El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

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DE LA ALCARAMA AL ALBA

Los dos procedemos de las Tierras Altas, donde Castilla desfallece y se acaba, y, por un guiño del destino, casi nos llamamos lo mismo, hasta el punto de que más de una vez me han confundido con Avelino. Hemos recorrido los mismos caminos, entre la Sierra del Alba y la Alcarama, y nos hemos sentado en los mismos poyos de la plaza. Allí nos hemos pasado las horas muertas hablando con las gentes del pueblo de temperos, cosechas, primalas, amarguras, precios y recuerdos mientras, si se terciaba, compartíamos con ellos la petaca y la bota. Por no ser menos, él se puso hasta la boina. Nos hemos calentado en las mismas cocinas, que olían siempre a támbara y a matanza, donde hemos escuchado, sentados en los bancos del hogaril frente a la lumbre con los ojos irritados por el humo, parecidas historias de amores imposibles, apariciones, crímenes horrendos y leyendas antiguas, relatos que se repetían milimétricamente año tras año. Hemos oído las mismas campanas llamando a misa o a concejo, doblando por la muerte de un vecino, volteando en la fiesta, mientras sonaba en la calle la música de los gaiteros, o conmoviéndonos, al caer la noche, con el tenebroso toque de ánimas. Y los dos somos Hernández, “con una hache muy grande”, como decía mi abuelo Alejandro, al que llamarse Hernández le parecía, no sé por qué, un verdadero privilegio.

De Valdegeña, donde está su patria, a Valtajeros, donde viví mis dos primeros años y está enterrado mi padre, apenas hay, calculando a ojo de buen cubero, un par de leguas por el monte entre carrascas, rebollos y romero. Y legua y media más, de la sierra del Alba a la Alcarama. Demasiadas coincidencias para que uno pueda sentirse indiferente ante este personaje y su obra, tan cercanos y pioneros, tan puñeteramente incitantes, tan imperecederos.

Si una tarde de estas me encontrara con Avelino Hernández, que fue el primero que captó el alma de esta comarca fronteriza y pobre que albergó el noble Concejo de la Mesta, no tendría más remedio que decirle la verdad. Él seguramente me pedirá enseguida que le ponga al corriente y yo no podré disimular por mucho tiempo las desgracias sobrevenidas desde que él se fue. De nada servirá distraerlo con el azul violeta de la sierra, el verde despertar de los campos de labranza tras el duro invierno o la proliferación turística de casas rurales en lugares inverosímiles. Seguramente le interesará algo más conocer la floración espontánea de asociaciones culturales en los pueblos despoblados o semidespoblados, como señal de resistencia y prueba evidente de que no quieren morir convirtiéndose en un cantarral. ¡Ahí está Sarnago, mi pueblo, sin ir más lejos!, le diré, todo orgulloso. La belleza sobrecogedora y elemental de las Tierras Altas -me dirá- contrasta aún más con el proceso de decadencia y descomposición. Y yo no tendré más remedio que darle la razón y confesarle que el final de la civilización rural se ha acelerado desde que él no está. Y él me dirá entonces ladeándose la boina: “Se veía venir”.

Después repasaremos la reciente historia hasta satisfacer por completo su curiosidad. El primer dato comprobable es que ha aumentado el “cementerio de pueblos”, como él calificó a esta comarca. Sin ir más lejos, no hace mucho que abandonaron Valdenegrillos los últimos vecinos: el Zacarías y la Romana, su mujer. Castilla -reflexionaremos entonces- es el mayor desierto demográfico de Europa; Soria, el mayor desierto demográfico de Castilla, y las Tierras Altas, el mayor desierto demográfico de Soria. Así que figúrate. En los pueblos centrales que aún quedan vivos -Yanguas, San Pedro Manrique…- ha cerrado la escuela y llevan a los niños a la capital traspasando el puerto. Apenas te tropezarás, le diré, con un rebaño de ovejas desde Oncala a San Pedro, donde, como tú mismo has contado, llegaron a pastar un millón de cabezas de ganado. Es inútil que pretendas encontrarte con un arriero para prender la hebra, escuchar historias ignoradas y hablar de los oficios o de los viejos tiempos. Ya no quedan buhoneros por los caminos, ni cochineros, amolanchines, pareteros, capadores o tratantes con blusa negra. Casi no quedan caminos. En San Pedro Manrique cerró el secular mercado de los lunes. Pregúntale al Celorrio, el de la gasolinera. Hace tiempo que no se oye el sonido chirriante de la fragua ni los golpes secos del herrero. Las aceñas junto al rio dejaron de moler cosechas. Tampoco huele a pan en la calle; lo traen de fuera, descongelado, en furgonetas de reparto. Ya me dirás qué es un pueblo sin niños y sin olor a pan.

Nos quedaremos un instante pensativos. Ninguno de los dos fumamos. Contemplaremos en silencio las manchas de pinos jóvenes en las laderas y cabezos y, a lo lejos, el calvario de cruces blancas de los aerogeneradores que recorren la sierra de Oncala y las estribaciones de la Alcarama, y que se adivinan en las cumbres de los montes lejanos deformando, junto con los pinos, el pardo paisaje original y destruyendo el ecosistema.

-¡Lo que faltaba! -exclamará Avelino- ¡Se han cargado el paisaje, que es lo único que nos quedaba!

-Así es -asentiré-, los molinos metálicos están por todas partes, nos rodean como una pesadilla de fantasmas. Y ahora -le anunciaré bajando la voz- quieren fracturar las entrañas de la tierra en busca de gas. No se conforman con apropiarse de la superficie y de vaciar los pueblos. No sé qué pasará con los acuíferos.

Me preguntará entonces qué se puede hacer y yo me encogeré de hombros.

-¿Se te ocurre a tí algo? -me atreveré a devolverle la pregunta después de otro largo silencio.

