El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

EL ANTAÑO RECUPERADO

A algunos nos toca en suerte recuperar de entre las ruinas los pequeños tesoros de una civilización que se acaba, para evitar que se pierda del todo la memoria de los pueblos. Estoy convencido de que la muerte definitiva de las personas y de los pueblos sucede sólo cuando no queda memoria, cuando se pierden todos los rastros. Las amarillentas fotos familiares, que contemplaron a diario varias generaciones en la sala de la casa, son para el curioso observador de hoy unos rostros desconocidos y extraños, acaso pintorescos; pero tienen la fuerza de lo perdurable. Cada vez quedan menos vecinos en la comarca, alarmantemente deshabitada, que recuerden con precisión las viejas costumbres, las coplas populares, los oficios, los juegos y diversiones…; pero quizá en un rincón de la taberna, cerrada hace años, encontraremos un antiguo cartel de fiestas de antes de la guerra que servirá para iluminarnos algo la memoria. Y habrá que recuperar también ese extraño objeto aquerado de madera de roble descubierto en el somero de la casa abandonada, envuelto en telarañas, y del que sólo los más viejos del lugar conocen aún su nombre y saben para qué servía exactamente… Una fuerza interior, acaso un impulso ético y compasivo o, con toda seguridad, la resistencia instintiva a la muerte de una civilización, nos ha empujado a un puñado de sorianos, de distintos orígenes y condición, a escarbar, en estos últimos tiempos, en las ruinas de la memoria de los pueblos.

Uno de estos sorianos, y no el menos destacado, es Paulino García de Andrés. Nacido en Tarancueña, en la Tierra de Caracena, cerca del vórtice de Tiermes, donde confluye la España antigua y la España romana, no le ha resultado difícil explorar los caminos donde se cruza la Historia. No en vano discurre por allí la ruta del Cid y la de la lana , la calzada romana y las huellas del caballo de Almanzor. Un escenario ideal para un humanista como él, lleno de talento y de curiosidades. Dulzainero, actor, autor de teatro y profesor de Literatura Inglesa en la Universidad Autónoma, ensayista e investigador de tradiciones populares -ahí están su delicioso trabajo “Jotas de ronda”-, coronado de premios, se descuelga ahora con esta interesante y meritoria segunda parte de “El antaño perdido”. En realidad lo que hace Paulino G. de Andrés en este libro, en el que ha agavillado una decena de ensayos, es justamente recuperar ese antaño que parecía perdido. Gracias a su trabajo minucioso y riguroso, perfectamente ilustrado y documentado, el ayer revive y reverdece.

En el libro el lector se topará de entrada con los cuadros de nuestros abuelos -retratos, bodegones, estampas religiosas…- que figuraron durante generaciones en las paredes de la cocina o de la sala de estar. Conocerá la historia verídica de las eras “de pan trillar”. Volverá a la vieja escuela, ahora vacía, aquella que estaba en manos de la Junta Local de Enseñanza. No le faltará material para satisfacer la curiosidad: inventarios de libros, cuadernos, enseres, la escuela nocturna, la visita del inspector y hasta la fiesta del árbol… En el Ayuntamiento se encontrará con interesantes documentos inéditos de la guerra civil. Asistirá a la llegada de la luz eléctrica y a la apertura de la botica. Emprenderá, si se anima, el verdadero camino del Cid hacia el destierro, desde Navapalos a Torreplazo. Y ya, puestos a tomar la manta y la cachava, acompañará a los emigrantes de Tarancueña en los primeros años del siglo XX, recorrerá la antigua calzada romana de Segovia a Sigüenza, y, por supuesto, se adentrará en buena compañía en el camino del destierro del Cid, el de la afrenta de Corpes. De vuelta al pueblo, se encontrará con el sacristán, el representante de aquel antiguo oficio olvidado que incluía el de organista y maestro de niños. Ante la vista del lector volverá a discurrir, como en un espejo situado a lo largo del camino, la vida de una comarca que se había difuminado con el tiempo. Y, en fin, aunque no lo diga aquí y lo deje para mejor ocasión, sé que Paulino maneja en rigurosa primicia un legajo del siglo XVI en el que consta que ya entonces, hace 500 años, en los pueblos de la Tierra de Caracena se compraban dos toros para correrlos y matarlos por San Juan, lo que demuestra que la tradición de los toros, ahora en peligro, viene de muy lejos. Como la amenazada vida de nuestros pueblos.

A ningún lector despierto e ilustrado, sobre todo al que tenga raíces en la España rural, en la España vacía, le dejará indiferente este libro de Paulino García de Andrés, titulado “El antaño perdido (II)”, pero que bien podía llamarse “El antaño encontrado” o “El antaño recuperado”. Con estos pequeños tesoros rescatados de entre las ruinas, uno se siente reconfortado. No todo está perdido. Y siente de pronto que tienen todo el sentido los versos de William Wordsworth: “No hemos de entristecernos, antes bien encontrar/ apoyo en lo que permanece, / en la primordial simpatía / que habiendo sido debe ser para siempre”.

(El libro aparecerá en marzo,y este es el prólogo)

DESCUBRIR SORIA

Primero la descubrieron los romanos, después los arrieros y trashumantes, luego los poetas y ahora están a punto de dar con Soria los ingleses, expulsados, por la mala cabeza de sus políticos, del paraíso europeo. Las legiones romanas tuvieron que emplearse a fondo para dominar, a sangre y fuego, el celtibérico cerro de Numancia sobre el Duero, símbolo universal desde entonces de la resistencia de los pueblos y que ya tarda la UNESCO en reconocer como patrimonio de la humanidad. Después nos dejamos romanizar y con el latín de los invasores fabricamos andando el tiempo el castellano, la flor del romancero, una de las lenguas más claras que vieron los siglos, miel que no está hecha, por cierto, -menos mal- para la boca de Trump y compañía. Por toda la extensión del variado y hermoso territorio, en ciudades y villas y hasta en las últimas aldeas floreció el románico, que es la principal característica artística de esta tierra de iglesias y castillos inverosímiles. Durante siglos los caminos de esta provincia fría, “cabeza de Extremadura”, fronteriza de Aragón y de Navarra, donde nace el Duero y donde Castilla se acaba, han estado poblados de arrieros y pastores trashumantes, transmisores y receptores de costumbres, lenguajes y leyendas. No tardaron los poetas en descubrir la belleza escondida y la gracia incontenible de un país que parecía recién nacido. La nómina no se reduce a Machado, Bécquer y Gerardo Diego. Casi no hay poeta o novelista español -también no pocos forasteros- que no haya echado en Soria su cuarto a espadas, o, más propiamente, a copas y versos de oro.

