El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

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LA ESPAÑA VACIADA

Ha sido la mayor protesta del campesinado español desde la guerra civil. Puede que haya sido  la revuelta más significativa desde los comuneros de Castilla. Una manifestación pacífica, serena, valiente, multitudinaria, en el corazón de Madrid, “rompeolas de todas las Españas”. Las gentes  llegaron por todas las carreteras a la capital cargados de dignidad, sin actitud suplicante. Pedían justicia de buenos modos, como  acostumbra la gente del pueblo hasta que se le revuelven las tripas y se le sube la sangre a la cabeza. Me parece que falta poco para que esto suceda. Se equivocan los que desde los desvanes de la política y las salas de redacción piensan que se trata de una manifestación pasajera y hasta pintoresca, como cuando pasan las merinas por la Puerta del Sol.

Reproduzco aquí, corregido y aumentado, lo que escribí, en caliente, cuando llegué a casa, en el periódico “La Razón” para conocimiento general. Hay momentos en la vida en que conviene dar cuenta de uno mismo. Pienso que éste es uno de esos momentos singulares de la Historia en los que uno, cuando pasa el tiempo y observa las consecuencias, dice con orgullo a sus nietos: Yo estuve allí.

Era la primera vez que participaba en una manifestación desde mis lejanos años de la Universidad cuando nos enfrentábamos a la estrecha vigilancia de los “grises”. Acostumbro a huir del barullo y del alboroto. No suele conducir a nada. Pero esta vez tenía que estar allí, en la Castellana de Madrid, con la gente de la España olvidada, mi gente. Además de un legítimo desahogo después de tantos gritos desoídos, era una necesidad moral. No en vano pertenezco a la comarca de las Tierras Altas, de Soria, convertida en la más despoblada de Europa, con menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado. Un desierto demográfico en lo que fue cabeza de la Mesta. Sé de lo que hablo. He visto de cerca cómo se convertía la patria de mi infancia en un cementerio de pueblos muertos, entre ellos el mío, a pesar de sus esfuerzos por sobrevivir. Y he escrito cientos de artículos y algunos libros sobre el final de la milenaria civilización rural. Así que tenía que estar allí, bajo la lluvia, acompañando a las gentes de la España vaciada, que no encontraban ni un urinario en todo el Paseo de la Castellana.

Había quedado con José Ángel González Sainz, Mercedes Álvarez y otros amigos, componentes del grupo más representativo de la cultura soriana, pero por más intentos que hicimos con los móviles fue imposible encontrarnos en medio de la barahúnda, la lluvia y el inevitable desorden. Pero es menester dejar constancia del compromiso total del mundo de la cultura soriana, en esta señalada ocasión, con las reivindicaciones del mundo rural. Algunos creemos que esta estrecha colaboración es imprescindible para el éxito de la operación.

La revuelta, montada por “Soria, ¡ya!” y “Teruel existe” ha encontrado una respuesta entusiasta en toda la España rural, poco dada, como yo, a las manifestaciones y los tumultos. Sólo piden justicia e igualdad ante los oídos sordos de los poderes públicos. Comunicaciones, escuelas, servicios sanitarios dignos…Lo importante es que esto nace desde abajo, sin ayuda de nadie. Pocas veces los presentantes de los partidos han sido tan orillados y pasados por encima con tanta educación. No eran bien vistos, y menos en vísperas electorales. ¿Qué han hecho por esta España rural, a la que ahora piden el voto? No es ésta la hora de exhibirse. Es la de pedir disculpas y arrimar el hombro. También  los medios de comunicación, que han vivido, como los políticos, de espaldas a este  problema crucial, que afecta además directamente a la vertebración de España. Ha sido más que abandono. Vaciar Castilla y Aragón, y sus alrededores, ha obedecido, eso pensamos muchos de los que íbamos el domingo bajo las pancartas,  a un estratégico propósito político de vaciamiento y desvertebración. De ahí la importancia de este levantamiento popular del 31 de Marzo.

Los impulsores de la revuelta repudian expresamente  lo de la “España vacía” y su lamentable interpretación del mundo rural como la España negra e inhabitable. Además, la expresión,  que ha tenido éxito,  enmascara a los responsables del vaciamiento. El vacío, como dice Machado, está más bien en la cabeza.

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LA REVUELTA QUE VIENE

Mientras veía pasar las grullas esta mañana por el cielo azul, aún no contaminado del todo, de la orilla de Madrid donde vivo, me ha venido a la cabeza la trashumancia de las merinas en mi tierra, corazón de la Mesta, cuando los rebaños iban y venían por las cañadas al ritmo de las estaciones. Tan pronto como, en el otoño, soplaba el cierzo afilado y  antes de que la nieve blanqueara los cerros, las ovejas emprendían la ruta de Extremadura y las grullas dejaban las frías tierras del norte de Europa y seguían, por el aire, el mismo camino, compartiendo, grullas y ovejas, la invernada en las dehesas extremeñas. Con los primeros soles de febrero, cuando florece el almendro y la mimosa, las grullas emprenden el milenario camino del regreso, adelantándose a los pastores.

