El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

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HACENDERA EN SARNAGO

A la vuelta de Soria, un viaje breve y ritual con el cielo llorando a lágrima viva, los prados verdes y los robles del monte aún desnudos, me encuentro con carta de Sarnago. José Mari Carrascosa, el activo presidente de la Asociación de Amigos del pueblo, me invita a participar en una “hacendera”. Se trata de juntarse todos para continuar con los arreglos del edificio de la escuela, en la plaza, justo enfrente de la casa donde nací. Encima de la antigua escuela está la casa del maestro, convertida en Museo Etnográfico y, pared con pared, la vieja Sala de Concejo. En el portal, donde en los días lluviosos o del crudo invierno jugábamos en el recreo a las pitas -”¡amo ruche!”- o a las cuatro esquinas, descansan las dos campanas de la torre derruida. La “hacendera” o trabajo comunitario se llevará a cabo los días 14 y 28 de este mes, y todos los que se acerquen compartirán después una paella, un jarro de vino y acaso unas migas del pastor. A la primera “hacendera” en octubre acudieron unas cincuenta personas. “Cada uno -me dice José Mari- hace lo que está en su mano para que este pueblo no muera”. ¿Alguien ofrece una receta mejor en estos tiempos insolidarios, de crisis y de bestial individualismo?

Cansados de esperar, como quien oye llover, a que fueran las Administraciones Públicas las que ayudaran en este meritorio impulso regenerador de un pueblo deshabitado, que no se resigna a morir, las gentes del pueblo -viejos y jóvenes- se ponen a la tarea. Recogen así además una antigua tradición muy arraigada en los pueblos de las Tierras Altas y supongo que en otras regiones de Castilla, en las que convivían armoniosamente la economía familiar y la colectiva. Uno de los recuerdos más vivos de mi infancia es precisamente la estampa alegre de los trabajos en común. Estoy viéndolos. El alguacil echaba un bando y se iba de caminos una mañana de domingo; los hombres partían -en el pueblo todas las calles dan al campo- con las azadas, palas y rastrillos al hombro. Un día de otoño salían las yuntas arrastrando ruidosamente los arados romanos a labrar las rozas y a sembrar el centeno comunitario. Los perros ladraban a su paso. Y era de ver el espectáculo de las mismas yuntas sobre el terreno entre el griterío y los juramentos de los labradores o, mucho más divertido, trillando después en el ejido la cosecha común al final de verano con todo el vecindario presente. Pero quizás el recuerdo más vivo y perdurable sea el sonido seco de las hachas el día de la corta de la leña en la dehesa.

Esta vez la “hacendera” tiene un alcance mayor, que me parece oportuno airear como se merece. Continúa la carta: “Una de las finalidades de adecentar todas las estancias es que la gente de Sarnago y otros pueblos (Acrijos, Fuentebella, Valdenegrillos, etc.), sean socios o no, tengan un lugar donde puedan juntarse, para hacer una comida, tomar un café, etc. Que bien podría ser un centro de acogida de los pueblos deshabitados y convertir a Sarnago en el pueblo de referencia de todos ellos”. Ahí queda la propuesta, que me parece que no hay que echar en saco roto. Es mucho más que un gesto de hospitalidad, tan propio de estas tierras. Y es que es admirable el movimiento de solidaridad que se observa entre los supervivientes de los pueblos muertos o agonizantes. Siempre los pobres han sido más solidarios y hospitalarios que los ricos. La carta de José Mari Carrascosa concluye: “Un pueblo no debe ser sólo sus edificios, sino también su historia, sus recuerdos, su literatura y, por supuesto, su gente”. No puedo estar más de acuerdo. ¡A remangarse tocan! Se empieza por la “hacendera”. ¡Ánimo!  Andando se hacen caminos entre todos en la tierra deshabitada.

A Sara, en su cumpleaños

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CARTA A LOS REYES MAGOS

Queridos Reyes Magos:

No sé si os extrañará que os escriba después de tantos años. En realidad, puede que sea esta la primera carta que os mando en mi vida. ¡Justo cuando acaba de nacer mi nieto! De niño en el pueblo no recuerdo haber entregado nunca al tío Tomás, el cartero, una carta para vosotros. Normalmente veníais con una gran nevada, y en Sarnago no había comercios ni habíamos oído hablar de tiendas de juguetes ni de grandes almacenes. Ni siquiera se había inventado el bolígrafo. Así que mal os íbamos a encargar nada. Además éramos pobres, como sabéis, y a los campesinos pobres les cuesta mucho pedir nada que no sea necesario. Y menos, humillarse pidiendo. Pero siempre he creído en vosotros. Estoy convencido de que, en vuestra noche mágica, acompañáis, invisibles, a todas las caravanas -incluso las horteramente comerciales- y ponéis ilusión en el corazón de cada niño. No sé si los Reyes son los padres, como dicen los aguafiestas, pero estoy seguro de que vosotros estáis detrás de todo este ajetreo de emociones, no me lo neguéis. Además, como hace mucho tiempo que me quedé sin padres, no tengo más remedio que dirigirme a vosotros sin intermediarios.

