, parece que se toma conciencia en las altas esferas de la necesidad de abordar esta situación insostenible. Los que llevamos años dibujando el negro panorama de la despoblación, el envejecimiento de la España rural y la paulatina muerte de los pueblos agradecemos que nuestras críticas y nuestros desvelos no sean en vano. Por eso el cuco ha salido de su decaimiento silencioso y vuelve a cantar hoy, adelantándose, más por deseo que por realidad, a la primavera que viene.

El cuco confiesa que, a pesar de las señales esperanzadoras, no las tiene todas consigo. Del dicho al hecho…ya saben. Esto no se arregla de la noche a la mañana. Han ocurrido cosas raras para llegar hasta aquí. Se ha demostrado que Teruel no sólo existe, sino que el representante de esta humana reivindicación ha decidido, con su voto, el Gobierno de la nación y acaso pueda decidir la suerte de los presupuestos generales del Estado. Es un arma poderosa para mover Roma con Santiago.  El disputado voto de Tomás Guitarte, el diputado de “Teruel Existe”, ha demostrado que la revuelta de la España vaciada puede lograr sus frutos y que lo pequeño es capaz de generar grandes cosas. No conviene despreciar a nadie. Otra cosa es que su compromiso con un Gobierno muy controvertido pueda  acarrearle a la larga costes insoportables  a este meritorio movimiento rural, con “Soria, ¡YA!” como punta de lanza, junto a “Teruel existe”. Seguramente a este movimiento ciudadano, abierto y plural,  le convendría  mantener escrupulosamente la neutralidad política, sin oportunismos interesados y sin dejarse deslumbrar por los oropeles del poder. Es muy fácil pasar, de la noche a la mañana, de héroe a villano. Y al revés.

Con estas salvedades y con la acostumbrada desconfianza de los pueblos hacia las promesas del poder, hay que reconocer que, después de tan interminable espera, algo empieza a moverse en la dirección adecuada. Cada uno debemos poner un poco de nuestra parte para que la España vaciada empiece a salir pronto del largo invierno.

DICIEMBRE, OTRA VEZ

Diciembre es un mes especial. En diciembre se remansan los sentimientos, las ilusiones insatisfechas, los recuerdos  y los pecados de todo el año. También, por lo que estamos comprobando, los pecados reincidentes de los políticos. ¡Vaya investidura que viene, si el Rey no lo remedia! ¡Parece más bien una embestidura! Éste es el mes que abre oficialmente el invierno y cierra un espacio sentimental, acotado, de nuestra vida. En el calendario romano era, de ahí su nombre, el décimo mes del año. Por entonces no había ocurrido aún lo de Belén de Judea que cambió la historia humana y que, de un tiempo a esta parte, está perdiendo entre nosotros su sentido original, a punto de desvanecer su razón de ser entre las luces de colores, los “papanoeles” y  la niebla de la increencia.

Diciembre para el niño que uno lleva dentro, huele a musgo y a serrín de la carpintería, sabe a turrón de guirlache, a villancicos de pastores con zamarra, a lumbre en la cocina con humo de támbara, a cordero recién nacido en la majada, a baraja sobada sobre el hule de la mesa camilla con brasero, a ventisqueros en la calle y carámbanos en los aleros, a huella de liebre en la nieve del monte, a úrguras ululantes por la noche en la chimenea, a cuento de Dickens, a viejas historias de caminantes perdidos en la nieve contadas por los abuelos junto al fuego, a repique de campanas a media noche y al ronco sonido inconfundible  de la zambomba fabricada en casa con piel de cabrito.

Después, pasados los años, instalado en Madrid, diciembre es lejanía, pueblo sin nadie, chimeneas sin humo, con la nieve imaginada cubriendo piadosamente las  ruinas de las casas, de las calles y de los corrales. Diciembre huele en la ciudad a castañas asadas, a lotería, a carros del supermercado cargados hasta arriba con la compra especial, a paga extra, a cola del paro, a campanadas en la Puerta del Sol, a cenas de empresa, a trasiego de mochilas y maletas en la estación,  el aeropuerto y  el intercambiador, a oscuros bultos humanos, envueltos  en cartones, acomodados por la noche en los soportales de los bancos bajo los cajeros automáticos, y a niños sin familia, llegados de fuera, deambulando sin rumbo por los alrededores de la  calle Hortaleza. Queda, menos mal, el oasis acogedor de la iglesia de San Antón, del padre Ángel, abierta toda la noche, como los chinos, como las luces de Navidad… Cuando uno deja de ser niño, diciembre sabe a ausencias.

