El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Etiqueta: soria

EL DIA DE LA TIERRA

El Día de la Tierra ha pasado sin pena ni gloria. El Día del Libro ha brillado un poco más, con los oropeles oficiales del Cervantes, las rosas de San Jorge, las firmas comerciales de los escritores famosos, que raramente son los mejores, y el descuento de las librerías. Yo lo celebraré antes de que acabe el día leyendo a solas un capítulo o dos de mi manoseado “Quijote”, que es, como se sabe, mi libro de cabecera desde la infancia, cuando mi madre nos lo leía de niños en la cocina, junto a la lumbre, a la luz del candil, en las largas noches de invierno. ¡Cuánto he echado en falta aquel desaparecido “Quijote” en rústica, en dos tomos amarillentos! No desespero de dar aún con sus restos. Sería como encontrar un tesoro. Puede que algún día, revolviendo en el somero de la casa de Sarnago, encuentre en un arcón o, más probablemente, en un rincón oscuro algunas hojas sueltas suyas, cubiertas de telarañas, aunque lo más seguro es que el libro, descompuesto y roído por los ratones, acabara un día en la calle. El viento se encargaría de dispersar las hojas sueltas por las herrañes y los campos cercanos y, mojadas por la lluvia, se diluirían hasta confundirse con la tierra. Un buen destino.

También hoy, en la fiesta de los Comuneros, echo especialmente en falta la tierra, sobre todo mis Tierras Altas, tan silenciosas, tan solitarias, tan abandonadas. Estará ya despertando la primavera tardía y romperán a florecer en los ribazos los bizcobos, los endrinos y los calambrujos. Un buen momento para andar por las veredas entre los sembrados y aspirar el aroma inconfundible del campo. Hace poco más de diez años que algunos tuvimos un sueño: convertir a la hermosa y despoblada Soria en la primera provincia del mundo en la que todos los pueblos realizaran la agenda 21 local, cumpliendo lo establecido en la Cumbre de Naciones Unidas de Rio92. Íbamos a ser pioneros. Soria iba a pasar de la sima a la cima. Fue un bonito sueño mientras duró. Llegó el Príncipe de Asturias a inaugurar esta Conferencia Internacional. Llegaron expertos y autoridades. Hasta vino a Soria para tan señalada ocasión Maurice Strong, el padre de las Agendas-21, con todas las bendiciones de la ONU en la cartera. Como fruto de aquel acontecimiento, proclamamos en Soria la Carta de la Tierra. Yo me la he encontrado hoy enrollada en mi biblioteca. Me la firmó Maurice Strong de su puño y letra. La tengo ahora entre mis manos después de tanto tiempo. Siento emoción y tristeza por aquel sueño desvanecido. Para alivio de males, la crisis ha acabado con la utopía del desarrollo sostenible, y la Tierra sigue maltratada. Para que no se pierda todo, os ofrezco el fragmento inicial del preámbulo de la Carta de la Tierra. Está escrito con tinta verde, el color, dicen, de la esperanza. Dice así:

Estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro. A medida que el mundo se vuelve cada vez más interdependiente y frágil, el futuro depara, a la vez, grandes riesgos y grandes promesas. Para seguir adelante, debemos reconocer que en medio de la magnífica diversidad de culturas y formas de vida, somos una sola familia humana y una sola comunidad terrestre con un destino común. Debemos unirnos para crear una sociedad global sostenible fundada en el respeto hacia la Naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz. En torno a este fin, es imperativo que nosotros, los pueblos de la Tierra, declaremos nuestra responsabilidad unos hacia otros, hacia la gran comunidad de la vida y hacia las generaciones futuras. La humanidad es parte de un vasto universo evolutivo. La Tierra, nuestro hogar, está viva con una comunidad singular de vida. Las fuerzas de la Naturaleza promueven  que la existencia sea una aventura exigente e incierta, pero la Tierra ha brindado las condiciones esenciales para la evolución de la vida. La capacidad de recuperación de la comunidad de vida y el bienestar de la humanidad dependen de la preservación de una biosfera saludable, con todos sus sistemas ecológicos, una rica variedad de plantas y animales, tierras fértiles, aguas puras y aire limpio. El medio ambiente global, con sus recursos finitos, es una preocupación común para todos los pueblos. La protección de la vitalidad, la diversidad y la belleza de la Tierra es un deber sagrado.

Ya me diréis qué os parece. ¿Por qué no podemos seguir soñando?

