El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: mayo, 2015

LOS LIBROS

No sé si Mallarmé exagera, supongo que sí, cuando afirma que en el fondo el mundo está hecho para ir a parar a un buen libro. (El destino de los malos libros es la papelera o la hoguera en el corral, como hicieron el cura y el barbero con los malos libros de caballería que habían barrenado la cabeza de don Quijote; mi amigo Paco Umbral, yo lo vi, los iba arrojando durante todo el año a la piscina de su “dacha” hasta cubrir el fondo). Es verdad que todo buen libro aspira a ofrecer una interpretación, aunque no sea nunca definitiva, del mundo en que vivimos. Sería bastante con aproximarse a ello de buena fe, con aceptable estilo y una buena carga de sentimientos, teniendo en cuenta, como dice Borges, que “el mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones”. Otra cosa es que haya pocos autores que lo consigan aunque escriban los libros más vendidos, o precisamente por eso. Viene esto a cuento de que se abre estos días la Feria del Libro, en la que los libros dan la cara y se convierten por unos días en mercadería, con un diez por ciento de descuento y, si hay suerte, con el autógrafo del autor, que los organizadores de la feria se ocupan de pregonar por los altavoces. Suele triunfar en este rito más la fama que el estilo. Este esfuerzo de promoción parece oportuno en un momento de crisis del sector y cuando se anuncia un histórico cambio de época con el libro electrónico imponiéndose al de papel. Confío en que dentro de cien o doscientos años un descendiente encuentre un día en el fondo de un armario o de un baúl uno de mis libros de la Alcarama con las hojas amarillentas y, leyéndolo, sienta que le descubre un mundo desconocido y que le produce asombro y un poco de emoción. Con eso me conformo.

Los libros en la casa de Sarnago formaron parte importante de mi infancia y sin aquella experiencia mi vida habría sido distinta. En las casas de los campesinos había pocos libros, pero los que había eran objetos casi sagrados, dignos de veneración, que se trasmitían de padres a hijos, con la firma de los sucesivos herederos en la primera página en blanco. Por una serie de circunstancias, entre otras por la herencia de un hermano cura de mi abuela, compuesta sobre todo de sermonarios, devocionarios y santorales, de la que guardo una buena muestra aquí en mi despacho, viví mis primeros años manejando y con frecuencia pintarrajeando libros viejos que rara vez despertaban mi interés. Salvo tres de ellos, además de la enciclopedia de la escuela, -nunca me entrará en la cabeza que hayan desaparecido las enciclopedias, verdadero compendio del saber, de la enseñanza escolar-. Son estos: El Quijote en dos tomos, los romances castellanos antiguos y un diccionario enciclopédico grueso, con el que me pasaba las horas muertas repasando palabras, como un juego divertido, y que aún conservo. Los tres, en rústica. Ya he contado en alguno de mis libros lo que supuso para mí la experiencia de escuchar a mi madre, en los largos inviernos junto a la lumbre, leernos cada noche a la luz de un candil a los abuelos y a los niños con un inconfundible sonsonete unos cuantos capítulos de aquel Quijote, que luego yo releía con fruición durante el día y que andaba rodando por los bancos del pasillo y la mesa de la cocina. Nunca he dejado de leerlo casi a diario durante toda mi vida con verdadera fruición. Anoche, sin ir más lejos, asistía, una vez más, a la liberación de los galeotes. Otro año nos leía a los mismos oyentes entusiastas, una noche tras otra, los romances castellanos, que la abuela, que era prácticamente analfabeta, se aprendía y nos recitaba luego de memoria.

