El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: marzo, 2015

LA NIÑA QUE FUE CAMBIADA POR UNA BURRA Y OTRAS HISTORIAS

Por unas horas no he podido asistir a la presentación del libro de poemas “La Gratitud” de Fermín Herrero, que ha sido galardonado con el Premio Jaime Gil de Biedma y el de la Crítica de Castilla y León como mejor libro del año. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, decían en mi pueblo. Recibí la invitación y sentí de veras no poder, por razones familiares, adelantar un día mi viaje a Soria, donde espero pasar, como cada año, el triduo santo. Me excusé por ello y Fermín me contestó al instante agradeciendo el interés y quitando importancia, comprensivamente, a mi ausencia obligada. De paso me recordó en el mensaje que sólo dos sorianos, él y yo, habíamos recibido el Premio de la Crítica, y que él seguía mis pasos. De alguna forma, esto nos hermanaba. A decir verdad, hay más cosas en común. Los dos somos de las Tierras Altas, yo de Sarnago, él de Ausejo de la Sierra, a la vuelta de Oncala, y los dos estamos enraizados en una cultura rural que se ha perdido o que se está perdiendo. Los dos hemos sido niños yunteros y hemos pasado inviernos junto al fuego de la cocina, con la matanza colgada en el techo. Fermín Herrero, profesor de Instituto, que acaba de doblar el cabo de los 50, lo que le acerca a la época, más tardía que la mía, en que el tractor sustituyó a la yunta, es, me parece, el poeta castellano más importante del momento. Es un poeta auténtico, hondo, con el lenguaje justo, sin adornos inútiles, como la tierra que le vio nacer. Un poeta rural y virgiliano. Impresionan tantas concomitancias. También a él le conmueve el cambio de las estaciones, la primera nieve, el canto del cuco o la llegada de los vencejos o del petirrojo.

Escribo a la misma hora en que Herrero, heredero de Delibes, de Claudio Rodríguez y de las mejores plumas castellanas, presenta “La Gratitud” en el Salón Gerardo Diego del Círculo Amistad Numancia de Soria en la tarde del Martes Santo. Es una manera como otra cualquiera de unirme al homenaje. En la misiva que envió a mi “esmarfon” me adelanta, seguramente para picar más mi curiosidad, que en el libro hay dos poemas sobre una niña de Acrijos a la que sus padres, que no tenían para alimentar a sus hijos, la cambiaron por una burra. Quiero entender que la dieron en adopción. Prometo que seguiré investigando. Desde que lo supe no he parado de darle vueltas al caso, que ocurrió por lo visto en los años cincuenta, cuando yo era niño en Sarnago, el pueblo vecino. A nadie le oí entonces comentar tal cosa. ¿Será que en las penurias de la posguerra esto se veía como algo natural? Ahora Acrijos, cobijado en el monte, al pie de la Cabeza El Calvo, entre estepas, robles, gayubares y sabinos, es un pueblo deshabitado, casi fantasmal. Pero estuvo lleno de vida y de buena gente: labradores humildes, cabreros, pastores y leñadores. Don Matías Sáez de Ocáriz, que fue cura de Sarnago, Acrijos y Fuentebella por esas fechas y que era un sabio, descubrió años más tarde la partida de nacimiento de uno de Acrijos, que resultó ser una de las más antiguas de España de que se tiene noticia escrita, fechada, creo, en el siglo XV. O sea que hablamos de un pueblo, ahora muerto, que viene de muy lejos, como un río de sangre que se acaba.

Esto dice el poema de Fermín Herrero:

“Por una burra me vendieron, allá
sobre el año cincuenta, sólo le parecía
mal a la maestrilla. Y qué. En casa éramos
muchas bocas, demasiadas. En el pueblo
no queda ni una en pie, ahora, qué murria
cuando vuelvo. El destrozo y el desamparo estaban
ya entre nosotros. A mis padres, que en paz
descansen, no les guardo inquina, entonces era
así. Sé que lo hicieron por mi bien. Mis hijos
no me creen, los pobres, por una burra me cambiaron”

Por entonces, cuando ocurrió esta historia, sobre la que habrá que volver, llegó a Acrjos don Livino Arjona, un cura navarro virtuoso, recio y estricto, que se hospedó allí porque no encontró posada en otro sitio. Recorría los escabrosos caminos del monte corriendo y cantando a voz en grito. Era como un látigo, lleno de celo y exceso de autoridad, de lo que se arrepintió más tarde, y que acabó de cura-obrero sirviendo gasolina en una gasolinera de las afueras de Logroño. Los más viejos del pueblo, estén donde estén, guardarán con veneración su memoria. A él, un hombre austero y profundamente espiritual, no se le podía aplicar la coplilla que corría de boca en boca por la comarca:

“Acrijos y Fuentebella
comen en una gamella;
el cura y el regidor
comen en un gamellón”.