Nunca os había agradecido aquellos regalos de niño. Quiero hacerlo ahora, antes de que me muera. Aquella media manzana en la ventana cuando me desperté en el cuarto de afuera, aquellas botitas otro año, que a mi madre le parecieron un despilfarro, y, sobre todo, el caballo de cartón con el aparejo de carne de membrillo que, como sabéis, ha sido el mejor regalo de mi vida. Pero lo importante era que habíais venido, que no habíais pasado de largo, como hacen ahora los políticos con los pueblos deshabitados. Ahora os confieso que incluso yo oí un año desde la cama de madrugada -en Sarnago no había, como recordaréis, luz eléctrica- los pasos de vuestras botas en la oscuridad, y me hice el dormido. Sé que veníais siempre por donde sale el sol, bordeando la Alcarama, por la Cruz de Valdenegrillos -por cierto, me ha alegrado mucho saber que los dos últimos vecinos, el Zacarías y la Romana, siguen vivos en contra de algunos rumores tristes-. Ya me diréis cómo se las arreglaban los camellos para superar el Collado del Robledo con nieve hasta el corvejón. Era lo que más me intrigaba. Pero el hecho es que se comían la esparceta y el cuartillo de cebada que les dejábamos fuera, junto al horno. Una curiosidad: ¿Seguís recorriendo los pueblos abandonados sin saliros del camino acostumbrado? ¿Qué os parece el cementerio de pueblos de las Tierras Altas?

En esta carta no quiero pediros nada para mí. Si acaso, que en las librerías cante el cuco esta primavera y aparezcan “Los secretos de la Transición”. Pero permitidme que os pida una serie de cosas que me parecen importantes. La primera, que echéis una mano a España, que anda desvencijándose. Que los que quieren romperla -vosotros no entendéis de naciones ni fronteras- se rompan ellos la crisma. Que reconciliéis a los políticos con el pueblo. Que se pongan de acuerdo para solucionar los problemas. Que salgamos de una vez de este maldito túnel de la crisis. Que haya trabajo y disminuya el paro. Que los ricos del mundo sean menos ricos y los pobres, menos pobres. Que no muera ni un niño de hambre. Que se muera la prima de riesgo. Que la poesía se imponga a la economía. Que los usureros, los especuladores y los tiranos se vayan al infierno. Que vuelvan las gentes de la ciudad al pueblo. Que se cure de una vez el cáncer. Que se acabe con el alzheimer. Que reviva el cristianismo original. En fin, que los telediarios y los periódicos nos den este año alguna buena noticia. No sé si os pido demasiado en esta mi primera carta. Pero más difícil parecía lo que pasó cuando emprendisteis el camino hace más de dos mil años siguiendo una estrella. Y ya veis.

EL CUMPLEAÑOS

“El canto del cuco” cumple un año. Esta es la entrada número 50, lo que da, de media, una entrada por semana. He superado en este tiempo momentos de desánimo y de pereza gracias a vuestra acogida. La emocionante fidelidad de muchos de vosotros me ha obligado a seguir. Me he sentido empujado en este tiempo sin posibilidad de escapatoria. Un fuerte viento me ha animado a tomar la horca de madera y aventar la parva separando el trigo de la paja. He ido recorriendo ordenadamente los meses y las estaciones fijándome en lo que va de ayer a hoy. He tratado de combinar, en un juego de prestidigitación, sucesos y experiencias de hoy mismo con mis recuerdos de la infancia. A poco que se observe, salta a la vista en todo esto la endemoniada dialéctica campo-ciudad. Yo, anticuado de mí, he tomado partido por el campo, por los pueblos agonizantes, por la belleza pintoresca de las ruinas, por el silencio, por la luz incontaminada, por la naturaleza perdida y buscada, por los campesinos que resisten y por los que tuvieron que cerrar su casa y huir a la ciudad. Mi memoria y mi corazón, desbocado como un potro en la dula, se han ido inconteniblemente a Sarnago, la patria de mi infancia, en las Tierras Altas de Soria. Alguien, he pensado, tenía que entonar el gori-gori por una cultura milenaria que muere entre la indiferencia general.

He tratado de rescatar el paisaje, que, como dice Amiel, es “un estado del espíritu”, y también las palabras, las hermosas palabras del pueblo. He vuelto a escuchar el lenguaje de los pájaros y de la tierra. Me he acercado a los tipos humanos de carne y hueso: al Zacarías y la Romana de Valdenegrillos, al Calonge de San Pedro, al Isidro y al Moisés de Valdegeña…He subido a la Alcarama. He vuelto a ver salir humo de las chimeneas. He contemplado la primera nevada. He asistido a la corta de la leña en la dehesa. He recordado el amor de los abuelos. He ayudado a don Matías a poner el belén, y la noche de San Silvestre he estado en la fuente o en el cuartecillo sorteando los novios. He pasado muchos ratos en la cocina encendida. He vuelto a ver la gran nevada cubriendo las ruinas del pueblo como un piadoso sudario. He seguido en el cielo el paso y la vuelta de las grullas. Me he encontrado en la puerta con el afilador. Como de niño, he vuelto a oler a támbara y a pan: el pan nuestro recién sacado del horno. He consultado el Calendario Zaragozano. He recogido en Semana Santa las cenizas del Cristo. He plantado un huerto con mi propia mano. He bailado en la fiesta de las móndidas. He defendido la escuela rural con todas sus consecuencias. He escrito una fábula tremenda. He recordado aquellas vacaciones. He recorrido la rastrojera calcinada de agosto y he acarreado y trillado la cosecha. He contado indiscretamente que mi abuelo Alejandro tenía un burro. He maldecido las máquinas que vaciaron los pueblos. He contemplado el otoño dorado de Sara. He subido al pinar, junto al rio Razón, con una cesta a recoger níscalos. En resumidas cuentas, he viajado todo el año en el tiempo y en el espacio. Y lo he hecho en buena compañía.