Aquella fue, cuando reflexiono con perspectiva y desapasionadamente, mi mejor universidad. No hace falta resaltar que allí no había radio, ni televisión, ni teléfono, ni siquiera luz eléctrica. Lo de internet le habría parecido a la abuela Bibiana cosa de brujería. Sólo había algún libro. Lo cuento porque no tengo un ejemplo mejor y más a mano que demuestre la importancia de los libros, que parecen ahora de tapa caída. Y, puesto a descubrir intimidades, no puedo menos de traer aquí a cuento la impresión que me produjo, ya mayorcito, la noticia de que un cura tridentino había obligado a mi madre como penitencia, “para evitar que los niños pudieran leerlas”, quemar toda la colección de novelas de Pio Baroja, que ella iba comprando por entregas y guardando amorosamente en un baulillo que tenía cerca de su cama. No hace falta decir que lo primero que hice cuando dispuse de unas pesetas fue comprar las obras completas de Baroja en ocho tomos, editadas por Biblioteca Nueva y que lucen en lugar de honor de la estantería detrás de donde escribo. En fin, me quedo con aquello de Borges: “Aunque he viajado por todo el mundo, no sé si de hecho he salido de aquellos primeros libros que leí”. De paso hay que resaltar la maestría de Dios que “con magnífica ironía nos dio a la vez los libros y la noche”.

NOTA: El juego-concurso en busca del ave nacional de España sigue abierto.

EN BUSCA DEL AVE NACIONAL DE ESPAÑA

Recientemente en el Reino Unido de Gran Bretaña, coincidiendo con la última campaña electoral, se montó un concurso, que suscitó tanto interés como las elecciones. Consistía en elegir el ave nacional entre diez finalistas. El amor de los ingleses a los pájaros, que demuestra su nivel de educación, tiene su expresión más ruidosa en el “Happy National Bird Day”. No he podido comprobar, cuando escribo esto, cuál ha sido al final el pájaro elegido, pero en las apuestas iba destacado el petirrojo. Así que me inclino, con poca probabilidad de error, por esta avecilla alegre, de la que ya me he ocupado aquí con detenimiento en otras ocasiones. No en vano el prestigioso “Times” de Londres destaca cada otoño en un recuadro de primera página su llegada a las costas del sur y todo el mundo se alegra con la noticia, casi tanto como yo cuando siento una mañana en el jardín la presencia de este pajarillo, que en Sarnago llamábamos “pichente” o “chinchín”, y que los vascos conocen como “txatxangorri”. Por cierto, este invierno su presencia ha sido fugaz, casi testimonial, lo que me tiene algo inquieto. En no pocos países, la decisión sobre qué pájaro representa mejor a la nación o es más popular y querido por sus habitantes, está resuelta hace tiempo. Daré una breve muestra de ello: Estados Unidos (el águila calva), México (el águila real), Argentina (el hornero), Bolivia, Chile, Colombia y Ecuador (el cóndor), Alemania (la cigüeña blanca), Japón (la grulla), Irlanda (el chochín), Dinamarca (el cisne), Francia y Portugal (el gallo), Grecia (la lechuza), Noruega (el mirlo), Austria (el águila real), Bélgica (el cernícalo), etcétera.

En España no tenemos ave nacional, lo mismo que carecemos de letra en nuestro himno nacional. En esto somos algo peculiares. En algunos ensayos sobre la materia nos asignan, supongo que porque figura en el escudo, el águila imperial ibérica . Pero me parece que eso no tiene ningún arraigo popular, aunque se trata de un ave majestuosa, que debería figurar por múltiples razones entre las seleccionadas. Lo que propongo hoy aquí, a los seguidores de “El canto del cuco” es un juego. En realidad, un concurso. Me encantaría que respondieran a la siguiente pregunta: ¿Cuál cree usted que debería ser el ave nacional de España? O dicho de otra manera menos solemne: Si tuviera que elegir ¿con qué pájaro se quedaría? (No vale el chiste fácil de seleccionar a un pajarraco, que tanto abunda entre la clase política y al que más se dispara en tiempo electoral). La elección del ave puede ser por múltiples razones personales. Aquí valen los sentimientos y los recuerdos. Para hacerlo más divertido y menos restringido, pueden seleccionar hasta diez. Confieso que juego con ventaja, porque, desde siempre, desde mi más tierna infancia, los pájaros han formado parte de mi vida, y siguen alegrándomela ahora, tanto si los oigo cantar como si se posan cerca o levantan el vuelo. No hay día que no busque un nido de mirlo en los setos de la urbanización u observe el vuelo de los hocetes y de las golondrinas. Los pájaros son unos seres que nunca me dejan indiferente y que me transportan a la niñez perdida. Esa es la verdad.