En alguno de mis libros he contado una terrible historia de la guerra que se desarrolla en estos pueblos montunos de Acrijos y Fuentebella. Dos hombres, Antonio Cabrero, alcalde de Pitillas (Navarra), y Valentín Llorente, maestro de Fitero, huyeron hacia las montañas cuando se declaró la guerra, para evitar la muerte. Se cobijaron en Acrijos, donde estuvieron más de un mes escondidos en un corral de ganado a las afueras del pueblo. Los pastores y algunos vecinos les dejaron unas mantas y les llevaban de comer. Pero las sospechas y los registros en las casas se sucedieron y el círculo fue cerrándose. Una noche deciden huir al pueblo vecino de Fuentebella. Allí se esonden en el corral de la era del Alonso, y un pastor les lleva cada día comida e información. Una mañana llegaron al pueblo los guardias, con sus tricornios de charol, escoltados por cazadores movilizados a punta de pistola, y, después de varias indagaciones, amenazaron de muerte al anciano padre del pastor, si éste no les revelaba el paradero exacto de los fugitivos. Así fue como Antonio Cabrero y Valentín Llorente fueron conducidos a Moscares, terreno escabroso, objeto de un pleito interminable entre Fuentebella y Sarnago, y allí, en su particular Viernes Santo, fueron muertos a tiros. Hace pocos años se ha levantado  encima, en la cumbre de la Alcarama, un monolito a su memoria.

Hasta estos montes me ha conducido el libro de Fermín Herrero, llamado “La gratitud”, una de las virtudes más en baja en este tiempo, y, ya allí, no he podido evitar que se me remuevan por dentro algunas viejas historias.

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LA CASA DE BÉCQUER EN NOVIERCAS

Alguna vez he pasado, casi sin detenerme, por Noviercas, un pueblo soriano, al pie del Moncayo, entre Ágreda y los campos de Gómara. La próxima vez haré parada y fonda. Tengo la vaga imagen de un robusto torreón árabe en la plaza, vestigio de haber sido plaza fuerte del poder musulmán, compitiendo con la solidez de la iglesia parroquial, también de piedra rojiza bien labrada, sacada seguramente de la misma cantera varios siglos después, en la que destaca su fachada plateresca. El pueblo llegó a tener casi mil habitantes, pero ahora, durante el año, no pasa mucho de las cien almas. Abajo se abre el valle de Araviana, donde, traicionados por su tio Ruy Velázquez, incitado éste por doña Lambra, su joven esposa, perecieron los siete infantes de Lara y su fiel servidor Nuño Salido, después de una mortal emboscada. La ermita de los Remedios de Noviercas disputa a otros sitios el lugar del enterramiento de los cuerpos decapitados. Yo buscaba entonces información para mis “Leyendas de la Alcarama” y no me paré a más. Con el Moncayo de fondo, estos campos de Araviana, donde, según me dicen, llegaron a pastar veinte mil ovejas, hoy aparece rodeado y aprisionado por un gigantesco parque eólico, como una corona de espinas. Recorriendo fugazmente sus calles, nadie me habló aquel día de Bécquer, ni me señaló la casa donde había vivido, ni observé ninguna placa dedicada a su memoria. Sólo en el bar, junto a la carretera, donde unos hombres jugaban a las cartas, vi una efigie del gran poeta romántico bajo el televisor encendido.

