El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

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DEFENSA DEL COMÚN

Hay una característica de la vida del pueblo que no se ha ponderado suficientemente y que contribuye, me parece, más que ninguna otra a comprender la forma de ser del mundo rural y hace más lamentable su pérdida. Es lo que la distinguía -ya casi ni eso en los tiempos que corren- de la vida urbana, que va imponiendo su estilo hasta en la última aldea deshabitada. Me refiero a la importancia de lo común, o del común, como solía llamarse, o sea de lo que comparten todos los vecinos. Del término “común” viene  comunidad. La comunidad de vecinos, que se gobiernan a sí mismos en concejo abierto, constituye la razón de ser, el alma y el cuerpo de un pueblo y es la clave de la democracia comunera. Lo comunitario, el “nosotros”, modela y dignifica y, en parte, suplanta el “tú” y el “yo”, propios del individualismo ciudadano, y, de paso, genera  una corriente de solidaridad y un deber de hospitalidad, que son virtudes significativas de los viejos pueblos de Castilla.

Este sentimiento de compartir cosas con los demás -los pastos, el agua, los montes o “blancos del pueblo”, la leña, los pagos después de la cosecha, las rozas, la dehesa, la dula, la  cabrada,  el ejido, las cañadas, los caminos…- establece entre unos y otros un fuerte lazo de complicidad y de unión con independencia de los inevitables roces y desavenencias propios de la proximidad, porque, en los pueblos y aldeas, las paredes oyen, aunque sean de gruesa mampostería. Esa solidaridad se manifestaba de manera ostensible en la alegre, vistosa e inolvidable estampa  en la era cuando se acercaba la tormenta y a uno le  sorprendía con la parva tendida. Todos acudían a echar una  mano. O cuando en una casa fallecía el padre y,  ante el desamparo familiar, los demás vecinos se ofrecían a sembrar o a  recoger la cosecha entre todos.

A los antiguos campesinos no se les caía de la boca la defensa del común. Debían estar pendientes de arreglar los caminos después de las tormentas, de que llegara el agua a la fuente, de limpiar las acequias, de fijar  la corta de la leña de la dehesa, de sortear los pagos,  los pastos y rastrojeras, sin olvidar los conflictos de intereses, generalmente por la leña o los pastos, con los pueblos de alrededor que obligaban a estar alerta y que representaban la demostración viva de la defensa unida de lo común. En el caso de Sarnago, fue legendario durante mi infancia el interminable pleito con Fuentebella por unos terrenos fronterizos, en Moscares. O sea, “lo nuestro” servía de  aglutinante, frente a lo de fuera.

Esta combinación de economía privada y economía comunitaria marca, como digo, el estilo de vida en nuestros pueblos desde los tiempos antiguos. Es algo que está a punto de perderse con la “urbanización” del mundo rural. Una imagen que tengo grabada desde la infancia es la de los hombres en la plaza con la azada al hombro saliendo “de caminos” la mañana del domingo a toque de campana. Pero el ejemplo gráfico que más me viene siempre a la cabeza es,  en el final del verano,  el de la trilla en el ejido con todas las yuntas del pueblo, dando vueltas, unas en una dirección y otras en la contraria,  sobre la gran parva comunitaria, normalmente de centeno, cultivado en las rozas  comunales. Aquello era una fiesta colectiva. Con la venta de lo cosechado se pagaban  gastos de la comunidad. Tampoco olvido la emoción infantil de aquella calera, también colectiva, en medio del campo entre los trigales, que visitábamos de noche a la luz de las estrellas.

Con estos antecedentes se comprende mejor el acierto de las hacenderas promovidas por la Asociación de Sarnago. No es extraño que despierten interés y admiración fuera. Tienen más valor de lo que parece. Entroncan con la mejor tradición. Significan  la defensa y  preservación del común. Y contribuyen a recuperar el antiguo  espíritu comunitario, que es la razón de ser de un pueblo.

