El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: octubre, 2017

CARTA A MIS 7 NIETOS

Hacía mucho tiempo que quería escribiros esta carta. Al fin me he decidido hoy, cuando vosotros os disfrazáis para la divertida y extraña fiesta de “halloween” y los mayores llevamos flores a nuestros muertos del cementerio. Lo primero que quería deciros es que también la muerte es cosa de la vida, y que la vida no se acaba con la muerte. Aunque no me entendáis ahora -la mayor parte ni siquiera sabéis leer aún-, algún día lo comprenderéis. Antes de nada quiero deciros que estoy muy orgulloso de mis nietos. Pondré aquí vuestros nombres por orden de mayores: Carlota, que ya tiene siete años, Tiziana, Roque, el único chico, Noa, Luna, Manuela, y Alba, la más pequeña. ”¡Siete nietos como siete soles!”, le digo a todo el mundo. Y no sabéis lo contento que me pongo cuando os veo entrar por la puerta de la casa o cuando vamos al jardín central. No me importa que a algunos de vosotros os cueste dar un beso al abuelo. Y eso que, como sabéis, siempre tengo el bolsillo lleno de caramelos, pensando en vosotros. Yo sé que nos queremos y eso es lo importante. No hagáis caso si algún día me veis serio o me pongo un poco cascarrabias o me cuesta levantarme del sillón. No lo toméis a mal. Son cosas de mayores. Lo peor que podéis hacerme es estar tristes. Hacedme caso: el mundo de los mayores, lleno de preocupaciones, no es vuestro mundo. Olvidadlo. Ahora os toca estar contentos, jugar y reír mucho. Lo que os pase después en la vida depende en gran manera de vosotros, desde ahora mismo. Cada uno tiene que hacerse cargo de su propio juguete, que es el destino. Y compartirlo. No dejéis nunca de ser libres, elegid el camino que os lleve a vuestros sueños y no tengáis miedo a los fantasmas porque los fantasmas no existen. ¡Ah! y anotad bien lo que os voy a decir: al mundo lo salvan las buenas personas.

Bueno, me he puesto un poco serio, demasiado solemne. Ya veis, a los viejos nos gusta dar consejos. Para eso estamos. Es lo que nos queda, además de los recuerdos. Pero yo sólo quería deciros que estoy muy cerca de cada uno de vosotros y que me tenéis a vuestra disposición. Y, sobre todo, quería daros las gracias por estar ahí. Los nietos, por si no lo sabéis, iluminan los pasos de los abuelos y dan calor a su corazón cansado. De paso, quería plantearos algo que podemos hacer juntos, si os parece bien. Luego os lo cuento. No sabéis cuánto aprendo yo de vosotros. El otro día le pregunté a Tiziana: “¿De qué color son los sueños?”. Y Tiziana me respondió sin titubear: “¡Azul!”. “¿Azul?”, volví a preguntarle por ver si estaba segura. “Sí, el color de los sueños es azul”, afirmó con toda seguridad. Y Carlota, que pasaba por allí, añadió: “Azul transparente; el color de los sueños es azul transparente, abuelo”. “Sí -confirmó Tiziana-, es transparente y azul”. Entonces me acordé de los últimos versos de Antonio Machado antes de morir, escritos en un papel arrugado que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, que dicen: “Estos días azules y este sol de la infancia…” Y veo que todo cuadra. ¿Queréis que os revele la carta que escribió de su puño y letra Carlota, porque se le había caído un diente, a ratoncito Pérez? Ahí va: “Querido ratoncito Pérez, espero que esté limpio el diente y que te guste, me he lavado los dientes todos los días, si algún día no me los he lavado, perdona. Un beso” ¿Qué os parece? Y ahora una ocurrencia de Roque. Iba el otro día en tren con su padre a ver el Museo de Ciencias Naturales, y el tren se metió en el subterráneo que atraviesa Madrid. El túnel no se acababa nunca y Roque saltó, pensativo: “¡Papá, este túnel es como una noche de invierno, muuuyyy laaargo!”.

Y ahora vamos con nuestro plan. Se trata de que yo, con vuestra ayuda, escriba un cuento para cada uno de vosotros: siete cuentos para siete nietos. Carlota, que es una artista, hará las ilustraciones. Cada cuento discurrirá en torno a un árbol. O sea que cada uno de vosotros debe elegir su árbol favorito. Adelanto que Noa ha elegido el pino. Noa es una niña dulce, muy cariñosa y llena de curiosidad e imaginación. Tiene cuatro años y antes de cumplir tres ya distinguía los planetas. “¡Mira -me decía- ese es Júpiter!”. Luna, su hermana mediana, es viva y alegre como un cascabel. Tiene habilidades de carterista. Ella quería un árbol amarillo. Y como estamos en otoño y los álamos están dorados, le propuse el álamo y aceptó. Carlota se empeñó en quedarse con el albaricoquero, seguro que porque lo ha visto en el jardín y era el árbol de su madre cuando lo planté, y su madre era niña como ella ahora. (Es fantástico eso de tener hijos que a su vez son padres, formando una nueva y misteriosa relación o superestructura de sangre). Roque no lo dudó. Se quedó pensando un instante y dijo: “Yo, el roble”. ¡Pues el roble! Y faltan tres: Tiziana, la del sueño azul, Manuela, una niña hacendosa y con gran personalidad, que llegará lejos, y Alba, la benjamina, que en esto no le va a la zaga a Manuela y si dice que no es que no. En cuanto se decidan, nos ponemos manos a la obra. Una de las cosas que pretendo es que mis siete nietos estén en comunión con la Naturaleza y que se dispongan a defender el maltrecho planeta que les dejamos los mayores en herencia. Me gustaría enseñaros a distinguir el nombre de los árboles y los pájaros, a conocer las estrellas, a observar el paso de las grullas y a saber cómo se llaman las nubes y las flores. Os contaré también cómo vivía yo de niño y, de vez en cuando, buscaremos entre todos algún tesoro escondido. ¿Qué os parece? Me gusta lo que escribió el gran poeta Virgilio: “Tus nietos recogerán los frutos”. ¿A que es bonito? Quedo a vuestra disposición. Vuestro abuelo que os quiere.