Así que, después de darle muchas vueltas, estos son mis diez pájaros preferidos (el orden en que van no es necesariamente el de mi preferencia):

*El CUCO, por razones obvias y otras que me callo, pero sobre todo porque es el heraldo de la primavera y siempre me ha alegrado escuchar su cu-cu en la espesura del monte cuando alargan los días y termina el largo invierno.

*El BÚHO, sobre todo el Gran Duque, pero también el búho chico y la lechuza blanca. El búho es el ave misteriosa de la noche. Aquí en mi despacho estoy rodeado de búhos. Durante un tiempo, todo el que quería hacerme un regalo, me traía un búho, aunque, como no solían distinguir mucho lo que compraban, con frecuencia era lechuza y más de una vez, mochuelo.

*El PETIRROJO. Ya he explicado que es una de mis debilidades. Supongo que intento reparar mi culpa por haber cazado tantos “pichentes” en los cepos cuando era muchacho.

*EL PAPAMOSCAS CERROJILLO, que yo he llamado siempre “letuja”, por la misma razón. Alegre pajarillo, inocente, que llegaba a los zarzales con las primera moras a mediados de agosto y que caía en el cepo atraído irresistiblemente por la aluda.

*La PERDIZ roja, sueño de todo cazador, tan hermosa, de vuelo tan bravío.

*El JILGUERO, que nosotros llamamos “cardelina”. Lo elijo sobre todo por su inconfundible canto de cristal.

*La ALONDRA, que en primavera avanzada hace torres de música al amanecer sobre los sembrados y las esparcetas.

*El MIRLO, que en Sarnago llamábamos “torda” y que me despierta con su canto estas mañanas de primavera. Se fue unos meses, pero ha vuelto y abunda como nunca. Esto es ahora una mirlería.

*La URRACA, o “picaraza”, uno de los pájaros más inteligente y cercano, que construye el nido con barro y con techado y se lleva de la calle los objetos brillantes. ¿Quién no ha oído en Castilla hablar de doña Urraca?

*Y el ÁGUILA IMPERIAL ibérica, porque es majestuosa, porque es nuestra y porque viene de lejos en la historia.

Me quedo con las ganas de citar al humilde gorrión, tan cercano y familiar, a la paloma torcaz, que era brava y está domesticándose, al verdecillo o “perdiguín”, al pardillo o “pájaro del salegar”, a la “cuyalba”, al vencejo u “hocete”, al pito real o “pito barreno”, a la lavandera o “pastorcilla”, al milano, al azor, al gavilán y al ruiseñor, claro. Pero me contengo.

Creo que el amor a los pájaros es el comienzo de la civilización.