Pero de un tiempo a esta parte, apenas quedan rebaños que sigan la ruta de las grullas, ese ir y venir por el aire y las cañadas en busca de alimento. Ahora el silencio y la soledad  imperan  en aquellas sierras azules de mi infancia pobladas de pueblos muertos. El ruidoso y obsceno guirigay de los políticos, en vísperas electorales, se parece al gru-gru de las grullas que pasan de largo sobre el desolador paisaje de la España abandonada.

No sé cuánto falta para que, como está ocurriendo en Francia, la España rural, la de “las periferias lejanas”, como la llama el pensador Alain Finkielraut, se vuelva visible. Es la perdedora de la globalización y la víctima del abandono de los poderes públicos. Se está llegando al límite de la resistencia. La resignación se acaba. Me parece que en las provincias más castigadas por la despoblación ya han encargado los chalecos amarillos. Me acaba de llegar el anuncio al móvil. Me lo transmite José Mari Carrascosa, el presidente de la Asociación de Sarnago.  Copio el mensaje: “¡La Revuelta de la #EspañaVaciada ya está en marcha! “Teruel Existe” y “Soria ¡Ya!” convocamos una manifestación en Madrid el 31 de marzo a las 12 horas, a la que ya se han adherido catorce plataformas de todo el país. Vamos a exigir igualdad, cohesión y vertebración para los territorios con despoblación”. De momento se trata de hacerse visibles, después ya se verá. Personalmente no acostumbro a ir a manifestaciones. Pero esta no me la pierdo.

En Castilla la revuelta no es la revolución, pero se le parece, y si no, al tiempo. El contraste entre la obsesiva atención de los políticos y los medios de comunicación a las exigencias de la  España superpoblada y el olvido casi completo de la España despoblada, empieza a ser escandaloso. Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que el hundimiento de la España interior, la España vaciada y envejecida, depositaria central de la historia colectiva, amenaza más la vertebración nacional que la revuelta reaccionaria e inútil de los payeses y los orondos burgueses de Cataluña. Dicho de otro modo: la despoblación y el desequilibrio demográfico creciente -la pérdida de población ha escalado ya, de forma alarmante, hasta las capitales de provincia del interior y las cabeceras de comarca- tendría que ocupar en las próximas campañas electorales el primer punto de los programas y la razón primera en la decisión del voto. Los de Soria y los de Teruel ya se han puesto manos a la obra. Como dice Diderot, “la revolución que se retrasa un día quizás no se haga nunca. Apliquen el cuento a la revuelta que viene.

VIAJE EN TREN

La última vez que viajé a Soria en tren era verano y llegué de noche. Fue hace tres o cuatro  años y me hice el firme propósito de no volver a repetir la experiencia. Y lo he cumplido. Fueron, desde que salimos de la estación madrileña de Chamartín, casi cuatro horas de traqueteo, a una media de menos de sesenta kilómetros por hora. Pero lo peor fue el tramo final del recorrido desde que abandonamos la provincia de Guadalajara.  Al final, me quedé casi solo en el vagón, con una señora mayor enlutada y un agente de seguros. El tren, perdido en la noche, sin una referencia luminosa a la vista,  iba dando saltos y contorsiones. Llegué a pensar que en cualquier momento se pararía al pasar por la pradera de las brujas en Barahona y nos dejaría allí tirados.

Luego me enteré, por un letrero de Renfe en la estación, de que íbamos por una ruta inusual, una vía que nadie había arreglado desde antes de la guerra, porque estaban reformando la otra, la habitual. Supongo que es así. Pero lo cierto es que para viajar de Madrid a Soria en tren se sigue tardando más que a Zaragoza y casi tanto como a Barcelona o Sevilla. He aquí una de las razones por las que esta provincia se queda vacía. El servicio ferroviario es tan malo, si no peor, que a Extremadura, que ha tenido que alzar la voz últimamente por una serie de graves percances. Nadie pide un ave, ni falta que hace. Basta con un tren en condiciones, a la altura del siglo XXI.

Un corresponsal amigo, de origen extremeño, pero vinculado a Soria, me acaba de hacer llegar una información sobre la historia ferroviaria de esta provincia, de la que me voy a hacer  brevemente eco aquí. En 1985 el Gobierno, para ahorrar gastos, cerró las dos líneas trasversales que cruzaban la provincia. Dejó sólo la que va a Madrid, que, como queda dicho, ha seguido desde entonces en un lamentable abandono. Desde la famosa llegada del “rápido Ter” hasta hoy, la cosa no ha mejorado ciertamente. Ni hay mucha diferencia, en rapidez, con los viajes en tren de Antonio Machado –“siempre sobre la madera/ de mi vagón de tercera”. Con qué sorna acaba el poema: “El tren camina y camina, / y la máquina resuella,/ y tose con tos ferina. /  ¡Vamos en una centella!”. Aquellos trenes de humo y carbonilla eran más divertidos. Y más humanos. Por lo menos, adornaban el paisaje. Yo los vi con nieve en la estación de Soria con letreros en ruso cuando rodaron “El Doctor Zhivago”. Alguien escribió por entonces, en tiempo de Franco, con grandes letras en la tapia de la estación: “Viva Soria, libre”.