NO ERA TIEMPO NI HABÍA LUGAR PARA LOS DIFERENTES

(Esta es una colaboración que me ha pedido Chiqui para ilustrar un trabajo sobre “Discapacidad y Despoblación” en la revista del prestigioso Hospital de Parapléjicos de Toledo, donde ella trabaja de psicóloga. La encargada de realizar ese trabajo es una fisioterapeuta, compañera suya y que, por esas casualidades de la vida es natural de Villar del Río, en las Tierras Altas de Soria, a un paso de Sarnago, mi pueblo. He pensado que podía interesar también a los seguidores de “El canto del cuco”)  

Nos situamos en los años de la posguerra, en las Tierras Altas de Soria, un rincón pobre y abrupto de la España rural, donde Castilla pierde su nombre. Eran los tiempos del racionamiento, de los delegados, del pan negro, de la economía del trueque y del estraperlo. En cada caserío se podía ver a más de un mutilado de guerra -sin una pierna, sin un brazo, tuerto o sordo como una tapia-  a los que el régimen, además de sufragar al cojo la pata de palo, otorgaba algún beneficio civil: el correo, el estanco o la Administración de Lotería.

Estos son recuerdos de mi infancia lejana. En el pueblo, como tengo dicho, no había, por no haber, ni agua corriente ni luz eléctrica. El terreno era escabroso y las calles estaban sin asfaltar, con un empedrado deficiente y rudimentario, poblado de cagajones y cagarrutas. No había coches, ni carros, ni bicis. Aún no habían llegado los tractores ni las cosechadoras. En realidad allí no existía la rueda. Cualquiera con un problema serio de movilidad -ancianos, cojos, paralíticos…- tenía dificultades para moverse por la calle. A nadie se le había ocurrido entonces todavía eliminar barreras arquitectónicas ni dentro ni fuera de casa para facilitar la movilidad.

Recuerdo bien el caso de los hijos del tío Casimiro y la tía Milagros. Formaban una familia numerosa. Ella llevaba el horno comunitario  del pan que estaba junto a la plaza. Vivían en el barrio de abajo, entrando por un callejón. Poseían un perro peligroso, que estaba siempre suelto. Se llamaba “Reverte” y mordía al que se acercaba desprevenido. La mitad de los hijos estaban sanos y la otra mitad sufrían una enfermedad neurológica, que iba avanzando desde la infancia hasta impedirles andar, además de otros problemas que se agravaban con los años fatalmente, hasta convertirlos en desechos humanos antes de morir. Su vida era corta. Me acuerdo, sobre todo, de dos de ellos, el Isidro y  el Faustino, que eran un poco mayores que yo. Se pasaban la vida, sin bajar nuca a la calle, aposentados en una salita y asomados a un balcón enrejado que daba al callejón, del que se adueñaba el perro. Se entretenían, sobre todo, con las noticias del fútbol y las quinielas. Allí pasaban los pobres la vida, su corta vida, aparcados sin moverse, viendo pasar las nubes y el revuelo de los gorriones en el tejado de enfrente. Nadie les proporcionó una silla de ruedas ni un mal carricoche para dar un paseo.  Eso era un sueño imposible entonces. Mi hermano y yo, en vacaciones, nos pasábamos las horas muertas con ellos. Se alegraban de vernos. Éramos, creo, los únicos que los visitábamos. La gente del pueblo les tenía compasión, pero procuraba ignorarlos como si no existieran. Nadie preguntaba a los padres: “¿Cómo están los chicos?”

Todo lo contrario de lo que ocurría con el que tuviera un defecto físico. Eso se convertiría en su seña de identidad, y, en los casos más llamativos, sería objeto de la burla de todos. Ocurría desde los niños de la escuela, por cualquier deficiencia, a los viejos que habían perdido la cabeza con los años. Su desorientación y sus salidas producían risa. La gente se reía del deficiente por sistema, sin compasión alguna. Con frecuencia un defecto del padre o de la madre se convertía en el apodo con que era conocida esa familia durante generaciones. Por lo general, un defecto muy visible proporcionaba la seña de identidad del individuo: La tía Sorda, el Sordo, el Manquillo, el Bisojo, el Cuatrojos, la Tía Pelavivos, el Murco, el Miralcielo… Entre los niños, al deficiente o al distinto se le hacía la vida imposible en la escuela y se le discriminaba en el recreo con la complicidad general de los mayores. Del “tonto del pueblo” -en cada pueblo había uno, como había aguacil o cabrero,- se reía todo el mundo.