LA FIESTA DE MI PUEBLO

Escribo la mañana de la fiesta de mi pueblo. Es el día  la Santísima Trinidad, un misterio teológico y un motivo de devoción y algazara popular. El día más esperado del año cuando éramos niños. Coincide con el breve momento de esplendor de los campos de alrededor. Me imagino que cantan las codornices en los trigos. Pilar, mi mujer, está haciendo rosquillos, que en fecha tan señalada son característicos. Hasta aquí me llega el dulce olor. Son los rosquillos tradicionales, que no pueden faltar en ninguna casa del pueblo en la fiesta de la Trinidad. El cielo, aquí en Madrid, se ha cubierto mientras escribo y empieza a tronar. Parece que , a falta de música, la tormenta se dispone a amenizar la fiesta, ahora que seguimos aún recluidos, a la espera de eso que llaman la “nueva normalidad”.

En Sarnago no hay crisis sanitaria. No  ha muerto nadie por el coronavirus. No ha habido ni un contaminado. Tampoco se han enterado en el pueblo  del estado de alarma, que, por lo visto, al Gobierno le gustaría prolongar por los siglos de los siglos. Las campanas no han tocado a rebato, como cuando el incendio o cuando se perdió doña Victoria, la maestra,  que tenía un ojo canceroso cubierto siempre con un pañuelo negro. Da lo mismo lo que digan Illa, Simón o Sánchez  en sus aburridas peroratas. Nadie los escucha. Ni siquiera son conocidos  allí. Si por lo menos  fueran afiladores, tratantes o capadores… Así que nadie está  recluido en casa. Sólo los del camposanto. Hace tiempo que no queda ningún pensionista y nunca nadie, que se recuerde, cobró en el pueblo el seguro de desempleo. La  renta de subsistencia, creada ahora, llega  tarde. Por no haber, en Sarnago no hay un alma desde la primavera de 1979 cuando se murió el pobre Aurelio, el último vecino.

Han pasado cuarenta años largos y ha llegado la fiesta de la Trinidad. Pero nadie ha barrido la víspera las calles, cada vecino el tramo que le correspondía, ni han subido  “Los Patos” de Cornago, los músicos, uno de los hermanos, el alto y calvo, con el violín, y el otro, con la guitarra. No ha habido pasacalles. Tampoco hubo ayer volteo de campanas cuando deberían aparecer triunfalmente  los mozos con la copa de arce por la entrada de la dehesa, que tendría que  portar hoy en la fiesta, con rosas, roscos y cintas de colores, el mozo del ramo delante de las móndidas. Ni han repartido este año a cada vecino pan y un cuartillo de vino en la Casa Concejo como marca la tradición. ¡Cómo van a sonar las campanas si reposan en el suelo del portal de la escuela desde que se derrumbó la iglesia!

Estamos, como habrán comprendido, en el corazón de la España vaciada. ¿Quién iba a poner el baile si el pueblo está vacío, poblado de fantasmas?  Con el estado de alarma, ni siquiera han podido acudir, a pasar el día, los  emigrados, sus hijos y sus nietos, residentes en otras provincias, mayormente del Norte. Ajena a esto y a la peste que asola el país, la primavera estalla lujuriosa  en los verdes campos de alrededor y cantan, en efecto, en los trigos las codornices en celo.  Dicen que esta noche,  en la noche de la fiesta, porque la fiesta es la fiesta,  bailarán los muertos en la plaza a la luz de las estrellas al ritmo monótono y desgarrado de una guitarra, tocada por el difunto Nino. La guitarra  tiene  una cuerda rota. Cuentan que  los muertos del pueblo  girarán y girarán en corro, lentamente, cogidos de  las huesudas manos entrelazadas. Es su costumbre y aquí se respetan los usos y costumbres.  Y aseguran que  este año danzarán más alegres por haberse librado del coronavirus y haberse muerto antes.

EL ABRAZO

La flor del abrazo, dice Joan Maragall, siempre da fruto, aunque, si hacemos caso a Ortega, nada se parece tanto a un abrazo como el combate cuerpo a cuerpo. No hay contradicción. En España lo venimos experimentando desde tiempo inmemorial en nuestras propias carnes. Los españoles nos queremos rabiosamente, sobre todo en los entierros y en tiempos de crisis, nos sentimos tan cerca unos de otros -unos más que otros, todo hay que decirlo- que de cuando en cuando nos matamos a dentelladas. Y luego nos volvemos a abrazar.