-Y la Administración ¿qué? -volverá a preguntarme.

-¿El Gobierno? -le responderé ya sin ocultarle nada-. El Gobierno, para que lo sepas, prepara una reforma de la Administración Local, dice que para ahorrar gastos, que amenaza con acabar en poco tiempo con cientos de pueblos de Castilla a matarrasa.

Notaré entonces que el rostro de Avelino Hernández enrojecerá y luego empalidecerá hasta volverse mineral, del color de la tierra.

-¿Sabes lo que te digo? -me confiará antes de desaparecer misteriosamente- que prefiero estar muerto.

Y me quedaré solo.

(Mi colaboración a un libro-homenaje a Avelino Hernández, autor de “La Sierra del Alba”)

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LA BAJADA DE LA ALCARAMA

 

La mayoría, cuando caía la tarde, decidimos dejar de lado el carromato del Celorrio y emprender a pie el descenso de la Alcarama, unos por el bisel de la pista forestal y otros, los más lanzados, atrochando por la pendiente vertical del cortafuegos, hasta confluir los unos y los otros en el ramal principal, donde se ensancha y amansa algo el camino que a mano derecha se dirige a Sarnago y a la izquierda, a Navajún y a la famosa mina, o vaya usted a saber adónde. En el descenso, más de uno se llenó los bolsillo de pequeños cantalobos oxidados recogidos del suelo, lo que demuestra que la Alcarama tiene el corazón de hierro. Pero “La Mina” propiamente tal está en el término de Navajún, bajando por el pedregoso sendero que pasa por las viejas tainas de Casales y sigue por el barranco del Pedregal. El viajero penetra en un lugar tortuoso y desamparado caracterizado por las escombreras, que sobrevuelan los buitres y los alimoches. De niño la conocíamos por la mina de Valdenegrillos, que es el pueblo más próximo, que acaban de abandonar los últimos vecinos, el Zacarías y la Romana, y hasta allí, a legua y media de camino, nos llevó un día don Juan López, el maestro, para darnos una lección práctica de geología y ciencias naturales.

Lo cierto es que todos estos montes albergan, bajo la capa verde de las gayubas, los sabinos, las estrepas y la invasión reciente del pinar, veneros de agua subterránea y minas de hierro inexploradas . Aún recuerdo la emoción que me produjo un día la noticia de que reabrían “La Mina”, lo que se confirmó cuando una mañana fueron llegando a la plaza, junto a la escuela, reatas de caballerías cargadas de herramientas y unos hombres desconocidos, que todo el mundo dio por hecho que eran ingenieros que venían de la ciudad. Fué una esperanza efímera. La mina está en un lugar tan a trasmano e inhóspito que no era, por lo visto, rentable y pronto volvió a quedar abandonada, mucho antes de la despoblación general. Pero, por un tiempo, aquello alteró la vida del pueblo donde rara vez ocurría nada. Todos, desde el más pequeño al más viejo, supimos que era una mina de pirita de hierro, que procedía del tiempo de los romanos; y los que presumían de entendidos excitaban la fantasía del vecindario asegurando que los cantalobos, como siempre se han conocido allí los cubos en que cristaliza este mineral -lo mismo que se llaman pedolobos unos hongos como higos, cerrados y sin pié- contenían una aleación de plata. Rara era la familia que no disponía de alguno de estos cantalobos plateados como pisapapeles o como adorno en la salita de estar. Aún quedará alguno de estos humildes tesoros bajo los escombros de las casas abandonadas.

La tarde era nubosa y apacible. El cielo, al asomar al Prado de la Majada, encima de la dehesa, nos bendijo con un ligero asperges. El camino desde el collado del Robledo, donde arranca el ramal a Valdenegrillos, es mucho más transitable y ameno. Montones de troncos bien serrados se apilan a la orilla. ¿Adónde irá esta madera? El pinar desfigura aquí el paisaje pelado de mi infancia. Prolifera el sabinar y hay un jardín natural de bizcobos y calambrujos floridos. No tardarán en madurar las dulces magüetas, o fresas silvestres, entre la hierba, bajo los sabinos. Es ésta una de esas caminatas en las que lo que importa no es llegar sino el camino mismo. Y eso que el camino conduce a Sarnago, que aparece nada más coronar la loma, abajo, apretado en la ladera. Es imposible no sentir un pellizco dentro contemplando en primer término la iglesia derrumbada y las numerosas casas y corrales con los tejados hundidos. (Afortunadamente, no faltan casas rehechas con tejado nuevo, demostración gráfica de que el pueblo se resiste a morir). Entro en la casa donde nací. Han vuelto a entrar los ladrones. Han penetrado por la ventana del cuarto que da al corral, el cuarto del reloj en el que llegué al mundo, han revuelto las viejas arcas, buscando tesoros imaginarios, han sembrado el suelo de papeles y esta vez se han llevado la nasa, los candiles y las llares y hasta han intentado arramblar con la cantarera. ¡Lo poco que quedaba para animar la memoria y el sentimiento! ¿Puede haber mayor crueldad? En las calles no hemos tropezado con un alma. Hace tiempo que la fuente no da agua. Lo que más me ha chocado es que no hubiera un pájaro. Han huido los bulliciosos gorriones, que en estas fechas llenaban de nidos los tejados, los tordos y los alegres ocetes. Sólo queda el silencio de las piedras. A la salida, antes de subir al coche, me he asomado al camposanto y me ha alegrado ver que junto a la pared del fondo a la izquierda ha florecido un rosal, el saúco está esplendoroso y un alma caritativa ha limpiado la tumba de mis abuelos -oscura mina de mis sueños- y ha dejado sobre la tierra un ramo de rosas artificiales.