Me viene, a este propósito, a la cabeza el caso del “Tuto, el cacharrero”, que fue una caso singular. Llegó a ser muy popular en la comarca. Un hombre joven, que venía  del pueblo vecino, corto de mente, bondadoso y peculiar. Por unas pesetas hacía de  ayudante  del vendedor de los cacharros: cazuelas, pucheros, botijos… Mientras éste extendía la mercancía en la plaza, el Tuto iba “echando el pregón” pausadamente por las calles del pueblo. En vez de gritar, anunciaba con una voz característica, suave y contenida, casi dulce: “¡El cacharreroooo…!” Y los niños salíamos a su encuentro, divertidos. Nadie le quería mal, pero todos -las mujeres, los hombres, los muchachos- le preguntaban cien veces, uno detrás de otro: “Pero vamos a ver, Tuto, ¿tú cómo te llamas en realidad?”. Y él respondía a todos siempre lo mismo, sin alzar la voz, sin enfadarse nunca, con paciencia y suavidad,  con los ojos mirando al suelo: “ Pues lo mismo me da que me llamen Tuto que Restituto”. La respuesta esperada provocaba la carcajada general.  La frase llegó a hacerse popular y la gente de la comarca la repetía cuando quería expresar que no tenía preferencia por algo o  que no le importaba nada lo que dijeran de él.

La crueldad de los vecinos con el que rompía las normas establecidas en la comunidad se mostraba con especial virulencia contra los sexualmente diferentes. Nadie se atrevía a mostrar abiertamente su homosexualidad. Oí el caso de un muchacho de  un pueblo de al lado, un tanto amanerado, al que se le descubrió esa tendencia , y la familia, avergonzada, se vio obligada a emigrar para evitar el escarnio y el acoso inmisericorde de los vecinos. Todo el mundo lo conocía por “El Mariquita”.  Además entonces declararse homosexual era políticamente incorrecto.  También suponía un suplicio el que tenía que soportar  una mujer -esto no ocurría con un hombre-, sobre todo si estaba casada, de la que se sospechaba un desliz o una relación ilícita. El caso se convertía automáticamente en la comidilla del vecindario. La mujer quedaba expuesta a la pública vergüenza y, si estaba soltera, encontraría dificultades para encontrar novio en la comarca. También era demoledor en aquellas tierras castellanas el hecho de que alguien adquiriera fama de ladrón , aunque fuera por haber cogido distraídamente una lechuga del huerto del vecino. Robar era imperdonable, y la mala fama de los padres se transmitía a veces a los hijos durante varias generaciones.

En fin, como digo, no era aquel buen tiempo ni buen lugar, según mis recuerdos, para los diferentes, para los débiles, para los tullidos, ni para los que se saltaba las normas sagradas de la comunidad.

EL DÍA QUE DEJÉ DE CAZAR

El voto de los cazadores tendrá  importancia en las elecciones del domingo, 10 de noviembre. Lo saben bien los de Vox, que tratan de aprovecharse de las críticas y obstáculos a la caza en estos tiempos revueltos en los que los animalistas se vuelven combativos y en los que se confunde el culo con las témporas. El caso es que, según los números, hay ahora mismo unos dos millones de españoles con licencia de caza. Yo mismo fui cazador un día.

Dejando aparte la política, que desfigura casi todo, la caza era en  la posguerra  uno de los placeres del otoño en el pueblo, una distracción inocente para escándalo de los actuales animalistas. Salir de caza, acompañando a los mayores, fue uno de los goces de mi infancia. Disfrutábamos tanto como los perros que saltaban de alegría cuando aparecían en el portal los cazadores con la cartuchera al cinto y la escopeta al hombro. Todavía no había cotos y aún quedaba caza. Todo era campo libre. No había sonado la hora de la progresiva y acelerada desaparición de gorriones, calandrias  y codornices. Las hermosas aves de rapiña se consideraban entonces alimañas que había que eliminar para proteger la caza, y en el Ayuntamiento te daban unas pesetas si llevabas un aguilucho muerto o unos huevos de águila, de urraca o de cuervo. Así que desde niños nos volvimos depredadores. La veda no se respetaba demasiado, o sea que, con más frecuencia de lo debido, ejercíamos de furtivos con la complicidad, más de una vez, de la Guardia Civil.