La muerte del pintor Juan Genovés ha servido para poner el foco e iluminar  “El abrazo”, su cuadro más conocido, que luce en el templo de la democracia como símbolo de la reconciliación de los españoles. En su origen fue un cartel de combate, pintado desde la izquierda, en defensa de los derrotados de la guerra civil, un grito a favor de la amnistía. El pintor se inspiró en los abrazos de unos niños a la salida del colegio. Era  un intento de recuperar la inocencia perdida. El presidente Suárez, empeñado en la ardua tarea de la concordia, que cuajó en la Constitución del 78, recuperó el emotivo cuadro, que había emigrado ya  a Estados Unidos, para convertirlo en símbolo de la Transición a la democracia. Pero no sirvió de mucho. El famoso cartel estuvo años y años arrumbado en los sótanos del museo Reina Sofía hasta que en el 40º aniversario de las primeras elecciones fue entronizado por fin solemnemente en el Congreso de los Diputados. Y hasta sirvió de paisaje de fondo cuando el PSOE y Ciudadanos firmaron un efímero y frustrado pacto de Gobierno.

A partir de aquel fracaso político, que podía haber cambiado el rumbo del país, o, sencillamente podía haber encontrado el rumbo perdido, tornaron a la vida nacional los desencuentros, los viejos  enfrentamientos, la inestabilidad y el desbarajuste. Y en esas estamos. Basta asomarse estos días al palacio de la Carrera de San Jerónimo a la hora bruja  en que se piden cuentas al Gobierno para observar el brillo de los puñales en los escaños  casi despoblados y en la tribuna de oradores. Y basta escuchar al anochecer el ruido de las cacerolas y observar las banderas en las ventanas y en la calle manejadas como armas de los  unos contra los  otros. En circunstancias parecidas, Unamuno decía los “hunos” y los “ hotros”.  Otra vez, los amagos cainitas de las dos Españas frente a frente. No acabamos de soltar la quijada del asno. No escarmentamos. El cuadro de Genovés asiste mudo al deprimente espectáculo, convertido en una acusación callada, pero manifiesta.  ¡No habéis aprendido nada!, parece gritar desde la pared a los políticos de uno y otro bando. Este grito sordo, esta  advertencia es mucho más perceptible hoy para el que no esté sordo del todo con Juan Genovés muerto.

“El abrazo”  es, como digo, una acuciante invitación a la reconciliación y a la sensatez, pero ocurre en un momento en que los ánimos no están dispuestos.  Y además, por esas paradojas de la vida, está prohibido abrazarse. Entre los derechos y las libertades públicas debería estar expresamente reconocido el derecho al abrazo. No está recogido en la Constitución porque los padres constitucionales lo dieron por hecho. Y ya ven. Ahora está prohibido por las autoridades sanitarias. ¿Cómo va a dar fruto la flor del abrazo de Joan Maragall si está prohibido, y no sólo en Cataluña, allí, ay, desde hace mucho tiempo? ¿Qué pinta,  no es acaso una provocación intolerable, en el templo de las leyes  el cuadro de Genovés, si han prohibido abrazarse? ¿Nadie se ha percatado de que la mayor malignidad y peligrosidad del maldito coronavirus, que tiene al mundo con el corazón en un puño, consiste en que nos impide besarnos y abrazarnos? Ni siquiera en los entierros. Ni siquiera nos dejan abrazar a los nietos. ¿Cuánto resistirá el mundo sin un abrazo? ¡Pobre Juan Genovés! Ha hecho bien en colgar definitivamente los pinceles. Habrá pensado antes de irse: ¡De qué sirve pintar “El abrazo” si está prohibido abrazarse y además estos, los unos y los otros,  no están dispuestos!

PLANTAR UN HUERTO

Podemos, mientras dura la reclusión forzosa, “dejar pasar las rosas y los días” sin hacer nada, mirando por la ventana el paso de las nubes y oyendo el agudo  chillido de los vencejos. O, peor, podemos quedarnos como pasmarotes clavados frente al televisor oyendo desgracias y disparates.  Podemos, y es muy recomendable, leer un libro sosegadamente. Y podemos, que es lo que propongo encarecidamente hoy, antes de que se agote la primavera, plantar un pequeño huerto. Basta, si la casa tiene jardín, con un rincón soleado y buena tierra, de topera si es posible, decía mi hermano. Hoy dan ganas de preguntarle a él, tan lejos y tan cerca: “Hermano, ¿qué ha sido de tu hermoso huerto?. La primavera lo ha encontrado lleco”.  Y, si no hay jardín, uno puede arreglarse con un macetón y plantar allí unos humildes  tomates, que seguro que saldrán fragantes. De este modo estaremos entretenidos, haciendo algo de provecho, sin devanarnos la cabeza con lo que puede pasar.

