El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: junio, 2014

LA NOCHE DE SAN JUAN

 

Mi madre, que normalmente no era nada supersticiosa, contaba que, de joven, picada por la curiosidad, puso la noche de San Juan en el alféizar de la ventana un platillo con una clara de huevo y, cuando se despertó y abrió la ventana, se sobresaltó con lo que vio. El relente de la madrugada había formado nítidamente en el fondo del plato la imagen de un ataúd. Unos meses después murió mi padre. Tenía veintiocho años. De niño escuché en la casa infinidad de historias parecidas que ocurrían en esta noche mágica en la que se sucedían los prodigios, y en la que estoy escribiendo. Así que no se fíen mucho de lo que diga. De algunas de ellas me hago cargo en las Leyendas de la Alcarama, que arrancan precisamente al anochecer de este día cuando el buhonero y su hijo emprenden desde Sarnago el camino de San Pedro para contemplar el paso del fuego y oyen, al salir del pueblo, cantar al búho en la herrañe. Era el mismo camino que yo hacía de niño esa noche, de la mano de mi abuelo. Aún recuerdo la emoción que sentía cuando, envueltos en la oscuridad de la noche, sin más luz que la de las estrellas, veíamos a lo lejos hacia poniente, al alcanzar el Cerrillo Alto, el resplandor de la hoguera.

 

Aseguraba la abuela que si te lavabas esta noche en el agua clara del río antes de amanecer, estarías sano todo el año, y recomendaba coger flores de malva, de saúco y de romero antes de que les diera el sol y perdieran la gracia del rocío. Tendrían la virtud lo mismo para hacer sahumerios contra el constipado que emplastos para el dolor de muelas. Aseguraba también que el que lograra ver florecer a las doce en punto el helecho o la hierbabuena, y no digamos la verbena, planta sagrada donde las haya, sería afortunado todo el año. No podía faltar el cuento de “La Encantada”, con las recomendaciones oportunas. Si pasas esta noche junto a una cueva o cerca de las ruinas del castillo o de un riachuelo y ves a una mujer joven y muy guapa que se peina sus largos cabellos con un peine de oro mirándose a un espejo, lo mejor es que pases de largo, siguiendo tu camino, sin mirarla siquiera, si no quieres que ella te pase a tí el hechizo. “La Encantada” sólo puede perder el hechizo la noche de San Juan y para eso necesita que un incauto, atraído por su belleza, caiga en sus redes y le declare su amor.

 

Pero en las Tierras Altas el acontecimiento de la noche de San Juan era el paso del fuego en San Pedro Manrique, un rito ancestral, sometido a todo tipo de interpretaciones. Desde luego tiene que ver con las hogueras para iluminar la noche más corta del año y que es una tradición generalizada en medio mundo, de Oriente a Occidente, con gran arraigo en la cuenca del Mediterráneo y en los países del Norte de Europa, de sangre celta. Hay en esto, sin duda, una superposición de culturas. La idea de la purificación por el fuego parece que prevalece en la mayoría de las suposiciones. Se quema lo viejo parta estrenar lo nuevo. Y entonces sucede la exaltación, el júbilo. La luz prevalece sobre las tinieblas. Suena la música y corre el vino. Lo triste da paso al placer desatado. Ya se sabe: la que por San Juan sanjuanea, por marzo marcea. Etcétera. De niño yo contemplé con asombro la tradición del paso del fuego. Por todos los caminos llegaban en silencio los arrieros de los pueblos de las Tierras Altas para contemplar el acontecimiento. Era una fiesta sentida y recogida, casi íntima, al pie de la ermita, sin mixtificaciones, con las gentes del pueblo viviéndola de cerca. Ahora cuando he vuelto, después de tantos años, veo que el paso del fuego, con un anfiteatro moderno rodeando la hoguera, se ha convertido, sin perder del todo la emoción, en un espectáculo turístico y en un espacio ruidoso y abarrotado. Hasta ha dado pié a una marca de embutidos. Los sampedranos presumen de que sólo ellos tienen el privilegio de pasar la alfombra de brasas sin quemarse porque los protege la Virgen de la Peña. Aseguran también que el paso del fuego sólo ocurre aquí.

