El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: enero, 2013

LA CANDELARIA Y SAN BLAS

Arranca febrero con la Candelaria y San Blas. El día 2, los cirios, las candelas y demás luminarias iluminan el templo. Es la fiesta de la luz en el corazón del invierno. No faltan los que ven en la liturgia cristiana de la Candelaria una apropiación de un rito pagano, cosa que no sería de extrañar. La procesión de las candelas formaba parte de la fiesta romana de las Lupercales. Sea como fuere, en muchos pueblos sirve de respiro festivo en el tedio invernal. Precede a la fiesta de San Blas, un santo del siglo III-IV envuelto en las brumas de la leyenda. San Blas y San Roque, ambos milagreros, son dos de los santos más populares en los pueblos de España. El peregrino San Roque, siempre con el perro al lado lamiéndole la herida de la pierna o con un pan en la boca, cura de la peste, y San Blas, obispo y mártir armenio, se ocupa sobre todo de los males de garganta.

Cuenta la leyenda que, cuando era trasladado de la cueva del monte Argeo donde se había refugiado huyendo de la terrible persecuación de Diocleciano, para ser ejecutado, una multitud se arremolinó a su paso. Entre el gentío, una mujer se le acercó con su hijo moribundo en brazos pidiéndole ayuda a gritos. El niño tenía una espina atravesándole la garganta. El santo le impuso las manos y el muchacho quedó curado. De ahí le viene a San Blas su fama de especialista en males de garganta. Su protectora mano es más oportuna en este tiempo invernal, haciendo la competencia a las farmacias y los laboratorios, cuando arrecian los algarazos, cuelgan los chupones de los aleros y el calamoco se apodera de las madrugadas. Además él ni siquiera pide un euro por receta.

Otra cosa es lo de las cigüeñas. De un tiempo a esta parte están dejando al santo en mal lugar. Nada de que “por San Blas la cigüeña verás”. Esta cita quedó cancelada. Ya no se van y, de unos años a esta parte, nieve, escarche o caigan chuzos de punta, en diciembre ya había este año cigüeñas en los campanarios de Castilla, como un anacronismo anticonstitucional. Sea por el calentamiento global o por lo que sea -desde niño vengo oyendo eso de que ya no nieva como antes- el caso es que las cigüeñas prescinden del Calendario Zaragozano, se cargan el refranero y hace años que, nieve o no nieve, en España ha dejado de haber un año de bienes. Sería un disparate echar la culpa de esto a las pobres cigüeñas, como supongo que tampoco podemos pedirles cuentas por traer cada vez menos niños en el pico, lo que les obliga a estar la mayor parte del tiempo pico sobre pico. Y a lo mejor por eso no se van y se quedan de guardia, diga lo que diga San Blas.

Llegados a este punto, tengo que confesar que san Blas no ha sido nunca santo de mi devoción, porque el día de “San Blasillo”, que era el segundo día de fiesta en Valtajeros, murió mi padre de madrugada. Tenía 28 años y yo, dos. Aquel día no supe lo que había pasado. Cuando desperté a la conciencia fue de lo primero que me enteré, y en gran medida este suceso marcó mi vida. Me he pasado la vida buscando al padre sin encontrarlo. Así que desde niño he creído que a San Blas no tengo nada que agradecerle. Aunque comprendo que, como las cigüeñas, tampoco él tenga la culpa de nada. Hay cosas que la razón no comprende: son las cosas del corazón. Etcétera. Recuerdo, eso sí, con simpatía los “blasillos” de Forges, que yo le veía garabatear cada mañana en la mesa de al lado de la Redacción de Informaciones, en aquel caserón de la calle San Roque, cuando mi amigo Forges aún no había perdido la inocencia política y tenía gracia. No me importaría unirme a aquellos “blasillos” en la procesión de las candelas.