Después, ignorante de mí, he sabido por la “Soria” de Dionisio Ridruejo, que en Noviercas “casó con poca fortuna el pobre Bécquer” y que “allí pasó veranos e hizo excursiones con su hermano el pintor, tomando notas de carácter con tipos y paisajes y anotando leyendas e impresiones”. Así es. Hace unas horas he estampado mi firma para que la casa donde pasó largas temporadas de su breve vida entre 1860 y 1868, que está semirruinosa, no sea demolida por fuera ni por dentro. O sea hay que mantener el edificio, debidamente reformado y habilitado, sin perder su estado original. La casa lleva más de cuarenta años deshabitada. Ha hecho bien el Ayuntamiento en comprarla , después de un largo regateo, por ocho mil euros. Ahora hay que acertar en la reconstrucción para convertirla en un centro de peregrinaje e interés cultural. La Asociación de Amigos de Noviercas -es altamente significativo que en cada pueblo soriano, antes de morir del todo, surja una activa asociación cultural- se muestra vigilante e impulsadora en este caso. La casa en el rincón de la calle, hecha de mampostería, tejas árabes, tres plantas, una vieja puerta claveteada, dos ventanas centrales, una más pequeña que da a los bajos y el ventanuco del somero, no destaca sobre las otras casas. El calicanto de la fachada aparece oculto por un enfoscado desvaído, en el que sobresale una cenefa de baldosas, como único adorno. La típica arquitectura rural de la zona, sin nada que llame la atención; pero de un gran valor simbólico y sentimental.

En esta casa pasó Gustavo Adolfo Bécquer algunas horas felices y muchas horas amargas. Era la casa de la familia de su mujer, Casta Esteban, hija del médico y que, por lo visto, no hizo mucho honor a su nombre. Aunque nacida en Torrubia, se afincó en Noviercas, el pueblo de su madre. Allí nacieron dos de sus tres hijos, Gustavo y Emilio. El del medio nació en Madrid. El poeta no cita en sus escritos a este pueblo, donde pasaba sobre todo los veranos, pero sí en las cartas que escribió a su mujer, alguna de las cuales se expone en el pequeño museo levantado en el pueblo a su memoria. Lo cierto es que, coincidiendo con esta etapa, Bécquer dió a la luz sus mejores leyendas de ambiente soriano, en las que aparece el Moncayo, Almenar, Soria, el Duero, etcétera, leyendas tan señaladas como “Rayo de luna” o “El monte de las Ánimas”. El matrimonio se rompió en 1868, dos años antes de la muerte del poeta en Madrid, tísico, pobre y abandonado. Según cuentan, la Casta se entendía con “El Rubio”, un jaquetón perdonavidas que se llamaba Hilarión. Las gentes decían que el último de sus hijos, Emilio, que murió en Ágreda a los cinco años, tenía su misma cara. A la muerte de Gustavo Adolfo, la viuda volvió a contraer matrimonio con un recaudador de contribución bastante mayor que ella. Cuentan que una noche de carnaval, cuando la pareja volvía a casa después del baile de máscaras, se cruzó con ellos un enmascarado vestido de harapos con una gran cornamenta en la cabeza y un cartel en el pecho que decía: “Gustavo Adolfo”. Poco después sonó un disparo y, a los pies de Casta Esteban, cayó herido de muerte su nuevo marido, envuelto en las sombras de la noche. Todo el mundo atribuyó el disparo a “El Rubio”, pero el crimen nunca se aclaró.

Aún suena en las calles de Noviercas la “Ronda de los Quintos”, a pesar de que hace años que se acabó la mili.

Aupa Noviercas,
los carnavales
van a empezar.
Y con la ronda
que está en la calle
has de bailar.

Y aún se adivina en las noches de luna la sombra de Gustavo Adolfo Bécquer en los muros del monasterio de Veruela, en el huerto de Tozalmuro, en la vieja casa de Noviercas, ahora en danza, y entre los quejigares de la sierra del Madero. Ya es hora de que Soria lo haga de una vez suyo.

