El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

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LA FONDA DE SAN PEDRO MANRIQUE

Me escribe Santiago Valdazo Munilla, natural de San Pedro Manrique, nacido en la fonda “El Comercio”, que todo el mundo conocía por “La Fonda”, regida por su familia desde 1911 y que cerró en 1951. Me dice que ha leído mi libro “Historias de la Alcarama”, que ha supuesto para él “una experiencia hermosa, emotiva”, y me adjunta un minucioso relato en el que aporta datos y detalles de primera mano al hilo de lo narrado por mí. Su aportación me parece muy valiosa y he creído que no la podía echar en saco roto. Supongo que los lectores interesados en esas historias mías de las Tierras Altas de Soria lo agradecerán. Así que voy a recoger aquí algunas de las curiosidades para que no se pierdan en el olvido. Son el reflejo de una época.

Se extraña, de entrada, Santiago Valdazo de que en este libro me ocupe de la fonda de la Cuatrena y no mencione la suya. Esta omisión sólo se explica por mi mala cabeza y por la amistad y la familiaridad de la tía Juana, la Cuatrena, con mi madre, que convertía su casa en parada habitual, lo mismo que el comercio del tío Perico. Pero hay que dejar constancia de la relevancia de “La Fonda”, situada en el centro de “La Cosa”, la explanada de los comercios donde se instalaba la feria y el mercado de los lunes, como centro de la vida social del pueblo y de la comarca. Era posada y casa de comidas. Por ella pasaban no sólo arrieros y tratantes que venían al mercado, como el tío Domingo, “El Mingarra”, de Sarnago, un habitual según cuenta, sino los que se hospedaban en ella. Este fue el caso del padre del protagonista de esta historia, también llamado Santiago Valdazo, que vino de fuera en 1928, cayó por “La Fonda”, se enamoró de Saturnina, la hija de los dueños, y se casaron. Hasta la boda, como exigían las buenas costumbres de la época, se fue a vivir a casa de su amigo Faustino Aragón, “El Rebote”, el dueño del molino, que tenía a la entrada una gran morera de moras gordas y dulcísimas, que yo disfruté hasta ponerme perdido cada vez que me mandaron con una carga de trigo al molino.

A la puerta de “La Fonda”, junto a la primera acacia, cerca de la farmacia, paraba siempre el coche de linea, un Opel de veinte plazas, con matrícula de 1932, que conducía Santiago. El carromato hacía el recorrido hasta el chozo de Huérteles, donde empalmaba con “La Exclusiva”, empresa de Gonzalo Ruiz, un Reo Speed Wagon, que unía Soria con Calahorra, por el puerto de Oncala, y que conducían, con grandes penalidades, “el Inés” y, en sentido contrario, “el Perico”. No hace falta recordar que en ellos discurrieron los viajes de mi infancia. Santiago tenía además un coche de punto, primero un Hispano-Suiza, que había sido de la Casa Real y luego un viejo Ford, que competía con el Crysler del Godo, que rara vez llegaba a su destino sin sufrir algún percance en el motor o en las ruedas. Cuenta Santiago Valdazo Munilla, el hijo del conductor, que cuando llegaba en el coche de línea “el Macarrón”, temido delegado en toda la comarca, él salía disparado hasta el molino de “El Rebote” y daba el queo. Desde allí se comunicaba inmediatamente al resto de los molinos, a lo largo del río Linares, hasta el del tío Juan, para que pusieran la harina a buen recaudo y no la requisaran los delegados, y pronto se corría la voz por los pueblos de la comarca -¡que vienen los delegados!- para que las gentes guardaran a toda prisa en escondrijos la harina el aceite y el pan blanco.

El viejo autobús era la estrella en los días de mercado, tanto a la salida como a la llegada. A un niño de Sarnago, como yo, que nunca había visto un automóvil en el pueblo, aquel carromato moviéndose entre la gente y los puestos de cerdos, gallinas y cabritos, le impresionaba. En este capítulo del mercado, el corresponsal de estas memorias recuerda la compra de las primeras zapatillas del verano en la tienda del tío Marcelino, la llegada de la “tía Reloja” de Arnedo con verduras y pescado, los “Garnica” de Soria, los cochineros con sus blusas negras, los tratantes de muletos, “El Cuatrena”, los dos esquiladores de caballerías, situados junto al frontón, uno en cada esquina bajo las acacias, que escribían encima del rabo de los animales con cortes de tijera “Viva mi amo”, el capador con su chiflo, los comediantes, el sacamuelas… Uno de los primeros coches del pueblo fue el Ford de don Higinio, el médico, pero se lo requisaron para el frente en 1936. Por eso tuvo que llegar a Sarnago a caballo un día frío de noviembre, nevando, a atender a mi madre en el parto en el que yo vine al mundo. Ahora he sabido -he pasado la vida deseando conocer detalles de la vida de este hombre tan ligada a la mía- que se llamaba don Higinio Ayala Mesanza, que llegó a San Pedro en 1930 y que se hospedó en “La Fonda”. Vivió allí hasta 1933, año en que la familia se trasladó a una casa. Tuvieron tres hijos. En 1944 se fue a Aspe (Alicante) y le sustituyó don Manuel, todo un carácter, que acostumbraba a parar en nuestra casa. Había además otro médico, don Epifanio Hernández. Su hija, doña Nuncia, fue maestra en La Ventosa, vive en Garray y acaba de cumplir cien años.

Me cuenta también que la madre de don Luciano, un sacerdote nacido en Acrijos, amigo mío, murió en “La Fonda” después de sufrir un día de mercado un par de coces de un burro. También recuerda que su hermano, desobedeciendo a su madre, se acercó a ver el cadáver de la “tía Moña” de La Ventosa, que se ahogó en un charco del Palenque, y tanto le impresionó aquella mujer que llegó a “La Fonda” corriendo y se escondió, aturdido y aterrado, debajo de la cama. A propósito de los entierros, evoca sus tiempos de monaguillo, tocando las campanas o llevando la cruz alzada o el acetre del agua bendita. “Me impresionaba el silencio, el respeto de la gente y su manera pulcra de vestir”, dice. Y cuenta algo de lo que yo no tenía noticia: “El trozo de la calle del muerto no se barría en una semana”.

Santiago Valdazo Munilla aporta otras historias dignas de ser contadas, entre ellas un relato de cuando la guerra que merece capítulo aparte. Hoy nos quedamos con el trasiego de “La Posada”, observatorio privilegiado de la vida del pueblo y memoria de un tiempo que no volverá.