El cazador amaba los animales, disfrutaba del campo y del monte, comulgaba con la Naturaleza, ejercía la camaradería, cazaba para comer, evitaba prolongar el sufrimiento del animal herido, por ejemplo, de la perdiz alicorta, y despreciaba al lacero que ponía al anochecer los lazos traicioneros en la vereda al paso de las liebres.

Las más de las veces volvía a casa con el morral vacío, después de recorrer el monte esperando que saltara la liebre a la vereda y de perseguir en los cogotes y laderas del raso el esquivo y bravo bando de perdices. Pero el día que lo traía lleno había fiesta y toda la familia se reunía a celebrarlo. La cena consistía invariablemente en un fastuoso calderillo de liebre o conejo con arroz. (El calderillo, colgado de las llares sobre el fuego de la cocina se utilizaba siempre, como el instrumento de un rito sagrado, para estas cenas de caza y para las sabrosas migas del almuerzo). Mientras toda la familia, sentada alrededor, daba buena cuenta  del humeante calderillo del arroz con liebre y  el porrón corría de mano en mano, los cazadores -el abuelo y los tíos- contaban con pelos y señales los detalles de la última cacería y era el momento de recordar fantásticas y exageradas hazañas de caza, siempre las mismas, en las que mandaba la imaginación.

Ahora ya no queda caza ni apenas cazadores rurales. En muchos pueblos del interior, como  sabemos, no queda nadie o los que aún resisten son demasiado viejos para echarse al campo con la escopeta al hombro. Además el campo está acotado, reservado para los de la ciudad, que son los que disfrutan, sobre todo, de la caza mayor. Hoy en los montes de las Tierras Altas hay más gamos, ciervos y jabalíes que liebres, perdices o torcaces.

Personalmente, cuando comprendí que no necesitaba ya la caza para comer, perdí la inocencia -o la recuperé, no sé- y colgué la escopeta. Me pregunto qué diría hoy Miguel Delibes, con el que mantuve interesantes y  divertidas conversaciones sobre esto un verano en El Escorial. ¿Comprendería mi renuncia a matar animales, mi abandono del ancestral y noble deporte de la caza? Sólo las aves de rapiña sobrevuelan ya los cielos de Castilla. Pero en las próximas noches de luna escucharemos en el monte, en medio del silencio, la berrea de los ciervos en celo. Y yo seguiré dando de comer en mi pequeño jardín a los mirlos y a los gorriones.

EN DEFENSA DEL COMÚN

En Sarnago y en los pueblos de alrededor siguen estos días con las hacenderas. Lo que se conoce como trabajo comunitario. No importa que en la mayor parte de las casas, o en en todas ellas, ya no viva nadie de forma estable. La población flotante, que no olvida sus raíces, agarra la azada, el pico y la pala y se echa a los caminos. Van todos juntos, en buena armonía, como en los viejos tiempos cuando los vecinos eran convocados a toque de corneta o de campana y cuando los trabajos y obligaciones  de la comunidad se hacían “a reo vecino”. En este caso los voluntarios han sido convocados  este domingo para recuperar y desbrozar la señal de los caminos que unían Matasejún, La Ventosa, San Pedro Manrique y Sarnago, dentro de la GR-86, una ruta de 60 kilómetros, entre lomas, barrancos, ribaceras, manchas de pinos, dehesas de robles y piezas de cultivo. La Diputación hará el resto. Los arrieros y las yuntas, que hace tiempo desaparecieron del paisaje, serán sustituidos por viajeros curiosos, a los que sorprenderá el silencio y la belleza elemental y primitiva de una tierra en la que las ruinas no han perdido la  magnificencia.