 

No sé si les perturbará algo lo que voy a contar. Ha caído en mis manos un precioso libro de la escritora italiana Mariolina Venezia, cargado ya de premios y titulado “Hace mil años que estoy aquí”, publicado por Gadir, la misma editorial de mis libros de la Alcarama, la que editó también el estupendo “Cristo se detuvo en Évoli”, de Carlo Levi, cuya lectura me incitó a mí a escribir lo que he escrito. Tanto el de Levi como el de Venezia sitúan su relato en la Italia rural y pobre del sur, en Matera, en la Basilicata. Pues bien, en “Hace mil años que estoy aquí” -para el crítico García-Posada, “la herencia de Cien años de soledad”-, leo lo que sigue: “En torno al solsticio de verano, el día alcanzó la duración máxima antes del declive. Los campesinos, desde la tarde, empezaban a amontonar las retamas en las calles y en las plazas. Se hacían fuegos para ayudar al sol a brillar en el cielo. Se recogía la ceniza para llevarla a casa, ahuyentar a los espíritus malignos y atraer la abundancia. Se cantaba. Se saltaba por encima de las brasas ardiendo, cada vez con el mismo asombro, para amancebarse y pasar las alegrías y las penas de la vida a otro cualquiera”. Así que nada nuevo bajo el sol, pero cualquier cosa puede ocurrir la noche de San Juan.

 

 

 

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TRÉBAGO, EN LA TIERRA ANCHA

 

Trébago, que unos ponen con be y otros con uve, es un pequeño pueblo soriano, a treinta y cuatro kilómetros de la capital, en la comarca del Moncayo, entre la Atalaya de Ágreda y los pliegues del Madero, en el borde de la llanada conocida como la Tierra Ancha. Más atrás asoma arriba la sierra del Almuerzo, con el recuerdo vivo de los Siete Infantes de Lara. El viajero que partiera de la industrial Ólvega se toparía antes con Matalebreras, un verdadero cruce de caminos (y de liebres), Fuentestrún y Castilruiz. A partir de Trébago la carretera zigzaguea por las curvas de Magaña y penetra de lleno en las Tierras Altas, mucho mas quebradas y solitarias, hasta llegar a San Pedro Manrique. Recorreremos pueblos venidos a menos, cargados de historia y de leyendas, en una comarca fronteriza entre Castilla, Navarra y Aragón. Las guías aventuran que la terminación “ago”, como Sarnago, que no anda lejos, apenas a tres leguas a ojo de buen cubero, es una desinencia celta. (A ver qué dice de esto el sabio Tejerina). En Trébago circulan desde siempre leyendas de brujerías, milagros, templarios y gigantes. Contaré alguna de ella y otras curiosidades. Pero antes doy razón de esta dedicación mia a un lugar al que hasta ahora sólo he ido de paso.

 

Funciona en Trébago una Asociación de Amigos, meritoria y muy activa, que preside Juan Palomero, con el que estoy medio comprometido a participar allí en un encuentro cultural. (La verdad es que no sé cómo voy a dar abasto este verano a recorrer tantos pueblos de Soria que me han invitado, desde las Tierras Altas a la comarca de las Vicarías en la otra punta). Hace tiempo que me envió Juan Palomero, para que fuera enterándome, un delicioso libro de Antonio de Benito, con su dedicatoria y con ilustraciones de María José Achiaga, titulado “Mi primer verano en Trébago”. Lo leí en su día de un tirón con interés y curiosidad, pero a uña de caballo por esta vorágine de los trabajos y la prisa, y hoy alguien misteriosamente lo ha puesto en la mesa de mi despacho. Me ha picado la curiosidad y he vuelto algo más sosegadamente sobre él. No he tardado en descubrir algunas cosas que me han obligado a dejar de lado lo que estaba escribiendo y ocuparme aquí de ellas, confiando en que los seguidores de “El canto del cuco” lo agradecerán. ¡Bien se merecen los de Trébago que les prestemos un poco de atención! Cuando se escriba la historia de estas comarcas sorianas, pobladas de pueblos muertos o moribundos, deberán ocupar lugar preferente estas asociaciones surgidas espontáneamente en los últimos años para recoger amorosamente los despojos de una civilización que se acaba, preservar la memoria de los pueblos y tratar de evitar su desaparición definitiva.

 