EN LA CASA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

En la tarde del Sábado Santo visité en Orihuela la casa donde vivió el poeta Miguel Hernández, fallecido de tuberculosis en el hospital de la cárcel de Alicante hace setenta y cinco años, el 28 de marzo de 1942, después de librarse de la pena de muerte a la que fue condenado por sus ideas políticas. Tenía 31 años. En plena guerra, en 1937, se había escapado del frente para casarse con Josefina Manresa, de la que tuvo dos hijos: Manuel Ramón, que vivió sólo unos meses, y Manuel Miguel, al que le dedicó desde la prisión el famoso poema “Nanas de la cebolla”, a raíz de recibir una carta de su mujer, en la que le decía que no tenían para comer más que pan y cebolla, y que comienza así:

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre.

Escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla,

hielo negro y escarcha

grande y redonda.

Desde mi juventud, cuando lo encontré encabezando la magnífica “Antología de la nueva poesía” de José Luis Cano, sentí devoción por este poeta que había sido cabrero y que se malogró prematuramente. El aprecio por el joven poeta de Orihuela, víctima de la guerra, la barbarie y la fatalidad, ha ido aumentando con los años. Para mí ha sido siempre un poeta cercano, no sólo por llamarse Hernández, sino porque me parecía un poeta del pueblo, de los de abajo, de los humildes, de los campesinos. No era difícil sentirse identificado con él repasando su vida y leyendo sus versos en los que la vida se refleja como en un espejo. Hace muchos años le llevé a mi hermano un cuadro en el que figuran unos versos suyos, que mi hermano ha tenido siempre, hasta su muerte, en lugar destacado de su despacho. Dicen:

Vientos del pueblo me llevan,

vientos del pueblo me arrastran,

me esparcen el corazón

y me aventan la garganta.

Su padre, que también se llamaba Miguel, lo sacó pronto de la escuela, cuando empezaba el bachillerato en el colegio de Santo Domingo, cercano a su casa, y lo mandó cabrero. De nada sirvieron los ruegos de los jesuitas, que regían el colegio -una inmensa mole de piedra-, que le ofrecieron una beca porque detectaron enseguida el talento de aquel muchacho. Su padre era tratante de ganado, sobre todo de cabras, la familia era numerosa y los tiempos no eran fáciles. Así que el chico debía olvidarse de los estudios y colaborar al sostenimiento de la casa. Es exactamente lo que yo vi de niño en Sarnago y en los demás pueblos de la comarca. Aunque tuvieran un gran talento, cuando los niños y las niñas dejaban la escuela a los catorce años, les esperaba el garrote de pastor o, a ellas, ir de niñeras o de criadas. ¡Dios mío, cuánto talento perdido! Así que el joven Miguel, en 1925, recién entrado en la pubertad, -había nacido el 10 del 10 de 1910- tuvo que coger el zurrón y ponerse al frente de la cabrada por las breñas del monte San Miguel a la espalda de su casa, lejos de los naranjales. Fueron cinco años largos de cabrero. Por la mañana, antes de soltar la cabrada, tenía que recorrer las casas llevando las cantarillas de leche recién ordeñada.

Pero el muchacho no se rinde. Lleva el zurrón lleno de libros. Muchos se los presta su amigo Luis Almarcha, un cura que, con el tiempo, llegaría a ser obispo de León y que, con José María de Cossío, el de la enciclopedia de “Los Toros”, intercede por él e impiden que lo fusilen al acabar la guerra. Mientras cuida el rebaño, Miguel lee vorazmente y escribe sus primeros poemas. Es un autodidacta, como muchos hijos de campesinos que destacaron en las letras o en el comercio. Hasta le dan un premio literario a los 20 años, el único de su vida. Cuando va a recogerlo, con la ilusión de llevar a casa un poco de dinero, sólo recibe una escribanía de plata. Después vendrían sus obras imperecederas: “Perito en lunas”, “El rayo que no cesa”, “Vientos del pueblo”, etcétera. A mí siempre me ha impresionado su “Elegía a Ramón Sijé”, que termina con aquella estrofa:

A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

Visitando la casa en que vivió, he comprendido mejor el origen y el sentido de estos otros versos del mismo poema:

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

La casa, llena de fotografías, recuerdos y humildes muebles y objetos de la época, lo dice casi todo. Es una casa sencilla de una sola planta en las afueras del pueblo, cerca del palmeral, en la falda del monte de San Miguel. La calle, ahora dedicada al poeta, se llamaba calle de Arriba. La casa es una obra de mampostería, como las de Sarnago, con refuerzos en sillería para las puertas y ventanas. Consta de dos crujías paralelas: delante el comedor y la salita de estar, y detrás, la cocina y los dormitorios -me detuve en el sencillo dormitorio del poeta con una cama de hierro que compartía con su hermano- además de un altillo para el pajar, al que se subía con escalera de mano desde el patio. El suelo de la casa, ahora enlosado, era de tierra. En el patio, en parte ajardinado, con macetas con flores y una buganvilla en el rincón, está el pozo y la pila de piedra para lavar. Al lado, un cobertizo con leñera y un retrete rudimentario. Y, al fondo, separado por una verja azul de madera, el corral para las cabras y las gallinas. Detrás, por una pequeña puerta se accede al pequeño huerto, “paraíso local (…) donde mi vida pasa / calmándole la sed cuando le abrasa”. En el huerto, un reducto de paz donde el poeta escribía, destacan la morera y la higuera. Apoyado en esta última, Miguel Hernández confiesa:

Mi carne, contra el tronco, se apodera,

en la siesta del día

de la vida, del peso de la higuera,

¡tanto!, que se diría,

al divorciarlas, que es la carne mía.

A la puesta del sol, dejé la casa-museo, ahora propiedad municipal. Por la calle desfilaban, espantando a las golondrinas, las distintas bandas de música camino del Santo Entierro. Yo salía cargado de paz interior.