Ahora, llegado a este punto, estoy perplejo y dubitativo. Aquí se cierra el círculo. ¿Qué hago ahora? Por lo pronto, he pensado que las cincuenta entradas del “Canto del cuco”, que recorren un año entero, como cincuenta hojas arrancadas al calendario, estaría bien agavillarlas en un libro con las correcciones, añadidos, supresiones y adaptaciones precisas. O sea, después de pasarles la garlopa y darles una ligera mano de pintura. Sería un libro con una cuidada edición. Hace tiempo que le doy vueltas a la cabeza. He pensado además en un curioso añadido de propina, que servirá de complemento y acaso de principal razón de ser de este cuaderno gris mio y cuyo secreto guardo pudorosamente por ahora. Lo que digo es que he recorrido el ciclo completo de las estaciones y que, por arte de birlibirloque, a mis tres libros de la Alcarama les ha salido un florido estrambote. Y en, esta encrucijada, no sé bien qué camino seguir. De un lado, me da miedo ser cargante dando vueltas al mondongo, y de otro, la actualidad está que arde, lo que supone una poderosa tentación para un viejo periodista como yo. Creo que, al final, haré como mi abuelo  Natalio, según tengo contado, que se apeó del caballo en un cruce de caminos, echó una moneda al aire, le salió cara y se volvió a Valdemoro a declararse a mi abuela.

HE VUELTO A SARNAGO

Nada más coronar el puerto de Oncala, he anunciado con emoción a mis hijas Mireya y Sara, que viajaban en la parte de atrás del automóvil: “¡Mirad, Sarnago!”. “¿Dónde?”, han preguntado. “Allá, enfrente, ¿lo veis? Allí, en la ladera, al pie de la Alcarama”. El sol de la tarde iluminaba el caserío, escoltado de cerca por el cerro del Castillo y la Serrezuela. Se echaba en falta, arriba en el centro, la torre de la iglesia y el frontón, que, en la distancia, eran desde siempre la principal seña de identidad del pueblo, y que así, desde el derrumbamiento, aparece diluido en el paisaje, más descoyuntado e indefinido. A esta desfiguración contribuye, a medida que nos acercamos, el hundimiento de tejados y la caida de muros. Son portillos abiertos a la tristeza.

La vuelta al pueblo es siempre un regreso a la infancia. Supone un choque interior por más que uno intente disimularlo y un sentimental reencuentro con uno mismo. Pesan las ausencias, pero todo es reconocible: el camino, con las piedras golpeando los bajos del coche, que avanza lentamente levantando una nube de polvo; los campos calcinados del final del verano; las ruinas de San Pedro el Viejo; las lomas sin ribazos, que se llevó por delante la concentración parcelaria; el pequeño bando de cardelinas en los cardos de Empudia, cerca de donde hubo una junquera y una fuente, que las máquinas arrasaron como arrasa el pedrisco la cosecha; las paretillas de losas desportilladas en los orillos de las piezas; las ribaceras de la Solana, escalonadas hasta el Castillo, con oscuras ulagas sin flor y tomazas con secos botones amarillos; esa codujada de vuelo corto que se posa en el rastrojo junto al majuelo; el aguilucho que aletea estático, amenazante, sobre ella; los barrancos que cruzan, los cabezos pelados, los corrales hundidos de la Cruz de la Villa y, bajo las casas, la franja de verdor, como un oasis, en torno al riachuelo que desciende del Cubillo entre herrañes y huertos: El Barranco, una veta de agua donde las mujeres bajaban a lavar la ropa en todo tiempo y el menudo del cerdo en invierno, entre ciruelos silvestres, chopos, arces, olmos, helechos, zarzamoras y zaragatos. Como novedades en el paisaje de la infancia, hay ahora manchas de pinos jóvenes en la tierra reseca y, cuando Sarnago quedó despoblado, máquinas de dueños extraños, sin encomendarse a Dios, pero sí al diablo, se cargaron los olmos de las herrañes, convertidas ahora como una maldición en rastrojeras amarillentas.

En la plaza me esperaban gentes del pueblo y forasteros, venidos de la comarca de las Tierras Altas, con una especial representación de Fuentes de Magaña, de Pobar, de Valtajeros  y de San Pedro Manrique. Había una nutrida concurrencia, en la que no faltaban niños, nietos de los que tuvieron que emigrar a otras tierras, y jóvenes. Un claro signo de esperanza. Yo tenía que hablar, en un acto promovido por la Asociación de Amigos de Sarnago, que preside José Mari Carrascosa, dentro de una Semana Cultural -¿no es maravilloso que todo esto ocurra en un pueblo deshabitado?- de mi último libro “Leyendas de la Alcarama”. Hablé de leyendas, de lugares mágicos… Las gentes, sentadas en sillas de madera o en los poyos de la plaza, seguían con gran atención mi relato, a ratos atropellado y emocionado y otras quizá premioso. Entre los rostros distinguí, cargados de años, a más de uno que había estado conmigo en la escuela, situada justo detrás de donde hablaba. Procuré hacer una defensa de la tradición oral. Uno del público tomó después la palabra y dijo algo que acabó por emocionarme. “Muchas personas mayores -aseguró-, que no habían leído un libro, lo han hecho ahora por primera vez leyendo uno de tus libros de la trilogía de la Alcarama; y lo han leído con emoción”. Es imposible una recompensa mayor para un escritor.

Cuando acabó la función, firmé dos docenas de libros, tomamos un zurracapote y salimos, anocheciendo, para Madrid. Ni siquiera tuve ánimo para entrar en mi casa, que estaba enfrente y cuya puerta de entrada figura en la portada del excelente libro de Iñaki Ustarroz “La sierra desolada”, que el autor me entregó allí mismo en mano. Antes de coronar el puerto de Oncala, sin decir palabra, volví la cabeza y miré por la ventanilla. Era ya de noche. Enfrente, entre las sombras, distinguí dos o tres luces. Allí quedaba Sarnago.