Ahora, como digo, vienen los ingleses, antes de que los poderes públicos se enteren, incapaces de poner esta olvidada provincia castellana al día, con comunicaciones adecuadas -ferrocarril, autovías…- y con un impulso decidido al progreso y a la repoblación humana. Los gobernantes son los últimos dispuestos a descubrir Soria salvo a la hora de las elecciones. El centenario y prestigioso “The Daily Telegraph” ha publicado un informe en el que recomienda a los británicos que visiten Soria, a la que incluye entre las veinte “mejores y menos conocidas joyas de España”, “Veinte lugares sorprendentes”, según el reportaje. El periódico con una tirada que supera el medio millón de ejemplares, más que “The Times”, se pregunta cómo es posible que esta ciudad castellana, con todo lo que ofrece, no reciba más visitantes. No oculta los problemas: “A dos horas de viaje en autobús desde Madrid, Soria es una de las zonas menos pobladas de España, una provincia olvidada, en un rincón que no está de moda y con escasez de fondos para mejorarla”. Pero, a pesar de este abandono, que salta a la vista a cualquiera, “con los años ha atraído una gran cantidad de espíritus creativos, pintores, escritores y sobre todo poetas, que se han quedado hipnotizados por la belleza de sus paisajes”. La autora del reportaje se fija después en detalles que pueden atraer al turista británico: es una ciudad llena de elegantes comercios, de iglesias románicas, incluido un monasterio del siglo XII, y de una sorprendente vida nocturna. “Es increíble que haya tan pocos turistas”, concluye la reportera.

Parece un buen reclamo. Después de esto, a lo mejor se pone Soria de moda y llegan los turistas ingleses. Con trenes en condiciones sería más fácil. Viajar en autobús, desde el intercambiador de la Avenida de América de Madrid, con parada en la terminal IV del aeropuerto de Barajas, es para viajeros contados y sufridores. Yo, entre ellos. Pero, en fin, seguro que se nota. Sería conveniente que a Soria, y, en general, a la España vacía del interior, viniera un turismo de calidad, capaz de disfrutar del arte, del paisaje y de la buena cocina, más que de la cerveza barata. Sobra el zarrapastroso y camorrista turismo de alpargata y mochila, el del ruido de madrugada, del alcohol y del sexo. Para eso hay sitios mejores en la España “turística” y abarrotada de la periferia, donde hace tiempo que campea la “Guirilandia”. ¡”Liberanos, Dómine!”. Llama, en todo caso, la atención que descubran Soria los ingleses antes que los españoles, y la prensa británica, antes que la prensa española, pero España y yo somos así.

CUANDO EL MÉDICO LLEGABA A CABALLO

A caballo o a lomos de un macho. Así llegaba el médico al pueblo. El de mi infancia se llamaba don Manuel. Sucedió a don Higinio, que fue el que atendió a mi madre en el parto y ayudó, alumbrado por un candil o un velón, que eso nunca me lo han aclarado, a que yo llegara al mundo. Aquel día estaba nevando y el tío Co, que bajó a buscarlo, contaba siempre que, con las urgencias, casi revienta al caballo. El médico subía de San Pedro Manrique cuando lo llamaban. Tenía que atender a docenas de pueblos de la Villa y Tierra por caminos de herradura y por senderos de cabras, abrasara el sol o cayeran chuzos de punta. Lo peor era el invierno, cuando las grandes nevadas. Había días en que la ventisca azotaba de cara y acobardaba a la caballería, que se negaba a seguir adelante. Era una temeridad, pero había que continuar. Se trataba de una cuestión de vida o muerte. En aquellos tiempos de la posguerra, los pueblos y hasta las últimas aldeas perdidas en el monte o en la quiebra del valle estaban superpobladas, no como ahora en que la comarca de las Tierras Altas es la más despoblada de España, con el mayor censo de pueblos vacíos por kilómetro cuadrado. Entonces al médico, que estaba disponible día y noche, no le faltaba tarea.

Venía provisto de un pequeño maletín negro con el fonendoscopio, el aparato para medir la tensión, el termómetro y el botiquín mínimo de primeros auxilios. Sin más ayuda, salvo la de proporcionarle en la casa un caldero de agua caliente, tenía que enfrentarse, en la más estricta soledad, a los partos que a veces se presentaban complicados. No es extraño que de vez en cuando sorprendiera a los vecinos el lúgubre sonido de las campanas tocando a muerto porque una mujer joven acababa de morir dando a luz y, lo que era más frecuente, basta comprobar la cantidad de “niños sin nombre” reseñados en el libro de bautizados de la época. No siempre el médico llegaba a tiempo al parto y eran las mujeres mayores, con sus largas sayas oscuras, las que acostumbraban a hacer de parteras.