Las veredas y los caminos de herradura son las arterias que llevan la sangre a los caseríos y los vivifican. Un pueblo se muere del todo cuando se borran sus caminos, diluidos entre la maleza. Mientras quedan caminos hay vida. Estos que ahora se señalan y se desbrozan son los caminos de mi infancia, que tantas veces recorrí  a golpe de alpargata y en los que los campesinos de cien generaciones desgastaron sus albarcas. ¡Ah, el camino de Matasajún, de donde era mi abuelo Alejandro, por el Horcajuelo y la cuesta de Las Hoyuelas, con la sierra azul de Oncala al fondo! ¡Y la vereda serpenteante, a ratos perdida entre los ulagares, por el Hombriazo, que llevaba a La Ventosa después de vadear el Linares niño, que los abuelos recorrían tantas veces pasito a paso!  ¡Y ,en fin, el camino de San Pedro, por Empudia y la “fuente podrida”, que conducía al mercado y al molino y que era el cordón umbilical de Sarnago con el resto del mundo, el único que ha mejorado y resistido la despoblación!  Me alegro de que todos estos caminos vuelvan a ser  reconocibles y transitados. Es un signo de vida y un avance de la civilización. Aplaudo el trabajo comunitario y la esperada ayuda de la Diputación.

Aprovecho para poner de relieve la importancia del común en estas tierras de fuerte tradición comunera. Una de las características de la economía y la forma de vida de las Tierras Altas ha sido, desde siempre, la pacífica  convivencia de la propiedad privada de la tierra con la existencia de grandes espacios de propiedad común, sobre todo los lotes del monte, llamados también “blancos del pueblo”, por donde campaba el ganado, sobre todo la cabrada, y que abastecían de estrepas los bardales del corral de cada casa. Destaca además la utilidad del ejido, en la orilla del pueblo, y la Dehesa. Esta última, de fuerte valor ecológico hasta que la labraron para plantar pinos, era propiedad estatal, si no recuerdo mal, pero de aprovechamiento vecinal. En la Dehesa se soltaba la dula y se hacía por estas fechas, cuando ya amenazaba la nieve, la corta de la leña. Los montones de trocos de roble se sorteaban -a cada vecino su suerte-, y estos rimeros alimentarían la lumbre del hogar en el duro invierno y hasta la corta siguiente. En una comarca de fuerte tradición ganadera, también era compartido, con los pagos del terreno debidamente reglamentados, el aprovechamiento libre de pastos y rastrojeras. Pero quizás la estampa más característica de esta tradición comunera era la labranza y la siembra de las rozas comunitarias, ruidosa  labor en la que participaban todas las yuntas del pueblo juntas, y, después, el inolvidable día la trilla de la cosecha de todos, la cosecha municipal, con la gran parva de centeno tendida en el ejido como coronación alegre del verano.

EL GRITO DEL SILENCIO

A los seis meses de la “revuelta” histórica, con gritos y pancartas en Madrid, la España vaciada ha vuelto a demostrar que la protesta sigue viva. Este 4 de octubre, viernes, festividad de San Francisco de Asís, que no es mal acompañante, miles de personas se han concentrado en silencio en las plazas de pueblos y ciudades de veintitrés provincias y han guardado un estruendoso silencio de cinco minutos exigiendo a los poderes públicos que tomen de una vez cartas en el asunto.

No me resisto a unirme -es lo que está en mis manos- a la pacífica protesta reproduciendo aquí el manifiesto de “Soria, ¡YA!”, uno de los miembros más activos de la Coordinadora que organiza la “revuelta” , leído en la concentración de la Plaza Mayor de Soria y en las plazas de los pueblos, en los que aún vive alguien.

Hace ya seis meses de aquella marcha reivindicativa en las calles de Madrid, compartida con miles de ciudadanos venidos de tantos pueblos y ciudades de la España interior, de esa España rural lenta y silenciosamente vaciada.

Hoy, aquí, en la plaza de mi pueblo o a las puertas del Ayuntamiento o al pie mismo de nuestro lugar de trabajo, volvemos a juntarnos de nuevo, no para unir nuestra voz airada y firme sino para aunar nuestro silencio, el silencio de sorianos que, junto al de miles de ciudadanos en veintitrés provincias españolas debe resonar como un eco sereno y claro en el aire limpio de España.

Gobierno de España, Gobierno de la Junta de Castilla y León, instituciones públicas y agentes sociales de la provincia de Soria, escuchad nuestro silencio, un silencio portador de un mensaje cargado a la vez de desazón y de esperanza. ¡Queremos un verdadero pacto de Estado contra la despoblación, contra la desvertebración territorial de España y contra la creciente desigualdad de oportunidades entre ciudadanos españoles!