AGOSTO

Por la Virgen de agosto sólo queda en la era la última parva de avena, las granzas y el montón de yeros recogidos en gabejones, a base de uñas, con el rocío de la mañana. El tamo cubre las callejas cercanas, los corrales, los tejados de las casas, los bardales y las matas de ortigas y de malvas, donde bordonean los abejorros, en los peñascales y en las entradas, envolviendo al pueblo en un manto pardo y pajoso, que desfigura el contorno natural de las cosas. Por San Bartolomé las eras quedarán barridas. Hoy las caballerías descansan por fin de la brega del verano. Andan sueltas en la dula y retozan alegres en la dehesa, gobernadas por el dulero. El aire de la calle es un zigzagueo ruidoso de ocetes y los tejados de las casas, un bullicio incansable procedente de los nidos de los gorriones. Llegan de paso las alegres letujas, que aletean en las ramas de los olmos de las herrañes y se recrean en los zarzales donde ya han madurado las primeras moras. Son estas avecillas el primer anuncio del otoño cercano en las Tierras Altas. Pronto brotarán los indicadores gallos morados en la hierba de las eras fatigadas por la trilla. Refresca por la noche. Alguien comentará contemplando los arreboles de la puesta del sol sobre la sierra de Oncala: “Ya revuelve el tiempo”. Y no falla: cualquier tarde de estas soplará el cierzo por la Alcarama.

Este de la Virgen de agosto es el día señalado en que se abre la media veda. Al punto de la mañana salen a los rastrojos los cazadores con sus escopetas al hombro y la cartuchera al cinto. Los perros brujulean nerviosos, siguiendo el rastro de las escurridizas codornices hasta que se quedan de muestra, estáticos, en la frescura del orillo o en el borde del marallo. Los disparos de los cazadores son en Castilla la traca de la fiesta. Voltean las campanas a mediodía. Los hombres han pasado por la barbería, se han puesto la boina nueva, y su camisa blanca resplandece y contrasta con sus atezados rostros, acuchillados por mil soles. En numerosos  pueblos la Asunción de la Virgen y San Roque constituyen, en una extraña y desequilibrada mezcolanza, impregnada de piedad y superstición, la fiesta mayor, con misa, sermón, procesión, partidos en el frontón, subasta de las andas, bandeo del pendón, buena comida, vino, música y baile en la plaza. En Valdeavellano de Tera, donde son famosas sus verbenas, cantan en misa el día de San Roque:

Líbranos de peste y males,

Roque santo, peregrino.

Y sobre los pueblos vecinos de Sarnago, tirando hacia el norte por el monte camino de la Rioja, se proclama con humor y con evidente mala uva:

En Acrijos y Fuentebella

comen en una gamella,

y el cura y el regidor

comen en un gamellón.

En los páramos sorianos la fiesta es una ruidosa exaltación de vida. Bastante apagada, mortecina y silenciosa ha discurrido la vida, o la muerte, durante el año. Hasta los pueblos clínicamente muertos resucitan momentáneamente en agosto, aunque no haya, desde hace muchos años, grano en los graneros ni pan en la artesa ni gorriones en los tejados ni cubra el tamo de las eras, como signo de fertilidad, las callejas y los corrales. Luego se irán todos, empezando por los forasteros llegados de la ciudad, y volverá el silencio hasta el próximo agosto.

(El lector avisado habrá observado que los recuerdos se mezclan aquí inexorablemente con la dura realidad presente. Queda el consuelo de que agosto vuelve siempre)

AQUELLA VACACIONES

 

Después de nueve meses lejos del pueblo, estudiando en el severo internado del seminario conciliar, la vuelta era una liberación y el colmo de la felicidad. De Logroño a Sarnago había que echar el día. La primera escala en autobús, con la maleta de madera a cuestas llena de libros y de ropa sucia, concluía en Arnedo, donde era obligado, si quedaban unas pesetas en el bolsillo, agenciarse un bocata y luego acudir a la pastelería de siempre a zamparse un fardalejo, pastel típico de la localidad, tanto como sus fábricas de calzado, que representaría ya para siempre el dulce sabor de las vacaciones. Después llegaba el Inés con la “Exclusiva” Calahorra-Soria, que serpenteaba a duras penas renqueando por la estrecha carretera de zahorra basta, que discurre pegada al Cidacos, con curvas infernales, atravesando Arnedillo, con sus baños, Enciso y Munilla, con sus fábricas de paños y de chocolate, hasta entrar en la provincia de Soria por la señorial Yanguas, donde el paisaje y el corazón se ensanchan. Todavía no se habían descubierto las huellas de los dinosaurios que poblaron estos parajes, pero muy bien podía haber aparecido entonces en algún serrijón de aquellos junto al rio -tan parado estaba el tiempo- un dinosaurio rezagado. En el chozo de Huérteles, en pleno campo, con la sierra de Oncala al fondo, había que hacer trasbordo y esperar pacientemente junto a los trigos al “Trece”, carromato conducido por Santiago, el de la fonda, hasta San Pedro Manrique, donde concluía el largo viaje sobre ruedas. Allí esperaba, ansiosa, mi madre con una caballería del ramal, para emprender andando, al caer la tarde, el pedregoso camino del pueblo.

El reencuentro con el paisaje conocido compensaba toda la murria de la larga ausencia. Cada loma, cada cabezo, cada valle, cada ladera, cada pago tenía un nombre. Todo estaba en su sitio: las ulagas y las tomazas en los ribazos, las desportilladas paredes de losas junto a las piezas, los espinos y bizcobos sobresaliendo aquí y allá en los bordes de los sembrados, la nube de mariposas y saltamontes, el monótono acompañamiento de las chicharras y los grillos, el tortoleo de las codornices en los trigales y en las esparcetas, el coreque lejano del perdigacho en celo o el aleteo estático del aguilucho acechando su presa. De vez en cuando tropezábamos con un vecino que paraba el burro o el macho para saludarte calurosamente como si fueras uno de la familia que volvía de la guerra o de América. ¡Cuánto se echa en falta en la ciudad aquella cercanía humana y aquella cordialidad! Por lo demás, nada cambiaba de un año para otro. Hace mil años cualquier viajero que subiera una tarde de comienzos de verano por este polvoriento camino de Sarnago se encontraría con el mismo paisaje y parecidas sensaciones que yo observaba volviendo de vacaciones, como si el reloj se hubiera detenido para siempre en estas Tierras Altas de la Alcarama. Sólo cambiaría la indumentaria: las abarcas, la faja y la boina del campesino, que era su uniforme en la posguerra.