Nadie sabe a ciencia cierta cuáles van a ser las consecuencias en la forma de vida y en el comportamiento humano, de la presente pandemia y de sus temidos efectos sobre la economía. Ha llegado con un carro de muertos y ahora viene con un carro  de parados. Lo peor, según dicen, es que viene para quedarse. Aún es pronto para hacer balance de este golpe inesperado, no disponemos de una perspectiva clara.  Tampoco  es seguro que esta excepcional  experiencia transforme radicalmente el sistema en que vivimos y nos haga mejores. Todos los sabios del mundo se ocupan estos días  de ello sin conclusiones claras. Sólo coinciden, la mayoría de ellos, en que algún impacto va a  tener, pero nadie adivina cuál ni cuánto. Sabemos, si acaso,  que  este despiadado ataque no  distingue de nacionalidades ni  rangos sociales y nos hace a todos más vulnerables e indefensos. Lo demás no pasa de ser una manifestación, más o menos brillante,  de  especulación intelectual. ¿Más solidarios o más solitarios? ¡Quién sabe!

Con esa salvedad, uno se atreve  a especular sobre la relación campo-ciudad a partir de ahora.  Tengo la impresión de que esta singular crisis sanitaria, que nos tiene aún recluidos en casa, con salidas regladas, en el más  riguroso ejercicio de pérdida de libertad ejercido en nuestra vida, ha servido, entre otras cosas, para maldecir las aglomeraciones urbanas, huir de la cercanía del vecino y soñar con una vida retirada, como la que recomienda en su musical oda de oro el gran Fray Luis de León con aquellos evocadores versos: “Del monte en la ladera / por mi mano plantado tengo un huerto / que, con la primavera, / de bella flor cubierto / ya muestra en esperanza el fruto cierto”. Una vida apartada,  libre, lejos de los coronavirus y del  mundanal ruido. Eso mismo. Pero hay más. Si se cumplen los negros augurios, habrá innumerables familias que no podrán  salvar de la ruina su pequeño negocio y  un enjambre aturdido de jóvenes sin trabajo, con su móvil y su ordenador como únicas posesiones. Unos y otros  pueden, acaso, empezar a pensar en volverse al pueblo  y, por lo pronto, cultivar el antiguo huerto familiar, ahora lleco , invadido de zarzas y cubierto de maleza.

La tierra siempre nos espera. Nunca falla. Gracias al  campo ha sobrevivido  la ciudad en esta  crisis. La cadena alimentaria ha funcionado. Es verdad que el arado romano  está arrumbado en el portal de la casa abandonada, cubierto de orín e invadido por los ácaros; pero sobrevive la humilde azada, que se ha convertido, en  las periferias urbanas, con sus pequeños huertos familiares, en símbolo de modernidad y añoranza de aldea.

EL SALEGAR

En Sarnago había dos salegares, uno estaba en lo somero del ejido y otro en lo bajero de las eras. Eran dos lugares muy visitados por los pastores y por los niños. Los primeros conducían allí a las ovejas al atardecer a tomar la sal, y los muchachos montábamos allí las paraderas en las mañanas de primavera para cazar pájaros. Esto da idea de su popularidad y de su multiuso. Era un lugar inocente, que atraía a las aves del campo, a pesar de la crueldad de la cacería, observada con ojos de hoy. En el salegar y en el juego-pelota pasé parte de los ratos más entretenidos y felices de mi infancia. No sé por qué no lo había contado hasta ahora.

La Real Academia, siempre tan ajena al lenguaje y a la cultura rurales, sólo reconoce el término salegar como verbo: “Dicho del ganado, tomar la sal que se le da”. Procede del latín: “Salicare”, echar sal. Al menos, en las Tierras Altas, donde estuvo el centro de la Mesta, el salegar es un término tan común como fuente, piedra, árbol o canto. Su plural es salegares. Deberían poner al día el diccionario con términos enraizados en el pueblo, en vez de adoptar tantos horribles palabros ingleses.