Decía que el Gobierno socialista se cargó las dos líneas ferroviarias trasversales. Una iba de Valladolid a Ariza y por ella circulaba el famoso “Shangay” de La Coruña a Barcelona y, sobre todo, los trenes de mercancías. La otra, que iba de Burgos a Calatayud, inaugurada en los años 30,  formaba parte del famoso proyecto Santander-Mediterráneo, una brillante idea de futuro, abortada por intereses bastardos y políticos incapaces. Mi interlocutor concluye: la salida de la madera de la comarca de Pinares se quedó sin transporte y los sorianos, sin manera de ir a coger el ave a Calatayud. Ni siquiera han puesto una conexión por carretera a pesar de infinidad de peticiones. Llegado a este punto, uno se acuerda, como una metáfora del abandono, de la casa del jefe de  estación de La Rasa, donde vino al mundo Marcelino Camacho, fundador de Comisiones Obreras, ahora cerrada y vacía. Allí pasó su infancia el entrañable sindicalista oyendo por la noche el pitido lejano del tren y el chirrido a su paso por la estación. Ahora sólo queda el silencio.

 

QUERIDOS REYES MAGOS

Como estos últimos años, no me resisto a escribiros mi carta. Me considero un privilegiado de seguir creyendo en vosotros como cuando era niño. Sé que sois santos y que habitáis más allá de las estrellas. Estoy convencido que, cada año, en vuestra fiesta, tenéis el privilegio de bajar a la tierra y alegrar el corazón de los niños, de los padres y de los abuelos. Como seres santos y mágicos poseéis la facultad de estar en muchos sitios a la vez y de sembrar ilusión y esperanza en los que contemplan las innumerables cabalgatas por muy comerciales y estrafalarias que sean. Me imagino que os da la risa ante tanta ignorancia y despropósito. Sobre todo a Baltasar, que siempre he pensado que es el más divertido de los tres.

A estas alturas de mi vida no os voy a pedir nada para mí. Ni siquiera para mi familia. Os aseguro que me mueve a escribiros una inquietud profunda. Algo que no se me va de la cabeza. Supongo que observaréis cuando crucéis el centro de España en vuestras cabalgaduras especiales la soledad y el tremendo silencio de los pueblos de vuestro recorrido. En muchos de ellos no saldrá humo de ninguna chimenea ni habrá un niño que ponga esta noche las botas en la ventana esperando vuestros regalos. Los pocos vecinos que quedan en los pueblos que aún sobreviven han perdido hace tiempo la fe en las promesas de los políticos y de los Gobiernos. Han llegado a la conclusión dolorosa de que esto no hay quien lo arregle. He pensado que vosotros podíais echar una mano. Sois la última esperanza. Por eso os escribo esta carta. En la ventana dejaré mi petición, con la esperanza de que alguno de vuestros pajes os la entregue. Se trata del recorte de un artículo que acabo de escribir en el periódico. En él  digo todo lo que pienso. Es mi carta de este año. Espero que la leáis con atención y actuéis en consecuencia, si está en vuestra mano.

El día de los Inocentes hubo en Soria una protesta general, de la que la prensa nacional no dio noticia. Miles de sorianos, convocados por la plataforma “Soria, ya”, se echaron a la calle de forma pacífica exigiendo que los políticos dejen de tomarles el pelo y cumplan de una vez sus promesas. Fue una gran demostración cívica, un acontecimiento de alto contenido social. En las iglesias repicaron las campanas acompañando a los manifestantes, que ocuparon todo el centro de la ciudad, desde El Collado a la Dehesa. Fue como un toque a rebato. Nunca  se había visto nada parecido en una provincia tan sufrida,  paciente y silenciosa. Si esto hubiera ocurrido en Cataluña, las imágenes de la multitud enarbolando monigotes blancos habrían abierto los telediarios. No es extraño que la preterida España interior se sienta olvidada y herida en su honor y  dignidad. “¿Qué tenemos que hacer para que se nos escuche -me decía el cura Martín-, quemar cubiertas, montar barricadas…?”

Me parece que  en esta España interior, convertida en un desierto demográfico, se ha llegado al límite de la paciencia. Y pocos observadores se dan cuenta. Luego pasa lo que pasa.  La desesperación se notará pronto en las urnas. La despoblación y el escandaloso desequilibrio demográfico es el principal problema nacional al comienzo de 2019. La comunidad histórica de Castilla resulta la más perjudicada. Le sigue la comunidad histórica de Aragón. Nada es casual. La sensación de abandono por parte de los poderes públicos, desde hace décadas, está muy arraigado. El vaciamiento intencionado  del centro, menos Madrid,  está conduciendo a la desvertebración de España. La muerte de los pueblos debería ser la noticia del año.

Soria, donde Castilla pierde su nombre, es, en sí,  la mejor metáfora del desamparo. En esto se lleva la palma. Es la provincia más despoblada y envejecida  de España, con poco más de ocho habitantes por kilómetro cuadrado. El 94 por ciento de sus pueblos están en riesgo extremo de desaparecer. Es natural que los sorianos estén hartos de promesas e inocentadas. Esperan años la autovía del Duero o la de Navarra. No saben cuándo disfrutarán de un ferrocarril del siglo XXI o cuándo llegará la banda ancha. Están cansados de que los lleven a Valladolid  si caen enfermos. Les duele que cierren las escuelas. ¿Dónde están los 80 millones del prometido “Plan Soria”? . Etcétera. Por estas cosas “Soria, ya” viene batallando honradamente desde 2001 y los jóvenes han entrado al relevo. “Soria no se muere -han dicho el día de los Inocentes-, a Soria la están matando”.