EN EL NOMBRE DEL HERMANO

La imagen del hermano muerto, el grandioso y emotivo funeral en Valdeavellano, la despedida fuera de la iglesia bajo la lluvia, la subida al cementerio del Espino en Soria, donde descansa ya junto a la madre, y la larga película de su enfermedad, vivida minuto a minuto, todo se agolpa hoy dentro de mí, no sé si más en el corazón que en la cabeza, y me impide escribir de ninguna otra cosa. Estoy bloqueado. Así que, por una vez, me dejo llevar por la emoción, pero conteniéndome hasta donde sea posible para no caer en la cursilería, que él tanto detestaba. Me parece necesario agradecer públicamente desde aquí las innumerables muestras de afecto y el incontable número de condolencias recibidas, y que aún me están llegando por todo tipo de conductos. He comprobado que a Delfín le quería todo el mundo. Lo he visto con mis propios ojos. He visto a hombres llorar a lágrima viva. Es el mayor consuelo y la mayor satisfacción en esta hora triste. Era un buen tipo, una buena persona, un buen cristiano, un hombre tolerante y comprensivo, que pasó por la vida haciendo el bien. No exagero. Sé lo que digo. Y a la hora de la verdad, sus compañeros, la familia y la gente del pueblo se lo han reconocido. Llevaba más de cincuenta años de cura de pueblo, cuarenta y seis de ellos en Valdeavellano de Tera. Será seguramente el último cura de este pueblo. Era un hombre culto y bien formado: licenciado en Teología y en Psicología. En los ratos libres -¡cuántos miles de horas en estricta soledad!- escribía poesía. No se me ocurre homenaje mejor que cederle hoy aquí a él, en “El canto del cuco”, la palabra. De su libro “Soria por dentro. Palabras en el tiempo”, recojo unos cuantos poemas.

VIVIR

Si vivir es un verbo intransitivo,

vivir siendo vivido” es la gozosa

certidumbre de que otro ser, no cosa,

a mí “me está viviendo y yo lo vivo”

Vivir es convivir”, sin genitivo

que urda posesión siempre engañosa.

La abeja libre volverá a la rosa

y libará su néctar no cautivo.

Convivir” es la ruta del ascenso,

abre-luz de proyectos y quimeras.

Sobrevivir” es caer en el descenso.

Vivir espacio y tiempo en mil maneras.

La vida es poliédrica. Yo pienso

que vidas con amor son verdaderas.

 

Este soneto lo puso en la contraportada del libro. El siguiente soneto se titula:

EL CAMPESINO

En el campo nací y en él resido

entre pobres, sufridos labradores;

entre robles, estepas y pastores

mi pequeña existencia ha discurrido.

Sé de campo las penas y el olvido.

Sé del frío, trabajo y sinsabores.

Conozco las tristezas y dolores

del frágil campesino incomprendido.

Con aire de ignorancia en sus modales

sentencia sabiamente la verdad,

lacónico, tenaz, desconfiado…

Por cientos de promesas tan banales

se refugia en doliente soledad.

¡Inerme campesino marginado!…

No tengo más remedio que dejar constancia aquí, para disfrute de todos, de la poesía que se titula El huerto del cura de Valdeavellano, huerto junto a la casa y la iglesia, que él cultivaba amorosamente y con gran pericia, y en el que pasó horas y horas de su vida leyendo o rezando el breviario:

El huerto del cura

de Valdeavellano

está siempre abierto

aunque esté cerrado.

Castaños fornidos,

jazmines coquetos

escoltan su entrada

por el lado cierzo.

La gente que pasa

por la carretera

no para sus mientes

que, junto a la iglesia,

el huerto rehuye

miradas ajenas.

Claustro pudoroso,

cercado de piedras,

amigo del aire,

la lluvia serena,

del sol y la nieve,

la luna y estrellas.

Al alba y la tarde,

voraces, nerviosos,

entran en bandada

gorriones y tordos.

Ordeñan las parras

sus picos golosos.

Las fresas maduras

no les dan sonrojo.

Al chirriar la puerta,

siempre vigilantes,

emprenden el vuelo

raudos y culpables.

Atusan sus picos

tras el corto viaje;

y desde el tejado

celebran su lance.

¿Cantan o protestan?

¡Cualquiera lo sabe!

(Al menor descuido

vuelven al ataque).

El viejo manzano,

portero de entrada,

ofrece su sombra,

se asoma a la tapia;

susurra a la brisa

cuando llega el alba.

Vienen las abejas,

zumban por sus ramas

y le hacen cosquillas

de sonrisa blanca.

El manzano eunuco

del rincón de abajo

daba muchas hojas

pero fruto en vano.

Ni siquiera flores.

¡Maldito castrado!

Vio cerca la sierra

destellante y loba

sin hacerle daño.

Comprendió la tregua

el manzano eunuco.

Me engañó con flores

pero no dio fruto.

(Yo no sé hasta cuándo

fría sierra loba

dejará con vida

al manzano eunuco

junto al lilo blanco…)

Al peral del pozo

le encorvan los años;

lucha por la vida

como el “operado”.

Los dos a porfía

florecen en mayo.

Si el hielo les deja

y el viento es calmado

brindan en otoño

fruto sazonado.

Admiro en los surcos

patatas que nacen:

capullos erguidos

al caer la tarde,

como ofrenda humilde,

como rezo suave…

Alubias que trepan

y abrazan las varas

y trenzan ojivas

como cien ventanas

de catedral gótica,

vegetal, alada…

Las coles ensanchan

sus hojas en brazos;

aprietan redondas

cogollos prensados.

Beben el rocío

azul-plateado

cuando llega el alba

y el sol del verano.

Frágiles lechugas,

ajos estirados

siempre en formación

como los soldados.

Frondosas cebollas,

puerros azulados;

y las zanahorias

de pelo rizado.

Coles de Bruselas,

acelgas y rábanos,

borrajas, pimientos,

tomates, garbanzos.

Perejil fragante

y un laurel enano.

También hierbabuena

y claveles blancos.

Girasoles gualdos

y maíz barbado.

Frambuesas, ciruelos,

rosales y dalias;

melocotoneros.

El lilo morado

al fin del paseo.

Gigante, lozano,

el saúco grande

que reta al castaño.

El huerto del cura

parece un muestrario,

vegetal, pequeño,

casi un relicario

de paz y sosiego

trabajo y descanso.

A la sombra amiga

del viejo manzano

se goza el silencio

y el canto del pájaro.

Lecturas y rezos

están hermanados.

El huerto del cura

de Valdeavellano

está siempre abierto

y es claustro cerrado.

¡Se pulsa la vida

con pálpito humano!

 

En fin, en este momento crucial me parece especialmente apropiado reproducir el poema titulado “BUENAS NOCHES, MI DIOS… (En la víspera de mi ordenación sacerdotal)”. Dice así:

Buenas noches, mi Dios. Hasta mañana.

Voy a ensayar la muerte una vez más;

pero Tú no te quedes en la playa,

que a bordo de mi sueño

contigo irá mi corazón remero.

Buenas noches, mi Dios. Hasta mañana.

Por unas pocas horas afiladas de estrellas

me embarco hacia alta nada,

me sumerjo en la sima del olvido.

Sigo amando la vida y tu planeta,

pero me tientan la muerte y las estrellas.

(¡Si esta densa noche de la espera

fuera, al fin, mi noche

y encontrara en su regazo y para siempre

anclar mi corazón en el Amor…!)