 

 

EL VIAJE A LA ALCARAMA

Subimos a paso de burro, saboreando el camino, acomodados desde Sarnago en el ruidoso carromato de Ángel Celorrio -un ángel dicharachero con bigote blanco-, capaz de vencer todas las resistencias del abrupto y empinado trecho final hasta la cumbre. El vehículo, acondicionado para catorce viajeros, pudo muy bien tomar parte en la segunda guerra mundial, trasladando combatientes y superando trincheras y casamatas. Ahora, dulcificado, ofrece un aspecto amable, de divertida feria de pueblo, como si fuera hermano de “La Exclusiva”, aquel legendario “Trece”, que hacía cuando yo era niño el servicio San Pedro Manrique-Huérteles. Ángel Celorrio posee otras “joyas prehistóricas” en una gran nave, rige la gasolinera del pueblo con su tienda correspondiente, posee la casa rural de Taniñe y, además de otras virtudes, oficios, juergas e ingenios, conoce la ruta como la palma de la mano.

Para mí este era un viaje muy especial, casi iniciático. Subía por fin al lugar de mis sueños, al acotado espacio de mi literatura, ascendía, transportado de golpe a mi infancia, acompañado de la familia, principal refugio cuando los años se acortan y queda más camino a la espalda que por delante. Hacía más de treinta años que no había vuelto a pisar -sólo en sueños- la cumbre de la Alcarama. Debía comprobar si en mis libros la imaginación, la loca de la casa que decía Santa Teresa, me había jugado una mala pasada o se había quedado corta. ¡Se ha quedado muy corta! Hasta llegar a Sarnago, los campos ofrecen una primaveral exhuberancia verde, que yo recordaba bien. Es el breve momento de esplendor en estas Tierras Altas. En los ribazos han florecido los calambrujos, rosales elementales de cuatro pétalos, los bizcobos y los espinos de flor blanca, y en los orillos de los sembrados el rojo de los ababoles combina con el amarillo brillante de las ulagas. Solo las manchas de pinos jóvenes, que descienden desde el Cubillo hasta las Piezas del Roble y por las Hoyuelas hasta la Lomba desfiguran y dulcifican el original paisaje pardo y mineral. En la espalda del pueblo, en la parte montuna que lo caracteriza, el pinar acompaña y rodea ya al viajero hasta lo alto de la sierra, impidiendo contemplar el telúrico espectáculo de simas y barranqueras, que se abre en el Collado del Robledo y baja hasta Castillejo. Hasta en la dehesa ha crecido un innecesario pinar. Tan innecesario como el parque eólico que profana el paisaje en las estribaciones de la Alcarama o en la sierra de Oncala. Menos mal que aún alfombra el camino el gayubar, se ensancha, libre de la cabrada, el sabinar y aroman el espacio las estrepas con los mocollos a punto de florecer. Solo por oler el monte vale la pena subir a la Alcarama.

Cuando el carromato del Celorrio renquea, se para y amenaza con recular peligrosamente a cien metros de la cumbre, el conductor lo frena como puede y nos tranquiliza mientras mueve nervioso la caja de cambios hasta que, tras cierta resistencia, el cacharro le obedece y arranca otra vez por la empinada cuesta: “¡Tranquilos, que este es capaz de subir por una pared!” Minutos después se exalta: “¡Mirad, un ciervo!”. En realidad son dos animales hermosos entre la maleza, que desaparecen pausadamente por la derecha hacia la espesura. Este monte de la Alcarama es buen escenario de cacerías. A lo largo de toda la subida pueden verse chozos con ramajes para palomeros o para los ojeos de caza mayor, ciervo y jabalí mayormente. Abajo suenan las sierras cortando madera. Por fin, alcanzamos la cumbre, un rústico helipuerto a 1.531 metros de altura. El espectáculo es grandioso a pesar de que el día está nublado e impide alcanzar a ver los Pirineos, que ,según dicen, se distinguen en los días diáfanos. Al pie contemplamos las tierras riojanas que riegan el Alhama y el Linares y adivinamos la Mejana de Navarra; de frente, hacia la salida del sol, la impresionante mole del Moncayo, frontera entre Castilla y Aragón. Al otro lado, emerge como un alfanje la Peña Isasa, sobre Arnedo, y más cerca, la Cabeza el Calvo, camino de Acrijos y Fuentebella, asomándose a Cornago. Abajo, mirando a poniente, se extienden las Tierras Altas, tan familiares para mí, donde Castilla pierde su nombre y donde pastaron un millón de merinas, con el Monte Real, la Sierra del Alba y la Sierra de Oncala de guardianes permanentes. Ahí, entre las cicatrices del torturado terreno, las laderas y costurones de estos montes fronterizos se cobijan hoy medio centenar de pueblos muertos.

Corre un vientecillo fresco que aconseja buscar un abrigo en el pinar para extender en un hueco el mantel del almuerzo, junto a las gayubas. Salen a relucir las fiambreras, bien abastecidas, y el pan del horno de Valdeavellano. Corre la bota de mano en mano. Abel, mi hijo mayor, ha querido celebrar aquí su cumpleaños, y Rodrigo, mi otro hijo, me sorprende con un regalo impagable: ha etiquetado unas botellas de buen vino del Duero con el nombre de la Alcarama. En la etiqueta ha estampado las fotos de César Sanz de las portadas de mis libros, y si aplicas el móvil al código QR dibujado en ellas aparece “El canto del cuco”. (Por cierto, al cruzar el ejido de Sarnago, aseguro que he oído cantar al cuco por Bajorente). A la fiesta familiar se ha unido, además de Ángel Celorrio, que ha llegado a emocionarse recordando a su amigo Alfonso Cura -¡cuánto habría disfrutado él aquí con nostros si viviera!-, Ana Carmen Domínguez, que ha llegado ex profeso con su marido, desde Durango, y que ha traído mis “Leyendas de la Alcarama” para que se las firmara. Así que en la cumbre de la Alcarama -algo completamente inédito- he firmado un libro y he bebido un vaso de buen vino, llamado “Alcarama”, que en árabe significa orgullo o dignidad. Cuando emprendemos andando la bajada, vuelan sobre nuestras cabezas un par de buitres leonados.