En tales circunstancias y acostumbradas a aguantar los sinsabores y problemas de la vida con estoicismo durante muchas generaciones, es comprensible que aquellas gentes sólo acudieran en busca del médico en casos de extrema necesidad. Desde luego, no por una gripe, que estos días tiene colapsados los servicios de urgencia de los hospitales de media España, hecho -lo confieso- que me ha dado pie y me ha incitado a escribir hoy, con admiración y gratitud, sobre aquellos médicos rurales de mi infancia y sobre la distinta dependencia médica en aquellos tiempos y en estos. Los fuertes constipados, con fiebre y, lo que era peor, con dolor de costado, los dolores de tripa y cualquier otro trastorno se curaban, tal como recuerdo, con remedios naturales: vapores de hierbas aromáticas cogidas en el campo, manzanilla del monte, emplastos de malvas y ventosas en el pecho. Y aguantando, resistiendo, aun sabiendo de las consecuencias de un “catarro mal curado”. En ninguna casa había un termómetro ni un tubo de aspirinas. La penicilina llegó tarde y se empezó a usar, transportada a caballo en una caja con hielo, para algunos casos extremos de tuberculosis. A mí nunca me vio el médico durante mi niñez en Sarnago, y eso que una vez un pedrusco me aplastó el pie y anduve cojo todo el verano. Si uno se rompía algo, un brazo, una pierna, se recurría al bizmero. Mi abuelo Natalio superó ámpliamente los noventa años sin tomar una aspirina, sin mirarse la tensión y sin que le visitara el médico hasta las semanas antes de su muerte. Cuando se avisaba al médico, había que avisar también muchas veces al cura para que administrara al enfermo a toque de campanilla los últimos sacramentos. Pienso que regía entre aquellos campesinos una santa resignación: cuando uno se moría es que le había llegado su hora y se iba al otro barrio.

Don Manuel, el médico, era un hombre enérgico y elegante, de fuerte personalidad, me imagino que adicto al régimen, aunque no llevaba bigote. Su figura imponía respeto entre la gente. Llegaba a caballo, bien aparejado e impetuoso, y solía parar en nuestra casa, lo mismo que el recaudador de la contribución y los coleteros de Aguilar. Más de un día lo vi calentándose y secándose la ropa en la lumbre de la cocina. A mi madre le dio unas lecciones de enfermería elemental y, desde entonces, se ocupó ella de poner inyecciones en el pueblo sin cobrar a nadie una peseta… Y aquí voy a acabar. Me duele un poco la cabeza y noto un leve picor de garganta. No sé si son los síntomas de la gripe, y eso que me he vacunado. ¡Maldita sea! ¿Dónde está el termómetro? Me parece que tendré que ir a Urgencias.

MI CARTA A LOS REYES

Queridos Reyes Magos: Os dije hace dos años a estas horas que esa sería seguramente mi última carta, pero cuando siento cerca la pisada de vuestros camellos no puedo aguantarme. Enciendo el ordenador y me pongo a escribiros. Sé que lo comprendéis. El que es niño una vez lo es toda la vida. Lo primero que llevo tiempo queriendo preguntaros es si, a estas alturas, después de tantos años recorriendo desiertos, pueblos y ciudades, os pasa lo mismo que aquella noche en Jerusalén cuando perdisteis la pista. Reconoced que andabais despistados y un poco nerviosos preguntando a todo el mundo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer?” Nadie lo sabía. Ponían cara rara y os tomaban por magos o por visionarios. Pero vosotros insistíais, sobre todo Gaspar: “Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle”. Hasta que, cuando empezabais a desesperar, aquel sabio rabino después de consultar durante horas interminables el rollo de las Escrituras, exclamó: “¡En Belén, tiene que ser en Belén!, aquí lo dice claro”. Entonces volvió a aparecer la estrella y os llenasteis de alegría -¡cómo bailaba Baltasar!-, seguisteis la estrella hasta que se paró encima del establo y, por fin, disteis con El. Estaba envuelto en pañales y reposaba sobre las pajas del pesebre, ¿recordáis? ¡Cómo le temblaba la barba blanca a Melchor cuando se acercó a besar al Niño con el cofre del regalo en la mano!

Pienso que es difícil que brille la estrella de la Navidad en Oriente, de donde venís. Desde luego, ni en Alepo ni en Mossul. Tampoco en los campos de refugiados de Turquía o en las colonias judías de Palestina. Mucho menos en las noches oscuras del Mediterráneo pobladas de barcazas de náufragos, muchos de ellos niños, que huyen de la guerra y del hambre y encuentran en el mar su sepultura entre los peces. Tampoco busquéis la estrella en el cielo de las grandes ciudades, como Madrid, donde la contaminación impide ver las estrellas. Ni en los palacios episcopales que aún quedan abiertos a pesar de la terminante instrucción del papa Francisco de cerrar todos con llave. (Por cierto, en Soria siguen meses y meses sin obispo, nadie sabe por qué; parece una humillación porque es pequeña y pobre; haced algo). Resultará difícil que pueda verse la estrella en los grandes centros comerciales, llenos de luces y que hacen sonar los villancicos con estrépito como reclamo para hacer caja aprovechando vuestra llegada. ¡Cuántos juguetes rotos de un año a otro! Ni en los templos del dinero y los paraísos fiscales. Tampoco es fácil que podáis vislumbrar la estrella subidos a esas cabalgatas publicitarias, coloristas, ruidosas y estrafalarias que os han preparado para recibiros engañando a los niños. Supongo que os produce una especial irritación lo de Cataluña, donde pretenden aleccionar políticamente a los pequeños adornando vuestra caravana con las banderas estrelladas de la desunión. Esas estrellas no son precisamente las de la Navidad. ¿Llevo razón o no? ¿Qué dices, Baltasar? (Una vez hice yo de Baltasar en una cabalgata en Comillas y desde entonces es mi favorito). Os sugiero que este año preguntéis otra vez como aquella tarde en Jerusalén: “¿Dónde está el Niño que ha nacido?”. Veréis, veréis…

En fin, dejadme que os alegre un poco el rato, entre tantos trabajos y preocupaciones, con este poema de Gloria Fuertes que me han enviado a mi móvil, y que se titula “El camello cojito”.

El camello se pinchó

con un cardo del camino

y el mecánico Melchor

le dio vino.

Baltasar

fue a repostar

más allá del quinto pino…

e intranquilo el gran Melchor

consultaba su “Longinos”.