DEFENSA DE LOS PUEBLOS

Cada pueblo, asentado en la ladera o recostado en el abrigo del valle, es una obra de arte, un microcosmos del universo. Es mejor contemplar el caserío desde la distancia. Así se diluyen los estropicios de las naves, garajes y silos, con horribles tejados de uralita, levantados sin orden ni concierto, impunemente, en los últimos cincuenta años, que agreden el paisaje rural de Castilla y de otros territorios cercanos. Casi tanto como los gigantescos molinos metálicos , que se han apoderado descaradamente de lomas y de cerros, agrediendo y desdibujando el paisaje. Si viajas en tren de alta velocidad o circulas por autovía, tendrás que perder la esperanza de esa contemplación. No hay tiempo ni lugar. El viaje es un paso fugaz, vacío de contenido, en el que sólo se divisan las señales de tráfico por delante. El pueblo se reduce a un letrero en una señal de tráfico que te desvía de la carretera general por la derecha. Después de pasar cien veces por el mismo lugar, nunca sabrás si el pueblo que figura en la señal, a veces con nombre sugerente, sonoro o curioso, queda a la derecha o a la izquierda, si está en lo alto de un cabezo o en una hondonada, si se asienta en un alcor o cuenta con un riachuelo apacible con álamos en la orilla. Y te dará lo mismo. Lo de fuera no interesa. Sólo importa llegar. A esa velocidad el paisaje se hace uniforme, se pierde y se pulveriza.Y si te paras a repostar y a reponer fuerzas, te darás cuenta de que todas las gasolineras son iguales y todas las tascas de carretera, parecidas, con amplia barra, como un abrevadero, y servicios al fondo para gente de paso con apreturas.

Aquí me refiero al viajero sin prisa, con ganas de disfrutar del camino. A ese es al que recomiendo que observe desde una cierta distancia cualquier pueblo que descubra en lontananza. Notará que sus casas apretadadas unas con otras, sin orden geométrico preciso, los tejados rojos, la cal de las fachadas alternando con la parda mampostería, la torre de la iglesia, como aglutinante y vigía, el verdor que rodea el caserío, la lanzada de árboles, los caminos, que no parecen otra cosa que prolongación de las calles, todo ello compone un conjunto armonioso, una verdadera obra de arte. Todos los pueblos son distintos, pero todos tienen atractivo para el observador que mira desde la distancia, con una cierta perspectiva, percibiendo la gracia del conjunto. Esto es más interesante en un tiempo en que los pueblos se han convertido en objeto de deseo para muchos. Se ha pasado del desprecio de la aldea y de los aldeanos al aprecio de la vida rural. No es extraño que haya un movimiento creciente de vuelta al pueblo, impulsada por el hastío de la ciudad, la crisis, el desempleo juvenil y la necesidad de reencontrarse con la naturaleza. Asimismo ser de pueblo o tener raíces en él se ha trocado, de suscitar burla y desprecio, en objeto de orgullo y señal de identidad.

En esas estábamos cuando un partido nuevo, que se presenta con un cierto atractivo y que lleva significativamente el nombre de “Ciudadanos”, o sea, gente de ciudad, que, por lo visto, nunca han pisado un pueblo ni siquiera se han parado a contemplar la belleza del caserío desde un altillo del camino, ha presentado en su programa una propuesta inquietante. La ocurrencia consiste en acabar a matarrasa con 7.000 de los 8.000 ayuntamientos de España y, de paso, con las Diputaciones, que los cobijan. Hacía docenas de años que nadie había tenido una idea política tan discutible. Sólo sobrevivirían los ayuntamientos de los pueblos de más de 5.000 habitantes. Sin ir más lejos, en la provincia de Soria, con una extensión de más de 10.000 kilómetros cuadrados, sólo quedarían en pie tres ayuntamientos: la capital y, apuradamente, El Burgo de Osma y Almazán. Todo consiste en ahorrar gastos y “racionalizar” los servicios, eso dicen. ¡Válgame Dios! Lo peor es que hay una fuerte presión desde determinados periódicos y cátedras de Geografía, a favor de ese disparate, haciendo ociosas comparaciones con algunos países europeos del Norte, sin enterarse de que en España está muy arraigada la democracia municipal y comunera y la autonomía municipal es la base secular de la convivencia. Nos vienen ahora con esas en vez de tomar medidas serias para afrontar de una vez uno de los más graves problemas de España en este comienzo de siglo: el brutal desequilibrio demográfico entre la España despoblada del interior, con auténticos desiertos demográficos, como las Tierras Altas de Soria, de donde yo vengo, y la superpoblada de la periferia, con aglomeraciones infames e invivibles. Lo más preocupante es que nadie propone como punto primero de su programa electoral un plan integral para reordenar demográficamente el territorio. Pero lo de acabar por decreto con las casas consistoriales pasa de castaño oscuro. No saben que cerrar el ayuntamiento acelerará la muerte del pueblo. (Salvo que sea eso lo que pretendan “para racionalizar el gasto”). Como no han pisado un pueblo, tampoco saben que ningún pueblo quiere ser gobernado por el pueblo vecino, por muy cabecera de comarca que sea. Los comuneros se levantarían de sus tumbas, eso creo. La identidad de un pueblo es importante para todos los que habitan o han habitado en él. También para sus descendientes. Así como su historia, su cultura, sus costumbres, tradiciones, fiestas y leyendas, tanto como su ubicación en el paisaje, que habría que respetar al máximo. Hasta sus ruinas. Todos los elementos que hacen que un pueblo sea diferente de los demás, único e irrepetible. Y capaz de gobernarse a sí mismo.