Anuncios

LAS ÁGUEDAS, EL JUEVES LARDERO Y LA CENIZA

 

Por si no tuvieran para mí suficiente atractivo las viejas tradiciones rurales engarzadas en el paso de las estaciones, lectores como Javier Sainz Ruiz me incitan a ocuparme de ellas. Dice, por ejemplo, que en estas fechas, cuando se pasa el ecuador de la temporada del frio y los días alargan, celebraban los celtas la fiesta del Imbolc o del vientre de la tierra, que conserva la vida en espera bajo la capa helada. Es un canto a la mujer, que en la tradición cristiana se asocia en febrero con la Candelaria o purificación ritual de la Virgen en el templo y con la fiesta de las Águedas, en honor de Santa Águeda, virgen y mártir, a la que, entre otras torturas, le cortaron los pechos. Estos días en Soria y en otros lugares de Castilla aún se celebra la fiesta de las Águedas, adelanto del moderno feminismo, en el que las mujeres casadas mandan, se emancipan por un día y se divierten a su aire. Imposible no acordarse de aquellos versos memorables del zamorano Claudio Rodríguez, con el que compartí algún vaso de vino, en su “Don de la ebriedad”.

Para qué recordar. Estoy en medio

de la fiesta y ya casi

cuaja la noche pronta de febrero.

¡Y aún sin bailar: yo solo!

¡Venid, bailad conmigo, que ya puedo

arrimar la cintura bien, que puedo

mover los pasos a vuestro aire hermoso!

¡Águedas, aguedicas,

decidles que me dejen…! 

Y estamos en Jueves Lardero, fecha verdaderamente señalada para los niños de la posguerra, tiempo de miseria en aquella sociedad de subsistencia, tiempo de racionamiento, de los delegados y del pan negro. Muchas familias en el pueblo vendían los jamones para comprar tocino: Dos kilos de tocino por uno de jamón. Ese era el precio. Recuerdo la felicidad que nos proporcionaba la gran merienda de este día, con tortillas, chorizo, torreznos y lomo de la olla y, si se terciaba, un “bollo preñao” entre las manos. Era el atracón antes del ayuno y abstinencia de la Cuaresma, tiempo en que estaba prohibida la carne desde el Miércoles de Ceniza hasta la Pascua Florida. Ese miércoles los campesinos dejaban la yunta y acudían humildemente a la iglesia donde recibían en fila la ceniza en la cabeza -las enlutadas mujeres, en la frente- mientras el sacerdote les decía a cada uno en latín: “Pulvis es et in pulverem converteris”. O sea, eres polvo y en polvo te convertirás. Lo sabían ellos de sobra. Lo que no había entonces eran carnavales. Los había prohibido Franco. Y la obligación rigurosa del ayuno cuaresmal – “por la mañana la colación y por la noche, la parvedad”, recordaba la abuela- se suavizaba mucho, todo hay que decirlo, comprando la Bula de la Santa Cruzada. 

En fin, Javier Sainz sale en defensa del Calendario Zaragozano, “principal vestigio de los antiguos almanaques, ya casi en extinción, que recogían un poquito de todo el saber y que, me imagino, tanto acompañaron en las cocinas y en los hogares al amor del fuego”. El Zaragozano contiene, según él y puede que no le falte razón, “una filosofía sobre el tiempo perenne, en el que los santos caen como losas en su fecha, y los meses, las estaciones y los ciclos se suceden” invariablemente. ¡Me ha convencido! En lugar destacado de mi librería tengo un “Almanach de Gotha” de 1925, con adornos dorados en las tapas, una verdadera joya que encierra, en efecto, toda la sabiduría de la época, casi tanta como ahora internet.

VUELVE A SALIR HUMO DE LAS CHIMENEAS

 En Sarnago volverá a salir humo de algunas chimeneas el domingo de las elecciones. Desde la muerte, el 23 de abril de 1979, del pobre Aurelio, el último vecino, cierrótico perdido, en el hospital de Soria –nadie recogió su cadáver, como tengo dicho, que acabó en la sala de disección de la Facultad de Medicina– en el pueblo no había habido votaciones. Tomás, el cartero, uno de los últimos resistentes, que había vuelto sordo como una tapia de la guerra, cerró la casa y se marchó al fin con las hijas a Navarra. Así que no quedó un alma y ni siquiera llegó ya propaganda electoral de algún partido despistado, que no sabía aún que el pueblo había muerto. (Los partidos acostumbran a pasar de largo por los pueblos pequeños y por las tierras pobres, como la zorra cuando sale del gallinero, y eso que el futuro del campo y el inquietante desequilibrio entre las «dos Españas» –la superpoblada y la despoblada– deberían ser motivo de especial preocupación para cualquier estadista con dos dedos de frente y para Bruselas. Luego hablan de justicia y se les llena a todos la boca. ¿De qué ha servido la Constitución, la entrada en Europa y el euro a las Tierras Altas de Soria?, se preguntan los últimos vecinos de los pueblos agonizantes).