Buenas noches, mi Dios, hasta mañana.

Como en un blanco mar, lleno de espuma,

arriesgaré mi barca a la luz de tu mirada

hacia doradas islas cenicientas

de bruma y de imposible.

Antes de zambullirme en el olvido

inclina la cabeza y en tu frente

prenderé mi agridulce beso humano

y te pediré, en voz baja, algún juguete:

Haz que esta noche mi barquilla frágil

se pierda y amanezca para siempre

en la playa de luz de tu costado.

Entre las algas muertas de mi orilla

he dejado, Señor, mi cofre abierto

y un adorado rostro fugitivo

para marchar a tu encuentro en línea recta.

Mira, Señor, que es muy honda

la quemadura de tu ausencia

y las sirenas

subirán a hacerme guiño en las estrellas.

Vigila, Tú, mi sueño en esta noche.

Así hasta el alba.

Hasta que el lucero alumbre

tu rostro entre mis manos.

Buenas noches, mi Dios, hasta mañana…

Buenas noches, mi hermano, hasta mañana.

LA LLAMADA DEL MONTE

Ahora que los días alargan y despierta el campo, es tiempo de volver al paisaje de la infancia. El camino sigue sin asfaltar a pesar de las reiteradas promesas de las autoridades. La manchas verdes del pinar reciente desfiguran y dulcifican algo la estampa tradicional del pueblo y de su alfoz, sin que logren borrar del todo la parda desnudez. Verdean ya tímidamente los sembrados, que reviven con los primeros soles de marzo. Desde la venta de las tierras al Estado para plantar pinos, nadie sabe quiénes son los dueños de las piezas de cultivo. Gentes de fuera, seguro, que se aprovecharon de la gran emigración, la tremenda estampida. Al viajero le gustaría tropezarse en el camino con un arriero, envuelto en su tapabocas, al que preguntarle, por ejemplo, de sopetón: “Eh, buen hombre, ¿de quién es esta tierra? ¿Sabe adónde va la madera de los pinos?…” Y así. Y, si se terciaba, compartir con él la bota y la petaca. Pero hace tiempo que no quedan arrieros en la comarca, ni caballerías, ni ovejas, ni apenas pájaros. En las umbrías se ven manchas de nieve sucia. En los oscuros ribazos que no arrasó la concentración parcelaria faltan semanas para que florezcan las ulagas, los bizcobos, los calambrujos y los espinos de flor blanca. Las majadas, que descienden de la Cruz de la Villa por el camino del Horcajuelo, se desmoronan, como pasó con la iglesia, y falta poco para que se conviertan en un cantarral, refugio de las víboras y los alacranes. En las calles hay cagarrutas de ciervo, lo que indica que los animales del monte han bajado de la sierra de la Alcarama y se han enseñoreado del pueblo.

El paisaje se parte geométricamente en dos: el raso y el monte. El pueblo se sitúa en medio, en la bisagra misma: hacia el sur, el raso, y hacia el norte, el monte. Como dos hemisferios complementarios. Del raso venía la cosecha; del monte, la leña y el agua. El raso era el escenario de las ovejas; el monte, el de las cabras. Los prados y las huertas estaban en los abrigos del monte, por donde corrían los riachuelos, anidaban las torcaces y campeaba el gato montés. La llamada del monte era muy fuerte. No en vano a los de Sarnago nos decían montunos. Desde muy pequeños los muchachos nos aventurábamos a perdernos solos por las veredas del monte. Sin miedo a las alimañas ni a los sacamantecas. Con algún chozo, como único refugio en caso de tormenta. Buscábamos nidos o frutos silvestres: magüetas, moras, endrinas, gayubas, maguillas… O simplemente la aventura de sentirnos solos, libres, sin testigos, en medio de la Naturaleza, escuchando nuestra respiración y el canto de algún pájaro. Esta es una experiencia muy especial, que únicamente el que la ha vivido alguna vez de pequeño comprenderá lo que significa. Personalmente nunca he olvidado esa sensación de ser completamente libre en medio del monte. Creo que condicionó en gran manera mi existencia. Después de eso, no me costó mucho en la vida amar y luchar por la libertad. Tenía que contar esto alguna vez. ¿Comprenden mejor ahora lo del canto del cuco?

Eso explica también que, desde que presentí los primeros pasos de la primavera, tuve deseos de volver a recorrer los caminos del monte, que es como recorrer otra vez los caminos de la infancia. Y llevo varias semanas intentando contarlo aquí, pero distintas interferencias me obligaron a posponerlo hasta hoy. La pena es que no he podido cumplir del todo este sueño. Desde la gran despoblación los caminos del monte están obstruidos por la maleza, desfigurados, intransitables. Ya no soy capaz de reconocerlos. Los chozos, únicos refugios en caso de tormenta, han desaparecido, derrumbados y perdidos en la broza. Todo es irreconocible. Con la repoblación de pinos, el paisaje del monte se transformó. Para plantar pinos labraron los robledales y arrasaron sabinares. Apenas quedan arces ni maguillos. Un desastre ecológico, del que nadie ha pedido cuentas todavía. Uno siente que le han quitado las referencias. Desde las negras cumbres del monte, como dice Altolaguirre, se divisa un ayer y un mañana diferentes. Nos vemos empujados a vivir en la ciudad, que Fernández Flórez llama, en “El bosque animado”, un corral de hombres.

LO QUE NOS ESPERA

Andaba yo dándole vueltas al febrerillo loco y me disponía a escribir de los primeros apuntes de la primavera en mi pequeño jardín, en el que los mirlos y las torcaces muestran ya el dulce alboroto del amor mientras veo revivir el membrillo y el albaricoquero; pero he sentido de pronto que me estaba evadiendo de la realidad. Ha sido un impulso interior que me obliga a aparcar para mejor ocasión las emociones líricas y los recuerdos de la infancia – sobre todo, aquellas incursiones solitarias en estos primeros días claros a inspeccionar el monte desnudo y silencioso- y hacer frente a lo que nos espera. Me ha parecido que debía compartir con los seguidores de “El canto del cuco” lo que acabo de publicar en un periódico, que he procurado cincelar hasta la última coma. Esto es lo que pienso . Me parece que lo que está pasando es demasiado serio como para no hacerse cargo de ello. Puede que circunstancias personales impregnen en estos momentos mi vida y lo que escribo de una capa gris de pesimismo. Ténganlo en cuenta y no lo tomen al pie de la letra. Pero, como ha dicho alguien, puede que el pesimismo sea el precio inevitable de la lucidez. Me gustaría que este alegato mío diera lugar aquí a una reflexión conjunta.