La entrada en el pueblo por el barrio de abajo y la llegada a la casa significaba para mí la vuelta al paraíso. Me esperaban los abuelos y los tios, que olían a tabaco, a vino y a sudor. Era aquella una familia patriarcal, que es, como se sabe, una forma de vida perdida, ¡ay!, para siempre. Los perros me reconocían, después de la larga separación, y me recibían en la puerta saltando sobre mí. Todo estaba como lo había dejado: los caballos en la cuadra, las gallinas en el corral, los cochinos rezongando en las pocilgas y los innumerables gatos de la abuela, enseñoreados de la cocina, los pasillos y el somero. Esta comunidad de humanos y animales significaba, aunque no hubiera luz eléctrica ni agua corriente en la casa, todo lo que uno podía pedir entonces a la vida. Por supuesto, durante las vacaciones no podía dejar de echar una mano en las tareas del campo. La recogida de la cosecha exigía la colaboración de todos. Hasta la Iglesia dispensaba desde el 29 de junio, festividad de San Pedro, del descanso dominical, no fuera que viniera una mala nube. Los vecinos del pueblo nunca tuvieron vacaciones, que se sepa. Pasaron cien generaciones y muchos no salieron de aquellas cuatro montañas. Ni siquiera pisaron la capital. La mayoría se murió sin ver el mar. A mí me daba vergüenza que me confundieran con los escasos veraneantes que acudían de vez en cuando en verano; ellas bajaban en ayunas, con unas onzas de chocolote en el bolso, a la fuente de Empudia, junto al camino de San Pedro, a tomar el “agua podrida”, que, por lo visto, era buena para la piel. Las mujeres del pueblo llevaban la cara cubierta con un pañuelo para no tostarse la piel y yo recuerdo que iba a segar con un sombrero de paja. Así eran aquellas vacaciones.

 

LA BAJADA DE LA ALCARAMA

 

La mayoría, cuando caía la tarde, decidimos dejar de lado el carromato del Celorrio y emprender a pie el descenso de la Alcarama, unos por el bisel de la pista forestal y otros, los más lanzados, atrochando por la pendiente vertical del cortafuegos, hasta confluir los unos y los otros en el ramal principal, donde se ensancha y amansa algo el camino que a mano derecha se dirige a Sarnago y a la izquierda, a Navajún y a la famosa mina, o vaya usted a saber adónde. En el descenso, más de uno se llenó los bolsillo de pequeños cantalobos oxidados recogidos del suelo, lo que demuestra que la Alcarama tiene el corazón de hierro. Pero “La Mina” propiamente tal está en el término de Navajún, bajando por el pedregoso sendero que pasa por las viejas tainas de Casales y sigue por el barranco del Pedregal. El viajero penetra en un lugar tortuoso y desamparado caracterizado por las escombreras, que sobrevuelan los buitres y los alimoches. De niño la conocíamos por la mina de Valdenegrillos, que es el pueblo más próximo, que acaban de abandonar los últimos vecinos, el Zacarías y la Romana, y hasta allí, a legua y media de camino, nos llevó un día don Juan López, el maestro, para darnos una lección práctica de geología y ciencias naturales.

Lo cierto es que todos estos montes albergan, bajo la capa verde de las gayubas, los sabinos, las estrepas y la invasión reciente del pinar, veneros de agua subterránea y minas de hierro inexploradas . Aún recuerdo la emoción que me produjo un día la noticia de que reabrían “La Mina”, lo que se confirmó cuando una mañana fueron llegando a la plaza, junto a la escuela, reatas de caballerías cargadas de herramientas y unos hombres desconocidos, que todo el mundo dio por hecho que eran ingenieros que venían de la ciudad. Fué una esperanza efímera. La mina está en un lugar tan a trasmano e inhóspito que no era, por lo visto, rentable y pronto volvió a quedar abandonada, mucho antes de la despoblación general. Pero, por un tiempo, aquello alteró la vida del pueblo donde rara vez ocurría nada. Todos, desde el más pequeño al más viejo, supimos que era una mina de pirita de hierro, que procedía del tiempo de los romanos; y los que presumían de entendidos excitaban la fantasía del vecindario asegurando que los cantalobos, como siempre se han conocido allí los cubos en que cristaliza este mineral -lo mismo que se llaman pedolobos unos hongos como higos, cerrados y sin pié- contenían una aleación de plata. Rara era la familia que no disponía de alguno de estos cantalobos plateados como pisapapeles o como adorno en la salita de estar. Aún quedará alguno de estos humildes tesoros bajo los escombros de las casas abandonadas.