El salegar era un espacio reducido, de menos de cien metros cuadrados, bien aireado y comunicado, en el que estaban plantadas una veintena  de piedras gruesas o pedruscos con cara llana, separados unos de otros apenas por un par de pasos. No había más adornos ni complementos en el lugar. Todo era, pues,  rudimentario. Si algún viajero curioso se acerca hoy al pueblo seguramente se sorprenderá y no encontrará explicaciones cuando se tropiece con  esta armónica alineación de piedras en un especio reducido. Me imagino que aún quedan trazas de aquellos salegares, sobre todo del más lejano, mirando a la dehesa, situado entre praderas y ulagares, encima del camino que conduce al Bebederillo y a la cuesta de Horcajo y Las Abejeras. Sobre esos pedruscos se esparcían puñados de sal gorda, que las ovejas comían o lamían afanosamente, lo que las obligaba a beber luego mucha agua. Los ganaderos decían que era el mejor remedio contra la basquilla y otras enfermedades del ganado. En los meses de invierno les ponían  bolas de sal junto a los zarzos.

Sea atraídos por la sal o por lo que sea, el caso es que una serie de avecillas acudía regularmente  al salegar. Los muchachos lo sabíamos y no encontrábamos mejor entretenimiento en el buen tiempo, antes del verano, que ponerles allí trampas para cazarlas. Daba la mismo que estuvieran en plena temporada de cría. Estas trampas eran las paraderas. Tampoco este ingenioso artilugio tiene cabida en el diccionario, donde la palabra “paradera” se reserva para la compuerta del caz del molino y para una clase de red quieta para pescar. Describiré, si puedo,  el curioso invento, utilizado desde siglos atrás: una losa y un cantil, que  llamábamos cancil. Se levantaba la losa apoyada en el suelo y se sujetaba con un palo sobre el borde del cancil. Después se colocaba ese palo principal  sobre una astilla o cuña de madera apoyada en el mismo soporte de piedra, y, en la parte de abajo de la misma, se fijaban dos varillas, que   quedaban en equilibrio sobre las orillas de la losa, casi a ras del suelo. De tal manera que, al incauto pájaro que ponía sus patas en una de las varillas para comer el pan que había dentro, se le caía la losa encima sin escapatoria posible.

A estas alturas, como se ve, me resulta más fácil montar una paradera que describirla. Los pájaros que cazábamos habitualmente en las paraderas eran los que llamábamos “pájaros del salegar”, de la pechuga colorada, que no son otros que los pardillos, además de  los alegres perdiguines o verdecillas y las cardelinas de canto de cristal. Las cuyalbas, que abundaban en las eras y los astutos gorriones nunca caían en la trampa. Visto desde la distancia aquello me parece un crimen, pero entonces aún éramos inocentes. La única vez que me castigó un maestro -don Florencio, se llamaba- a quedarme encerrado en la escuela sin comer fue por cazar pájaros en el salegar.  Nunca le he guardado rencor. Pero esa es otra historia. Hoy sólo quería recordar este espacio olvidado del pueblo, el salegar, con sabor a sal, olor a oveja y revuelo de pájaros.

RECUERDO DE LA ROMANA DE VALDENEGRILLOS

Lo prometido es deuda.  Para animar un poco el forzado retiro con historias ejemplares de personas que eligieron voluntariamente la soledad, traigo hoy aquí, tras la historia de la monja Juliana, el caso de la Romana de Valdenegrillos, que con tanto interés han venido siguiendo los lectores habituales de “El canto del cuco”. Para los nuevos será una novedad. Sirva de recordatorio y de homenaje a este ser humano singular e indómito.

La mujer, que ha superado ampliamente los 90, vive sola en su casa del pueblo, una aldea acurrucada en la falda de la Alcarama, a una legua de Sarnago, mi pueblo, rodeada de estepas, sabinos y alimañas, sin un alma en muchos kilómetros a la redonda. Puede considerarse  la última resistente de  las Tierras Altas de Soria, la comarca más despoblada de España, que da soporte y cobijo  a  un cementerio de pueblos.