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LA NIEVE

He sentido una extraña euforia cuando me he asomado a la ventana entre dos luces y he visto blanco el jardín. ¡Qué gusto! Habían acertado los del servicio meteorológico y se había producido por fin el milagro de la nieve. Entrada la mañana, templó el día y empezó a regalar (que así se dice en las Tierras Altas derretir: se regala la manteca, el hielo, la nieve…). Una leve llovizna ayudó a acelerar el final del sueño blanco. Chorreaban los aleros del tejado y en poco rato apenas quedaban unas breves manchas de nieve en los rincones umbríos. Confieso mi decepción. Había resultado un placer efímero y, como se sabe, toda frustración conduce a la melancolía. Sorprendentemente, en contra de todos los pronósticos, antes de mediodía, cuando menos se podía esperar, se serenó el aire, el cielo se cerró, resfrió y volvió a nevar copiosamente. Mientras duró la nubada, disfruté como un niño. Primero contemplé desde dentro de la casa el espectáculo único de ver caer los copos mansamente -¡una manta de nieve!, dirían en Sarnago-, que eran unos copos grandes como pétalos de calambrujo o alas de mariposa, y luego, sin poder contenerme, salí a su encuentro, alcé las manos y dejé, durante unos minutos, que me cubrieran de blanco la cabeza, el rostro y los hombros, como si buscara, con riesgo evidente de constipado, un asperjes del cielo o un manto purificador. Hasta ahí llegó mi irracional euforia.

Me he acordado entonces de los “Versos y oraciones del caminante”, de León Felipe:

Siempre habrá nieve altanera

que vista el monte de armiño…

y agua humilde que trabaje

en la presa del molino.

Y siempre habrá un sol también

un sol verdugo y amigo

que trueque en llanto la nieve

y en nube el agua del rio.

Estoy en parte de acuerdo. Me resisto a llamar altanera a la humilde nieve, que baja sin hacer ruido, que canta luego en los regatos del monte, que reposa en los acuíferos y que nutre la tierra para que verdee y para la cosecha. (En mi tierra ya no quedan aceñas ni un alma en el pueblo). Aunque es verdad que aquellas largas nevadas, aparte de embellecer el paisaje cubriendo todas las miserias y de empujar al juego y la algazara en la edad de la inocencia, acarreaban a los campesinos no pocas amarguras y penalidades, que no vienen aquí al caso. Y cuando soplaba el viento ocurría una fatal transformación: la nieve agitada, convertida en inmisericorde cellisca, dejaba de ser mansa y apacible criatura y se trocaba en temible amenaza para el caminante desprevenido, sorprendido en descampado sin un chozo a la vista. Por eso cuando rugía la tempestad en las noches invernales, negras y cerradas como boca de lobo, sonaba sin parar en lo alto del puerto de Oncala el campanillo del peón caminero para orientar a los perdidos.

Lo cierto es que nada encuentro más poderoso y sugerente que la nieve para trasladarme a la infancia. En las Tierras Altas de la Alcarama el invierno era, de las cuatro estaciones, la estación más larga y supongo que la más característica. Por eso la contemplación de la nieve me produce por dentro esa extraña emoción cuando he cruzado ya la linde del otoño de la vida. Vuelvo a ir al anochecer furtivamente a cazar inocentes malvices al espinar de la dehesa. Observo desde la ventana del cuarto a los hombres pertrechados con palos y escopetas de madrugada dispuestos a cazar siguiendo la huella de las indefensas liebres y los escurridizos conejos, dejada en la nieve virgen caída por la noche. Veo cómo abren camino en los ventisqueros con la pala desde la puerta del portal para alcanzar la calle. Oigo el temible alarido de las húrguras en la noche, mientras la familia se recoge en la cocina en torno al fuego. Siento en los ojos el humo de la estufa de leña de la escuela cuando el viento revoca. Observo los gruesos carámbanos en los aleros. Hago otra vez trampas para incautos en el gran ventisquero de la calleja, junto a las eras. Me deslizo desde lo alto del ejido en un rudimentario trineo, cuya base es un trozo de hielo cortado a pico en el bebederillo. Me refugio en el horno del pan de la tia Milagros al calor del rescoldo. Juego otra vez al zarramoco en el pajar, envuelto en olor a sirle y a heno. Siento en la cara el vaho cálido de la majada mientras lleno los zarzos de esparceta para las ovejas. Y escucho de nuevo, cuando el tiempo da una breve tregua, el gran silencio del monte nevado, roto apenas por el ruido callado de mis pasos.