EQUINOCCIO DE PRIMAVERA

Con los primeros soles de marzo han vuelto los mirlos, que en la entrada del otoño habían desaparecido misteriosamente de la urbanización. Una pareja de ellos, visiblemente enamorados, se persiguen descaradamente ahora mismo por el jardín en un divertido juego amoroso, mientras las torcaces han vuelto a construir su nido, un habitáculo elemental con cuatro palos entrecruzados, en el viejo álamo gigante del fondo y se dedican a poblar el día, desde el amanecer hasta la noche, con un dulce y monótono rumor de arrullos. Este era su hábitat natural, del que las expulsó el cemento y el ladrillo, y han vuelto con todo derecho.Ya ha florecido también el albaricoquero y en la hierba han salido las primeras margaritas y un enjambre oloroso de violetas ocupa todos los rincones. Por San José, cuando en la meseta se siembran los garbanzos, veré las golondrinas, fieles a la cita. Y un día de estos, en torno al equinoccio, llegarán a este mundo competitivo, en una curiosa competición por ver cuál de ellas llega antes a la luz, mis dos nuevas nietas, Luna y Manuela. Quiero decir con todo esto que para mí, aunque soy consciente de los últimos ramalazos del invierno, no sólo meteorológicos, que no suelen fallar, ya ha llegado la primavera, aunque nadie, ni yo mismo, sepa cómo ha sido.

Como contraste, en las Tierras Altas la primavera llega más tarde, cuando florecen los bizcobos, los escaramujos, que nosotros llamamos calambrujos, y los espinos blancos. Y es más breve. Puede que allí marzo, que tiene fama de traidor, tan pronto frío como calor, se despida con algún nuevo algarazo de nieve y deje su firma blanca en las umbrías, en las barranqueras y en la sombra helada de los ribazos. El viento aún bramará en el monte y agitará las ramas desnudas de los árboles, haciendo verdad el refrán más repetido y esperanzador de que marzo ventoso y abril lluvioso sacan a mayo florido y hermoso. Para eso, para ese final feliz, aún falta un rato, pero el que no se consuela es porque no quiere. Si con este tiempo te aventuras a echarte a los caminos, te recomiendo que no dejes en casa el tabardo y el tapabocas, por si acaso. Observarás que los sembrados aparecen aplastados por el hielo y en las tierras yertas verás correr, como si fueran liebres, los matojos y los cardos secos. Difícilmente tropezarás con un arriero ni, en los tiempos que corren, con una yunta preparando la tierra para sembrar los tardíos, ni con una piara de ovejas, careadas en la ladera, que no hace tanto, hasta que pasó lo que pasó, hiciera frío o calor, animaban el paisaje y alegraban los oídos con el tintineo de los cencerros y el alegre ladrido de los perros guardianes.

Este año el equinoccio de primavera se estrena con un eclipse de sol. Un fenómeno así inquietaba a los antiguos. Y aun ahora cualquier supersticioso se tentará la ropa y más viendo la agitada primavera electoral que tenemos por delante y las amenazas que llegan de fuera con ruido de alfanjes, luz de media luna y olor a sangre caliente. Más de uno se habrá acordado de los Idus de marzo y de Julio César cuando ha oído las amenazas de los fanáticos y cuando, aquí dentro, ha visto brillar en alto los puñales de los mítines. Es verdad que los Idus son el 15 de marzo, y por tanto parece que el peligro ha pasado, como dice el Gobierno, alegre y confiado; pero hay quien piensa que no conviene hacerse demasiadas ilusiones. El adivino le había advertido a César, según Shakespeare: “¡Cuídate de los Idus de marzo!”. Cuando César iba aquel día camino del Senado se encontró de nuevo con el adivino en la calle, se acercó a él y le dijo riéndose: “Los Idus de marzo ya han llegado”. Y el adivino le replicó: “Sí, pero aún no ha acabado el día”. Poco después Julio César caía abatido por los puñales de los conjurados. Fue entonces cuando, herido de muerte, le dijo a Bruto: “¿Tú también, hijo mío?”. Eso ocurrió en Roma en los Idus de marzo que hasta entonces tenían fama de día de suerte. Era el año 44 antes de Cristo. Digo que no está claro si la primavera está llegando a España y el eclipse será pasajero o nos amenaza un fuerte cordonazo del invierno y una nueva oscuridad. Esa es la principal zozobra de los más temerosos.