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DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA

Después de tanto ruido de banderas, vuelvo a los caminos solitarios donde rige el silencio y la patria se reduce al pueblo sin nadie y a la casa cerrada. Ni siquiera un burro o un perro abandonados, ni unas gallinas comiendo gusarapos entre los olmos de las herrañes. Ni un gato, ni una cabra, ni una andosca cansada de parir, ni un muleto. Ni rastro de sirle o cagajones en las calles. Ni moscas, ni mariposas. Ni ciemo en los corrales, ni bardales, ni huertos. Hasta los gorriones y los murciélagos han abandonado el caserío. Pero esta es la mía, esta es mi patria. En esta limpia mañana de otoño, a falta de bandera a mano, he plantado el viejo pendón rojo carmesí en medio de la plaza y he proclamado, por unanimidad de mí mismo, la independencia. Pongo por testigo a San Bartolomé y a las almas de los muertos del pueblo, que ahora, como está establecido desde antiguo, cantarán, dando vueltas y vueltas en corro, como hacían en los días de fiesta, cuando estaban vivos, la alegre canción acostumbrada : “En este pueblo / todos cantamos / todos bailamos / y así entonamos / esta canción / rin, ron…” Y entonces todos a una girarán sus sagrados esqueletos en sentido contrario, y vuelta a empezar. Desde ese momento, el corro de los muertos moviéndose pausadamente de derecha e izquierda y de izquierda a derecha servirá para certificar la histórica decisión a las generaciones venideras y esta alegre danza se conocerá para siempre como la danza que certifica la independencia de mi patria.

Terminado el solemne acto, me he quedado pensando: ¿Y para qué quiero yo la independencia? ¿Qué hago con la patria? Ha sido un pensamiento fugaz como un relámpago. Y lo he desechado. He contemplado entonces los campos yermos del otoño, los blancos caminos de herradura difuminados entre los barbechos, las lomas, el cerro pelado del castillo, las laderas con oscuros ulagares en los ribazos donde antes pastaban los rebaños y anidaban las perdices, los barrancos de losas calizas y, abajo a la derecha, los prados y el monte de mi infancia, el robledal donde cantaba el cuco a primeros de abril, con las hojas cambiando de color, del verde al dorado y del dorado al marrón, antes de alfombrar piadosamente el suelo de la patria a la espera del sudario amoroso de la primera nevada. He levantado después la vista hacia el azul cárdeno de la sierra, poblado de aerogeneradores, como un interminable via-crucis, “talamostes” que producen luz para otras tierras más prósperas, capaces de declarar la independencia en referendum con urnas traídas de China. ¡Pues yo no iba a ser menos! Me he fijado entonces, uno por uno en los dispersos pueblecitos, que tantas veces observé de niño, cada uno con su nombre, asentados en los abrigos, en los cabezos o en las laderas, a una o dos leguas de distancia unos de otros y desde donde yo los miro. Sobresale en ellos el campanario, puede que ya sin campanas, y a la luz del sol resaltan los tejados rojos y algunas fachadas encaladas. Repaso de memoria el censo conocido de cada uno de ellos y saco una media, si el cálculo no me falla, de cuatro o cinco vecinos supervivientes, si es que en éste o aquel aún queda un alma este invierno que viene.

Cabizbajo, me he sentado en un poyo de la plaza vacía frente al pendón, y me he puesto a reflexionar. Mi entusiasmo inicial ha cedido. ¿Qué hago con la independencia? ¿Para qué quiero yo la patria? Estas preguntas tremendas, en las que la patria y la independencia se mezclan y confunden, me ha golpeado por dentro un buen rato. Estoy aturdido. Pero habrá que aceptar por lo menos -he reaccionado- que Sarnago es una nación. Porque nadie puede negar que es mi lugar de nacimiento. ¡Sin duda, es una nación!, he tratado de animarme. No sé, no sé… Me he fijado entonces en el letrero de la pared de enfrente: “Tierra de nadie, tierra de todos”, que me ha golpeado como un puñetazo y han aumentado mis dudas y mi zozobra. Por la Cruz de la Villa ha aparecido entonces un coche levantando una nube de polvo. ¿Quién será? Puede que venga la Guardia Civil. La verdad, no me gustaría que me pidieran cuentas y me expatriaran, y, menos aún, hacer el ridículo. ¿Independiente de quién?, me preguntarán. Justo en ese momento me ha venido a la cabeza una frase del poeta Pedro Salinas, que leí hace mucho tiempo y que me impresionó en su día: “Desboques del nacionalismo, estupendo sembrador de estragos”. Confieso que he sentido vértigo, y he tomado una decisión heroica. He arriado aprisa el pendón carmesí, lo he guardado y he decidido solemnemente, con la danza de los muertos de testigo, aplazar por un tiempo la declaración de independencia.