VIAJE EN EL TIEMPO Y EN EL ESPACIO

 

Me encuentro esta mañana con un estimulante mensaje de Abel Vitón y, al instante, con la noticia de la muerte de José Luis Gutiérrez, “El Guti”, periodista de raza, desgarrador y combativo leonés, de larga melena y barba hirsuta, buen manejador de la pluma, variable como el tiempo en el Calendario Zaragozano, un hombre tiernamente humano, a pesar de su aspecto hosco, con el que compartí muchas historias, algunas broncas -la última, no hace muchos días por teléfono- y no pocas comidas, a las que en tiempos de “Diario16” se unía también Paco Umbral. ¡Aquellas confidencias íntimas de la sobremesa, a veces brutales e impublicables, casi siempre divertidas, en las que las caretas caían y quedaban apartadas sobre el mantel! Eran esos momentos gloriosos, cargados de verdad, que hay en la vida de todo artista o escritor, en los que la realidad se impone a la apariencia. Hoy contemplo a los dos amigos como dos árboles derrumbados, que han caído a mi lado con estrépito en el bosque en el que estoy plantado todavía. En circunstancias como esta, es imposible no oir con inquietud el sonido de las hachas sobre los troncos -tac, tac, tac-, implacablemente, cada vez más cerca, como en la corta de la leña de la dehesa en Sarnago, cuando acudíamos de niños por el camino de la solana.

El mensaje de Abel Vitón, actor y artista de gran sensibilidad, que ama las tierras de Alvargozález y, según me ha confesado, también las Tierras Altas, aunque aún no las haya pisado, es un comentario generoso a mi anterior entrada: “Amigo, hermoso relato, hermosos recuerdos, seguimos viajando contigo en el tiempo”. No se puede decir más en menos palabras. Me quedo con la declaración de amistad y con el final de la frase. Saber que hay gente como él que te acompaña en este viaje en el tiempo hace que el camino, a pesar de su dureza, acabe siendo placentero. Estamos solos, en radical soledad, cuando nacemos y en el momento de morir. Durante el camino se agradece la compañía. Ser en el bosque un árbol solitario es el símbolo del absoluto desamparo y señal de que el bosque ha muerto y de que nuestro final es inminente. Un solo arbol no hace el bosque como tampoco hace verano una golondrina.

Una observación cautelosa a propósito del viaje en el tiempo o regreso al pasado. Pretendo que estas memorias de la infancia sean tanto un viaje en el tiempo como un viaje en el espacio. Eso explica que el relato, cargado de compasión hacia una tierra y unas gentes determinadas, se desarrolle siempre en mi espacio natural de las Tierras Altas de Soria, con la Alcarama y Sarnago como referencia. Por eso subiremos el sábado, día 9 de junio, víspera del Corpus Christi, a la cumbre de la Alcarama. Es uno de los viajes que más ilusión me ha hecho en mi vida, aunque exagere el excelente escritor Manuel Rico titulando su último y reciente trabajo en Letras Viajeras “Sarnago y la Alcarama de Abel Hernández”. Esto sería por mi parte una flagrante apropiación indebida. Quiero decir también que si fuera una simple crónica localista y costumbrista, el relato no estaría tan cargado de compasión hacia una tierra y unas gentes determinadas que forman parte de mi vida, pero que representan el universo entero. Ni tendría mucho valor. Lo que pretendo, iluso de mí, es que, partiendo de lo local, lo que escribo tenga aplicación o proyección universal. Y encontrar, claro, algún amable compañero de viaje. Trato de aplicar la lección que aprendí del escritor portugués Miguel Torga: “Universal es lo local sin paredes”. Así que estas dos coordenadas de espacio y tiempo, como para cualquier ser humano, son los dos ejes de mi vida, de mi memoria y, por tanto, de mi relato.

Y aquí vuelve a surgirme por dentro, lo siento, cortándome el hilo y el aliento, la inesperada desaparición de José Luis Gutiérrez, que tanto entusiasmo demostró cuando salieron mis “Historias de la Alcarama”, en las que vio la huella de Pedro Páramo. Él ha pasado ya, según creo, a otra dimensión espacio-temporal, una nebulosa misteriosa y azul, oculta en lo más profundo del bosque o más allá de las estrellas, donde a estas horas se habrá encontrado seguramente con Umbral.

EL GORRIÓN DEL CAFÉ DE ORIENTE

Me dicen que en Sarnago ya han oido cantar al cuco por los prados. O sea que a las Tierras Altas de la Alcarama ha llegado, por fin, la primavera, aunque sea con retraso. Pronto verdearán los robles de la Mata y la Dehesa y, en el raso, subirán los sembrados con las últimas lluvias. Sobre ellos harán las calandrias enamoradas torres de música. Por la Cruz de Mayo el campo acostumbra a estrenar su capa de esplendor. Era este el tiempo en que los niños de la escuela nos disponíamos a ir de nidos. Constituía todo un campeonato y una aventura. ¿Cuántos nidos te sabes? ¡Yo tres más! ¿Cuántos huevos tiene el tuyo? Etcétera. Cada cual guardaba la lista con sus descubrimientos en riguroso secreto. Repasábamos minuciosamente los sabinos de la umbría y las mimbreras de Horcajo, junto al rio, donde anidaban las tordas. Recorríamos la dehesa en busca de los nidos de urraca, fabricados con barro y techado y fácilmente visibles en la espesura de los espinos o en las ramas altas de los robles; o, mucho más cotizados, descubríamos los nidos de pitobarreno en los agujeros realizados por ellos con su pico -tac, tac, tac- en los troncos de los chopos y de las mimbreras. Saberse un nido de perdiz, situado siempre en el suelo, bajo una mata o al abrigo de una tomaza en el ribazo, era el colmo de la felicidad. El cazador furtivo, que todos llevábamos dentro, fabricaba lazos con crines de caballo para cazar a la pobre perdiz madre cuando acudía a engüerar su nidada. ¡Hasta ahí llegaba nuestra barbarie, que considerábamos entonces un juego inocente y natural! Y no les iba mejor a las cardelinas, pardillos y perdiguines, que atrapábamos sin piedad en primavera, en plena procreación, aplastados bajo las paraderas en el salegar. (Me cuenta mi hermano que el nido de mirlo que descubrimos en Semana Santa con dos huevos bajo el ciruelo del huerto, mientras nevaba, tiene ya cuatro o cinco pájaros en pelo malo y me asegura, con entusiasmo, que un carbonero se le ha acercado mientras paseaba por la Dehesa de Soria y le ha llegado a picotear en la mano).