La tarde era nubosa y apacible. El cielo, al asomar al Prado de la Majada, encima de la dehesa, nos bendijo con un ligero asperges. El camino desde el collado del Robledo, donde arranca el ramal a Valdenegrillos, es mucho más transitable y ameno. Montones de troncos bien serrados se apilan a la orilla. ¿Adónde irá esta madera? El pinar desfigura aquí el paisaje pelado de mi infancia. Prolifera el sabinar y hay un jardín natural de bizcobos y calambrujos floridos. No tardarán en madurar las dulces magüetas, o fresas silvestres, entre la hierba, bajo los sabinos. Es ésta una de esas caminatas en las que lo que importa no es llegar sino el camino mismo. Y eso que el camino conduce a Sarnago, que aparece nada más coronar la loma, abajo, apretado en la ladera. Es imposible no sentir un pellizco dentro contemplando en primer término la iglesia derrumbada y las numerosas casas y corrales con los tejados hundidos. (Afortunadamente, no faltan casas rehechas con tejado nuevo, demostración gráfica de que el pueblo se resiste a morir). Entro en la casa donde nací. Han vuelto a entrar los ladrones. Han penetrado por la ventana del cuarto que da al corral, el cuarto del reloj en el que llegué al mundo, han revuelto las viejas arcas, buscando tesoros imaginarios, han sembrado el suelo de papeles y esta vez se han llevado la nasa, los candiles y las llares y hasta han intentado arramblar con la cantarera. ¡Lo poco que quedaba para animar la memoria y el sentimiento! ¿Puede haber mayor crueldad? En las calles no hemos tropezado con un alma. Hace tiempo que la fuente no da agua. Lo que más me ha chocado es que no hubiera un pájaro. Han huido los bulliciosos gorriones, que en estas fechas llenaban de nidos los tejados, los tordos y los alegres ocetes. Sólo queda el silencio de las piedras. A la salida, antes de subir al coche, me he asomado al camposanto y me ha alegrado ver que junto a la pared del fondo a la izquierda ha florecido un rosal, el saúco está esplendoroso y un alma caritativa ha limpiado la tumba de mis abuelos -oscura mina de mis sueños- y ha dejado sobre la tierra un ramo de rosas artificiales.

 

 

EL VIAJE A LA ALCARAMA

Subimos a paso de burro, saboreando el camino, acomodados desde Sarnago en el ruidoso carromato de Ángel Celorrio -un ángel dicharachero con bigote blanco-, capaz de vencer todas las resistencias del abrupto y empinado trecho final hasta la cumbre. El vehículo, acondicionado para catorce viajeros, pudo muy bien tomar parte en la segunda guerra mundial, trasladando combatientes y superando trincheras y casamatas. Ahora, dulcificado, ofrece un aspecto amable, de divertida feria de pueblo, como si fuera hermano de “La Exclusiva”, aquel legendario “Trece”, que hacía cuando yo era niño el servicio San Pedro Manrique-Huérteles. Ángel Celorrio posee otras “joyas prehistóricas” en una gran nave, rige la gasolinera del pueblo con su tienda correspondiente, posee la casa rural de Taniñe y, además de otras virtudes, oficios, juergas e ingenios, conoce la ruta como la palma de la mano.

Para mí este era un viaje muy especial, casi iniciático. Subía por fin al lugar de mis sueños, al acotado espacio de mi literatura, ascendía, transportado de golpe a mi infancia, acompañado de la familia, principal refugio cuando los años se acortan y queda más camino a la espalda que por delante. Hacía más de treinta años que no había vuelto a pisar -sólo en sueños- la cumbre de la Alcarama. Debía comprobar si en mis libros la imaginación, la loca de la casa que decía Santa Teresa, me había jugado una mala pasada o se había quedado corta. ¡Se ha quedado muy corta! Hasta llegar a Sarnago, los campos ofrecen una primaveral exhuberancia verde, que yo recordaba bien. Es el breve momento de esplendor en estas Tierras Altas. En los ribazos han florecido los calambrujos, rosales elementales de cuatro pétalos, los bizcobos y los espinos de flor blanca, y en los orillos de los sembrados el rojo de los ababoles combina con el amarillo brillante de las ulagas. Solo las manchas de pinos jóvenes, que descienden desde el Cubillo hasta las Piezas del Roble y por las Hoyuelas hasta la Lomba desfiguran y dulcifican el original paisaje pardo y mineral. En la espalda del pueblo, en la parte montuna que lo caracteriza, el pinar acompaña y rodea ya al viajero hasta lo alto de la sierra, impidiendo contemplar el telúrico espectáculo de simas y barranqueras, que se abre en el Collado del Robledo y baja hasta Castillejo. Hasta en la dehesa ha crecido un innecesario pinar. Tan innecesario como el parque eólico que profana el paisaje en las estribaciones de la Alcarama o en la sierra de Oncala. Menos mal que aún alfombra el camino el gayubar, se ensancha, libre de la cabrada, el sabinar y aroman el espacio las estrepas con los mocollos a punto de florecer. Solo por oler el monte vale la pena subir a la Alcarama.

Cuando el carromato del Celorrio renquea, se para y amenaza con recular peligrosamente a cien metros de la cumbre, el conductor lo frena como puede y nos tranquiliza mientras mueve nervioso la caja de cambios hasta que, tras cierta resistencia, el cacharro le obedece y arranca otra vez por la empinada cuesta: “¡Tranquilos, que este es capaz de subir por una pared!” Minutos después se exalta: “¡Mirad, un ciervo!”. En realidad son dos animales hermosos entre la maleza, que desaparecen pausadamente por la derecha hacia la espesura. Este monte de la Alcarama es buen escenario de cacerías. A lo largo de toda la subida pueden verse chozos con ramajes para palomeros o para los ojeos de caza mayor, ciervo y jabalí mayormente. Abajo suenan las sierras cortando madera. Por fin, alcanzamos la cumbre, un rústico helipuerto a 1.531 metros de altura. El espectáculo es grandioso a pesar de que el día está nublado e impide alcanzar a ver los Pirineos, que ,según dicen, se distinguen en los días diáfanos. Al pie contemplamos las tierras riojanas que riegan el Alhama y el Linares y adivinamos la Mejana de Navarra; de frente, hacia la salida del sol, la impresionante mole del Moncayo, frontera entre Castilla y Aragón. Al otro lado, emerge como un alfanje la Peña Isasa, sobre Arnedo, y más cerca, la Cabeza el Calvo, camino de Acrijos y Fuentebella, asomándose a Cornago. Abajo, mirando a poniente, se extienden las Tierras Altas, tan familiares para mí, donde Castilla pierde su nombre y donde pastaron un millón de merinas, con el Monte Real, la Sierra del Alba y la Sierra de Oncala de guardianes permanentes. Ahí, entre las cicatrices del torturado terreno, las laderas y costurones de estos montes fronterizos se cobijan hoy medio centenar de pueblos muertos.