Después llegó la ruina de las casas y la desolación. Hasta los pájaros huyeron del pueblo y se hundió la iglesia que era la referencia, no sólo espiritual. Pero ha ocurrido un pequeño milagro. ¡Sarnago resucita! Espero que no sea como Lázaro para morirse después definitivamente. Es verdad que nada será ya igual, pero se rehacen las casas, se levantan las tapias del cementerio, se arregla el camino, se mete el agua en las casas, se instala un museo etnográfico, entrañable por su sencillez y autenticidad, en la antigua casa del maestro en la plaza, y la activa Asociación de Amigos del pueblo hasta publica una brillante revista cada año. Por primera vez en muchos años el camposanto vuelve a acoger los despojos de un vecino: las cenizas, ciertamente enamoradas de Sarnago, de la tia Martina. Pero la mejor noticia faltaba por llegar: varios vecinos, después de dar vueltas por el mundo con el hato al hombro –estos que un día cerraron la puerta de su casa y emigraron del pueblo son los auténticos héroes de nuestro tiempo, mucho más que los messis y ronaldos– han vuelto como el cuco en primavera. Y se han empadronado. ¡Albricias! Propongo brindar por ellos con un azumbre de vino. No sé quién se merece su voto, pero es igual; seguro que hasta en esto son generosos, aunque es razonable que sigan siendo desconfiados.

Mirando para atrás, sin nostalgias enfermizas pero con sentimiento y buena fe, uno se da cuenta de las vueltas que da la vida y, por supuesto, la política. Ahora mismo se anuncia una vuelta y media de tuerca. Y se echa de menos a personajes ejemplares que ayudaron decisivamente a encarrilar a España, justo cuando moría el último vecino de Sarnago. Me refiero al Rey y a Adolfo Suárez. Ninguno de los dos va a votar el día 20N. Los dos trabajaron a lomo caliente por la concordia y por encarrilar el rumbo del país. El Rey Juan Carlos seguro que lo está pasando mal por el descarrilamiento de la economía y por la falta de responsabilidad de los partidos; pero también por su puñetero talón de aquiles y su sordera, que limitan su actividad y su buen humor, y, sobre todo, por los líos de familia y los negocios de Urdangarin, su yerno, con la consiguiente pérdida de brillo de la Corona. Y de Adolfo Suárez, que hace tiempo que no conoce a nadie ni sabe quién es, me permito ofrecer hoy una primicia a los seguidores del «Canto del cuco» . Una fuente muy cercana y segura me acaba de decir: «Adolfo ha entrado en una etapa de deterioro físico irreversible; aunque el final no parece inminente, puede ocurrir en cualquier momento». ¡Qué ramalazo de tristeza con las urnas a la vista! ¡Cuánto se le echa ya de menos, ahora que cuatro botarates quieren cargarse el espíritu de la Transición! Ni siquiera el leve humo nuevo de las chimeneas de Sarnago lo compensa.

CUADERNO GRIS

Daré para empezar algunas explicaciones imprescindibles. El día que nací nevaba y los españoles estaban en guerra. En Sarnago, mi pueblo, situado en las Tierras Altas de Soria, no había luz eléctrica ni nada. Por no haber no hubo nunca ni una bicicleta. Allí no existía la rueda, salvo la que arrancábamos a algún caldero viejo para correr el aro. Ahora todavía es peor. Cuando llegó la democracia, Sarnago quedó vacío, deshabitado, poblado de fantasmas y de ruinas. Toda la región de la Alcarama, con dos habitantes por kilómetro cuadrado –menos que el Sáhara– se ha convertido en un cementerio de pueblos, sin que nadie haga nada para remediarlo. De niño –todo hay que decirlo– me apodaron «El Cuco» porque, por lo visto, guiñaba un ojo, les aseguro que sin malicia alguna. Y una de las mayores alegrías que recuerdo de entonces era cuando, a mediados de abril, oíamos por primera vez el canto del cuco por el Prado de los Rebollos. «¡Ya canta el cuco!» nos comunicábamos con alborozo unos a otros. No había duda: llegaba la primavera tras la blanca oscuridad del largo invierno. ¿Se dan cuenta por qué lo de «El canto del cuco»? A ver si consigo anunciar desde aquí, pobre de mí, después de miles de crónicas políticas a mis costillas, que España sale por fin de este largo y penoso invierno, que es un verdadero infierno para muchos.