Contra los malos augurios y contra viento y marea, hoy es día de abrirse a la vida. Ha llegado el momento de ignorar a los agoreros y a los profetas de calamidades. Digo, por si no ha quedado claro, que por aquí ya ha aparecido la primavera. No ha sido un estallido, como dicen los falsos poetas y sus imitadores, sino que ha llegado despacio, paso a paso, poco a poco, como pisando algodón, sin que nadie sepa cómo ha sido. Desengáñense. La primavera, lo mismo que la vida, el amor y la muerte, llega despacio y en silencio, como debe ser. Yo lo supe cuando una mañana al abrir la ventana vi que había empezado a florecer el albaricoquero y otro día alguien dijo: “¡Mira, una violeta”. Y luego observaba a los mirlos y a las palomas torcaces preparando el nido, y notaba, cuando sonaba el despertador, que el día empezaba a ganarle el pulso a la noche y veía que volvía a florecer el amor en los bancos del parque. Entonces me acordaba de que “en marzo, los almendros en flor y los mozos en amor”. Y, por si fuera poco, en mi caso supe que dos nuevas nietas llamaban a la puerta, confiadas en ser bien acogidas en este perro mundo. Perdónenme que sea tan personal, pero para mí la primavera se llama este año Manuela y Luna.

EL TÍO CO

Era un hombre de estatura menuda, piel cetrina, ojillos marrones, cejas pobladas y cabeza más bien pequeña, haciendo juego con el resto de su cuerpo, con pelo corto y canoso cubierto siempre por una boina negra descolorida para los días de diario y otra del mismo color, más voluminosa y nueva para los domingos y grandes ocasiones. Solía llevar en los rebordes de la boina colillas de tabaco apagadas sin apurar y en el bolsillo de la chaqueta un chisquero de mecha para encender el cigarro fabricado de residuos o de la hebra de la gastada petaca. Siempre lo conocí sin dientes y, andando el tiempo, con una hernia inguinal, que se sujetaba con un vendo. Con un cigarro, una baraja y un vaso de vino el tío Co era el hombre más feliz del mundo. Su único lujo del que presumía era el reloj que el amo del trujal le había entregado en herencia antes de morirse. Lo traigo hoy aquí a cuento porque el 11 de marzo era su cumpleaños y me ha parecido que ya es hora de rendir homenaje de gratitud a una de las personas, aparentemente insignificante, que ha formado parte íntima de mi vida y, con él, honrar a todos los campesinos anónimos que han gastado su existencia en silencio, entre mil calamidades, sin quejarse y sin hacer daño a nadie, labrando las tierras, recogiendo la cosecha, cultivando las huertas, acarreando leña del monte y cuidando el ganado. Del tío Co, que yo sepa, nadie en el pueblo ha hablado mal nunca. Ni él dio pie a ello. No tuvo enemigos, que no es poco. No le sobraban habilidades materiales ni tenía gran capacidad de disposición, pero era lo que se dice, en el mejor sentido de la palabra, una buena persona. Y ya se sabe, como le advertí un día a Paco Umbral, al mundo lo salvan las buenas personas.

Con el tío Co, hermano de mi madre, que se quedó soltero y no consta que tuviera nunca novia, pasé mi niñez en Sarnago, y, hasta que él murió al final de una ancianidad bien cumplida, vivió con mi madre y con nosotros siempre. En cierta manera, a la muerte prematura de mi padre, él hizo de padre, junto con el abuelo Natalio y el tío Sotero. De muy pequeño incluso me tocó dormir en su cama, en el cuartito enfrente del balcón, junto a la cocina. Yo lo esperaba muchas noches despierto a que terminara de apiensar los caballos y me alegraba cuando veía el resplandor del candil por la escalera iluminando aquella oscuridad total, que tanto me abrumaba. Todos los años, el día de mi cumpleaños, presumía de la gran galopada que se dió, envuelto en una nevada, cuando mi madre se puso de parto, a buscar a don Higinio, el médico, en San Pedro Manrique, a una legua de camino. Aseguraba que estuvo a punto de reventar al “Tordillo”. Por lo visto, el parto no venía fácil y, si no hubiera llegado a tiempo el médico, tal vez no estaría yo contando ahora esto ni nada. Así que puede que le deba la vida.