Me apropio aquí de aquello del poeta vasco Joxe Azurmendi: “Como si para ser libres/ fuese preciso obtener el permiso de nadie. / Como si necesitásemos recomendaciones ajenas/ para ser un pueblo”. Pues eso.

EL NOGAL DEL TIO PATRICIO

El tio Patricio era nuestro vecino. Su casa, ahora hecha una ruina, bordeaba el corral de la plaza, casi enfrente de la nuestra. La había encalado y la tia Higinia, su mujer, tenía siempre geranios en el balcón. Tuvieron una parva de hijos. Para sobrevivir en aquellos años de la posguerra, los chicos se agarraron al garrote nada más dejar la escuela y las chicas se ganaron el pan desde muy pequeñas, de criadas o niñeras. Y la familia salió adelante. Con el tiempo uno de los hijos se hizo secretario de Ayuntamiento y otro abrió un comercio en Andalucía. Fue una casa honrada, de buena gente, con la que tuvimos un trato constante, casi familiar y barajero. Llegaron a poseer una buena piara de ovejas y dos caballejos castaños. Al tio Patricio nadie le negaba pericia como esquilador. Esquilando ovejas iba con la cuadrilla de casa en casa. Era hijo de la tia Romualda, que vivía en la aldea cercana de El Vallejo y ejercía de bizmera. Poseía la “gargantilla”, un tesoro mágico que todo el mundo solicitaba cuando la cochina recién parida “tenía pelo” y, con la mastitis de la madre, los tetones no podían mamar. Yo mismo bajé un día a El Vallejo a buscarla. La “gargantilla” de la tia Romualda tenía la virtud de que hacía manar de nuevo, según decían, la leche de la cerda y salvaba la lechigada.

El tio Patricio era un hombre trabajador y algo camándula o tracamanda. Poco hablador y un tanto primitivo, pero no era nada cascarrabias ni rascatripas. Solía tener buen humor. Un día le arrancó a su mujer, de mutuo acuerdo, un diente infectado, puede que un colmillo, no estoy seguro, tirando de él con un hilobala agarrado a su pié, haciendo la máxima fuerza posible. La intervención le costó sudores entre los gritos desesperados de la pobre tia Higinia. Cuando acabó la operación exclamó: “¡Me ha costado más que arrancar una estrepa!” Y soltó una carcajada. La tia Higinia se acordaba de ese día tanto como de la fatídica mañana que le picó una víbora en la mano cuando estaba escardando y agarró una ababolla en el trigal. El tio Patricio tenía un nogal en el costero del huerto del Barranco, junto a la pieza del Roble. Era un árbol grandioso entre helechos, con una copa enorme, frondosa y poblada de nueces. Puede que el nogal tuviera más de un siglo. En Sarnago, fuera por lo que fuere, no había prácticamente frutales. El nogal del tio Patricio era prácticamente la excepción. Los muchachos acostumbrábamos a merodear los cocones, como allí se conocen las nueces envueltas aún en el caparazón verde. Pero esa no fue la razón de la inesperada decisión del dueño del huerto. Un año, cuando volvimos de vacaciones, nos encontramos con la amarga sorpresa -más amarga que la cáscara de los cocones- de que el nogal del tio Patricio había desaparecido de la noche a la mañana , sin que su dueño diera ninguna explicación. Lo habían talado a ras y habían tarazado su valiosa madera, y uno de San Pedro se quedó con ella por cuatro cuartos. Eso dijeron.