En Trébago han aparecido inscripciones celtíberas, piedras de moler el grano de la época romana y hasta moldes para fabricar flechas. Adosado a la iglesia de la Asunción en el centro del pueblo hay un torreón medieval, altivo y sólido, que hoy se ha convertido en icono de la localidad, y en las afueras, está la ermita de la Virgen del Manzano, envuelta en prodigios, en la que danzan los hombres solos, “de tres en tres, levantando los brazos y deslizando ligeramente los pies”, la víspera de la fiesta. Esta ermita tiene, como digo, unos orígenes legendarios, de los que di cuenta sucinta en mi libro “Leyendas de la Alcarama”. Resulta que en tiempos de la Reconquista había un alcalde moro que encerró a un jefe cristiano en las mazmorras de su castillo. La hija del alcalde, una hermosa muchacha, se enamoró del prisionero y se hizo cristiana. Cuando el padre se enteró, mató al cristiano y encerró a la hija en las mazmorras. No tardaron en reconquistar el pueblo las huestes cristianas y la hija del alcalde moro fue liberada y respetada. La muchacha se refugió en una cueva cercana y llevó vida de eremita. Sólo se alimentaba de manzanas. Un día hubo una gran tormenta que se llevó la cueva por delante y a la mujer que la habitaba. Pero la Virgen le salvó la vida y pidió a la mora conversa que edificara allí un templo en su honor. La imagen de la Virgen quedó grabada en la arena, supongo que bajo el manzano, y desde entonces se la conoce como Nuestra Señora del Manzano.

 

Otra historia que recoge este librejo, y que me ha parecido digna de ser aireada, es la del “Tío Sartén”. Este singular personaje era un gigantón, líder del pueblo. Algunos decían que era más fuerte que Hércules (el que, como se sabe, levantó el Moncayo con una mole de piedra que arrojó contra la cueva del ladrón Caco). Otros decían que no, que el “Tío Sartén” no era tan fuerte como Hércules. Esto hizo que la población se dividiera en dos bandos: unos que sí y otros que no. Entonces el “Tío Sartén” convocó a todos los vecinos en el paraje de “La Peña del Mirón” y ante el asombro del vecindario cogió la enorme peña y la levantó por encima de sus hombros, con tan mala fortuna que el pobre gigante se desplomó bajo el pedrusco y murió aplastado. Entonces los vecinos lo enterraron allí mismo al pie del dolmen que lleva su nombre. Esta peña será para siempre el monumento al “Tio Sartén” de Trébago.

 

En fin, hay una página dedicada al lenguaje del pueblo, que, con leves variaciones, coincide con el habla de las Tierras Altas. Recojo algunas de estas palabras curiosas: Altaguitón (en Sarnago, hartaguitón), baltabarros, güina, pispelda, trosquil, zangalomángalo y zarrapita. A ver quién sabe lo que significan. Prometo que si no, daré la solución en la próxima entrada. Todo menos dejar que se pierdan tales tesoros escondidos.

LA TORMENTA

 

Asomaron nubes por la Sierra. Sonaron truenos lejanos por La Muela, como un tambor roto. Poco a poco resonaron más cerca, cada vez menos espaciados. Era la hora de la sobremesa, cuando los campesinos acostumbran a bajar a la calle con la fruta en la mano, o con la rebanada de pan untada de tocino fresco o, si se terciaba, pan con vino y azúcar, a compartir el rato. Las moscas picaban y se mostraban más pesadas y molestas que días anteriores. Las malvas de los peñascales estaban lacias, lo mismo que las plantas del huerto y las clavelinas del balcón. Abandonaban nerviosas las arañas sus telas tendidas en los rincones del portal. Todos eran indicios ciertos de lo que venía. No fallaba. Una calma sospechosa se fue apoderando del pueblo, rota sólo por el zigzagueo de los chillones ocetes en la calle, volando cada vez más a ras del suelo. Ni una brizna de aire. “Viene tormenta”, comentaban al unísono los viejos sentados en los poyos de las puertas. “A más de uno -advertía uno de ellos- le va a pillar los marallos de hierba tendidos en el prado, ¡una lástima!”. “Lo peor es la esparceta”, indicaba otro. “No falla -decía la mujer de al lado-, el cuerpo lo barrunta, estos sudores…, hoy no puedo con el cuerpo “. “Siempre pasa -corroboraba otra- también yo tengo mal cuerpo; el cuerpo barrunta la tormenta, como las moscas y los morgaños”. “¡Y los ocetes!”, apuntó el más joven de ellos. “Eso, y los ocetes”, añadió otro. Brilló un relámpago, seguido de un trueno más poderoso que los anteriores unos segundos después. “¡Está cerca! – advirtió el más viejo-, ha sonado por las Hoyuelas”. “Pues que llueva lo que quiera” -dijo el más joven, que parecía el más despreocupado-, a las huertas no les vendrá mal un riego”. “Agua por San Juan quita vino y no da pan”, le advirtió el más viejo de la reunión.