Siempre me pareció que fue más pastor que labrador. Conocía mejor las ovejas que la barbechera. Quiero decir que se encontraba más a gusto en la majada, entre primalas y andoscas, que detrás del arado. Era asimismo más morralero que cazador, aunque se pasó la vida presumiendo de haber matado una vez dos perdices de un tiro en Bajorente y, sobre todo, de haber volteado una libre con la “tuerta” -escopeta de un caño- a ochenta metros cuando la rabona enfiló la vereda y saltó una paretilla en la bardera de la Virgen del Monte. A pesar de su aspecto inofensivo, que parecía incapaz de matar una mosca, se constituyó en matarife indiscutible de la familia tanto en el esperado rito de la matanza del cerdo como a la hora de sacrificar el gallo o un cabrito para la fiesta. Como tendero o estanquero no fue desde luego un lince, y como buhonero, vendiendo chupalandrainas y baratijas por las aldeas de alrededor cuando llegaban las fiestas, menos. Lo sé muy bien porque yo le acompañé de niño en varias ocasiones a montar el tenderete en la plaza, donde se ponía el baile, y no vendía ni cucuruchos de cacahuetes. Me parece que sólo se sentía importante de trujalero, cuando él tenía que seleccionar y contratar a la cuadrilla que le acompañaba cada año a trabajar en invierno en el trujal del Chivite en Cintruénigo, Navarra. El trujal, ejerciendo de capataz, era el único sitio, la única ocasión en que mandaba algo en la vida, y todos los años “el amo” le invitaba un día a comer con él en su misma mesa. Además “La Cachota”, criada del amo, le tenía por lo visto consideración y afecto, lo que dio pie a tórridas leyendas seguramente descabelladas.

Pero lo que verdaderamente marcó la vida del tío Co fue la guerra de África, donde pasó los tres años más floridos de su juventud y de donde volvió hecho una piltrafa humana. Allí participó el 8 de septiembre de 1925 en el desembarco de Alhucemas, ordenado por el general Primo de Rivera. Fue el primer desembarco aero-naval de la historia mundial, paró los pies a Abd el-Krim y puso fin a la guerra del Rif. El general Eisenhower lo tomó de modelo años después para el desembarco de Normandía. Entre los trece mil soldados españoles estaba el pobre tío Co, que no sabía nadar, que era incapaz de disparar a nadie y que atribuyó a un milagro de la Virgen del Pilar haberse salvado ese día de morir ahogado. Nos contaba que mataban los ratos de ocio con carreras de piojos, y que, por la noche, en los períodos de calma, intercambiaban tabaco con los moros, sus “enemigos”. Por si fueran pocos los peligros de la guerra, enfermó de tifus, y cuando la abuela Bibiana lo vio llegar por el camino de San Pedro y salió a su encuentro, no lo conocía. Después del desconcierto inicial, lo abrazó y sólo acertó a decirle: “Pero hijo, ¿qué te han hecho?”. El tío Co siempre nos contaba que las nubes venían del mar, donde cargaban la lluvia. Y si le contradecías, se ponía serio y te decía: “Yo las he visto en África cargando en el mar”. Vaya hoy este recuerdo a más allá de las nubes.

¡SORIANOS TODOS!

Es tal la degradación, que ha llegado el momento de alzar la voz. No queda otra salida que invitar a todos los sorianos, a las gentes que aman nuestra tierra y a los que tengan sentido de la equidad a que se unan a nosotros para evitar, si es que aún estamos a tiempo, la muerte de Soria y su desmembración. Ese es el propósito del Manifiesto que prepara la Casa de Soria en Madrid para difundirlo el próximo 23 de Abril, Día de la Comunidad y de los Comuneros, que coincide con el día que murió en el hospital de Soria el Aurelio, último vecino de Sarnago sin que nadie recogiera su cadáver, y con el día de la muerte de Cervantes. Tres días antes de morir, el autor de “Persiles y Segismunda” escribió la siguiente dedicatoria al Conde de Lenos, su patrocinador: “Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo. Ayer me dieron la extramaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. Apliquemos esta singular y patética dedicatoria a la agonía de Soria, cuando el tiempo es breve, las ansias crecen y las esperanzas menguan. Destinémosla a los políticos instalados, a los poderosos políticos de relumbrón, sobre todo a los nacidos en nuestra tierra, y a los que aspiran ahora a instalarse en las confortables poltronas del poder. Pongamos sello de urgencia y remitamos el Manifiesto a Valladolid, a Madrid y a Bruselas. En su manos está nuestra suerte o la culminación de nuestra desgracia.