LA CASA DEL MÉDICO

Cuando alguien se ponía malo en el pueblo, ya fuera un retortijón de tripas, un cólico miserere, una subida de la calentura, un dolor en el costado, una hemorragia, la culebrilla del herpes, un parto, el habitual mareo del abuelo, un “paralís”, una infección de orina, una caída de la caballería, una coz, la mordedura del perro, un brazo quebrado, un espigazo en el ojo, unas fiebres de malta, la picadura de una víbora, la pelagra, la inapetencia del niño, unas anginas, el catarro que se agarra al pecho y que no sale con ventosas o un ataque agudo del reúma que deja al que lo sufre cojitranco, se acudía a la casa del médico a cualquier hora del día o de la noche, tanto los días de hacer como, en caso de especial apuro, los días de fiesta. El médico, lo mismo que el cura, estaba siempre disponible. Eran las dos personas más respetadas y veneradas del pueblo. No era infrecuente que trabajaran al alimón. Cuando el caso era de cuidado, y más si descubría con su ojo clínico, después de observar y auscultar al enfermo, que era un caso perdido, el médico solía aconsejar en voz baja a una familiar, aunque fuera a altas horas de la madrugada y él fuera algo descreído: “Avisad al señor cura”. “¡Ay Virgen Santísima!”, suspiraba la familiar. Y así, cuando salía uno de la casa con su pequeño maletín de cuero, que contenía el fonendoscopio, el aparato de la tensión, el termómetro y el botiquín mínimo de primeros auxilios, entraba el otro con la estola morada y los santos óleos para proporcionar al enfermo los postreros auxilios espirituales. Este era el orden establecido, el orden natural de las cosas, que funcionó bien durante mucho tiempo. La casa del médico, generalmente más nueva y confortable que el resto, era la más visitada, la que inspiraba mayor confianza, junto con la iglesia y la taberna.

El médico visitaba, cuando era preciso, a los enfermos en su propio domicilio, como ahora el chatarrero o el tapicero en las urbanizaciones de la ciudad. Seguramente por eso se le llamaba médico de cabecera, que, con el tiempo, derivó en lo de médico de familia. En las Tierras Altas, abruptas y torturadas, como tengo dicho, la casa del médico, propiedad muncipal, estaba en la cabeza de la comarca y, como apenas había carreteras, las que había no estaban muy transitables, sobre todo en invierno, y no abundaban aún los coches, el médico acudía, cuando le llamaban, a los pueblos de la comarca, por caminos de herradura cuando no de cabra, a lomos de una mula o de un caballo, antes de que llegaran, con el tiempo, las motos y terminara envuelto en el polvo del camino. Sólo en casos muy graves enviaba al paciente al hospital de la capital lo que obligaba a habilitar unas parihuelas con un zarzo de la majada para transportarlo hasta la cabecera de la comarca donde arrancaba la carretera y existía un viejo coche de punto. Por lo demás, no era extraño que el médico fuera cazador y, de vuelta a casa, diera una mano a las perdices en la ladera o por los cabezos. Sumergido de lleno en la vida rural, podías encontrártelo también al caer la tarde sentado ante una mesa con tapete verde dispuesto para la partida de guiñote, de tute o de rabino, a la que no solían faltar el cura, el secretario, el maestro, el veterinario, el boticario o el sargento de la guardia civil, en un ambiente de franca camaradería.

Mientras estos beneméritos personajes permanecieron en los pueblos, los pueblos siguieron vivos. Su marcha aceleró el gran éxodo rural. La forma más segura de matar a los pueblos es cerrando las escuelas y despachando al médico, instalándolo en un frio, lejano y funcionarial consultorio de batas blancas en un hospital de la capital. Me parece que en las decrépitas aldeas, con una población cada vez más envejecida, el problema de la salud es ahora el que más preocupa a sus menguados habitantes. No podían tener peor ocurrencia las autoridades que reducir los servicios médicos nocturnos y de fines de semana en las comarcas más deprimidas, como está ocurriendo en la Alcarria y en la Mancha, cuando más falta hace la cercanía, aduciendo que estos servicios no son rentables. Y la mala idea se extiende como una mancha de aceite de colza a otras comunidades. Por ello los vecinos de muchas aldeas se han sentido en esta cuesta de enero aún más desamparados de lo que estaban. ¿Acaso no es esto literalmente un atentado a los derechos humanos? ¡La salud convertida en negocio! ¡Lo que nos faltaba!