 

El cielo se oscureció. Movió el viento haciendo pequeños remolinos huracanados en el polvo del camino de San Pedro. Retumbó un trueno largo y más lejano, como de temporal. Mirando al sur, a lo lejos, se veía una cortina de lluvia, cada vez más espesa, que fue cubriendo la sierra de Oncala, la dehesa de Matasejún y los altos de Navabellida, avanzando hasta las laderas de La Ventosa, Montaves y Huérteles. En Sarnago cayeron unos goterones, que obligaron a refugiarse en el portal. “Nada, un matapolvo”, pronosticó el más joven riéndose. Lo oyó la abuela Bibiana, que en ese momento aparecia en la puerta de las escaleras, y le recriminó: “El que no teme a las tormentas no teme a Dios”. Todos callaron mientras restallaba, como un castigo divino, otro trueno cercano sobre los tejados. Olía a tierra mojada. El olor de la tierra se mezclaba con el vapor hediondo que salía de los montones de ciemo fermentando en los corrales. Alguien advirtió: “¡Escuchad! La tormenta trae ruido”. Y se hizo el silencio. Nada podía alterar más el corazón de un campesino que escuchar este maldito ruido sordo y monótono procedente del cielo, como una escuadrilla de bombarderos. La piedra, como huevos de perdiz, arrasaría los campos por donde pasara la negra nube como una maldición bíblica. Ahora, a estas alturas de junio, la mies ya estaba encañada y empezaban a blanquear las cebadas. De la recogida de la cosecha dependía el pan para el año y el alimento de los animales. Entonces no estaba asegurada, ni había ayudas del Estado para situaciones catastróficas. En junio el destrozo de la cosecha no era tan terrible como en julio en plena recolección, pero el pedrisco haría, de todas formas, en los campos un daño irreparable. “Hay que subir corriendo al campanar a poner las campanas boca arriba”, dijo, nerviosa, una mujer. En Sarnago cuando venía una mala nube se ponían las campanas boca arriba -la grande y la chica-, con un breve repique, para ahuyentar la tormenta.

 

En mi primera infancia en el pueblo había dos cosas que me aterraban: el volteo de las campanas y la llegada de la tormenta. Este último temor me duró hasta las puertas de la juventud. Seguramente influyó en ese angustioso sentimiento observar el rostro de los mayores, temerosos de esos posibles destrozos, que condenaban a la familia a la más estricta miseria. Pero me parece que la cosa era más seria. El que no haya experimentado una vez en la vida la tremenda deflagración de la tormenta en campo abierto sin un chozo a la vista o no haya sufrido, indefenso, los relámpagos cegadores y el seco estallido de los truenos, rebotando en los tejados y la mampostería de las casas del pueblo, sin pararrayos y sin luz -que se iba al primer trueno-, como una espada ardiente sobre las cabezas, no alcanzará a comprender el pánico en el alma de un niño, convencido de que su vida y la vida de su familia y de los animales del corral pendía de un hilo hasta que pasara la tormenta. Cada año, desde antes de tener uso de razón, te repetían los casos conocidos, o inventados, de las tremendas desgracias producidas por los rayos y cuando pasaba la tormenta y había ocasión te mostraban con sádica fruición los troncos de los árboles, junto al camino, hendidos por el rayo -la temible arma de Júpiter- de arriba a abajo, con las hojas y el suelo quemados y ennegrecidos. “¡Mira, aún huele a azufre!”, te decían.

 

Esta vez, dos hombres subieron presurosos a la torre y pusieron las campanas con la cabeza abajo y las sayas arriba. Cuando volvieron al portal, donde seguía la reunión -con los años he llegado al convencimiento de que se juntaban para ahuyentar el miedo, por mucho que lo disimularan-, resonó un trueno largo. Entre el brillo del relámpago y el ruido del trueno se había abierto un hueco apreciable. Todos respiraron. Parece que la tormenta se alejaba; pero no había que fiarse. “A veces la vuelve el viento”, advirtió el más cenizo. Sonaban otra vez los ocetes. Brillaban las piedras de la calle. Y las moscas picaban más que antes. El resfrior había suplantado al bochorno. El más viejo de los reunidos observó el astro desde la puerta y dictaminó: “Se va rio abajo, la tormenta se va rio abajo”. Y todos sintieron un profundo alivio, cambiaron el semblante y empezaron a reir.

HABÍA UNA VEZ UN REY

 

Hace un mes y pico llamó el cartero una mañana a la puerta de mi casa. Traía una carta certificada. Por todo remite figuraba una pequeña corona. Y debajo un sello en tinta azul, con un escudo, una estrella y un letrero que decía: Casa de S.M. el Rey. Me recordó a “El cartero del Rey” de Rabindranath Tagore. La abrí con curiosidad y una cierta emoción. En efecto, era una carta del Rey Juan Carlos, encabezada por un cariñoso “Querido Abel”, escrito de su puño y letra, y que concluía con “Un fuerte abrazo”, también a mano, seguido de la firma característica, la misma firma que he visto en el breve documento de la abdicación que ha entregado al presidente del Gobierno. En la carta me daba las gracias por mi libro “Secretos de la Transición”, que yo le había enviado dedicado y que él había “hojeado con el mayor interés”. La verdad es que le agradecí el detalle y guardo esta carta, aunque no es la primera, con especial aprecio. Ahora he sabido que cuando la escribió ya tenía decidida su despedida del trono. La tomo, pues, ahora como una despedida personal.