(Supongo que os llegaron noticias, cuando tuvisteis que salir aquella noche de Belén a uña de camello, de la orden del pérfido Herodes de matar a los inocentes. Ahora, como  veis, están matando a los pueblos. Herodes hay muchos en este mundo dejado de la mano de Dios.  No hay derramamiento de sangre, pero la historia se repite. Echadnos una mano)

NAVIDAD 2018

Un clamor se ha oído en Ramá,

Llanto y lamento grande:

Es Raquel que llora a sus hijos,

Y no encuentra consuelo,

Porque ya no existen.

(Jeremías, 31, 15)

 

II

 

El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto. Permanece allí hasta que te avise. Porque Herodes busca al niño para matarlo”. José se levantó. Aún era de noche. Tomó al niño y a su madre, y huyó a Egipto.

(Mateo, 2.13)

 

III

 

Este inquietante año que concluye es el año de las mujeres, que defienden la dignidad humana que nunca debieron haber perdido, en igualdad de condiciones con los hombres. Sigue el llanto por las mujeres violadas, sojuzgadas, maltratadas, despreciadas o asesinadas. Este ha sido en 2018 el gran grito de la humanidad. El grito de Raquel que viene de lejos. Y es el año de las grandes migraciones , que huyen del hambre, de la persecución  y de la guerra. Y se juegan la vida en el camino.

La primera felicitación de esta Navidad me ha llegado por watshapp. Es una estampa con tres figuras humanas  que van de camino. Me viene con un escueto y, hasta cierto punto, enigmático comentario: “La historia se repite; no aprendemos”.  Es de noche y, a pesar de eso, siguen de camino. El camino se adivina escabroso. No se distinguen los perfiles ni las orillas. Como si avanzaran trabajosamente entre la maleza. Hay luna llena, pero ello no impide que en el cielo brillen un montón de estrellas diminutas. Como se ve, todo es un poco naif.

El hombre y la mujer son jóvenes, morenos, de rostro agradable. Parecen hispanos. Él tiene bigote, un bigote fino, y lleva una visera barata. Viste vaqueros y una camiseta amarilla de manga corta. Calza zapatillas muy desgastadas. Lleva a la espalda una mochila. Con la mano derecha extendida parece que va separando obstáculos y con la izquierda, que pone delicadamente en la espalda de ella, trata de ayudarla. La mujer también viste vaqueros, calza chanclas y, colgado del hombro, envuelto en un chal morado, carga con el niño, que también es moreno y va descalzo. La madre porta en cada mano una pequeña bolsa de color naranja. Uno sospecha al verlos, sin miedo a equivocarse, que hace días que han salido de su casa y que en la mochila y las bolsas llevan todas sus pertenencias.

Mirándolos bien, parecen mexicanos; pero lo mismo podían ser guatemaltecos, hondureños o acaso venezolanos. Se ve a la legua que han dejado atrás su tierra y que tienen prisa por llegar. Si no, no caminarían de noche. Aunque también pudiera ser que  anden de noche para no ser localizados o para evitar el tremendo calor del desierto. Eso explica que vayan tan ligeros de ropa, sin abrigo. El rostro de la mujer desprende serenidad. Al hombre se le ve decidido, pero intranquilo y preocupado, como si les amenazara algún peligro. Puede que estén ya cerca de la frontera. Una luz misteriosa, a pesar del evidente desamparo, ilumina a los tres. Cada uno de ellos lleva detrás de la cabeza una aureola dorada y luminosa, como las que se ven en los iconos de las tablas bizantinas. En el centro de la aureola del niño figura una cruz de rojo intenso con las letras alfa y omega. Su identidad parece, pues, fuera de duda, sin necesidad de que nos enseñen el pasaporte. No llevan visado. Así que milagro sería que, cuando esta noche lleguen a la frontera, les dejen pasar los guardianes fronterizos.

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS LOS SEGUIDORES DE “EL CANTO DEL CUCO”!

 

EL CHOPO

Yo tenía un chopo en mi jardín. Al atardecer estorninos y gorriones venían a dormir en sus ramas más altas, pregonando su secreto a los cuatro vientos. Por la mañana pronto, en el buen tiempo, las torcaces en celo se citaban en él, zureando entre el verde follaje. Más de un año las palomas bravías construyeron allí su nido elemental. El árbol servía, sobre todo, de tribuna privilegiada de los mirlos cantores en primavera. Las ruidosas urracas también hacían parada habitual y no era extraño observar en sus ramas bajeras al petirrojo, el pinzón o la curruca. Era un “populus simonii” de crecimiento rápido. Lo planté con mis propias manos hace algo más de un cuarto de siglo. Se había hecho gigantesco. Con sus treinta metros de alto, sobrepasaba ampliamente el tejado del vecino como si quisiera tocar con su copa las estrellas. En la corteza de su tronco, como huellas del tiempo, aún se notaban las señales que marcaban la estatura, cuando eran niños, primero de los hijos y después de los nietos.