Déjenme, en fin, que rinda hoy un sentido homenaje a los médicos rurales, con un recuerdo especial para don Higinio, que llegó galopando en un caballo tordo un día de nieve a Sarnago y atendió a mi madre en el parto, un parto difícil por lo visto, a la luz de un quinqué; creo que le debo la vida; don Diego, médico en el Villar del Rio, cerca de Yanguas, una de las mejores personas que he conocido en mi vida, que me acompañó en Madrid la noche azarosa en que iba a nacer mi primer hijo; don Manuel, vigoroso personaje, que recuerdo bien de niño porque llegaba a caballo y paraba en nuestra casa, y mi tocayo, don Abel Pérez Gallardo, médico de Fuentes de Magaña y la comarca, que atendió a mis abuelos de Valtajeros, buen cazador y hábil jugador, del que tanto aprendí, con el que pasé ratos increibles en casa de la Emilia, donde estaba a pupilo. El hombre ni siquiera tenía casa propia. “Los médicos -le decía yo- sois unos fracasados: se os muere el cien por cien de la gente”. Y los dos nos partíamos de risa.

SOLOS DE MADRUGADA EN LA PARADA DEL AUTOBÚS

 

Eran las cuatro de la mañana del día de Navidad cuando la policía local de Sagunto (Valencia) encontró a la pareja de ancianos cobijados en la parada del autobús. Contaron a los agentes que sus hijos les habían echado de su casa en Altura (Castellón) poco antes de la cena de Nochebuena y que no habían comido nada desde las siete de la tarde. Los dos habían superado los ochenta años. La mujer era además diabética y no había podido tomar la medicación. Así que los llevaron al hospital antes de instalarlos provisionalmente en un hotel. Después los ancianos presentaron una denuncia contra sus hijos -en realidad, hijo de ella e hijastro de él, y su compañera-, que fueron acusados ante el juez de abandono y maltrato en el ámbito familiar. Los hijos niegan la acusación y aseguran que los viejos se fueron de casa en la Nochebuena voluntariamente porque las discusiones hacían imposible la convivencia. Un drama humano más en una noche tan señalada, que tuvo la virtud de prender en la prensa y en las redes sociales.

Sería temerario dictar sentencia de culpabilidad a distancia sin conocer todos los datos del problema. Y aun entonces. El caso, eso sí, sirve para recordar a los hijos -algunos no lo saben- que tienen obligación moral y jurídica de responsabilizarse de sus ancianos padres, a pesar de que estos con los años y la pérdida de facultades se vuelvan a veces impertinentes y resulte difícil la convivencia. ¡Pobres seres humanos gastados y maltrechos por la vida, convertidos en trastos inservibles, en juguetes rotos! Lo malo es cuando se ha agotado el amor en la familia como se agota el aceite del candil. Entonces la cosa tiene mal arreglo y los hogares se convierten en un nido de víboras. Esta situación de desamor, incomprensión u odio genera un tipo de maltrato en el hogar del que los ancianos son las principales víctimas silenciosas. Por eso he tomado hoy como una parábola el caso de esa pareja de octogenarios valencianos pasando solos la Nochebuena en una parada de autobús, consciente de que hay muchas “Nochemalas” que no salen en los periódicos. En las Tierras Altas, lo recuerdo bien, los ancianos cuando enviudaban o no podían valerse por sí mismos iban a meses de casa en casa de los hijos, reluciendo picaportes, más que como una bendición, como una carga. Yo he visto llorar a más de uno, a escondidas, con la cabeza encanecida bajo la boina, lagrimones como puños, cuando le tocaba ir a reo -nunca mejor dicho-, quisiera o no, con una nuera o una hija hecha de la piel del diablo.

No pretendo moralizar, pero si la compasión por el ser humano más desvalido se considera moralismo, no me importa que hoy me tachen de moralista. Esta Navidad me han dado cuenta de lo sucedido a una pareja de ancianos, de los que los lectores de este blog tienen alguna noticia, que se resistieron a abandonar su pueblo -eran los últimos vecinos-, hasta que no tuvieron más remedio que cerrar la casa e irse con los hijos a la ciudad. Vivían hasta hace poco con una hija en una ciudad de la Rioja, y la convivencia, según me dicen, resultaba insoportable sobre todo para la anciana madre. Así que, ni cortos ni perezosos, han desandado el camino y se han vuelto a Soria con su hijo y la nuera, porque resulta que la nuera les trata mucho mejor que la hija. La razón que aduce ella, a todo el que quiera oir, para dar un trato tan delicado y ejemplar a sus suegros es la siguiente: “No hago más que corresponder al comportamiento que tuvo mi marido hasta el final con mi madre”. O sea, amor con amor se paga.