Vivimos un tiempo de desajustes crecientes y de desequilibrios, lo que genera zozobra e inestabilidad. Se ha acabado el mundo de las seguridades, las referencias y los argumentos de autoridad. Asistimos a cambios materiales y políticos que eran inimaginables a finales del siglo pasado. Castillos que se consideraban inexpugnables caen con estrépito de la noche a la mañana. Es como si de pronto el mundo, y cada uno de nosotros, caminara sin rumbo, sobre un alambre, sacudido por un viento de locura. Nadie sabe qué va a pasar, qué nueva sorpresa nos espera al despertarnos. El “fenómeno Trump” y el “Brexit” son sólo indicios, ciertamente inquietantes, de esta inseguridad. Los efectos primeros de la reciente crisis económica consisten en un repliegue nacionalista frente a la globalización y un rechazo del extranjero. La amenaza del islamismo radical y belicoso puede ser la espoleta que provoque la desintegración europea con la llegada al poder de los nuevos populismos y, Dios no lo quiera, una nueva conflagración mundial, ahora soterrada. Poderosos ideólogos de la Casa Blanca defienden ya abiertamente la “purificación por el fuego”, -fuego armado, naturalmente- para recuperar los antiguos valores. Es un hecho explosivo que en el Occidente cristiano el gran avance material se corresponde con un gran retroceso espiritual.

A escala doméstica comprobamos el escándalo de las desigualdades. Con la crisis, los españoles ricos son más ricos y los españoles pobres son más pobres. Hasta Bruselas alerta de ello. Hay más empleo, pero menos estable y peor pagado. Se ahonda la brecha generacional en todos los aspectos, como nunca había ocurrido. Lo mismo sucede con la brecha demográfica de las “dos Españas”: la superpoblada de Madrid y la periferia y la despoblada del interior, donde los pueblos y sus últimos habitantes se mueren en silencio. En el campo político, cuanto más se habla de diálogo, más aumenta la polarización ideológica; cuanto más se habla de democracia participativa, más se amenaza a la verdadera democracia viable, que es la representativa; cuando más preciso sería defender la Constitución del 78, que es lo mejor que hemos hecho en los últimos cuarenta años, más se la ataca, y, como detalle curioso del desconcierto, cuando más se habla de corrupción, hasta la náusea, es cuando hay menos corrupción. El mundo al revés. Si siguen las sinrazones y los desequilibrios de fondo, esto no resiste.

De momento siguen los pájaros cantando y en la calle oigo la risa de unos niños. Si el tiempo se asienta, no tardarán en salir las violetas en los rincones del jardín. En Sarnago tardarán más, pero al fin brotarán también. No todo está perdido. Recuerdo que cuando era muchacho, una frase que oía constantemente a los mayores en casa y en la calle era: “¡No sé adónde vamos a llegar!” Pues hemos llegado hasta aquí, y lo último que quisiera yo es, a pesar de todo, acabar convertido en un viejo cascarrabias.

CARTA A SARA

No sabía, hija, qué podía regalarte el día de tu boda y, después de darle muchas vueltas, me he decidido a escribirte esta carta. Me ha venido la idea, posiblemente descabellada, recordando aquellas “Cartas a Sara” de hace diez años que dieron lugar a “Historias de la Alcarama”. Al fin y al cabo tú eres la destinataria y depositaria de mis memorias de la infancia, de mis recuerdos y vivencias, que podrían considerarse mi herencia espiritual. Entonces acababas de estrenar la mayoría de edad, estabas a punto de entrar en la Universidad y se te abría por delante un mundo desconocido, lleno de riesgos y de posibilidades, y yo te contaba de dónde veníamos para que tuvieras referencias y no anduvieras perdida en la vida. En este tiempo has luchado por lo que querías, lo has conseguido y me siento orgulloso de ti. Compréndelo, tenía que decírtelo por escrito y no me importa que todos se enteren. Este es un mundo, como sabes muy bien, en que apenas queda sitio para la privacidad. Me parece, pues, razonable ahora que arranca una nueva etapa de tu vida, de nuestra vida -la tuya, larga; la mía, breve-, dejar constancia de mis sentimientos. Bien lo merece la boda de la hija pequeña, tan querida, que, en una familia numerosa como la nuestra, levanta en el corazón del padre una oleada de sentimientos encontrados. Lo único que tengo que hacer, a ver si lo consigo, es embridar el corazón para no caer en la cursilería.

Me ha gustado que hayáis decidido, Ramón y tú, casaros en la iglesia de Valdeavellano, aunque el día amenace nieve, y que os case el tío Delfín, cura del pueblo, herido por la enfermedad. Es una buena idea, y una alegría, ahora que en los pueblos abundan más los funerales que las bodas. También las cigüeñas, que vuelven siempre, estarán ya en la torre el día de la boda. Y me ha parecido significativo que en la invitación de boda aparezcas vestida de móndida. Yo sé con qué determinación y entusiasmo te ofreciste, por San Bartolomé, en dos ocasiones para ser moza de la móndida en la fiesta de Sarnago, donde están nuestros orígenes. Te estoy viendo con el cestaño de cintas de colores coronado de flores en la cabeza, caminando airosa y radiante por las rústicas calles tras el mozo del ramo y el rojo pendón, que sobresalía de los tejados conjurando las ruinas. Parece que eso te marcó. No te oculto que para mí fue muy emocionante y sé que, desde entonces, te sientes tan hija del pueblo como yo. No hace falta advertir que de vuestra generación depende el futuro de los pueblos, ahora en decadencia. Como te decía en la primera carta que te escribí, éste es un río de sangre que viene de muy lejos.

Te prometía entonces que iba a recuperar contigo el nombre de las cosas, que te contaría viejas historias, que reviviríamos juntos costumbres olvidadas, que salvaríamos lo que quedaba del paisaje original, aunque fuera entre las ruinas, y que volveríamos a observar el ciclo de las estaciones sucediéndose sin variaciones, monótonamente, año tras año, como el ciclo de la vida y de la muerte. Y he cumplido lo prometido. De todo eso te he hablado, puede que hasta resultar un poco cargante, pero no me arrepiento. Compruebo que no ha sido una pérdida de tiempo.