Corre un vientecillo fresco que aconseja buscar un abrigo en el pinar para extender en un hueco el mantel del almuerzo, junto a las gayubas. Salen a relucir las fiambreras, bien abastecidas, y el pan del horno de Valdeavellano. Corre la bota de mano en mano. Abel, mi hijo mayor, ha querido celebrar aquí su cumpleaños, y Rodrigo, mi otro hijo, me sorprende con un regalo impagable: ha etiquetado unas botellas de buen vino del Duero con el nombre de la Alcarama. En la etiqueta ha estampado las fotos de César Sanz de las portadas de mis libros, y si aplicas el móvil al código QR dibujado en ellas aparece “El canto del cuco”. (Por cierto, al cruzar el ejido de Sarnago, aseguro que he oído cantar al cuco por Bajorente). A la fiesta familiar se ha unido, además de Ángel Celorrio, que ha llegado a emocionarse recordando a su amigo Alfonso Cura -¡cuánto habría disfrutado él aquí con nostros si viviera!-, Ana Carmen Domínguez, que ha llegado ex profeso con su marido, desde Durango, y que ha traído mis “Leyendas de la Alcarama” para que se las firmara. Así que en la cumbre de la Alcarama -algo completamente inédito- he firmado un libro y he bebido un vaso de buen vino, llamado “Alcarama”, que en árabe significa orgullo o dignidad. Cuando emprendemos andando la bajada, vuelan sobre nuestras cabezas un par de buitres leonados.

LA FIESTA

En Sarnago no hay crisis ni sube la prima de riesgo. Nadie escucha a los políticos ni a los tertulianos -los nuevos charlatanes- ni se preocupa del fondo de pensiones. Da lo mismo lo que diga Rajoy, Rubalcaba, Hollande, la señora Merkel o la madre que los parió. Reina el silencio. Sólo cantan las codornices en los sembrados, las cardelinas en los olmos y el cuco por Bajorente. Ni siquiera han oido hablar allí del Fondo Monetario Internacional y mucho menos del Banco Central Europeo, que manejan, por lo visto, los alemanes, ni saben, por tanto, que Europa vuelve a estar de rodillas ante Alemania como cuando entonces. Del único mercado que habían oído hablar era del mercado de los lunes en San Pedro, cuando los buhoneros poblaban los caminos, mercado que también ha desaparecido. Hace tiempo que no queda ningún pensionista y nunca nadie, que se recuerde, cobró en Sarnago el paro. Por no haber, en el pueblo no hay ni un alma desde la primavera de 1979.

Revolviendo en mis papeles me he encontrado con un escrito mio, con la tinta desvaída, casi ilegible, publicado en el “YA”, aquel gran periódico, el día 14 de marzo de ese año y que titulo dramáticamente “Salvar el pueblo”. Confieso en él que es la crónica más triste que he escrito en mi vida. Fue el acta de defunción o, estrictamente, el llanto sobre el difunto. Leo: “El Ayuntamiento está cerrado con llave para siempre. El último habitante, Aurelio, “el del tio Luis”, está en el hospital de Soria. Y no piensa volver a aquella dramática soledad. Pocos días antes habían salido los últimos “náufragos”: Tomás, el cartero, y el Lorenzo y la Clementa, los dos hermanos. Mi pueblo acaba de morir. Alguien, compasivamente, ha levantado el portillo de la pared del camposanto que da al ejido, antes de partir, para proteger un poco a los muertos. ¡Qué solos se han quedado los pobres bajo el viejo saúco a punto de florecer!”. El pronóstico se cumplió a rajatabla. El Aurelio, el último vecino, nunca más volvió. Murió un mes y una semana después en el hospital y nadie acudió a recoger su cadáver, que acabó, como ya he contado otras veces, en la sala de disección de la Facultad de Medicina. Y yo añadía entonces: “A uno le entran unas irreprimibles ganas de llorar sobre las viejas piedras, y mi corazón espera que ocurra el milagro. Tienen que volver a bailar en la plaza las mozas de la móndida y el mozo del ramo en la fiesta de la Trinidad. ¿Alguien está dispuesto a salvar un pueblo con una cultura y unas tradiciones?”.

Han pasado treinta y tres años de entonces, que pesan lo suyo a la espalda, más que la crisis y la dichosa prima de riesgo. Y el domingo es la fiesta de mi pueblo, la Santísima Trinidad, pero nadie barrerá la víspera las calles -cada vecino el trozo que le corresponde- ni llegarán al caer la tarde del sábado Los Patos de Cornago con su violín y su guitarra haciendo el alegre pasacalles, ni habrá volteo de campanas cuando aparezcan los mozos en la entrada de la dehesa con el ramo de arce en alto, ni olerá a rosquillos y magdalenas, ni repartirán a cada vecino pan y un cuartillo de vino en la Casa Concejo, ni habrá siquiera mayordomo, elegido a reo vecino. ¿Para qué iba a haber mayordomo de la fiesta si no hay fiesta? ¿Cómo iban a sonar las campanas si están en el suelo del portal de la escuela desde que se derrumbó la iglesia? ¿Quién iba a poner el baile en la plaza si el pueblo está vacío y poblado de ruinas y fantasmas a pesar de que ha estallado de lleno la primavera en los campos de alrededor? Puede, según dicen, que bailen si acaso los muertos en la plaza a la luz de las estrellas, al son de la guitarra del Nino del tio Casimiro, que tiene siempre una cuerda rota. Según este rumor verosímil, porque la fiesta es la fiesta, los muertos giran y giran en corro, con las manos entrelazadas, en un baile invisible, sin público y sin fin.