El chopo era mi primera visión del día. Cuando me levantaba de la cama y me asomaba a la ventana, él estaba allí, enfrente, con una lealtad absoluta, esperando, como una llamarada de vida y esperanza. Aseguro que su verde y alegre visión me ayudaba a levantar el ánimo si andaba decaído. Cuando los hijos se fueron y la casa empezó a quedarse vacía, el árbol hacía compañía a su manera. Era como una invitación permanente a perderse en la Naturaleza. La Naturaleza salía al encuentro en la misma puerta de la casa. O mejor, dentro de casa, porque el árbol se había convertido en parte esencial de la casa y de su ecosistema. Él se ocupaba, sobre todo, de limpiar el aire. A mí me gustaba escuchar el rumor de sus hojas movidas levemente por el viento. Hacía que me reencontrara con mis orígenes rurales. Recreaba a su lado los chopos del ejido, los arces de la dehesa, los robles de los prados o los familiares olmos de las herrañes. Más de una vez, sin que me viera nadie, he abrazado su poderoso tronco. Y aún está, ahora mismo mientras escribo, el pequeño jardín cubierto de sus hojas caídas, que forman una espesa alfombra olorosa. Me gusta pasear sobre ellas y me estoy resistiendo a rastrillarlas.

Hace una semana, cuando me desperté y abrí la ventana, sentí un escalofrío. Un vendaval había desgajado de madrugada el chopo y la mitad del árbol aparecía caído sobre la valla del vecino. Estaba aún levemente colgado del tronco principal, como si se resistiera a morir. Aseguro que he visto estos días un inhabitual cortejo de pájaros sobre el ramón tronzado, como si quisieran despedirse del árbol. La parte del “simonii” que se mantenía en pie aparecía desequilibrada. Era un peligro manifiesto. Cuando lo vio el técnico arbolista, certificó su tala. Acudí al Ayuntamiento y solicité la autorización. Pagué la tasa correspondiente, y esta mañana los técnicos, en un espectacular ejercicio de equilibrio y precisión, han escalado hasta la copa y, `paso a paso, de arriba a abajo, lo han tarazado. Ha muerto de pie, herido por el viento, como tiene que ser. La operación ha durado cinco horas. Después se han llevado los despojos a un centro de tratamiento de residuos vegetales. Me asomo ahora al jardín y está vacío. Sólo me queda pasear esta noche sobre las hojas secas.

“ESPAÑA 2018”

Me permito reproducir hoy aquí , sin poner ni quitar nada, el artículo que he publicado en el diario “La Razón” por si puede ser de interés para los seguidores de “El canto del cuco” de dentro y de fuera de España. Pretendo buscar la luz en un callejón sin salida a la vista.  Ocurre que cuando más se habla, se montan  comisiones oficiales, se multiplican los congresos y los encuentros de expertos y se ponen sobre la mesa medidas contra la despoblación, más avanza ésta arrasando pueblos y aldeas, que quedan vacíos. ¿Qué está pasando? Aquí trato de ofrecer una explicación, no sé si convincente, al aparente contrasentido.

Hace cuatro años el Consejo Empresarial para la Competitividad (CEC), del que forman parte las 18 principales empresas del IBEX, elaboró un sesudo informe titulado “España 2018”. Los grandes hombres de negocios aseguraban que, en este plazo, con sus medidas bajaría el paro al 11 por ciento. Entre las propuestas para crear dos millones y pico de puestos de trabajo figuraban algunas que amenazaban la existencia de centenares de pueblos y aldeas. Se trataba de sacar de una vez a España del atraso secular y colocarla a la cabeza del progreso. Seguramente era una aportación realista y bien intencionada, elaborada por expertos de primer nivel, pero sin olvidar, como dice Arthur Miller, que “los que aman el dinero no lo regalan”. Capitalismo puro y duro.

Ahora es la hora de hacer balance. En este cuatrienio ha aumentado el empleo, aunque no tanto como ellos soñaban, y en lo que hace al mundo rural, sea por sus consejos o por la desidia programada de los poderes públicos, se han salido de lleno con la suya. El balance, cuatro años después, no puede ser más demoledor. La despoblación de media España ha avanzado sin control, arrasadoramente, como una catástrofe natural, y se ha convertido en el principal problema nacional.

La aportación política original que los hombres del dinero ofrecían al desarrollo rural, pensando siempre en la economía, consistía en aumentar el tamaño medio de los municipios para ahorrar seis mil millones de euros al año. Y en eso se está, me parece. Vamos a la concentración de ayuntamientos, con apoyos y estímulos de todo tipo a las cabeceras de comarca, y liquidación de los pueblos y aldeas de alrededor. ¡Que descansen en paz bajo las ruinas! En realidad, nada nuevo. Es un impulso a lo que ya se viene haciendo. Los pueblos sobran. Su mantenimiento es caro. Acabemos de una vez con ellos. Esa es la consigna. Convirtamos la España interior en un gran parque nacional, una reserva para turistas, un gigantesco coto de caza… Retiremos los servicios. Cerremos las escuelas. Liquidemos de una vez la maldita, milenaria y atrasada civilización rural. Demos paso a la cultura de la ciudad. Es el progreso. ¿Qué valor tiene en Bolsa la tradición o el alma de un pueblo? Ya lo sabemos: la de todos los pueblos juntos condenados a morir, ¡seis mil millones al año! ¿Cuánto pesa el alma de un pueblo, oculta bajo las ruinas? ¡Qué más da!