-No llegamos,

no llegamos,

y el Santo Parto ha venido.

(Son las doce y tres minutos

y tres reyes se han perdido).

El camello cojeando

más medio muerto que vivo

va espeluchando su felpa

entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,

Melchor le dijo al oído:

-Vaya birria de camello

que en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén

al camello le dio hipo.

¡Ay qué tristeza tan grande

en su belfo y en su tipo!

Se iba cayendo la mirra

a lo largo del camino,

Baltasar lleva los cofres,

Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba

-ya cantan los pajarillos-

los tres reyes se quedaron

boquiabiertos e indecisos,

oyendo hablar como a un Hombre

a un niño recién nacido.

-No quiero oro ni incienso

ni esos tesoros tan fríos,

quiero al camello, lo quiero.

Lo quiero, repite el Niño.

A pie vuelven los tres reyes

cabizbajos y afligidos.

Mientras el camello echado

le hace cosquillas al Niño.

(¡Quién fuera camello!). Como veis, este año no os pido nada. Pero, por si acaso, pondré los zapatos en la ventana, como entonces.

NAVIDAD-2016

Navidad es volver a la infancia, aunque la encontremos poblada de ausencias, o precisamente por eso.

Navidad es desear felicidad a todo el mundo, aunque lleve razón Hölderlin y cuando la dicha está al alcance del hombre y se la trae Dios en persona, no la reconoce. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron.

Navidad es volver a casa y encontrar refugio en la familia, aunque en la cena familiar haya largos silencios y nada sea ya tan reconocible y tan inocente como entonces.

Navidad es vivir bajo el nivel 4 de alerta antiterrorista, comprobando que, después de 2016 años, no hay aún paz en la Tierra, aunque la pregonaran los ángeles aquella noche para sorpresa de los pastores.

Navidad es sentir vergüenza y rabia contemplando en el telediario las ruinas de Alepo.

Navidad es sentir el frío y el desamparo de los niños desterrados en los campos de refugiados y de los ancianos supervivientes, lejos de su casa, entre alambradas, muertos de frío y ya sin esperanza.

Navidad es bracear en el Mediterráneo en medio de la tormenta con los náufragos que huían del hambre y de la guerra.

Navidad es compartir el pan y la palabra con el parado de larga duración.

Navidad es salir en ayuda de la mujer maltratada, puede que en la misma cena de Nochebuena, por su compañero borracho o comido de los celos. Que el matrimonio sin cariño engendra monstruos.

Navidad es repartir la cena a los pobres en el comedor de Cáritas, sabiendo que sólo los pobres saben que son pobres.

Navidad es no tener vergüenza de cantar villancicos y de poner el belén en la entrada de casa. Y, si fuera posible, recogerse un rato en un monasterio o en una fría iglesia rural con la “Misa de Ángelis”

Navidad es saludar al vecino, a la chica de la panadería, al jardinero de la urbanización, al que es del otro partido, al del otro equipo, al conductor del autobús, al cartero, a la cajera del supermercado… y desearles a todos feliz Navidad.

Navidad es estar cerca del familiar enfermo y sentir el dolor inquietante de la quimioterapia.

Navidad, en fin, es escaparse al pueblo -en el pueblo está la virtud- y volver a encender, después de tantos años apagada, la lumbre en la cocina, como si todos los ausentes volvieran esa noche. Llamadle a esto amor o como queráis.

¡Feliz Navidad a todos!

VOLVER A LA ESCUELA

El Informe PISA me invita hoy a volver a la escuela. Por fin, la olvidada Castilla, la de los pueblos vacíos y solitarios, descuella en algo importante entre la sorpresa general. En el escalafón de las regiones españolas sobresale nada menos que en educación. Y eso sin ayudas especiales y sin hacer ruido, sin levantar la voz en las Cortes ni en los telediarios. Poco acostumbrados últimamente a este tipo de reconocimientos, venidos de fuera, es natural que por una vez saquemos pecho los aborígenes de la meseta, sin despreciar a nadie ni ocultar otros sinsabores, como el gran fracaso de la despoblación, que es nuestra cruz. Cuidar la escuela y la despensa es la principal tarea de los gobernantes. Ya es hora de que deje de tener vigencia el dicho que tantas veces oí de niño: “pasas más hambre que un maestro escuela” (la preposición “de” sobraba en el habla popular casi siempre). Personalmente me he alegrado también sobremanera de que los expertos atribuyan en gran manera el éxito al buen funcionamiento de las escuelas rurales, que en esta comunidad se mantienen abiertas con cuatro niños. Esto da pie a pensar, iluso de mí, que la salvación viene de los pueblos y de la escuela.

Recordaré. La escuela de mi pueblo está en la plaza, debajo de la casa del maestro. Por el mismo portal se entraba también al Ayuntamiento. Todo el mundo sabía que estaba abierta cuando la pequeña bandera roja y gualda ondeaba en la ventana. Era una escuela mixta: convivíamos los niños y las niñas en bancos corridos con agujeros para los tinteros en las mesas. Sobre la mesa del maestro lucía un globo terráqueo, y detrás, en la pared, el crucifijo y los retratos de Franco y de José Antonio. En la pared de la derecha había una pizarra y un mapa de España. En la izquierda, dos ventanales asomados al campo. En medio una estufa negra de leña que, cuando revocaba, llenaba el aula de humo. Desde fuera podía oírse el canturreo de la tabla de multiplicar. En la arqueta de mis recuerdos guardo aún un cuaderno azul con dictados y problemas de entonces. En los recreos jugábamos al marro, a las pitas y a los chapones. Y las niñas, a la rayuela y a la comba. En la plaza olía a pan procedente del cercano horno de la tía Milagros que llamábamos “La Amasadería”. Siempre he pensado que un pueblo deja de serlo cuando no huele a pan ni hay niños en la calle. Pero, sobre todo, un pueblo desaparece cuando cierran la escuela.