Ahora que lo pienso, no estoy seguro, Sara, de que sólo se vive una vez. Aparte de la otra vida, la vida misteriosa que está más allá de las estrellas, cuando uno, cargado de años y con el corazón cansado, mira hacia atrás, tiene la sensación de haber vivido muchas vidas. Los padres, sin ir más lejos, vivimos sobre todo, y no sabes con qué intensidad, la vida de nuestros hijos. Ahora mismo tu madre y yo vivimos vuestra boda como si fuera la nuestra, con la misma zozobra e ilusión. Estamos contentos porque os vemos enamorados y porque sois dos chicos estupendos. Permíteme, llegado a este punto, que te apunte una frase que leí en algún sitio y que viene para la ocasión como el anillo al dedo que os vais a intercambiar en la ceremonia: el amor no nace corrompido, se corrompe por el abandono. No es mal consejo, ¿eh?. Una de las grandes frustraciones de nuestro tiempo, en el que las vidas humanas se exhiben desnudas en el escaparate, es comprobar que se pregona por todas partes lo efímero y trivial del amor, como un producto comercial que se utiliza y se olvida. No hagáis caso. No es eso.

La vida, Sara, como te decía en aquella primera carta, se vive hacia delante, pero sólo se entiende mirando hacia atrás. Y ahí me quedo, en la puerta de la casa, viéndote partir. Deseo ardientemente que seáis felices. Vuelve de vez en cuando la cabeza. Tu padre, que te quiere.

EL ANTAÑO RECUPERADO

A algunos nos toca en suerte recuperar de entre las ruinas los pequeños tesoros de una civilización que se acaba, para evitar que se pierda del todo la memoria de los pueblos. Estoy convencido de que la muerte definitiva de las personas y de los pueblos sucede sólo cuando no queda memoria, cuando se pierden todos los rastros. Las amarillentas fotos familiares, que contemplaron a diario varias generaciones en la sala de la casa, son para el curioso observador de hoy unos rostros desconocidos y extraños, acaso pintorescos; pero tienen la fuerza de lo perdurable. Cada vez quedan menos vecinos en la comarca, alarmantemente deshabitada, que recuerden con precisión las viejas costumbres, las coplas populares, los oficios, los juegos y diversiones…; pero quizá en un rincón de la taberna, cerrada hace años, encontraremos un antiguo cartel de fiestas de antes de la guerra que servirá para iluminarnos algo la memoria. Y habrá que recuperar también ese extraño objeto aquerado de madera de roble descubierto en el somero de la casa abandonada, envuelto en telarañas, y del que sólo los más viejos del lugar conocen aún su nombre y saben para qué servía exactamente… Una fuerza interior, acaso un impulso ético y compasivo o, con toda seguridad, la resistencia instintiva a la muerte de una civilización, nos ha empujado a un puñado de sorianos, de distintos orígenes y condición, a escarbar, en estos últimos tiempos, en las ruinas de la memoria de los pueblos.

Uno de estos sorianos, y no el menos destacado, es Paulino García de Andrés. Nacido en Tarancueña, en la Tierra de Caracena, cerca del vórtice de Tiermes, donde confluye la España antigua y la España romana, no le ha resultado difícil explorar los caminos donde se cruza la Historia. No en vano discurre por allí la ruta del Cid y la de la lana , la calzada romana y las huellas del caballo de Almanzor. Un escenario ideal para un humanista como él, lleno de talento y de curiosidades. Dulzainero, actor, autor de teatro y profesor de Literatura Inglesa en la Universidad Autónoma, ensayista e investigador de tradiciones populares -ahí están su delicioso trabajo “Jotas de ronda”-, coronado de premios, se descuelga ahora con esta interesante y meritoria segunda parte de “El antaño perdido”. En realidad lo que hace Paulino G. de Andrés en este libro, en el que ha agavillado una decena de ensayos, es justamente recuperar ese antaño que parecía perdido. Gracias a su trabajo minucioso y riguroso, perfectamente ilustrado y documentado, el ayer revive y reverdece.

En el libro el lector se topará de entrada con los cuadros de nuestros abuelos -retratos, bodegones, estampas religiosas…- que figuraron durante generaciones en las paredes de la cocina o de la sala de estar. Conocerá la historia verídica de las eras “de pan trillar”. Volverá a la vieja escuela, ahora vacía, aquella que estaba en manos de la Junta Local de Enseñanza. No le faltará material para satisfacer la curiosidad: inventarios de libros, cuadernos, enseres, la escuela nocturna, la visita del inspector y hasta la fiesta del árbol… En el Ayuntamiento se encontrará con interesantes documentos inéditos de la guerra civil. Asistirá a la llegada de la luz eléctrica y a la apertura de la botica. Emprenderá, si se anima, el verdadero camino del Cid hacia el destierro, desde Navapalos a Torreplazo. Y ya, puestos a tomar la manta y la cachava, acompañará a los emigrantes de Tarancueña en los primeros años del siglo XX, recorrerá la antigua calzada romana de Segovia a Sigüenza, y, por supuesto, se adentrará en buena compañía en el camino del destierro del Cid, el de la afrenta de Corpes. De vuelta al pueblo, se encontrará con el sacristán, el representante de aquel antiguo oficio olvidado que incluía el de organista y maestro de niños. Ante la vista del lector volverá a discurrir, como en un espejo situado a lo largo del camino, la vida de una comarca que se había difuminado con el tiempo. Y, en fin, aunque no lo diga aquí y lo deje para mejor ocasión, sé que Paulino maneja en rigurosa primicia un legajo del siglo XVI en el que consta que ya entonces, hace 500 años, en los pueblos de la Tierra de Caracena se compraban dos toros para correrlos y matarlos por San Juan, lo que demuestra que la tradición de los toros, ahora en peligro, viene de muy lejos. Como la amenazada vida de nuestros pueblos.

A ningún lector despierto e ilustrado, sobre todo al que tenga raíces en la España rural, en la España vacía, le dejará indiferente este libro de Paulino García de Andrés, titulado “El antaño perdido (II)”, pero que bien podía llamarse “El antaño encontrado” o “El antaño recuperado”. Con estos pequeños tesoros rescatados de entre las ruinas, uno se siente reconfortado. No todo está perdido. Y siente de pronto que tienen todo el sentido los versos de William Wordsworth: “No hemos de entristecernos, antes bien encontrar/ apoyo en lo que permanece, / en la primordial simpatía / que habiendo sido debe ser para siempre”.