En fin, por si sirve de algo, Chejov dice que “los viejos son como niños, quieren que alguien se compadezca de ellos, pero nadie tiene lástima de ellos”. Borges es mucho más optimista: “La vejez (tal es el nombre que otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha”. Camus es más realista: “Cada año es una prórroga”. Esperar en la alta madrugada, en Nochebuena, solos en la parada del autobús, que nunca llegará, es una buena metáfora de la ancianidad.

CARTA A LOS REYES MAGOS

Queridos Reyes Magos:

No sé si os extrañará que os escriba después de tantos años. En realidad, puede que sea esta la primera carta que os mando en mi vida. ¡Justo cuando acaba de nacer mi nieto! De niño en el pueblo no recuerdo haber entregado nunca al tío Tomás, el cartero, una carta para vosotros. Normalmente veníais con una gran nevada, y en Sarnago no había comercios ni habíamos oído hablar de tiendas de juguetes ni de grandes almacenes. Ni siquiera se había inventado el bolígrafo. Así que mal os íbamos a encargar nada. Además éramos pobres, como sabéis, y a los campesinos pobres les cuesta mucho pedir nada que no sea necesario. Y menos, humillarse pidiendo. Pero siempre he creído en vosotros. Estoy convencido de que, en vuestra noche mágica, acompañáis, invisibles, a todas las caravanas -incluso las horteramente comerciales- y ponéis ilusión en el corazón de cada niño. No sé si los Reyes son los padres, como dicen los aguafiestas, pero estoy seguro de que vosotros estáis detrás de todo este ajetreo de emociones, no me lo neguéis. Además, como hace mucho tiempo que me quedé sin padres, no tengo más remedio que dirigirme a vosotros sin intermediarios.

Nunca os había agradecido aquellos regalos de niño. Quiero hacerlo ahora, antes de que me muera. Aquella media manzana en la ventana cuando me desperté en el cuarto de afuera, aquellas botitas otro año, que a mi madre le parecieron un despilfarro, y, sobre todo, el caballo de cartón con el aparejo de carne de membrillo que, como sabéis, ha sido el mejor regalo de mi vida. Pero lo importante era que habíais venido, que no habíais pasado de largo, como hacen ahora los políticos con los pueblos deshabitados. Ahora os confieso que incluso yo oí un año desde la cama de madrugada -en Sarnago no había, como recordaréis, luz eléctrica- los pasos de vuestras botas en la oscuridad, y me hice el dormido. Sé que veníais siempre por donde sale el sol, bordeando la Alcarama, por la Cruz de Valdenegrillos -por cierto, me ha alegrado mucho saber que los dos últimos vecinos, el Zacarías y la Romana, siguen vivos en contra de algunos rumores tristes-. Ya me diréis cómo se las arreglaban los camellos para superar el Collado del Robledo con nieve hasta el corvejón. Era lo que más me intrigaba. Pero el hecho es que se comían la esparceta y el cuartillo de cebada que les dejábamos fuera, junto al horno. Una curiosidad: ¿Seguís recorriendo los pueblos abandonados sin saliros del camino acostumbrado? ¿Qué os parece el cementerio de pueblos de las Tierras Altas?

En esta carta no quiero pediros nada para mí. Si acaso, que en las librerías cante el cuco esta primavera y aparezcan “Los secretos de la Transición”. Pero permitidme que os pida una serie de cosas que me parecen importantes. La primera, que echéis una mano a España, que anda desvencijándose. Que los que quieren romperla -vosotros no entendéis de naciones ni fronteras- se rompan ellos la crisma. Que reconciliéis a los políticos con el pueblo. Que se pongan de acuerdo para solucionar los problemas. Que salgamos de una vez de este maldito túnel de la crisis. Que haya trabajo y disminuya el paro. Que los ricos del mundo sean menos ricos y los pobres, menos pobres. Que no muera ni un niño de hambre. Que se muera la prima de riesgo. Que la poesía se imponga a la economía. Que los usureros, los especuladores y los tiranos se vayan al infierno. Que vuelvan las gentes de la ciudad al pueblo. Que se cure de una vez el cáncer. Que se acabe con el alzheimer. Que reviva el cristianismo original. En fin, que los telediarios y los periódicos nos den este año alguna buena noticia. No sé si os pido demasiado en esta mi primera carta. Pero más difícil parecía lo que pasó cuando emprendisteis el camino hace más de dos mil años siguiendo una estrella. Y ya veis.