Hace mucho tiempo que la escuela de mi pueblo está cerrada y ya no huele a pan. Pero nunca olvidaré el aprecio y el respeto de aquellos campesinos por el maestro y el afán de que sus hijos aprendieran para ser un día “personas de provecho”. Aquellos humildes campesinos envidiaban al rico, pero admiraban al sabio. Creo que ha sido para mí y para muchos de mis compañeros la mejor herencia. Es lo primero que me ha venido a la cabeza cuando he visto en el Informe PISA que Castilla y León destacaba en el campo de la enseñanza por encima de las demás comunidades. No me extraña nada. Lo peor que podías decir allí de alguien es que era un ladrón o un analfabeto. Siempre ha presumido Soria de ser la provincia con menos analfabetismo de España. Así que esto viene de lejos. Lo ilustraré con un caso verídico que ocurrió en el pueblo de al lado y que tengo registrado en alguno de mis libros. Creo que es significativo. En el pueblo necesitaban un cabrero. Lo anunciaron, como de costumbre, en el periódico de la capital. Le ofrecían casa, leña y sueldo a convenir. Llegó de lejos, de un pueblo de la Rioja, un aspirante que tenía buena pinta, pero, a la hora de firmar el contrato, indicó que no sabía firmar. El alcalde, sorprendido, le dijo: “Lo siento, amigo, en este pueblo no podemos contratar a un cabrero analfabeto”. Y, después de darle vueltas, le propuso: “Estamos en septiembre, el maestro te dará clase, a cargo del municipio, todas las noches cuando vuelvas de la cabrada; si para final de año has aprendido a leer y escribir, firmaremos el contrato, y si no, tan amigos”. Y el 31 de diciembre el cabrero firmó.

Y otra historia más, que me toca de cerca. Sucedió que llegó septiembre y el maestro no apareció aquel año por Sarnago. Ni vino ni se le esperaba. Nadie sabía cuándo volvería a abrirse la escuela. Mi madre, viuda, no se lo pensó dos veces. Decidió que yo, con nueve años, no podía “perder escuela”. Así que me tomó de la mano y, con el hato al hombro, emprendimos, madre e hijo, el camino de La Ventosa, a legua y pico de camino, donde vivía el tío Felipe, que era el secretario del Ayuntamiento. Y allí me quedé desterrado varios meses. El maestro se llamaba don Deogracias y era un buen maestro. ¡Gracias a Dios! Por las tardes, cuando salía de la escuela, me pasaba las horas tirando piedras a los pájaros que venían a hospedarse en las ramas de los chopos de enfrente de la casa. Así me desahogaba. Seguramente pensaba que aquellos pájaros eran más libres que yo, sin darme cuenta entonces de que por aprender valía la pena sacrificar un poco de libertad.

PASAN LAS GRULLAS, VUELVEN LAS CIGÚEÑAS

Regresaba yo a casa, como cada mañana, de comprar el pan y el periódico cuando me ha sorprendido el gru-gru de las grullas en el cielo. Eran dos bandos pequeños que volaban en uve, cada uno por su cuenta, como si estuvieran enemistados o, más probablemente, perdidos momentáneamente entre los cendales de la niebla alta. Y me he quedado en la acera parado como un pasmarote mirando al cielo. Los que pasaban con sus coches por la Avenida de Atenas se habrán preguntado: “¿Qué hace ahí ese tío plantado como una estatua, qué estará mirando con tanto interés?” Los que caminaban pegados a su teléfono inteligente ni siquiera se habrán percatado de mi presencia estática y absorta en lo que sucedía arriba. Lo comprendo. Teniendo entre las manos el volante de un coche o un móvil de última generación, el cielo no existe o, en el mejor de los casos, el cielo puede esperar. Lo que quiero decir es que, en la era de la comunicación, pasan las grullas por la capital y por los grandes pueblos de alrededor entre la ignorancia o la indiferencia general. Las grullas no son noticia. El ruido del tráfico sofoca su monótono canto. Para los que no hemos perdido del todo el alma rural, el paso de las grullas es un espectáculo fantástico y, además, gratuito, como las hermosas puestas de sol en otoño. Las grullas vienen de las lejanas y heladas tierras del norte de Europa en un viaje interminable y agotador. Estas que veo pasar esta mañana -pienso- habrán pernoctado en la laguna de Gallocanta y seguramente no cruzarán a África y se quedarán a invernar en las cálidas dehesas de Extremadura, como los pastores trashumantes de la sierra de Oncala entonces, cuando la Mesta.

Bajan las grullas y suben las cigüeñas. El miércoles, 1 de diciembre, estaba yo en Soria. Cuando me desperté, me asomé a la ventana. Era una mañana fría y nubosa. Nada nuevo. Pero hubo algo que me llamó poderosamente la atención. Esta vez no era el habitual revuelo de las palomas que alegran el aire de la ciudad. Sobre los tejados de las casas que rodean la Plaza Mayor, la torre de la iglesia del Carmen y los pivotes y contrafuertes del palacio de los Condes de Gómara había docenas de cigüeñas. Volaban, revolaban, se posaban… Estaban, a lo que me pareció, tomando posesión como todos los inviernos, sin esperar al cambio de estación ni a la llegada de San Blas. Será por el calentamiento global o por lo que sea, el caso es que cada año, sea o no año de nieves, adelantan más el regreso. No se les puede acusar precisamente de falta de puntualidad. Vienen de África o de Extremadura, donde han dejado sitio a las grullas, con las que se habrán saludado por el camino. No parece que sea ésta una avanzadilla de reconocimiento, algo así como un bando de comisionadas que vienen a explorar el terreno, aunque quién sabe. Uno podía pensar, en cualquier caso, que una voz interior las convocaba, acudían presurosamente a la llamada, se juntaban y emprendían inmediatamente el vuelo de retorno a las frías mesetas. Ahora se concentrarán -pensé- en su lugar habitual de la orilla del Duero para repartirse los campanarios. Que se sepa, las cigüeñas hacen el reparto del territorio pacíficamente, me imagino que según derechos adquiridos. No son para nada nacionalistas excluyentes, pero demuestran una lealtad inquebrantable a su territorio, a su torre, a su pareja y a su nido. Merecen un reconocimiento. Cuando los pueblos se quedan solos, ellas vuelven y alegran el corazón de los últimos vecinos.