El momento de las buenas intenciones, de las promesas vanas, de las acciones que sólo viven en el papel, ha quedado definitivamente atrás. Ahora le corresponde al Gobierno de España y a los Gobiernos Autonómicos diseñar y desarrollar una verdadera estrategia a favor de la España Vaciada, con actuaciones bien definidas, con presupuestos suficientes y plazos bien marcados y a salvo de los vaivenes políticos de carácter partidista.

Paramos para no parar. Nos callamos para que se nos oiga mejor.

Nuestras son las palabras del poeta Antonio Machado: Nosotros somos la voz de “la España de la rabia y de la idea”. Somos la rabia serena de una España vaciada, que se desangra ante el olvido y la indiferencia de quienes debieran ser sus principales valedores. Pero somos también la idea de una España vital, esencial, fundamental, de alma inconformista y brava que, harta de promesas incumplidas, pide la palabra y quiere ser escuchada.

Somos la encina que abriga el desolado páramo, el firme roble que no se curva, el chopo que verdea las amables riberas, el pinar interminable que no maldice del silencio, somos, amigo Antonio, como tu viejo “olmo hendido por el rayo y en su mitad podrido (que), con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido”.

Porque somos la renacida esperanza de un pueblo vivo.

¡Y porque Soria tiene futuro!

 

Creo que está dicho todo. Esperemos que los que tienen que escuchar escuchen este respetuoso y desesperado grito del silencio dejando aparte las politiquerías. El problema de la despoblación y de la desvertebración nacional es uno de los más serios que tiene España.

REPASO DEL TIEMPO PERDIDO

Por culpa de la dispersión del verano, de otras ocupaciones ineludibles, de algunas  preocupaciones vulgares y de un cierto desánimo, tras tantos años anunciando en vano la primavera de los pueblos, llevo  tiempo ausente de esta rama donde acostumbro a cantar y que ya empieza a perder las hojas. Pido disculpas a los seguidores asiduos. Intentaré recuperar, a las puertas del otoño, estas semanas de silencio.

No se me ocurre nada mejor para compensar la imperdonable ausencia que compartir con todos algunos fragmentos de unos escritos míos que  han ido apareciendo este verano, mientras aquí se hacía el silencio y yo brillaba por mi ausencia sin dar explicaciones. Tómenlo como una recuperación del tiempo perdido. Es una forma como otra cualquiera  de dar razón de mí mismo.

  1. CARTA DE VERANO. Escribo desde el mar. Lo contemplo desde la terraza mientras cae la tarde, una tarde plácida de julio, estrictamente azul. El azul marino se une amorosamente en la lejanía con el azul celeste. En lontananza se divisa la vela blanca de un velero (…) La playa luce, como casi siempre, bandera verde. Ahí siguen, mañana y tarde, los europeos del norte, que todo el mundo conoce por “guiris”, tostándose al sol y bebiendo cerveza barata en los chiringuitos. La multitud de extranjeros convive pacíficamente con las huestes autóctonas, murcianas mayormente y de Madrid. Es una invasión pacífica de cuerpos gloriosos y otros, la mayoría, no tanto. No faltan orondas alemanas con las primas de riesgo al aire. Entre las sombrillas suenan lenguas indescifrables. Las orillas del Mediterráneo se han convertido en un compendio del universo. Es la globalización. La corriente turística del norte se mezcla en la playa -iba a decir que choca- con la corriente humana del sur. Los subsaharianos y los de las pateras que no han muerto en el mar tratan de sobrevivir vendiendo sus mercancías. Los africanos, en un trasiego constante entre los bañistas, ofrecen sus productos de imitación: bolsos, gafas de sol, relojes, gorras, camisetas…Pasan los marroquíes cargados de mantas y toallas. Vienen las gitanas con pareos de colores. La gitana mayor vocea su fruta -piña, coco, rajas de sandía…- en inglés macarrónico. Llegan silenciosas las jóvenes chinas ofreciendo su servicio de masaje a veinte euros sobre la arena caliente… Chocan aquí dos mundos que están a una distancia sideral. Es la razón de las grandes corrientes migratorias (…) Cae la tarde por su propio peso. El sol se pone sobre tierra firme. Mañana será otro día, y el sol volverá a salir para todos, según su costumbre, por el mar como una llamarada.