Lo que me pareció más sorprendente es que en el pueblo consideraran que la tala del nogal era una cosa razonable. “Los nogales dan mala sombra”, te decía uno. “La sombra del nogal estropea los frutos del huerto”, te decía otro. “Nunca conviene echarse a dormir a la sombra de un nogal, por algo será”, te decían todos. Esta división en sombras saludables y sombras perniciosas estaba muy extendida -y supongo que sigue estando- en los pueblos de Castilla. La leyenda se ampliaba incluso a las personas. Si alguien te decía “ese tiene mala sombra”, había que estar prevenido. “Me cagüen la puta sombra”, era el mayor juramento del tio Sotero. Desde niño he venido oyendo que era malo tumbarse a la sombra del nogal. “La sombra de la nogala es muy traicionera”, recoge con razón Delibes en “El disputado voto del señor Cayo”. Siempre creí que esta convicción era fruto de la experiencia campesina, que explicaría también el odio al árbol, de los labradores, que ha convertido la tierra en inmensas parameras, convencidos de que la sombra de los árboles perjudicaba la sembradura. Esto ha sido en el campo artículo de fe. Es sin duda lo que convenció al tio Patricio de que debía acabar a matarrasa con el nogal del huerto del Barranco. Pero el maestro Tejerina ha venido a iluminar los orígenes de esta leyenda rural, tan arraigada y discutible. Nos ha puesto delante la “Obra de Agricultura” de Alonso de Herrera, encargada por el cardenal Cisneros y publicada en 1513. En este libro se dice, con un falso argumento etimológico, que los nogales “son árboles que con su sombra, por ser muy pesada, hace daño a los otros árboles y plantas que están so ellos y aun también a las personas, que si uno se duerme debajo de algún nogal, se levanta muy pesado y con dolores de espalda y cabeza”. ¿Lo sabría el tio Patricio por experiencia? ¿Habría dormido un día caluroso la siesta entre los helechos, a la sombra del nogal, y salió desriñonado y con mal cuerpo? Nunca lo sabremos.

EL NOGAL DEL TIO PATRICIO

El tio Patricio era nuestro vecino. Su casa, ahora hecha una ruina, bordeaba el corral de la plaza, casi enfrente de la nuestra. La había encalado y la tia Higinia, su mujer, tenía siempre geranios en el balcón. Tuvieron una parva de hijos. Para sobrevivir en aquellos años de la posguerra, los chicos se agarraron al garrote nada más dejar la escuela y las chicas se ganaron el pan desde muy pequeñas, de criadas o niñeras. Y la familia salió adelante. Con el tiempo uno de los hijos se hizo secretario de Ayuntamiento y otro abrió un comercio en Andalucía. Fue una casa honrada, de buena gente, con la que tuvimos un trato constante, casi familiar y barajero. Llegaron a poseer una buena piara de ovejas y dos caballejos castaños. Al tio Patricio nadie le negaba pericia como esquilador. Esquilando ovejas iba con la cuadrilla de casa en casa. Era hijo de la tia Romualda, que vivía en la aldea cercana de El Vallejo y ejercía de bizmera. Poseía la “gargantilla”, un tesoro mágico que todo el mundo solicitaba cuando la cochina recién parida “tenía pelo” y, con la mastitis de la madre, los tetones no podían mamar. Yo mismo bajé un día a El Vallejo a buscarla. La “gargantilla” de la tia Romualda tenía la virtud de que hacía manar de nuevo, según decían, la leche de la cerda y salvaba la lechigada.