(El libro aparecerá en marzo,y este es el prólogo)

DESCUBRIR SORIA

Primero la descubrieron los romanos, después los arrieros y trashumantes, luego los poetas y ahora están a punto de dar con Soria los ingleses, expulsados, por la mala cabeza de sus políticos, del paraíso europeo. Las legiones romanas tuvieron que emplearse a fondo para dominar, a sangre y fuego, el celtibérico cerro de Numancia sobre el Duero, símbolo universal desde entonces de la resistencia de los pueblos y que ya tarda la UNESCO en reconocer como patrimonio de la humanidad. Después nos dejamos romanizar y con el latín de los invasores fabricamos andando el tiempo el castellano, la flor del romancero, una de las lenguas más claras que vieron los siglos, miel que no está hecha, por cierto, -menos mal- para la boca de Trump y compañía. Por toda la extensión del variado y hermoso territorio, en ciudades y villas y hasta en las últimas aldeas floreció el románico, que es la principal característica artística de esta tierra de iglesias y castillos inverosímiles. Durante siglos los caminos de esta provincia fría, “cabeza de Extremadura”, fronteriza de Aragón y de Navarra, donde nace el Duero y donde Castilla se acaba, han estado poblados de arrieros y pastores trashumantes, transmisores y receptores de costumbres, lenguajes y leyendas. No tardaron los poetas en descubrir la belleza escondida y la gracia incontenible de un país que parecía recién nacido. La nómina no se reduce a Machado, Bécquer y Gerardo Diego. Casi no hay poeta o novelista español -también no pocos forasteros- que no haya echado en Soria su cuarto a espadas, o, más propiamente, a copas y versos de oro.

Ahora, como digo, vienen los ingleses, antes de que los poderes públicos se enteren, incapaces de poner esta olvidada provincia castellana al día, con comunicaciones adecuadas -ferrocarril, autovías…- y con un impulso decidido al progreso y a la repoblación humana. Los gobernantes son los últimos dispuestos a descubrir Soria salvo a la hora de las elecciones. El centenario y prestigioso “The Daily Telegraph” ha publicado un informe en el que recomienda a los británicos que visiten Soria, a la que incluye entre las veinte “mejores y menos conocidas joyas de España”, “Veinte lugares sorprendentes”, según el reportaje. El periódico con una tirada que supera el medio millón de ejemplares, más que “The Times”, se pregunta cómo es posible que esta ciudad castellana, con todo lo que ofrece, no reciba más visitantes. No oculta los problemas: “A dos horas de viaje en autobús desde Madrid, Soria es una de las zonas menos pobladas de España, una provincia olvidada, en un rincón que no está de moda y con escasez de fondos para mejorarla”. Pero, a pesar de este abandono, que salta a la vista a cualquiera, “con los años ha atraído una gran cantidad de espíritus creativos, pintores, escritores y sobre todo poetas, que se han quedado hipnotizados por la belleza de sus paisajes”. La autora del reportaje se fija después en detalles que pueden atraer al turista británico: es una ciudad llena de elegantes comercios, de iglesias románicas, incluido un monasterio del siglo XII, y de una sorprendente vida nocturna. “Es increíble que haya tan pocos turistas”, concluye la reportera.

Parece un buen reclamo. Después de esto, a lo mejor se pone Soria de moda y llegan los turistas ingleses. Con trenes en condiciones sería más fácil. Viajar en autobús, desde el intercambiador de la Avenida de América de Madrid, con parada en la terminal IV del aeropuerto de Barajas, es para viajeros contados y sufridores. Yo, entre ellos. Pero, en fin, seguro que se nota. Sería conveniente que a Soria, y, en general, a la España vacía del interior, viniera un turismo de calidad, capaz de disfrutar del arte, del paisaje y de la buena cocina, más que de la cerveza barata. Sobra el zarrapastroso y camorrista turismo de alpargata y mochila, el del ruido de madrugada, del alcohol y del sexo. Para eso hay sitios mejores en la España “turística” y abarrotada de la periferia, donde hace tiempo que campea la “Guirilandia”. ¡”Liberanos, Dómine!”. Llama, en todo caso, la atención que descubran Soria los ingleses antes que los españoles, y la prensa británica, antes que la prensa española, pero España y yo somos así.

CUANDO EL MÉDICO LLEGABA A CABALLO

A caballo o a lomos de un macho. Así llegaba el médico al pueblo. El de mi infancia se llamaba don Manuel. Sucedió a don Higinio, que fue el que atendió a mi madre en el parto y ayudó, alumbrado por un candil o un velón, que eso nunca me lo han aclarado, a que yo llegara al mundo. Aquel día estaba nevando y el tío Co, que bajó a buscarlo, contaba siempre que, con las urgencias, casi revienta al caballo. El médico subía de San Pedro Manrique cuando lo llamaban. Tenía que atender a docenas de pueblos de la Villa y Tierra por caminos de herradura y por senderos de cabras, abrasara el sol o cayeran chuzos de punta. Lo peor era el invierno, cuando las grandes nevadas. Había días en que la ventisca azotaba de cara y acobardaba a la caballería, que se negaba a seguir adelante. Era una temeridad, pero había que continuar. Se trataba de una cuestión de vida o muerte. En aquellos tiempos de la posguerra, los pueblos y hasta las últimas aldeas perdidas en el monte o en la quiebra del valle estaban superpobladas, no como ahora en que la comarca de las Tierras Altas es la más despoblada de España, con el mayor censo de pueblos vacíos por kilómetro cuadrado. Entonces al médico, que estaba disponible día y noche, no le faltaba tarea.

Venía provisto de un pequeño maletín negro con el fonendoscopio, el aparato para medir la tensión, el termómetro y el botiquín mínimo de primeros auxilios. Sin más ayuda, salvo la de proporcionarle en la casa un caldero de agua caliente, tenía que enfrentarse, en la más estricta soledad, a los partos que a veces se presentaban complicados. No es extraño que de vez en cuando sorprendiera a los vecinos el lúgubre sonido de las campanas tocando a muerto porque una mujer joven acababa de morir dando a luz y, lo que era más frecuente, basta comprobar la cantidad de “niños sin nombre” reseñados en el libro de bautizados de la época. No siempre el médico llegaba a tiempo al parto y eran las mujeres mayores, con sus largas sayas oscuras, las que acostumbraban a hacer de parteras.