 

Un día, hace ya muchos años, me dijo en su despacho de La Zarzuela, con la campechanía que le caracteriza: “Nosotros somos amigos, ¿eh?”. Y yo no tuve más remedio que responderle: “No, no, señor, los reyes no tienen amigos”. Él bajó la cabeza, como asintiendo, y observé por primera vez la tristeza de su mirada. Luego he comprobado que es una característica de su fisonomía. Por debajo de su jovialidad, la tristeza de sus ojos le ha acompañado toda su vida, desde que a los ocho años quedó internado, lejos de la familia, en un frio colegio-seminario de Friburgo y, cuando, poco más adelante, el 8 de noviembre de 1948 por la noche, en un apeadero de Lisboa arrancó el Lusitania Express que lo trasladaba a España, un país soñado y desconocido, solo, entre unos señores provectos y extraños que le hacían reverencias. La larga soledad de don Juan Carlos empieza a la mañana siguiente, como dice José Luis de Vilallonga, cuando se apea, con diez años, en el andén de la estación de Villaverde, batida por el viento helado de la sierra, y desde entonces se convierte en una pelota de ping-pong, a merced del juego político que se traían entre manos su padre y Franco, por lo demás, enemigos irreconciliables. Arrancado de la familia, con un padre, que lo educó con dureza, más interesado en el heredero de la institución que en el hijo, y cargando sobre sus debiles hombros de niño una insoportable responsabilidad, perdió la infancia y la juventud, y la soledad no le ha abandonado desde entonces en toda su vida.

 

Esta sensación se apoderó de mí cuando contemplé su abdicación. El Rey está solo, pensé, más solo que nunca. Por eso se va. Hasta los españoles han dejado de ser “juancarlistas”. Ya nadie le agradece siquiera los enormes servicios prestados. Sin él, la llegada y el mantenimiento de la democracia habría sido imposible durante mucho tiempo. Con los fallos personales y los enredos judiciales la familia real ha sufrido graves destrozos en la convivencia y hace tiempo que ha dejado de ser para él un refugio cálido y seguro, tan necesario cuando uno se acerca, cargado de achaques, al crepúsculo de su vida. Esta tremenda soledad se le agudizó con la muerte de Adolfo Suárez. Estoy seguro de que, presidiendo el funeral, se dio cuenta con meridiana claridad de que se quedaba más solo que nunca y que debía dejar ya la Corona en manos del hijo para que éste iniciara una nueva etapa. Era inútil seguir mirando al pasado. Viendo la afectación de su rostro, me acordé de aquella luminosa tarde de San Juan del año 1980 cuando en la recepción de palacio, por su onomástica, me tomó aparte y me pidió, con angustia, en presencia de mi mujer, que llevara al presidente Suárez, de su parte, el recado de que así no podía seguir. Lo interpreté, en aquellos tiempos políticamente tormentosos, como un ultimatum. Nunca olvidaré sus últimas palabras: “No hay que cambiar a Adolfo, pero Adolfo tiene que cambiar”. Ahora, la muerte del primer presidente constitucional, después de tantos años viviendo sin existir, golpeaba el viejo corazón del rey. Me confirman que fue así.

 

Me imagino que se nota que su abdicación me ha afectado. Ya se sabe. Algo se muere en el alma cuando, etc… aunque el rey no tenga amigos. Hoy me sentía incapaz de escribir aquí de otra cosa. Confieso que he experimentado una cierta orfandad y una fuerte solidaridad humana. Seguramente el rey ha hecho lo que tenía que hacer. Conociéndolo de cerca y habiendo tenido con él algunas confidencias que me guardo, no tengo duda de que la trascendental decisión ha sido meditada hasta el último detalle. Ha creído que este era su mejor servicio a España y a la Corona. Esa ha sido, aunque muchos no se den cuenta, perdidos en la hojarasca y el chisme, la misión de su vida. Incluso ha querido reponerse antes para no abdicar con muletas. La dignidad ante todo. Ha querido dejar claro que no se va incapacitado. A pesar de sus fallos humanos -¿quién no los tiene?-, pone fin voluntariamente a su largo reinado un gran rey.