El tio Patricio era un hombre trabajador y algo camándula o tracamanda. Poco hablador y un tanto primitivo, pero no era nada cascarrabias ni rascatripas. Solía tener buen humor. Un día le arrancó a su mujer, de mutuo acuerdo, un diente infectado, puede que un colmillo, no estoy seguro, tirando de él con un hilobala agarrado a su pié, haciendo la máxima fuerza posible. La intervención le costó sudores entre los gritos desesperados de la pobre tia Higinia. Cuando acabó la operación exclamó: “¡Me ha costado más que arrancar una estrepa!” Y soltó una carcajada. La tia Higinia se acordaba de ese día tanto como de la fatídica mañana que le picó una víbora en la mano cuando estaba escardando y agarró una ababolla en el trigal. El tio Patricio tenía un nogal en el costero del huerto del Barranco, junto a la pieza del Roble. Era un árbol grandioso entre helechos, con una copa enorme, frondosa y poblada de nueces. Puede que el nogal tuviera más de un siglo. En Sarnago, fuera por lo que fuere, no había prácticamente frutales. El nogal del tio Patricio era  la excepción. Los muchachos acostumbrábamos a merodear los cocones, como allí se conocen las nueces envueltas aún en el caparazón verde. Pero esa no fue la razón de la inesperada decisión del dueño del huerto. Un año, cuando volvimos de vacaciones, nos encontramos con la amarga sorpresa -más amarga que la cáscara de los cocones- de que el nogal del tio Patricio había desaparecido de la noche a la mañana , sin que su dueño diera ninguna explicación. Lo habían talado a ras y habían tarazado su valiosa madera, y uno de San Pedro se quedó con ella por cuatro cuartos. Eso dijeron.

Lo que me pareció más sorprendente es que en el pueblo consideraran que la tala del nogal era una cosa razonable. “Los nogales dan mala sombra”, te decía uno. “La sombra del nogal estropea los frutos del huerto”, te decía otro. “Nunca conviene echarse a dormir a la sombra de un nogal, por algo será”, te decían todos. Esta división en sombras saludables y sombras perniciosas estaba muy extendida -y supongo que sigue estando- en los pueblos de Castilla. La leyenda se ampliaba incluso a las personas. Si alguien te decía “ese tiene mala sombra”, había que estar prevenido. “Me cagüen la puta sombra”, era el mayor juramento del tio Sotero. Desde niño he venido oyendo que era malo tumbarse a la sombra del nogal. “La sombra de la nogala es muy traicionera”, recoge con razón Delibes en “El disputado voto del señor Cayo”. Siempre creí que esta convicción era fruto de la experiencia campesina, que explicaría también el odio al árbol, de los labradores, que ha convertido la tierra en inmensas parameras, convencidos de que la sombra de los árboles perjudicaba la sembradura. Esto ha sido en el campo artículo de fe. Es sin duda lo que convenció al tio Patricio de que debía acabar a matarrasa con el nogal del huerto del Barranco. Pero el maestro Tejerina ha venido a iluminar los orígenes de esta leyenda rural, tan arraigada y discutible. Nos ha puesto delante la “Obra de Agricultura” de Alonso de Herrera, encargada por el cardenal Cisneros y publicada en 1513. En este libro se dice, con un falso argumento etimológico, que los nogales “son árboles que con su sombra, por ser muy pesada, hace daño a los otros árboles y plantas que están so ellos y aun también a las personas, que si uno se duerme debajo de algún nogal, se levanta muy pesado y con dolores de espalda y cabeza”. ¿Lo sabría el tio Patricio por experiencia? ¿Habría dormido un día caluroso la siesta entre los helechos, a la sombra del nogal, y salió desriñonado y con mal cuerpo? Nunca lo sabremos.