 

2. METAMORFOSIS. Estos días de agosto se llena la España vaciada. Vuelven al pueblo los que se fueron, sus hijos y sus nietos. Y no faltan otros forasteros curiosos. Es una impresionante metamorfosis. El ruido de la ciudad se apodera del mundo rural y sus tentáculos amenazan con acabar definitivamente con lo que queda de la civilización antigua. Los coches invaden las carreteras, los caminos y las calles (…) Del silencio y la soledad que se apodera de los caseríos durante el largo invierno se pasa estos días, en torno a las fiestas, al estrépito, la aglomeración y la música machacona y desaforada. El viajero de la ciudad que busca paz en el campo, que se olvide de venir en este calderón festivo del verano. No encontrará sosiego (…) Lo que quiero decir es que en torno a las fiestas patronales de agosto y septiembre se produce en el mundo rural un llamativo fenómeno sociológico. Los que quedan en los pueblos sacan del arca las mejores galas antiguas, lo más florido de las tradiciones y recuperan por unos días el orgullo y la fe en sí mismos y en lo que fueron. Y al mismo tiempo los pueblos se transforman por unos días en aliviaderos o sucursales de la ciudad. Los que vienen son más e imponen su nuevo estilo de vida. Son dos culturas que chocan irremediablemente. La globalización arrasa las identidades, de las que sólo va quedando el pintoresquismo. Una milenaria forma de vida se resiste a morir y aprovecha las fiestas para demostrar a los que vienen de la ciudad su voluntad de supervivencia. Es una batalla perdida. Sólo queda recoger los despojos. Mientras tanto, que siga la fiesta, que suene la música y que corra el vino. También los pueblos tienen derecho a divertirse unos días antes de morir.

 

3. POESÍA EN EL PARQUE. En el viejo salón semivacío del Casino Amistad Numancia quedé a tomar café y hablar un “ratillo”, como él dice, con Fermín Herrero, el mejor poeta castellano de su generación. Los dos venimos de las Tierras Altas, a un lado y otro de la sierra de Oncala. Era imposible  que no saliera a relucir el problema de la despoblación y el mezquino aprovechamiento que hacen de este drama rural unos cuantos escritores y poetas mediocres y advenedizos, siempre los mismos, que acaparan invitaciones y visibilidad. Herrero me regaló “Microclimas”, un precioso libro de fotografías antiguas en blanco y negro de Ramón Siscart, esmaltadas con breves poemas cortos suyos. En él se recogen las imágenes de las personas y los objetos del alfoz sentimental del autor, los despojos de un mundo que desaparece. No faltan sus padres. “Están los dos ancianos / ante las rosas blancas. / El aroma del tiempo / se recoge en sus ojos”. Después, al caer la tarde soriana, con ciercera de agosto, Fermín Herrero presentó en la Dehesa, bautizada como Alameda de Cervantes, a los dos poetas ganadores “ex aequo”  del Hiperión: el andaluz Carlos Catena por “Los días hábiles” y la castellana Maribel Andrés Llanero por “Autobús de Fermoselle”. Allí, bajo los árboles del parque, sentadas en sillas de madera, docenas de personas seguimos con no poca emoción el recitado de los poemas por sus jóvenes autores. El cortante frío que venía a destiempo de la Cebollera no movió a nadie de sus asientos. A mí me llegó más adentro la poesía de Maribel Andrés, seguramente porque zarandeaba la memoria de mi infancia en el pueblo. Este recital poético coronaba “Expoesía”, una intensa semana de poesía “para un tiempo nuevo” que ha tenido lugar en Soria en el corazón del verano. En el parque florecieron esos días docenas de casetas con libros, una imagen que contrasta con la de la España turística y playera, tan vacía de contenido. Esta es la otra España, la España despoblada y silenciosa, que se agarra a la cultura como tabla de salvación. Raro es el pueblo, por muy vaciado que esté durante el año, que no organice en verano, por medio de sus asociaciones, interesantes actos culturales. Conviene dejar constancia de ello. Dice Fermín Herrero en un brevísimo poema de este libro: “Sólo dos rosas, mínimas, pero de las antiguas. Huelen de verdad”. Pues eso