La “España 2018”, perfectamente diseñada hace cuatro años, nos deja un paisaje desolado de pueblos muertos.

 

PRESURA

En castellano “Presura” significa prisa, prontitud y ligereza con que se hace una cosa. La segunda acepción hace referencia al “derecho de presura”, el que tenían los campesinos en el norte de la península de asentarse en tierras yermas y abandonadas. Pero a partir de ahora el nombre de “Presura” quedará registrado como la II Feria Nacional para la Repoblación de la España Vacía, que se está celebrando en Soria mientras escribo y a la que nadie me ha invitado. O sea, que entro de rondón porque nadie me ha dado vela en este entierro. Así que escribiré de oídas. He seguido su desarrollo a distancia con el mayor interés. Me parece una buena iniciativa, muy oportuna, en un momento en que la preocupación por la catástrofe demográfica que afecta a media España alcanza por fin a los poderes públicos y hasta empieza a tenerse en cuenta en algunos medios de comunicación de alcance nacional, que hasta ahora la habían ignorado. Ha coincidido, en mi caso, con la semana en que los Clubs de Lectura de Soria han elegido mis “Historias de la Alcarama”, por iniciativa de la Biblioteca Pública soriana, como libro de lectura de todos sus socios. Vaya una cosa por la otra. Espero que los aplicados lectores, a los que agradezco vivamente su dedicación, habrán sacado algo en limpio sobre la vida de los pueblos, su decadencia y sobre lo que va de ayer a hoy. Ellos saben, como yo, que a Soria la salvará la cultura.

Por fin el Gobierno reconoce públicamente que “la despoblación es el mayor reto de España, el mayor desafío como país”. Lo ha dicho la ministra de Política Territorial, Maritxell Batet, en el discurso inaugural de este encuentro. A la hora del reparto del pastel a las autonomías habrá que tener en cuenta el sobrecoste de la dotación de servicios públicos -sanidad, educación, dependencia…- en la España interior, con una población escasa, menguante, envejecida y dispersa. Los presidentes de estas comunidades ya lo han planteado formalmente. Tras décadas de ceguera política, parece que entra ya de lleno en la agenda oficial. El Gobierno se compromete a poner freno a la hemorragia humana en los pueblos y a corregir la “brecha rural”, garantizando la igualdad de oportunidades. Hasta se dan fechas: el Comisionado para el Reto Demográfico, creado por el anterior Gobierno, se compromete a presentar en primavera el plan estratégico nacional para corregir el tremendo desequilibrio demográfico. La gran revelación coincidará, ¡ay!, con la campaña de las elecciones locales y regionales. Es normal que la gente se muestre desconfiada después de tantas promesas incumplidas, tanto abandono y tantas decepciones. Pero, en fin, parece que algo se mueve. La ministra Batet se ha atrevido a decir: “Vivir en el mundo rural no es un fracaso, sino todo lo contrario”. A ver cómo se revierte esto

El impulso a la esperanza en un mundo desesperanzado es la primera conclusión que se saca de esta feria, organizada por El Hueco, una activa empresa social soriana que pretende precisamente superar la supremacía cultural del mundo urbano y captar talento y ofrecer soporte a los emprendedores del mundo rural, entre otros servicios. Su tarea es encomiable, como se ha comprobado en “Presura” y en la tienda ambulante por los pueblos. Lástima que para hacerse los modernos utilicen nombrajos en inglés, en sus folletos y presentaciones: esas simplezas de “crowdfunding”, “El Hueco School”, “coworkers”, “Supermartes de Solarig”, “coworking”… justo en tierra de poetas y patria del castellano. Esta contaminación lingüística, tan extendida en el mundo de los negocios y en la publicidad, es una peste que convendría erradicar. Y, desde luego, es un argot completamente ajeno a la cultura rural.

Pero volvamos a la feria, recorramos las exposiciones -algunas llamativas y otras muy humildes- acompañemos a la “caravana de oportunidades” por las carreteras, sentémonos a escuchar en el “Ágora” y tomemos nota una vez más de los datos demoledores: en la España medio vacía, que ocupa el 53 por ciento del territorio nacional, viven dos millones y medio de habitantes, menos de nueve por kilómetro cuadrado. En comarcas de Soria, Teruel y Guadalajara el porcentaje se desploma por debajo de cuatro habitantes por kilómetro cuadrado. Es lo que se ha llamado la Serranía celtibérica. En la comarca de las Tierras Altas de Soria no se alcanzan los dos habitantes por kilómetro cuadrado, el mayor desierto demográfico de Europa. La cuna de la Celtiberia debería merecer atención preferente.