Por cierto, en contra de lo que dice Rafael Alberti en “Marinero en tierra”, y que aireó Gloria Fuertes, el canto de la cigüeña no es bueno para dormir a los niños. Si acaso, para despertarlos con la primera luz del día. Tampoco es verdad, en contra de lo que se dice, que las cigüeñas sean las encargadas de traer los niños al mundo. Si fuera así, abundarían más los niños en España. Pero, en fin, si Alberti lo dice…

Que no me digan a mí

que el canto de la cigüeña

no es bueno para dormir.

Si la cigüeña canta

arriba en el campanario,

que no me digan a mí

que no es del cielo su canto.

En esto último puede que lleve razón Alberti, y su canto sea del cielo, porque viene de arriba. Pero es un tableteo poco armonioso, capaz de despertar al niño más dormido. Y además las cigüeñas guardan silencio por las noches, no cantan nanas. Lo que es verdad es que, aunque nadie vaya a misa, ellas siguen en la torre de la iglesia, en vigilia permanente, como un garabato o un interrogante. Eso, como un signo de interrogación sobre los pueblos.

Lo que quiero decir es que el paso de las grullas y la llegada de las cigüeñas es lo más reconocible de un tiempo que no volverá.

PRELUDIO DE NAVIDAD

La nieve me salió al encuentro en Soria. La ciudad amaneció blanca. Hacía años que el gozo infantil de la primera nevada no me sorprendía el día adecuado en el lugar adecuado. Este año, sí. No importa que durara poco. Contemplando la transformación de los montes de alrededor, la Dehesa, los parquecillos urbanos y, sobre todo, los chopos de las orillas del río y observando a los sorianos paseando con naturalidad por el Collado bajo los paraguas, haciendo parada en los acogedores bares y tabernas, me convencí de que el paisaje invernal es el que mejor se adecua a esta tierra dura y fría y a estos sufridos herederos de los arévacos numantinos. Parecían en su elemento. Quiero decir que Soria es el lugar adecuado para ver nevar. Los algarazos dieron pronto paso a una lluvia fina y heladora. Un viento cortante procedente de la Cebollera se metía en los huesos. “Piqueras está cerrado -le oí a un desconocido con pinta de camionero- y Oncala, con cadenas”. Bastaba con levantar la vista hacia el norte y comprobar que una cortina negra y baja cubría las sierras. Hay quien atribuye la decadencia de esta provincia castellana a la dureza del clima. Pudiera ser, aunque a mí nunca me ha parecido esa la razón principal del abandono. Hay lugares en Europa mucho más fríos y desapacibles en los que crece la prosperidad y que están bien poblados.

En esas reflexiones andaba yo cuando recibí un oportuno “whatsApp” de José Mari Carrascosa con fotos de Sarnago nevado. Esa sí que era una gran nevada, la primera nevada del año digna de tal nombre. Una nieve inmaculada, sin una sola pisada ni una huella animal, cubría la plaza y las calles de entrada, los tejados, el entorno de la calera, los campos y las ruinas de las casas abandonadas. Las firman dos valientes, Ana Gordo y Robert, que se aventuraron hasta allí, no sé cómo, y dejaron constancia gráfica de tal maravilla, que a tipos como yo le trae de golpe, concentrados, todos los inviernos felices de la infancia. La nevada es para mí el verdadero preludio de la Navidad. Observando las fotografías, lo primero que me imagino es el silencio. Ya he dicho otras veces que el silencio de la nieve es muy especial, es un silencio blando y total, telúrico, como de otra galaxia. Y me imagino sin esfuerzo al pueblo entero transformado de pronto en un belén natural, como en la niñez, cuando íbamos a traer el musgo de las herrañes para el belén de don Matías. Lo que no puedo imaginarme, por más esfuerzos que hago, es que, en estas circunstancias, no salga humo de ninguna chimenea, y, menos aún, que las majadas y las cuadras, en lo bajero de las casas, estén vacías, sin ovejas pariendo, las despensas sin pan, los portales sin perros y los bardales sin leña.

A mi vuelta a Madrid, con un cielo triste y nuboso, he visto que encendían, sin esperar a la llegada del Adviento, las luces de Navidad. En el telediario de la noche han ofrecido también imágenes del encendido de las luces en Barcelona. ¿Luces de Navidad? Ni en un sitio ni en otro se ve, entre luminosas figuras geométricas, más o menos vistosas, más o menos cargantes, una sola referencia religiosa, que explique el significado original de estas fiestas. Me parece que hay, por parte de las autoridades y de la cultura dominante, un empeño manifiesto en descristianizar la Navidad, transformándola en un regreso al paganismo y, desde luego, una incitación a la diversión y al consumo desaforado. Nada que ver con lo que pasó aquella noche en el establo, poblado de ángeles y pastores, que partió en dos la historia de la humanidad. Yo denuncio aquí que nos están robando, entre unos y otros, el espíritu de la Navidad. Sobre todo, se lo están robando a los niños. ¡Pobres niños! Acabo de leer en el periódico que en un colegio público de Elche han enviado una circular a los padres de los alumnos más pequeños -de tres años- alentándoles a que los niños lleven adornos con los que decorar el aula durante la Navidad, pero con la siguiente advertencia: “Que no sea grande (el árbol de Navidad) ni con motivos religiosos (belén)”. Que lleven bolas de colores, muñecos de nieve, guirnaldas…, lo que quieran, pero nada que tenga que ver con el origen religioso de las fiestas. ¿Qué les parece?