El Zacarías y la Romana, los dos últimos vecinos de Valdenegrillos, resistieron hasta que pudieron. El año 2012, si no me falla la memoria, antes de que se echara el invierno encima, tuvieron que dejar el pueblo por los achaques del hombre. El cura de San Pedro Manrique lo condujo al hospital de Soria, y se fueron a vivir, los dos, a casa de los hijos en la ciudad. Tuvieron que desprenderse de las gallinas, olvidarse del huerto, vender el burro y cerrar la casa, con la lumbre de la cocina aún humeante. Desapareció del paisaje la singular estampa de la Romana, una mujer valerosa, diminuta y enlutada, subida a su burro, que cada semana recorría, envuelta en su mantón, las dos leguas largas, por un camino pedregoso, hasta San Pedro en busca de suministros.

No aguantó mucho el Zacarías. Se entretenía en un huerto que tenía el hijo cerca de la ciudad.  Entraba y salía del hospital. Hasta que un día me encontré con su esquela mortuoria en la puerta de la concatedral. La Romana quería que lo llevaran a enterrar al camposanto del pueblo, pero al fin descansa en el cementerio soriano de El Espino al pie del becqueriano Monte de las Ánimas. No pasaron muchos meses del luctuoso suceso cuando me llegó la sorprendente noticia: ¡La Romana ha vuelto al pueblo! Parecía increíble, pero allí estaba. Y allí sigue. Completamente sola. En su lumbre de la cocina. Con la única compañía de una gata que le llevó Toño, el cura. Cada vez más cargada de años y achaques. En su solitario rincón ha superado el último invierno. No sé cómo sobrellevará la copiosa nevada de estos días. Cada semana acostumbra a pasar por su puerta el guarda forestal o la pareja de la Guardia Civil por si necesita agua, alimentos o medicinas. Ella parece feliz. Eso me dicen. El viajero curioso que se acerque a Valdenegrillos no tiene pérdida: si ve una casa entre las ruinas de la que sale humo de la chimenea, allí vive la Romana.

 

 

MUJER CON ALCUZA

Como contrapunto a esta historia singular y conocida de amor voluntario a la soledad, a la casa, al pueblo y a la tierra, dejo aquí un poema de Dámaso Alonso, “Mujer con alcuza”, de su libro “Hijos de la ira”, que refleja otro tipo de soledad, tremenda, que tanto se da estos días, sin apenas enterarnos, entre nosotros.

 

Y esta mujer se ha despertado en la noche,

y estaba sola,

y ha mirado a su alrededor,

y estaba sola,

y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,

de un vagón a otro,

y estaba sola,

y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,

a algún empleado,

a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,

y estaba sola,

y ha gritado en la oscuridad

y estaba sola,

y ha preguntado en la oscuridad,

y estaba sola,

y ha preguntado

quién conducía,

quién movía aquel horrible tren.

Y no le ha contestado nadie,

porque estaba sola,

porque estaba sola.

Y ha seguido días y días,

loca, frenética,

en el enorme tren vacío,

donde no va nadie,

que no conduce nadie.

 

PRIMAVERA

(Dejo para la próxima semana la prometida entrada sobre la Romana de Valdenegrillos, esa mujer solitaria de las Tierras Altas, que tanto apreciamos aquí. Y voy a compartir con todos este artículo mío, recién salido del horno. Manda la actualidad cuando parece que el tiempo se para o el reloj retrocede y estamos  con el corazón encogido. Falta poco para que escampe y la vida recupere su ritmo, pero con la lección de la humildad bien aprendida)

Acaba de llegar la primavera con sus abarcas llenas de flores. Conviene avisarlo para que no pase inadvertida, encerrados como estamos en nuestra casa y en nuestros lúgubres pensamientos. Hasta los pájaros parecen este año extrañados de tanta soledad en las calles y tan abrumador silencio. No sé si creer en los presagios. Este año no cantan, a estas alturas, los mirlos en el jardín, y los huidizos gorriones, cada vez más escasos, tardan a venir a comer el pan que les pongo en la puerta. Hasta las torcaces han suspendido su canto amoroso. Es como si toda la vida estuviera, este enigmático año bisiesto, en suspenso, esperando el momento de la explosión gozosa al final de la pesadilla.

Me he acordado del pueblo, al que vuelvo siempre con el pensamiento , y más en estos momentos en que la ciudad está apestada y la muchedumbre asusta más que la soledad. De los pueblos abandonados huyen los pájaros. Lo tengo comprobado. El viajero que  se acercara hoy a Sarnago me daría la razón. He llegado a la conclusión de que también ellos -gorriones, mirlos, urracas, torcaces…- están en cuarentena. Creo que están desconcertados con tanto silencio y echan en falta nuestro ruido -hasta el horrísono chirrido de los soplahojas- y nuestra compañía.