¿Cómo solucionar este problema del desequilibrio demográfico, que es, según el Gobierno, el mayor desafío que España tiene por delante? Pues, si me lo permiten, insistiré aquí de nuevo: sólo se arreglará con un gran proyecto global, respaldado por la Unión Europea, que incluya comunicaciones -autovías, ferrocarriles, acceso a Internet a alta velocidad…-, exenciones fiscales a las empresas, estímulos atractivos a la gente joven para que se quede o se vaya a vivir a los pueblos, decidido apoyo al turismo rural y al turismo cultural del interior, respaldo a la ganadería extensiva y a la industria agroalimentaria, campos de alta tecnología, etcétera. Todo menos remiendos y promesas. Que obras son amores y no buenas razones. Recuerdo: “Presura” significa prisa, prontitud, ligereza con que se hace una cosa. Pues eso.

“EL PUEBLO”

“El Pueblo” es el título de una serie de televisión que pronto podremos ver en España. Tiene buena pinta. Los que la dirigen y los actores que trabajan en ella están entusiasmados. Dicen que será tan popular como el inolvidable “Verano azul”. Ya veremos. La traigo hoy a colación por varios motivos. Porque se ocupa del mundo rural y de la despoblación, porque refleja el contraste pueblo-ciudad, porque está rodada en Soria y porque el atípico y espléndido plató natural al aire libre en que se desarrolla la trama es Valdelavilla, en las Tierras Altas, una aldea despoblada, que conocí de niño llena de vida, transformada después en un peculiar complejo turístico. También se ha rodado en Soria capital, en San Pedro Manrique, en los Rábanos, en Valdeavellano de Tera…No son pocos alicientes. Está cargada de “sorianidad”, que buena falta hace.

Es una prueba más de que el drama de la despoblación, el final de una época y la agonía de una forma milenaria de entender la vida es algo que interesa. Incluso parece que empieza a despertar la atención de los poderes públicos. Desde luego, vuelve a estar de moda la literatura rural. Series populares como ésta pueden ayudar, si no se quedan en lo pintoresco, a tomar conciencia de la tremenda quiebra demográfica, que en Soria y en las provincias de alrededor empieza a ser alarmante, casi desesperada. Y no digamos en estas Tierras Altas, pobladas de pueblos muertos, donde está mi patria. No es extraño que la televisión, la prensa y el cine -quién no recuerda “El cielo gira” de Mercedes Álvarez, a pocos kilómetros de este mismo escenario de Valdelavilla- se acerquen en busca de historias y situaciones olvidadas o desconocidas, que llaman cada vez más la atención de las gentes de la ciudad. No sé si es el gori-gori o un barrunto de cambio histórico y de vuelta a los orígenes.

Valdelavilla, que en la ficción se llamará Peñafría, aparece en el fondo de la quiebra de un terreno montaraz, donde a duras penas llegan las comunicaciones. El Internet allí, como en gran parte de la España vacía, es un lujo. Valdelavilla está en tierra de Magaña, escoltada por la Alcarama y la sierra de Archena, en el último rincón de Castilla, casi en la raya con la Rioja. Cerca de allí nace el río Mayor que lleva sus aguas al Alhama. En esa gran hondonada natural, poblada de romeros, sabinos, estepas y encinares, donde campan a sus anchas los jabalíes y los ciervos, hubo un tiempo no lejano, que yo recuerdo bien, en que había cuatro poblados llenos de vida: El Vallejo, que pertenecía al Ayuntamiento de Sarnago, donde vivía la inolvidable tía Romualda, la bizmera, que además poseía la gargantilla mágica que curaba del “pelo” a las cochinas parideras ; Castillejo, edificado sobre un alcor, que fue castro celtibérico, patria del famoso “Churrillo” y de la tía Felipa, la esquiladora; y a sus pies, Las Fuesas, donde ocurrió el suceso del “aviador”, el marido de la maestra, que tuvo que salir del pueblo por pies después de haber traicionado a los vecinos guiando a los delegados de abastos a los escondites de los alimentos prohibidos por el régimen. Y a poco más de media legua, Valdelavilla. Los cuatro pueblos quedaron deshabitados a partir de los años 60 del siglo pasado, cuando, con la repoblación forestal, sucedió la gran diáspora. Sólo Valdelavilla se ha librado de la ruina y la desolación.

Esto se debió a un ambicioso proyecto de Carlos Martínez Izquierdo, hijo del Teo el molinero, de San Pedro Manrique, que fue alcalde de esta villa y que preside ahora la Caja Rural de Soria. La iniciativa alcanzaba también a los otros pueblos de esta pequeña comarca escondida, de indudable atractivo para los amigos de la Naturaleza, pero hubo que reducir la actuación a Valdelavilla porque nunca faltan pleitos y contratiempos si alguien tiene una idea brillante e intenta ponerla en marcha. Somos así. Lo de Valdelavilla fue como un milagro. Su suerte habría sido, si no, como la de sus vecinos: los tejados caídos, la maleza invadiendo las calles, los huertos y los corrales, y el monte y las alimañas apoderándose de los caminos y del caserío. El pueblo fue totalmente rehabilitado y convertido en un complejo turístico, donde acuden las familias a las casas rurales, se aprende inglés, se celebran bodas o, como en esta ocasión, se ruedan películas o series para la televisión. Es de agradecer que en la reconstrucción de este caserío se cuidara hasta el detalle su arquitectura tradicional, cuyo aspecto más destacado, en los cuatro pueblos de esta garganta montuna, son las paredes de las casas construidas con losas, lo que proporciona a la edificación una característica peculiar.