Cuando cumplí nueve años mi abuelo Natalio me regaló un cuaderno azul y me dijo: «Escribe un diario; porque tu vida empieza a ser interesante». Y yo le hice caso hasta que pasó lo que pasó. Ahí arranca seguramente, que Dios me perdone, mi afición por el periodismo y por la escritura. De ahí y de aquellas noches de invierno, con las húrguras ululando en la chimenea, por los tejados y por las esquinas de la calle, aquellas noches inolvidables en torno a la lumbre de la cocina, en las que mi enlutada madre –viuda desde los veintiocho años– nos leía pausadamente a la luz de un candil, capítulo a capítulo, a los abuelos, al tio Co y a los dos niños, mi hermano y yo, el Quijote en dos tomos y en rústica. Aquella fue mi mejor Universidad. Ahora abro este cuaderno gris, como el diario aquel de niño, cuando mi vida ha perdido todo interés, el pelo se me ha vuelto efectivamente gris y uno está de vuelta, convencido de que, sin confundir con la mediocridad, que siempre es detestable, la vida está escrita en blanco y negro. Después de muchos –¡ay!– demasiados años trabajando en la radio y en los periódicos, ahora que veo el paisaje desde la distancia, libre de toda ambición y atadura, me parece que hoy los medios son demasiado monocolores –todo es o blanco o negro– rehenes del partidismo político y, muchas veces, de intereses inconfesables. Desde aquí no voy a colorear falsamente la realidad, como hacen con las películas antiguas; pero tendré muy en cuenta el claroscuro de toda realidad, los matices.

Así que ya saben por dónde voy. Estaré siempre atento y abierto a las sugerencias de los lectores. Y procuraré no ser altisonante. ¡Nada de hablar alto y claro! ¡Qué miedo! Hablaré sin imponer nada. Con el pelo gris uno aprende –o debería aprender– a comprender, a escuchar, a no imponer, a dudar, a matizar, a hablar, cuando haga falta, en un susurro, como los enamorados. Y a perder el miedo.

De eso que he dicho de mi pueblo y de mi infancia van unos libros míos, escritos con el corazón y publicados por Gadir, que han tenido –¡bendito sea Dios!– en los tiempos que corren una buena acogida. Y ahora, esta misma semana, para el que le interese, aparece el que cierra la trilogía, «Leyendas de la Alcarama», en el que tengo puestas algunas complacencias. Este, para que se hagan una idea, es el prologuillo que lo encabeza:

Te ofrezco, lector, este manojo de flores silvestres recogidas en las Tierras Altas de la Soria mágica y pobre, donde el tiempo se detiene y los montes y las piedras hablan. Son flores del romancero y de las leyendas perdurables, que vienen de antiguo y han llegado hasta nosotros. Te entrego con ellas a Gabriela, la flor de la Alcarama, a la que le duele el amor en todo el cuerpo, y a Esteban, el hijo del buhonero, depositario de ese amor, tan desdichado como poderoso.

En este libro, que cierra el círculo de mis “Historias de la Alcarama” y “El caballo de cartón”, desciendo al universo oculto que constituye el alma del pueblo y que pervive bajo las ruinas y los escombros de una civilización que se acaba. Todo lo que se ama permanece. Es la dulce ofrenda de mis años, fruto exclusivo de la imaginación tardía. No busques huellas ciertas. Sólo he tomado prestados de la realidad nombres, apodos y circunstancias obligadas de lugar y tiempo, además del escenario de mi memoria, al que regreso siempre. En este ramo de flores y hojas verdes que dejo en tus manos va mi corazón y mi alma de campesino.

Me ha parecido obligado ofrecer esta primicia en el arranque de «El canto del cuco». En este cuaderno gris que hoy inauguro irá turnándose, o conviviendo, mi pasión periodística con mi alma de escritor, no tan incompatibles.