Al final del verano, por San Bartolomé, con un poco de suerte y gracias al meritorio esfuerzo de la Asociación de Amigos, habrá un remedo de fiesta para que no se borre del todo la memoria, con móndidas y mozo del ramo como señala la tradición, que viene de los romanos. Muchos de los supervivientes de los que un día dejaron el pueblo volverán con sus hijos y sus nietos y habrá comida de fraternidad. Sin comida, no hay fiesta que valga en las Tierras Altas. Recuerdo que cuando era niño, en la dura posguerra con crisis permanente, se mataba en la fiesta el gallo, un cordero o una oveja machorra, y no faltaban unas cuantas azumbres de vino para alegrarse un poco. Este año, como los anteriores, será una fiesta de la nostalgia y del alivio-luto. Pero  menos es nada.

VIAJE EN EL TIEMPO Y EN EL ESPACIO

 

Me encuentro esta mañana con un estimulante mensaje de Abel Vitón y, al instante, con la noticia de la muerte de José Luis Gutiérrez, “El Guti”, periodista de raza, desgarrador y combativo leonés, de larga melena y barba hirsuta, buen manejador de la pluma, variable como el tiempo en el Calendario Zaragozano, un hombre tiernamente humano, a pesar de su aspecto hosco, con el que compartí muchas historias, algunas broncas -la última, no hace muchos días por teléfono- y no pocas comidas, a las que en tiempos de “Diario16” se unía también Paco Umbral. ¡Aquellas confidencias íntimas de la sobremesa, a veces brutales e impublicables, casi siempre divertidas, en las que las caretas caían y quedaban apartadas sobre el mantel! Eran esos momentos gloriosos, cargados de verdad, que hay en la vida de todo artista o escritor, en los que la realidad se impone a la apariencia. Hoy contemplo a los dos amigos como dos árboles derrumbados, que han caído a mi lado con estrépito en el bosque en el que estoy plantado todavía. En circunstancias como esta, es imposible no oir con inquietud el sonido de las hachas sobre los troncos -tac, tac, tac-, implacablemente, cada vez más cerca, como en la corta de la leña de la dehesa en Sarnago, cuando acudíamos de niños por el camino de la solana.

El mensaje de Abel Vitón, actor y artista de gran sensibilidad, que ama las tierras de Alvargozález y, según me ha confesado, también las Tierras Altas, aunque aún no las haya pisado, es un comentario generoso a mi anterior entrada: “Amigo, hermoso relato, hermosos recuerdos, seguimos viajando contigo en el tiempo”. No se puede decir más en menos palabras. Me quedo con la declaración de amistad y con el final de la frase. Saber que hay gente como él que te acompaña en este viaje en el tiempo hace que el camino, a pesar de su dureza, acabe siendo placentero. Estamos solos, en radical soledad, cuando nacemos y en el momento de morir. Durante el camino se agradece la compañía. Ser en el bosque un árbol solitario es el símbolo del absoluto desamparo y señal de que el bosque ha muerto y de que nuestro final es inminente. Un solo arbol no hace el bosque como tampoco hace verano una golondrina.

Una observación cautelosa a propósito del viaje en el tiempo o regreso al pasado. Pretendo que estas memorias de la infancia sean tanto un viaje en el tiempo como un viaje en el espacio. Eso explica que el relato, cargado de compasión hacia una tierra y unas gentes determinadas, se desarrolle siempre en mi espacio natural de las Tierras Altas de Soria, con la Alcarama y Sarnago como referencia. Por eso subiremos el sábado, día 9 de junio, víspera del Corpus Christi, a la cumbre de la Alcarama. Es uno de los viajes que más ilusión me ha hecho en mi vida, aunque exagere el excelente escritor Manuel Rico titulando su último y reciente trabajo en Letras Viajeras “Sarnago y la Alcarama de Abel Hernández”. Esto sería por mi parte una flagrante apropiación indebida. Quiero decir también que si fuera una simple crónica localista y costumbrista, el relato no estaría tan cargado de compasión hacia una tierra y unas gentes determinadas que forman parte de mi vida, pero que representan el universo entero. Ni tendría mucho valor. Lo que pretendo, iluso de mí, es que, partiendo de lo local, lo que escribo tenga aplicación o proyección universal. Y encontrar, claro, algún amable compañero de viaje. Trato de aplicar la lección que aprendí del escritor portugués Miguel Torga: “Universal es lo local sin paredes”. Así que estas dos coordenadas de espacio y tiempo, como para cualquier ser humano, son los dos ejes de mi vida, de mi memoria y, por tanto, de mi relato.

Y aquí vuelve a surgirme por dentro, lo siento, cortándome el hilo y el aliento, la inesperada desaparición de José Luis Gutiérrez, que tanto entusiasmo demostró cuando salieron mis “Historias de la Alcarama”, en las que vio la huella de Pedro Páramo. Él ha pasado ya, según creo, a otra dimensión espacio-temporal, una nebulosa misteriosa y azul, oculta en lo más profundo del bosque o más allá de las estrellas, donde a estas horas se habrá encontrado seguramente con Umbral.