Este es el escenario que contemplaremos a partir de enero en Telecinco durante ocho semanas en “El Pueblo”, una comedia creada y producida por los hermanos Alberto y Laura Caballero, y con un soriano, Roberto Monge, de codirector. Me parece que es una buena noticia. Dijo el pintor Viola que el objetivo final del arte es mostrar los tejidos internos del alma. Ojalá esta serie televisiva, originada en Soria, nos muestre los verdaderos tejidos del alma rural.

LA PASTORA DE POBAR

La pastora de Pobar tiene 31 años, se llama Lorena Genzor y desde que cumplió los 25 ha vivido sola con sus ovejas y sus mastines en este pueblo vacío de las Tierras Altas de Soria. De un tiempo a esta parte le acompaña su novio y están a punto de ser padres. Por primera vez en cincuenta años va a nacer un niño en esta aldea despoblada y montuna, cerca de donde nace el Alhama, entre las sierras de la Alcarama, las Cabezas y el Almuerzo. Cuando esto ocurra, deberían repicar las campanas de todos los pueblos de alrededor, donde apenas queda tampoco un alma: Magaña, Villarraso, La Losilla, Carrascosa de la Sierra, Valtajeros, Suellacabras… Es una tierra áspera y quebrada, donde crecen la estepa, el sabino y el roble y encuentran cobijo y alimento la liebre y el jabalí. En el cielo vuelan majestuosos el buitre y el águila. Una carretera tortuosa, la SO-P-1001, poco transitada, que arranca de Magaña y llega hasta Soria, es la vía de comunicación con el mundo habitado.

Lorena nació en Aragón, en las altas tierras de Jaca, de familia ganadera. Desde niña sintió la atracción de la majada y la llamada del campo. Ella quería ser pastora. Cursó el grado superior de gestión de empresas agropecuarias y de recursos naturales y paisajísticos y se dispuso a cumplir su sueño. En el Pirineo los inviernos eran interminables y la nieve obligaba a tener encerrado el ganado semanas enteras. Necesitaba encontrar un sitio menos desapacible, con buenos pastos, con poca gente, en el que no hubiera otros rebaños. Y así llegó a Pobar, un pueblo semiabandonado, que en los largos meses de invierno se queda vacío. El alcalde pedáneo vive en Ágreda, a 36 kilómetros, y de vez en cuando se da una vuelta por la aldea. Lorena alquiló una casa, unas majadas y dos mil hectáreas de terreno del término municipal. Compró la primera punta de ovejas, que ella misma condujo desde Garray por las cañadas. Llegó a juntar seiscientas cabezas de ganado y se echó literalmente al monte. En el buen tiempo había gente en el pueblo, pero luego, cuando llegaron las nubes y el frío, se quedó sola. Dice que a ella no le importa la soledad. “Todo el mundo me decía que estaba loca -ha confesado-, pero yo era feliz”. Pasaba muchos días sin ver a un ser humano, pero no le importaba. Hace unos inviernos, el de la gran nevada, se quedó encerrada en casa sin ver a nadie en casi dos semanas. “¿Qué haría yo en una ciudad? ¡Me aburriría!”, asegura. A esta mujer no le asusta la soledad, le gusta.

A la pastora de Pobar, una mujer guapa, culta, de buena estampa y aspecto saludable, no le importaba, pues, vivir sola con sus ovejas. Disfruta viéndolas pastar, careadas en los ribazos o en las laderas del monte, acompañada de sus tres perros, Ori, Senda y Gordo, y con un libro en el zurrón. (Aquí, una confidencia personal: mi hija Sara, la de “Historias de la Alcarama”, tiene un perro de ganado, precioso, alegre e inteligente -”Duero” se llama-, que adoptó hace unos meses de cachorro y que, según he sabido ahora, era de Lorena). La cobertura del móvil es allí muy deficiente, no hay wifi, pero se las apaña con el “whatsApp” para estar conectada con el exterior. Así conoció a Jesús, su novio, un mocetón navarro, también pastor. El esquilador de las ovejas propuso hacer un grupo de “whatsApp” con pastores y se apuntó. Poco a poco trabaron amistad a distancia. Un día, para que salieran más baratas, decidieron comprar un lote de ovejas juntos. Y, al final, se enamoraron. Juntaron los rebaños -unas 1.200 cabezas- y Jesús no quiso que Lorena siguiera sola en el pueblo. Se fue con ella, formaron una familia, más de una noche cogieron una tienda de campaña y acamparon en el monte con las ovejas.  Y ahora, un día de estos, esperan un hijo (no han querido saber si será niño o niña). Es, como digo, el primer nacimiento en Pobar en medio siglo. Ahora piensan comprar una de las ruinas de la aldea y sobre ellas construirán una casa grande para ellos y para su hijo.

Esta es una de las historias más hermosas que he contado en “El canto del cuco” en estos seis años que se cumplen ahora.