Cuando el pueblo estaba habitado y los animales convivían con los humanos, los tejados eran un hervidero de gorriones, construyendo sus nidos bajo las tejas, y el aire se poblaba del griterío de los ocetes. Ahora impresiona el silencio de las calles. Hasta los pájaros han huido. Apenas quedan urracas siquiera. Después de siglos conviviendo con los humanos y abasteciéndose de los desechos de hombres y animales, han tenido que dejar su hábitat natural para poder sobrevivir. He visto varias veces un precioso vídeo que me ha enviado Chiqui. Pertenece al programa “La fauna callejera”. El protagonista es un gorrión, un atrevido, independiente y solitario gorrión macho, que todas las mañanas, desde hace años, atraviesa la doble puerta acristalada del elegante Café de Oriente, de Madrid, y allí se pasa el día, a buen cobijo, sin molestar, discretamente, reposando en los bordes de los cuadros, en los salientes de las paredes o en los dorados apliques de las lámparas de la pared. No pierde detalle de lo que pasa debajo. Cuando ve que unos clientes -él es el primer cliente- se levantan de la mesa, baja silenciosamente en vuelo discreto, casi sin ser notado, y aplica las migajas del suelo. Después vuelve a su privilegiado observatorio. Cuando tiene sed, aprovecha un hueco y bebe agua en la limpia pila de latón del mostrador. Al atardecer sale del café y se va a dormir con los suyos, seguramente en la copa de una acacia cercana. El gorrión del Café de Oriente ha roto, para sobrevivir, todos los estereotipos, entre ellos el de hacer su vida, dejar el bando y actuar en solitario. Una buena lección de adaptación ¿no creen? Pero no sólo el gorrión, también el ser humano es, sobre todo, un animal que se adapta. Por eso, procreamos y sobrevivimos. Por eso dejamos el nido. Por eso abandonamos el pueblo y por eso mismo un día volveremos, y volverán con nosotros los gorriones a los tejados. (De niño oí hablar mucho del Tio Gorrión. Le llamaban así con cierta admiración porque tenía fama bien ganada de pícaro y astuto trotamundos. En estos tiempos sería seguramente camarero del madrileño Café de Oriente).

LOS ÚLTIMOS VECINOS

El Zacarías y la Romana resistieron lo que pudieron, hasta que no pudieron más. Los años y los achaques tuvieron la culpa. Llevaban muchos años completamente solos en su humilde casa del pueblo, con su burro, su huerto y sus gallinas. Eran como robinsones perdidos en el monte, sin un alma a varias leguas a la redonda. Por el camino pedregoso y estrecho, cada vez más cerrado por la maleza, bordeando la Alcarama, acostumbraba la Romana a recorrer con su borrico cada dos semanas, hiciera frio o calor, las dos leguas largas que van de Valdenegrillos a San Pedro Manrique, cruzando Sarnago, en busca de suministros. El viajero que se aventuraba por estos páramos de soledad podía verse sorprendido con la imagen extraña y antigua de esta mujer diminuta sobre el burro, envuelta en un mantón oscuro. Era una estampa de otro tiempo y, al fin y al cabo, un signo de vida.

Ahora este último resquicio de vida humana se ha cerrado, lo mismo que se apaga la torcida del candil cuando se agota el aceite. Hacía tiempo que la salud del Zacarías, un hombre duro, como la raíz de las estepas, y terco como una mula, de más de ochenta años, se quebraba. Si no, no habría habido ser humano que lo hubiera arrancado de su rincón. Ni siquiera los hijos. Para él no había ningún sitio mejor para morir que su casa de siempre. La marcha paulatina del resto de los vecinos no le hizo cambiar de opinión. No importaba que las zarzas, los saúcos y la maleza se apoderaran de las callejas e invadieran las cocinas y los dormitorios de las casas derrumbadas, con los tejados hundidos. Así, durante años, este matrimonio se convirtió en un caso único, en un símbolo. Representaban los últimos resistentes de las Tierras Altas, pobladas de pueblos muertos. El fenómeno despertó curiosidad. Acudieron periodistas y televisiones a Valdenegrillos, una aldea en el monte, que perteneció al Ayuntamiento de Sarnago, en la que vivían, cuando yo era niño, más de cuarenta familias, gentes humildes y de carácter, labradores pobres, cabreros, pastores, leñadores y cazadores furtivos. Pero el Zacarías despedía a todos airadamente. No quería propaganda ni que alteraran su vida. Llegó a enfadarse un tiempo hasta con los curas de San Pedro, que de vez en cuando acudían a visitarlos por si necesitaban algo. Les acusaba de haberle robado el reloj, su único tesoro, que desapareció misteriosamente. “¡No me hablen, que me ofenden!”, llegó a soltarles un día, antes de que se aclarara lo del reloj. Seguramente el reloj ni siquiera andaba. ¡Para qué demonios necesitaban un reloj el Zacarías y la Romana, si allí el tiempo estapa parado, lo que con propiedad se llama tiempo muerto!