Escribo el Día Meteorológico Mundial. Lo que parecía imposible se ha conseguido de golpe. La pandemia está limpiando el aire del mundo, parando la amenaza del calentamiento global. Esta es la fiesta de las isobaras, esos garabatos redondos en el mapa formando círculos concéntricos de borrascas y anticiclones. Es la fiesta de las nubes y el viento, de la escarcha y la nieve, de la luna llena y de las estrellas fugaces, de la lluvia mansa sobre los sembrados y del pedrisco asolador; es la fiesta de las úrguras, que son, como tengo dicho, las brujas blancas del invierno en las Tierras Altas, que ululan por las chimeneas en las largas noches de invierno. Y es, sobre todo, la fiesta del sol, al que rendían culto los celtíberos, mis antepasados, en la cumbre de los montes, encendiendo hogueras en el solsticio, y que, en julio, cae a plomo como un cuchillo ardiente sobre el páramo, poblado de polvo y de chicharras, cuando clasca ya la mies a la espera de la hoz.

Esta fiesta nos invita a mirar hoy al cielo agradecidos desde nuestra ventana. El cielo de Madrid ha amanecido cubierto. Mientras escribo, llueve mansamente. ¡Bendita lluvia primaveral!  “El cielo se ha despeinado, /su melena de cristal /se destrenza en los sembrados (Altolaguirre). Las gentes y los pájaros guardan silencio.

PRIMAVERA

RECUERDO DE LA MONJA JULIANA

 

(Ahora que estamos todos en arresto domiciliario y que parece, con la vida en suspenso y la muerte en los talones, que el tiempo se detiene, vamos a volver sobre nuestros pasos y pisar terreno conocido. Recreemos lo vivido. Me ha parecido que este relato, que acabo de publicar en “La Razón”, puede resultar entretenido para los antiguos seguidores de “El canto del cuco” -el reciclaje es un arte como otro cualquiera- y novedoso para los recién llegados. Advierto que, si cuento con su venia, en el próximo me ocuparé de la Romana de Valdenegrillos, otra heroica amiga de la soledad)  

Les contaré hoy para animar su reclusión obligatoria la historia de la monja Juliana, una mujer que prefiere la soledad de una cabaña a la compañía en los muros del monasterio. Más de una vez la visité en su casucha prefabricada, instalada en el rincón de un prado en Molinos de Razón, al pie de la Cebollera. Allí vivió veintiséis años largos, rezando, leyendo y escuchando música de Bach. Dormía en el suelo con la ventana abierta en el duro invierno soriano. No tenía calefacción. Mientras pudo, cultivó su pequeño huerto. Hasta que le fallaron las piernas, viajaba en su vieja bicicleta a Sotillo o Valdeavellano para oír misa o comprar suministros. Es vegetariana y necesita muy poco para vivir. Una nube le privó  de la visión de uno de sus ojos, que son azules como el cielo acerado de Castilla. Estaba  siempre alegre, abierta al mundo, con su pequeña radio a mano, y llena de curiosidad. Se echa en falta ahora  su frágil figura con el hábito azul del Císter y la cabeza cubierta, pedaleando por la carretera como  el vuelo (azul de una mariposa.

La monja Juliana, que llegó de Gante y se afincó en estas soledades,  se resistió lo que pudo a que la llevaran al monasterio. “¡Yo tengo vocación de anacoreta!”, clamaba. La primera vez que la obligaron, cuando empezaba a fallarle la cadera, resistió poco allí dentro. El cuarto de baño le parecía un lujo insoportable, y se volvió a su rincón solitario. Necesitaba vivir en medio de la Naturaleza. Eso decía. Pero la resistencia no duró mucho. La cadera no le dejaba andar ni estar de pie. Era mayo cuando vinieron a buscarla. Andaba ya cerca de los noventa. Casi no podía moverse. Los que fueron a despedirla la encontraron echada en el suelo – le habían eliminado ya su pequeño oratorio- al pie de la ventana, desde la que podía contemplar el monte, escuchando música clásica. “Juliana -le dijeron- ¿te ayudamos a hacer la maleta?”. Y ella se rio. ¡No tenía maleta! Se fue con lo puesto.