En tales circunstancias y acostumbradas a aguantar los sinsabores y problemas de la vida con estoicismo durante muchas generaciones, es comprensible que aquellas gentes sólo acudieran en busca del médico en casos de extrema necesidad. Desde luego, no por una gripe, que estos días tiene colapsados los servicios de urgencia de los hospitales de media España, hecho -lo confieso- que me ha dado pie y me ha incitado a escribir hoy, con admiración y gratitud, sobre aquellos médicos rurales de mi infancia y sobre la distinta dependencia médica en aquellos tiempos y en estos. Los fuertes constipados, con fiebre y, lo que era peor, con dolor de costado, los dolores de tripa y cualquier otro trastorno se curaban, tal como recuerdo, con remedios naturales: vapores de hierbas aromáticas cogidas en el campo, manzanilla del monte, emplastos de malvas y ventosas en el pecho. Y aguantando, resistiendo, aun sabiendo de las consecuencias de un “catarro mal curado”. En ninguna casa había un termómetro ni un tubo de aspirinas. La penicilina llegó tarde y se empezó a usar, transportada a caballo en una caja con hielo, para algunos casos extremos de tuberculosis. A mí nunca me vio el médico durante mi niñez en Sarnago, y eso que una vez un pedrusco me aplastó el pie y anduve cojo todo el verano. Si uno se rompía algo, un brazo, una pierna, se recurría al bizmero. Mi abuelo Natalio superó ámpliamente los noventa años sin tomar una aspirina, sin mirarse la tensión y sin que le visitara el médico hasta las semanas antes de su muerte. Cuando se avisaba al médico, había que avisar también muchas veces al cura para que administrara al enfermo a toque de campanilla los últimos sacramentos. Pienso que regía entre aquellos campesinos una santa resignación: cuando uno se moría es que le había llegado su hora y se iba al otro barrio.

Don Manuel, el médico, era un hombre enérgico y elegante, de fuerte personalidad, me imagino que adicto al régimen, aunque no llevaba bigote. Su figura imponía respeto entre la gente. Llegaba a caballo, bien aparejado e impetuoso, y solía parar en nuestra casa, lo mismo que el recaudador de la contribución y los coleteros de Aguilar. Más de un día lo vi calentándose y secándose la ropa en la lumbre de la cocina. A mi madre le dio unas lecciones de enfermería elemental y, desde entonces, se ocupó ella de poner inyecciones en el pueblo sin cobrar a nadie una peseta… Y aquí voy a acabar. Me duele un poco la cabeza y noto un leve picor de garganta. No sé si son los síntomas de la gripe, y eso que me he vacunado. ¡Maldita sea! ¿Dónde está el termómetro? Me parece que tendré que ir a Urgencias.

MI CARTA A LOS REYES

Queridos Reyes Magos: Os dije hace dos años a estas horas que esa sería seguramente mi última carta, pero cuando siento cerca la pisada de vuestros camellos no puedo aguantarme. Enciendo el ordenador y me pongo a escribiros. Sé que lo comprendéis. El que es niño una vez lo es toda la vida. Lo primero que llevo tiempo queriendo preguntaros es si, a estas alturas, después de tantos años recorriendo desiertos, pueblos y ciudades, os pasa lo mismo que aquella noche en Jerusalén cuando perdisteis la pista. Reconoced que andabais despistados y un poco nerviosos preguntando a todo el mundo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer?” Nadie lo sabía. Ponían cara rara y os tomaban por magos o por visionarios. Pero vosotros insistíais, sobre todo Gaspar: “Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle”. Hasta que, cuando empezabais a desesperar, aquel sabio rabino después de consultar durante horas interminables el rollo de las Escrituras, exclamó: “¡En Belén, tiene que ser en Belén!, aquí lo dice claro”. Entonces volvió a aparecer la estrella y os llenasteis de alegría -¡cómo bailaba Baltasar!-, seguisteis la estrella hasta que se paró encima del establo y, por fin, disteis con El. Estaba envuelto en pañales y reposaba sobre las pajas del pesebre, ¿recordáis? ¡Cómo le temblaba la barba blanca a Melchor cuando se acercó a besar al Niño con el cofre del regalo en la mano!

Pienso que es difícil que brille la estrella de la Navidad en Oriente, de donde venís. Desde luego, ni en Alepo ni en Mossul. Tampoco en los campos de refugiados de Turquía o en las colonias judías de Palestina. Mucho menos en las noches oscuras del Mediterráneo pobladas de barcazas de náufragos, muchos de ellos niños, que huyen de la guerra y del hambre y encuentran en el mar su sepultura entre los peces. Tampoco busquéis la estrella en el cielo de las grandes ciudades, como Madrid, donde la contaminación impide ver las estrellas. Ni en los palacios episcopales que aún quedan abiertos a pesar de la terminante instrucción del papa Francisco de cerrar todos con llave. (Por cierto, en Soria siguen meses y meses sin obispo, nadie sabe por qué; parece una humillación porque es pequeña y pobre; haced algo). Resultará difícil que pueda verse la estrella en los grandes centros comerciales, llenos de luces y que hacen sonar los villancicos con estrépito como reclamo para hacer caja aprovechando vuestra llegada. ¡Cuántos juguetes rotos de un año a otro! Ni en los templos del dinero y los paraísos fiscales. Tampoco es fácil que podáis vislumbrar la estrella subidos a esas cabalgatas publicitarias, coloristas, ruidosas y estrafalarias que os han preparado para recibiros engañando a los niños. Supongo que os produce una especial irritación lo de Cataluña, donde pretenden aleccionar políticamente a los pequeños adornando vuestra caravana con las banderas estrelladas de la desunión. Esas estrellas no son precisamente las de la Navidad. ¿Llevo razón o no? ¿Qué dices, Baltasar? (Una vez hice yo de Baltasar en una cabalgata en Comillas y desde entonces es mi favorito). Os sugiero que este año preguntéis otra vez como aquella tarde en Jerusalén: “¿Dónde está el Niño que ha nacido?”. Veréis, veréis…

En fin, dejadme que os alegre un poco el rato, entre tantos trabajos y preocupaciones, con este poema de Gloria Fuertes que me han enviado a mi móvil, y que se titula “El camello cojito”.

El camello se pinchó

con un cardo del camino

y el mecánico Melchor

le dio vino.

Baltasar

fue a repostar

más allá del quinto pino…

e intranquilo el gran Melchor

consultaba su “Longinos”.

-No llegamos,

no llegamos,

y el Santo Parto ha venido.

(Son las doce y tres minutos

y tres reyes se han perdido).

El camello cojeando

más medio muerto que vivo

va espeluchando su felpa

entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,

Melchor le dijo al oído:

-Vaya birria de camello

que en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén

al camello le dio hipo.

¡Ay qué tristeza tan grande

en su belfo y en su tipo!

Se iba cayendo la mirra

a lo largo del camino,

Baltasar lleva los cofres,

Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba

-ya cantan los pajarillos-

los tres reyes se quedaron

boquiabiertos e indecisos,

oyendo hablar como a un Hombre

a un niño recién nacido.

-No quiero oro ni incienso

ni esos tesoros tan fríos,

quiero al camello, lo quiero.

Lo quiero, repite el Niño.

A pie vuelven los tres reyes

cabizbajos y afligidos.

Mientras el camello echado

le hace cosquillas al Niño.

(¡Quién fuera camello!). Como veis, este año no os pido nada. Pero, por si acaso, pondré los zapatos en la ventana, como entonces.