En el otoño, con la caída de la hoja, la salud del Zacarías se resintió seriamente. Hubo que llevarle al hospital de Soria, donde se repuso algo; pero no estaba ya para muchos trotes y menos para volver a la vieja casa del pueblo. Así que liquidaron las gallinas, vendieron el burro, cerraron la puerta, y un hijo, que vive en la capital, se los llevó a su piso antes de Navidad. Pero ¡qué pinta este hombre en la capital! Me cuenta Toño, el cura de San Pedro, que el hijo tiene un huerto en Los Rábanos, cerca de la ciudad y que allí pasa las horas muertas el bueno de Zacarías, con su azada al hombro, cultivándolo . Recordará seguramente su propio huerto allí lejos, al pie de la Alcarama, que nadie cultivará ya nunca, y al caer la noche, cuando regrese al piso, se acordará de su cocina con el fuego apagado. Esta es la historia de la muerte de Valdenegrillos.

REGRESO A SORIA

El Viernes Santo nevaba en El Valle. La hermosa comarca verde de Soria, hasta no hace mucho poblada de vacas royas, donde fabricaban a mano, si lo recuerdan, la famosa mantequilla, es, desde hace años, mi tierra adoptiva. El cielo, cuando llegué a Valdeavellano de Tera, se cerraba sobre los tejados. Un manto oscuro cubría la Cebollera y se extendía por las sierras de Piqueras y Oncala. Imposible vislumbrar siquiera, allá arriba, tras la barrera espesa, mis Tierras Altas, adonde se dirige siempre el corazón de este desterrado. Complicado atreverse a traspasar el puerto con este tiempo de perros. Un día así, si viviera el Inés, el chófer de “La Exclusiva” Soria-Calahorra, iría echando juramentos por las revueltas del puerto. ¡Cualquiera se atreve a subir hoy a la Alcarama por la Cruz de Cantos, tomando en el collado del Robledo el cortafuegos de la izquierda, cara al cierzo, entre las estepas y los sabinos! Habrá que dejarlo para más adelante cuando espigue la mies, canten las codornices en las esparcetas y el sol caliente un poco. Hace tiempo que sueño con esa cita en lo alto de la Alcarama, junto con los amigos y la familia, compartiendo una fiambrera, una hogaza de pan y una bota de vino y contemplando desde lo alto, en un día claro, el asombroso e interminable paisaje de la tierra torturada y luminosa. ¿Quién se apunta?

Digo que cuando llegué a El Valle la nieve se hermanaba ese día con las flores de los frutales del huerto de mi hermano, que empezaban a brotar tímidamente. En Sarnago, que es más tardío, pienso que verdearán si acaso los tempraneros zaragatos del rio y no tardará, si aclara el tiempo, en cantar el cuco por el prado de los Rebollos. Junto a la pared del huerto que da a la calleja de la iglesia, en una rama baja del ciruelo aún sin hojas, descubro un nido de mirlo casi a la intemperie. El pájaro huye ante mi presencia con un vuelo raso, breve y silencioso, evitando revelar su escondite. Me asomo con el mayor cuidado. Ha puesto dos huevos. Son de un precioso color azul cobalto. Aún deben de estar calientes. El cordonazo tardío del invierno le ha sorprendido casi tanto como a nosotros, los forasteros. El mirlo no tardará en volver antes de que la nieve cubra su tesoro escondido, que necesita urgentemente la amable protección de las hojas.

He pensado entonces que el invierno tardío tejía en este Viernes Santo una mortaja inmaculada para el Cristo muerto. Callan las campanas de la torre en señal de duelo. Reina el silencio, roto sólo por el tableteo de la cigüeña en la torre y por el paso de algún automóvil por la carretera; la ampliación de ésta arrasó hace unos años los castaños centenarios a la entrada del pueblo y desventró los caseríos y El Valle para siempre. Ahora hay más coches que vacas. Los robles del monte aún están desnudos. Todo es coherente, o incoherente según se mire. En Soria acostumbran a convivir naturalmente la primavera y el invierno, en una relación inextricable, lo mismo que la cruz y la pascua, o el nido del mirlo y los algarazos de nieve. Más difícil resulta la convivencia entre el progreso y la cultura rural. El “tsunami” del llamado progreso amenaza la existencia misma de estos pueblos. Poco a poco se van quedando como un precioso cascarón vacío para disfrute, en el buen tiempo, de los viajeros de la capital, como yo mismo. Hace tiempo que la gente se fue yendo. Cerraron las casas, cerró la escuela y sólo aumentan los vecinos del cementerio. Como grata sorpresa, se mantiene la panadería del Pablo, a la que acuden en tropel por la mañana de todos los pueblos de El Valle, al olor del pan, en sus flamantes automóviles los forasteros venidos de la ciudad. Gente de paso. No deja de intrigarme, cada vez más, esta huida del paraiso. Este año ni siquiera había mozos para colgar el Judas en la entrada del pueblo la mañana de la Pascua, como se ha hecho siempre.

EL PAN NUESTRO

 

Vengo de “La Tortuga” como todas las mañanas. En “La boutique del pan” he comprado, después de hacer cola, mi barra de cada día, que llaman, no sé por qué, “artesana”. La envuelvo en el periódico y camino hacia casa. Es un paseo grato entre álamos blancos aún desnudos, cuando apunta ya la primavera adelantada en los prunos y se ha vestido tímidamente de oro la mimosa. El constante trasiego de los coches por la Avenida de Atenas deshace la calma y el embrujo del momento. La barra, aún caliente, no huele a pan ni a nada. Tampoco huele la panadería donde la he comprado. Es masa que traen de fuera en cajas de cartón, transportadas en una furgoneta, y que descongelan en un horno eléctrico que resulta invisible para el comprador. Después de probar las distintas especialidades (”baguette”, “gallego”, “candeal de picos”, “campesino” -¡Dios mio, a cualquier cosa llaman campesino!-, integral, etcétera) he llegado a la conclusión de que este que llevo debajo del brazo es el más aceptable dentro de lo que cabe, aunque no huela a pan.