Sigue en el monasterio cisterciense de Toledo. No ha perdido el buen ánimo, según me cuenta gente que ha ido a verla. Habita una pequeña celda solitaria. Duerme en el suelo y por la ventana observa el cielo, las nubes y el vuelo de los pájaros. Pero no se olvida de su cabaña solitaria en la orilla del monte, al pie de la Cebollera. Eso me han dicho.

LOS TRACTORES TOMAN LA CIUDAD

No hace tantos años que, a finales de febrero, si templaba el tiempo y la nieve desaparecía, reducida si acaso a pequeñas manchas sucias en los rincones umbríos, al pie de los ribazos, las yuntas, después del parón obligado del invierno, volvían a los caminos arrastrando el timón de madera del arado. Había que empezar a remover la tierra para la siembra de los tardíos: la avena y la cebada ladilla mayormente. Pero esa estampa rural ha desaparecido desde que llegaron las máquinas, que sustituyeron a las caballerías. La agricultura se modernizó, los pueblos fueron quedándose vacíos y los precios de los productos del campo quedaron casi congelados sin evolucionar al mismo ritmo que los costes y los precios de los mercados. Hasta que los labradores y ganaderos no han podido más y han saltado a los tractores con rabia contenida. Se han echado con ellos a las carreteras y su protesta ha sorprendido a las autoridades, más pendientes de las exigencias de Cataluña que de los acuciantes  problemas de la España rural. Sobre la marcha el Gobierno no ha tenido más remedio que  improvisar unos remiendos para el desgarrón.

Los tractores han ocupado el asfalto de las autovías y las calles de las ciudades. Es una estampa bastante insólita. Hasta ahora venía ocurriendo  lo contrario: era la ciudad la que invadía, paso a paso, el mundo rural. La cultura urbana -su música, sus coches, su forma de vestir, su ruido, sus comidas y hasta su lenguaje, o sea lo que se conoce como estilo de vida- extiende implacablemente sus tentáculos sobre los pueblos, cada vez más vacíos e indefensos, mientras la milenaria cultura rural se desvanece y muere en aras de la globalización. De los pueblos -de sus iglesias, sus fiestas y sus ruinas- sólo perdura el pintoresquismo. Por eso es más chocante el atrevimiento de los campesinos de subirse a los tractores y plantarse en medio de la ciudad. Deben de estar locos o desesperados. Pero es también una demostración gráfica de que el campo aún está vivo. Y eso reconforta a los que venimos de allí. Es sin duda  una revuelta a la desesperada. Deberían tenerlo en cuenta los políticos de la capital, los de los zapatos relucientes, que nunca han pisado un terrón ni se han subido a un tractor.

Quiero decir que esta protesta del campo, con los tractores apoderándose de las autovías y de las calles de las ciudades, no es algo pintoresco y pasajero como la graciosa estampa del rebaño de las merinas cruzando una vez al año  la Puerta del Sol de Madrid para reivindicar  su derecho  sobre la antigua cañada, completamente irreconocible. Y desde luego sobra la demagógica incitación del vicepresidente Iglesias -al que los tractores  han pasado por encima y  han arrollado nada más tomar posesión del cargo- a que invadan carreteras y calles urbanas. Los airados campesinos saben lo que tienen que hacer. Con el máximo respeto. Han aprendido de los comuneros. Lo que piden es un precio justo para sus productos. Al Gobierno le corresponde negociar a calzón quitado con ellos y buscar soluciones a los males del campo español aquí y en Bruselas.

El mal viene de lejos como demuestran los versos de Gregorio Silvestre, un poeta del siglo XVI poco conocido: “Decid los que tratáis de agricultura / en este valle umbroso y desabrido: / ¿qué fruto del deleite habéis tenido / que no se os torne luego en amargura?”. Con esta primavera adelantada de febrerillo loco, con los frutales floreciendo, antes de que vuelva un cordonazo del invierno y hiele la florada, la tierra está ya en tempero, como digo, y habrá que ir pensando en la siembra de los tardíos. La rueda de las estaciones no para y el ciclo del campo se repite inexorablemente. Los tractores volverán pronto dócilmente al barbecho.