No es un caso aislado, qué va. Es el nuevo espíritu de la Navidad. ¿Espíritu? ¡Que vuelva Dickens! Puesto a desahogarme, no tengo más remedio que expresar también aquí la vergüenza ajena que me produce, en este preámbulo navideño, la estúpida implantación comercial, con un inusitado despliegue de publicidad por parte de los grandes almacenes, del “Black Friday”, una burda copia del viernes de las grandes rebajas en Estados Unidos con motivo de su Día de Acción de Gracias. Es lo que nos faltaba. Después de los Premios Goya, imitación ridícula de los Óscar, de los Papá Noel y del esperpéntico “halloween”, ahora esto. Pero esa es otra historia. Estamos cada vez más sometidos al lenguaje y las costumbres de fuera y estamos perdiendo nuestro lengua y nuestras buenas costumbres. Hasta al otoño le llaman “fall” en las tiendas de moda. ¡Si mi abuela levantara la cabeza! Menos mal que la nieve, fiel al espíritu de Navidad, sigue bajando, aunque no haya nadie, a los pueblos vacíos de las Tierras Altas.

CARNE DE MEMBRILLO

Cuando he vuelto de Soria, después de una larga ausencia, he sentido al abrir la puerta del salón un dulce olor a membrillo. No era mal recibimiento. Mireya, mi hija, se había ocupado de recoger la cosecha, y la fruta dorada llenaba fruteros y se desbordaba sobre la mesa de cristal, como en un gran bodegón vivo. De todos los árboles del pequeño jardín, el membrillo, que planté con mis propias manos en el rincón umbrío junto a la puerta de salida, es el que no falla nunca, todos los años da sus frutos, y eso que cada vez está más apretado, el pobre, entre el crecido laurel, de generación espontánea, y el poderoso castaño, que tiene su origen en una reluciente castaña que recogí del suelo en otoño hace una docena de años en Valdeavellano de Tera, junto a la carretera. El humilde y generoso arbusto, de la familia de las rosáceas, que procede, según veo, de Asia Menor, como los actuales refugiados -en la antigüedad florecía ya en Babilonia-, se defiende inclinando sus duras y enmarañadas ramas hacia fuera en busca del sol. Salvo mejor criterio, a cargo del sabio Tejerina, el nombre viene del latín, que lo toma del griego, “melimélum”, que significa manzana dulce. Así que el membrillo se relaciona con rosales y manzanos, que no es mala compañía, y está cargado de potasio. He de confesar que cada año que pasa siento más asombro contemplando el prodigio de las plantas, sobre todo de los árboles frutales, tan escasos en mi infancia de Sarnago.

De aquellos tiempos guardo el recuerdo del olor a membrillo en los armarios roperos, que a mí me parecía un olor a limpio, y, sobre todo, el placer de la carne de membrillo. Si la memoria no me falla, la primera vez que lo probé, siendo muy pequeño, fue un obsequio casero de nuestros vecinos los maestros, don Joaquín y doña Felicitas, que procedían de Maluenda, tierra de frutales, en Aragón, y con los que alcanzamos una notable familiaridad. Y tanto debió de gustarme aquello que el siguiente regalo de los Reyes Magos, el que más ilusión me hizo nunca, como tengo dicho, fue un caballo de cartón con un aparejo de carne de membrillo. Recuerdo que, en un primer momento, el aparejo me entusiasmó más que el caballo. Esta experiencia infantil me ha acompañado toda mi vida. Por eso en cuanto tuve ocasión planté un membrillero en mi jardín. Y cada año recojo amorosamente los frutos que me ofrece y con ellos me ocupo personalmente de fabricar una carne de membrillo que no tiene nada que envidiar a ninguna de las que he probado. Desde luego, le da vuelta y raya al afamado dulce de membrillo de Puente Genil, que venden en las tiendas, y que hasta da nombre a un festival de flamenco que se llama “Membrillo de Oro”.

Es casi mi única experiencia en la cocina, para la que Dios no me ha dado habilidad o acaso he desaprovechado la poca que me dio. Esto es una excepción, que, a la vista de los buenos resultados obtenidos, me hace pensar que a lo mejor he desaprovechado mi inexplorada arte culinaria. El caso es que un día de estos podrán verme, si se asoman, con un delantal ceñido a la cintura y una cuchara de palo en la mano enguantada, removiendo el membrillo en la olla, mientras me cruje la espalda y sudo la gota gorda, una estampa que puede considerarse a todas luces pintoresca. Sólo con este retrato pueden hacerse una idea de lo laborioso que resulta, y lo fácil tratándose del inexperto autor que soy yo, preparar una buena carne de membrillo. No es la paciencia virtud que me sobre y, sin embargo, en este menester la ejerzo a fondo sin alterarme. Eso se debe, no alcanzo a ver otra explicación, a mi devoción por el membrillo, como habrán podido adivinar.

Llegados a este punto, parece obligado compartir mi receta con los seguidores de “El canto del cuco”. ¡Ahí va, y que sea lo que Dios quiera! Elijan unos membrillos sanos y maduros. Yo no los lavo bajo el grifo, como hace la mayoría, porque pierden gracia y aroma. Limpio cada uno cuidadosamente con un paño. Después los troceó con su piel, rica en pectina, eliminando el corazón y cualquier defecto. Una vez troceados y limpios, los peso y los deposito en la olla. Por cada kilo de fruta pongo litro y medio de agua. Y a cocer hasta que, lentamente, va haciéndose pulpa y el agua se evapora. La gracia y el martirio es dar constantemente vueltas, para que no se pegue, con la cuchara de palo, nunca de acero. Esta primera parte puede durar, depende de la intensidad del fuego y de la madurez de los membrillos, casi una hora. Es el momento de echar sobre la masa tres cuartos de kilo de azúcar blanca, y seguir dando vueltas sin parar -el riesgo de que se chamusque es ahora mayor- durante otra hora aproximadamente a fuego más lento, con paciencia infinita y aunque te duela la espalda y te salpique la olla hirviendo, hasta que comprendes que la masa se amansa y es ya ligera y perfecta. Entonces se aparta del fuego y se deposita otra hora sobre un paño de hilo, que envuelve la pasta, encima de un cuenco para que escurra las dulces perlas sobrantes, que son, por cierto, una delicia. Pasado un tiempo prudencial, se coloca en un recipiente de loza o de cristal, y se deja reposar hasta que la carne de membrillo esté compacta y apta para chuparse los dedos. No sale refinada, sino natural y distinguible, como debe ser tratándose de la boca de un campesino como yo. ¡El sabor de la infancia!