José María Aceña, el activo presidente de la Casa de Soria, con buen criterio, arranca el Manifiesto con los antecedentes, para que nadie se llame a engaño. Cuando no se conoce la historia, hay grandes posibilidades de que se repita. Y el que avisa no es traidor. Corría el año 1883 cuando “la provincia de Soria fue desmembrada por tres de sus cuatro costados”. El Gobierno de la época, de la mano de Javier de Burgos, sin razón alguna, para crear la novísima provincia de Logroño, rebanó a Soria por el norte casi 2.000 kilómetros cuadrados: los Cameros, región ganadera, patria de la Mesta y de las merinas trashumantes, y las ricas huertas de Aguilar del Rio Alhama, Cervera, Calahorra y Alfaro. Por el sur le dio a Guadalajara la mitad de las tierras del Ducado de Medinaceli y todo el enclave de Atienza: otros 2.000 kilómetros cuadrados. Y por el oeste entregó a Burgos hasta el monasterio de la Vid, recreación y regalo de los obispos de Osma a la Orden Premonstratense. Eso es lo que pasó. “Han pasado 180 años -advierte Aceña- y, si los sorianos no lo remediamos, nos van a desmembrar otra vez y de forma total y definitiva”.

Los datos de la progresiva despoblación de la provincia son apabullantes. Como indicaba en mi entrada reciente en este blog, titulada “Soria se muere”, cuya repercusión fue inimaginable, no sólo hay cada vez más pueblos pequeños muertos o semidespoblados, sino que, según el censo del último año, disminuyen también los vecinos en Soria capital y en las cabeceras de comarca. En toda la ancha y variada extensión de la provincia, 10.306 kilómetros cuadrados, quedan poco más de 80.000 habitantes, bastante menos que el pueblo madrileño de Las Rozas donde vivo. He aquí los frios datos, que se me antojam inapelables: Con la excepción de Golmayo, aliviadero de la capital, y Ólvega, donde hay un foco industrial, y ésta por muy poco, todas las localidades sorianas han tenido el último año un severo descenso vegetativo. Quiero decir, que se mueren más que los que nacen. Ésta es la lista negra: En Ágreda nacieron 18 y murieron 34; en Almazán, 43 nacimientos y 63 defunciones; en Arcos de Jalón nacieron 10 y fallecieron 33; en Berlanga, 5 bautizos y 22 funerales; en El Burgo de Osma, patria de Dionisio Ridruejo y de Juan José Lucas, 45 nacimientos frente a 63 muertos; en Covaleda nacieron sólo 3 niños y murieron 19 personas, los mismos muertos que en Duruelo donde nacieron 7 niños. En Langa, la relación nacimientos-muertos es de 5 a 6; en Medinaceli, 5 a 17; en San Leonardo, 6 a 13; en San Pedro Manrique, 2 a 13; en Vinuessa, 6 a 13, y en San Esteban de Gormaz, la estadística más sangrante, nacieron 9 personas y murieron 48. Los pocos curas que quedan, la mayoría mayores, van, los pobres, de funeral en funeral. La muerte se enseñorea de Soria. “Ante este panorama demográfico -concluye José María Aceña- estamos abocados a la despoblación y, con el tiempo, a la segunda y más que segura desmembración provincial”. Las Tierras Altas, cuyas aguas -el Alhama, el Linares, el Cidacos…- van al Ebro, se incorporarían a la Rioja; Aragón se quedaría con la Tierra Ancha de Agreda y la comarca del Jalón, y el resto, parte a Burgos, parte a Segovia y parte a Guadalajara. El reparto sería fácil si no hay resistencia. De ahí el angustioso llamamiento a todos los sorianos en esta hora decisiva. El presidente de la Casa de Soria en Madrid concluye: “Sólo nos queda la repoblación si queremos seguir siendo provincia de Soria”.

Es la hora, pues, de la resistencia. Nos estimula el ejemplo de los comuneros y de los numantinos, nuestros ancestros. Si hay que morir, muramos con dignidad. Alguien tiene que responder de este desbarajuste y de tanta iniquidad. Hablamos del mayor desierto demográfico de la Unión Europea. Urge un plan integral -comunicaciones, estímulos fiscales, etc.- para que una de las provincias españolas más cargada de historia y de cultura, que fue cabeza de la Mesta y de la Celtiberia, recupere el pulso. Antes de salir con las horcas a la calle, este Manifiesto quiere ser un grito pacífico de socorro. Aunque las esperanzas menguan, tenemos deseos de vivir.