Por el camino me he trasladado, como de costumbre, a mi infancia en Sarnago. El pan es el mejor reclamo de la memoria . Era el artículo de primera necesidad, la medida de todas las demás cosas. Lo peor que podía pasar en una casa de las Tierras Altas de la Alcarama es que faltara el pan. Allí el pan sólo se concebía redondo: una hogaza grande, olorosa y crujiente. El padre la apoyaba en el pecho a la hora de comer y partía con el cuchillo grandes rebanadas. Y si el padre había muerto, como en mi caso, se encargaba de partir el pan la madre o el abuelo. Era todo un rito. La abuela, que era muy escrupulosa, si caía al suelo un trozo de pan, lo recogía y lo besaba como si fuera pan bendito y no permitía que la hogaza se pusiera boca abajo. La hogaza era el fruto de los sudores y trabajos de todo el año. Romper la tierra, binar, abonar, rastrillar, sembrar, escardar, cosechar -siempre mirando al cielo por ver si venía la lluvia o asomaba una mala nube-, trillar, aventar, cerner, meter en el granero, llevar al molino, acarrear la támbara, amasar y cocer en el horno. La hornada debía servir para toda la semana.

Más de una vez bajé de niño tirando del ramal del caballo “Tordillo” cargado con dos talegas de fanega y media de trigo, llamado “de común”, o sea, trigo puro y dorado con una pequeña proporción de centeno, al molino de El Rebote, junto al rio, que tenía una gran morera a la entrada. Aún escucho el ruido sordo de la aceña, observo la tolva y no me olvido de la figura del molinero, un hombrachón metido en un mono azul, enharinado de los pies a la cabeza, ni del miedo a los delegados, que podían aparecer en cualquier momento, requisar la harina y levantar un atestado, lo que acarrearía la ruina al molinero y a las familias. Y muchas veces, cuando aún quedaban manchas de nieve en los costeros y la leña del monte estaba mojada por la escarcha y el calamoco, cargué sobre mis frágiles hombros fajos de ulagas del carasol, que eran excelente combustible para prender la hornija.

La levadura natural iba de casa en casa por la noche. Y todo estaba ya dispuesto. Vuelvo a ver a mi madre, con un pañuelo blanco en la cabeza -ella que siempre estaba de luto- en la despensa, de pie, sudorosa y alegre, amasando en la artesa; la contemplo más tarde, con la cara arrebolada, sacando con la larga pala de madera las tortas y las hogazas de la hornada; y vuelvo a oler, en la entrada de la casa, a leña y a pan recién cocido, a tortas de chichorras y a magdalenas. El olor a támbara y a pan son los olores de mi infancia, junto con el espeso y dulce vaho de la majada.

Creo que por un instante he caído en la tentación de la nostalgia. Regreso a este mundo, azotado por el paro y la crisis. Saludo a un vecino que sale a pasear a su perro atado con una trabilla y aprieto la barra de pan amorosamente en mi mano cuando llego a la puerta de mi casa. Aún está caliente, pero nada es ya lo mismo.

EL AFILADOR

 

Ha sonado en la calle el chiflo del afilador. El inconfundible silbido agudo ha roto la modorra silenciosa de la mañana del domingo en la urbanización de las afueras de Madrid. He dejado el periódico sobre la mesa con el viacrucis de Iñaki Urdangarin en la portada y la pertinaz sequía -según el Servicio Meteorológico es el invierno más seco que se recuerda-, he abierto la puerta como un autómata y he saltado a la calle para salir a su encuentro, verle la cara y conversar con este trotamundos de otros tiempos, como hacía de niño cuando el afilador llegaba al pueblo. Ya me entienden. Es una forma como otra cualquiera de revivir aquellas viejas experiencias, que es tanto como volver a vivir. Pero enseguida he comprobado que ya no es lo mismo que entonces.

Por lo pronto, después del característico silbido, pregona por altavoz con voz grave: “El afilador en su propio domicilio. Se afilan cuchillos, tijeras, navajas, tijeras de podar y toda suerte de objetos”. Es un mozo moreno con el pelo ensortijado y ojos brillantes, metido en un coche de segunda mano, que recorre lentamente las calles solitarias y silenciosas sin que nadie acuda a solicitarle sus servicios. Yo pensaba que vendría en la vieja bicicleta y que sería de Orense como todos los afiladores que se precien. “No, yo no -me ha dicho-, mi padre era de Orense”. ¡Menos mal! No todo se ha perdido. Por lo menos, los hijos siguen la tradición de los padres, algo más modernizados, como es natural. A la fuerza ahorcan y la crisis aprieta. Por eso raro es el fin de semana que no resuena en las calles de la urbanización la voz de ultratumba de “El chatarrerooo” o la más cantarina de “El tapicerooo”, etcétera. Al afilador hacía tiempo que no lo oía. Son los últimos residuos de una civilización rural que se acaba.

El silbido del afilador sigue siendo parecido al del capador, que yo recuerdo de niño en el pueblo. Capaba, sobre todo, cerdos tetones de siete semanas, marciles y cochinas viejas cansadas de parir que se cebaban después para la matanza. Nunca olvidaré al “capador francés”, así le conocía todo el mundo, un misterioso personaje con fama de sabio, huido, al parecer, de Francia cuando la guerra -no se sabe si huyendo de los alemanes o de los aliados-, que se refugió en las escabrosas Tierras Altas de la Alcarama ganándose la vida con el chiflo y la cuchilla, y que a mí me curó por arte de birlibirloque mi tobillo destrozado al despeñarme por la pared de la era. Después de caer en la tentación con una moza de la sierra y de tontear con ella, el hombre de la chaqueta de rayas desapareció un día como por ensalmo sin dejar rastro. Era un buen capador, según la opinión general.