OTOÑO EN SORIA

Circunstancias familiares, no gratas, de las que ya di somera noticia me han dado la oportunidad de disfrutar de cerca del otoño soriano. Hacía muchos años que no tenía la oportunidad de pasar largos días seguidos en la capital del Duero. En cierta medida ha sido como un reencuentro conmigo mismo. De aquellos días rosados de la juventud, llenos de ilusión y de proyectos de libertad, compartidos con amigos entusiastas -era imposible dar un paso por el Collado o por el Tubo sin encontrarte con algún conocido-, a este recorrer las calles de riguroso incógnito, observando de cerca a gente desconocida y el envejecimiento de la población. El paisaje urbano ha cambiado y los años no pasan en balde ni perdonan. Lo que más me ha llamado la atención es precisamente la cantidad de personas impedidas que te tropiezas. La que no cojea, renquea. Hacía tiempo que no veía por la calle a tanta gente con cachava, con muletas , con “tacatá” o en silla de ruedas, sin contar a los que, sin apoyos externos, observas caminando con dificultad. Quiero decir que en el paisaje urbano de Soria destacan los mayores, lo que da a la ciudad una cierta placidez y una dulce pátina de decadencia. A la vez te obliga a ti mismo a mirarte en el espejo y descubrir que estás perfectamente integrado en ese paisaje de otoño aunque aún camines, válgame el cielo, con el cuerpo erguido y hasta airoso.

Este no es un gran descubrimiento. Ya sabíamos que el problema principal de esta provincia, donde Castilla pierde su nombre, es la dramática decadencia demográfica con el consiguiente envejecimiento de la población. ¡Apenas noventa mil habitantes entre la capital y todos los pueblos juntos! Pero no es lo mismo verlo en los papeles que comprobarlo con tus propios ojos. Por eso produce una especial alegría oír el griterío de los niños en el recreo cuando pasas por delante de los colegios, contemplar la oleada de juventud saliendo del Instituto Antonio Machado, que este año celebra su 175º aniversario, o ver pasar la tuna jovencísima, chicos y chicas, con uniforme nuevo, haciéndose oír por la arteria principal de la ciudad. Otra visible diferencia en lo que va de ayer a hoy es la llegada a la capital de gentes de otras razas, lo que, aunque sea aún con cuentagotas, empieza a darle a Soria un aire multiétnico. Es un cambio notable del paisaje urbano. Esto se nota más viendo a los niños saliendo de los colegios y genera una cierta esperanza de recuperación. Quién sabe si la solución vendrá de fuera, de las oleadas de refugiados y de emigrantes. Aquí tradicionalmente se recibe a todos sin prejuicios, vengan de donde vengan, y con los brazos abiertos. No he visto en Soria un solo gesto de rechazo al extranjero. Al contrario, acostumbrados a salir fuera a buscarnos la vida -somos más los sorianos de la diáspora que los de dentro, dónde va a parar- ésta siempre ha sido una tierra acogedora.

También estoy comprobando estos días de cerca que no se ha perdido la afición por la cultura, que ha sido tradicionalmente una de las señas de identidad de Soria. Y un piensa que la cultura nos salvará y nos hará libres. Me viene a la cabeza, aparte de los poetas venidos de fuera -Bécquer, Machado, Gerardo Diego- y que se imbricaron aquí de lleno, nombres autóctonos como Gaya Nuño, Pepe Tudela, amigo de Ortega, al que acompañó a Numancia, Pérez Rioja, Dionisio Ridruejo, Heliodoro Carpintero, que conocí en Sarnago en una visita como inspector de Enseñanza, etcétera. Siempre ha habido, incluso en tiempos del antiguo régimen, una gran efervescencia cultural. Pues ahora se mantiene. He visto cómo se suceden los ciclos de conferencias sobre lo divino y lo humano, los conciertos de música, las representaciones de guiñol en plena calle y en la noche de ánimas vi, acompañada de tambores y dulzainas, una tenebrosa y festiva representación junto al Duero de la leyenda del Monte de las Ánimas de Bécquer, en el rincón que lleva su nombre al pie de dicho monte. Nada más apropiado. Él recogió esta leyenda del pueblo y tomó nota. “Yo la oí -confiesa- en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche”. El que no haya sentido un escalofrío leyendo esta leyenda becqueriana es que no sabe dónde está Soria y además tiene el corazón de piedra. Por cierto, hay que ver cuánta belleza ha derramado este otoño cálido y sereno sobre las orillas del Duero, el parque de la Dehesa, los parquecillos urbanos y los campos de alrededor. Ha sido un verdadero disfrute, capaz de mitigar cualquier penalidad. ¡Cómo suenan las campanas en las plácidas mañanas de los domingos! El desastre sin precedentes es que este otoño, por culpa de la sequía, no hay setas en el monte. Y parece que está a punto de cambiar el tiempo. El invierno llama ya a la puerta. Pronto veremos la nieve en la Cebollera, en la sierra de Oncala y de Piqueras, y no faltará a la cita en la cumbre del Moncayo y de la Alcarama. Será el momento en que los pueblos y la ciudad se encerrarán sobre sí mismos, y los viejos dejarán de pasear por la calle con su cachava, su muleta o su “tacatá”, hasta que vuelva a brillar el sol, acaso por el veranillo de San Martín.