Con la crisis aumentan, a lo que se ve, los oficios andariegos, lo mismo que la vuelta romántica al pueblo. Los buhoneros -aquellos que recorrían los caminos con sus caballerías cargadas con la mercancía en los serones o en las alforjas- son hoy los transportistas, pero al “Transporte” de toda la vida, o “Portes”, como se decía entonces simplificando, se le llama ahora pomposamente “Logística”. Cosa de los tiempos. Yo me quedo con el Tuto el cacharrero de San Pedro, un hombre simple y bonachón, que pregonaba por las esquinas con voz suave “¡El cacharrerooo!” y que solía aclarar a todo el que quisiera oirle: “Lo mismo me da que me digan Tuto que Restituto”. Y me quedo con el tío Luis, el aceitero, de Fuentes, que recorría con sus machos todo el norte de España comprando huevos y vendiendo aceite, y que lo último que dijo antes de morirse con más de noventa años, como ya he contado en algún libro, fue: “Me cagüen mi vida, me cagüen el mundo, tener que morirme ahora cuando hay tantos adelantos”. Y retomo el periódico en casa mientras vuelvo a oir fuera, alejándose, el chiflo del afilador.

PAISAJE DE INVIERNO

 

Les invito a continuar conmigo el prometido viaje al pasado, al paisaje de mi infancia en las Tierras Altas de la Alcarama. El paisaje es lo que permanece inalterable a través de los siglos, lo único reconocible. Aunque ya saben que cualquier paisaje es un estado del espíritu. Esta es una tierra desolada y pobre, que tiene poco que ver con las anchas llanuras castellanas. La componen lomas y cerros, barrancos y bancales con anchos ribazos, cabezos y laderas. Tierra pelada, sin un solo árbol en toda la extensión de la mirada. Tierra caliza surcada por veredas estrechas y caminos pedregosos. Su grandeza está en la elemental simplicidad, sin un adorno inútil, y en la luz, una luz asombrosa que le da un baño de misterio y de belleza.

Para orientarme en estos campos de soledad, ahora que el invierno aprieta, despliego antes sobre la mesa la Planimetría de Sarnago de 1916. No puede haber mejor guía. De pronto el pasado y el presente se juntan y se confunden. Brotan los nombres familiares de los parajes. Todo revive. El pueblo deja de estar deshabitado y vuelvo a oir los gritos de mis compañeros en la plaza a la hora del recreo, sube de nuevo el olor a leña y a pan del horno de la tía Milagros junto a la plaza, suena un toque de campanas -”es la hora del Ángelus”, recuerda la abuela-, el tío Marcos, que acostumbra a poner a mal tiempo buena cara, cruza renqueante, apoyado en su cachava, de su casa a la majada, el alguacil toca la corneta anunciando la llegada del Mario de San Pedro con pescado fresco -sardinas y chicharro mayormente- que trae envuelto en hielo en dos cajas de madera, suena por el barrio de arriba el grito desesperado de un cerdo en el banco de la matanza, ladran los perros y una yunta de machos arrastra el timón del arado de madera calle abajo lenta y ruidosamente.

El tiempo es hoy desapacible. Una oscura barrera de nubes se agarra a la cresta de la Serrezuela. De rato en rato viene un algarazo. Después vuelve a brillar el sol, un sol débil, desfalleciente, que ilumina tenuemente la mampostería de las casas y hace brillar las piedras sueltas de la calle. La sierra de Oncala y el monte Cayo sobre Navabellida ofrecen en la lejanía un brillante azul cárdeno. Hay que abrigarse bien. La boina y el tapabocas no estorban. Emprendo el camino del raso. Dejo el pueblo a mi espalda extendido sobre el bisel del costero, rodeado de herrañes y de una cenefa de vegetación -olmos, chopos, arces y ciruelos silvestres-, un breve oasis propiciado por un vena de agua que viene del Cubillo y que tiene su manantial más preciado en la Fuente Vieja. Después continúa por el barranco del Villar y aflora más abajo en la fuente de Las Hoces, cerca del derruido monasterio templario de San Pedro el Viejo.

 

El campo está yerto y silencioso. El verde pálido de los sembrados y de las esparcetas aparece aplastado sobre la tierra por culpa de la helada. En la loma de la Cereda persiste el amarillo pálido del rastrojo de centeno, y en Valdezaguera, donde tienen los zorros sus madrigueras, los ulagares cubren de negro la ladera y se apoderan de los estrechos pegujales. En los huecos de la umbría se distinguen manchas blancas de la última nevada. Un cazador recorre minuciosamente con su perro las llecas de las Cuerdas del Castillo en busca de la liebre encamada que levantaron ayer las ovejas. Por el camino de Castillejo se dirige a San Pedro Manrique un hombre montado sobre la enjalma de su burro y envuelto en un capote descolorido. Irá seguramente a la botica o en busca del médico. Un rebaño de unas doscientas ovejas se cobija en los cortinales del Horcajuelo, cerca de los corrales. Por la parda barbechera -sólo algún valiente se ha atrevido a romper la tierra para la siembra de los tardíos- el viento sopla cada vez con más fuerza de la parte de la Cruz del Cerro y arrastra cardos y matojos. Unas urracas buscan cobijo en las tainas y se posan en el tejado. El pastor, envuelto en su manta de cuadros, ha prendido fuego a unas ulagas entre las lastras, y la columna de humo gris que sale de la fogata es el único adorno de la tierra desolada. El cielo se oscurece y llega un nuevo algarazo de nieve. Lo mejor es volver a casa y refugiarse en la cocina, bajo la chimenea, al amor de la lumbre.