El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: diciembre, 2011

LOS NOVIOS SE SORTEAN EN NOCHEVIEJA

 

En la Nochevieja los mozos y mozas del pueblo “echaban los novios”. Esa era la costumbre al acabar el año. Los mozos bebían vino en la bota sobada, que pasaba de mano en mano hasta ponerse calamocanos, y las mozas, casi a escondidas, tomaban si acaso, para animarse, una copita de moscatel. Todos eran bastante pobres, quien más quien menos, pero parecían alegres. Hoy en la ciudad los mozos y las mozas pasan frio en la fila del paro, se emborrachan en la madrugada con cerveza barata en grandes vasos de plástico, se acuestan juntos, han dejado de ir a misa y protestan indignados en la plaza pública. Lo único seguro es que no están contentos con su suerte. ¿Se acuerdan? El progreso y la revolución tecnológica iban a acabar con todos nuestros males. El pueblo significaba el atraso y la ciudad, el progreso y la modernidad ¡Válgame Dios! Malvendieron los animales, colgaron el yugo en el portal, abandonaron el trillo y los aperos en un rincón y cerraron la casa del pueblo. Todos se las prometían muy felices y mira. Los hijos no alcanzan, por primera vez, el nivel de vida de sus padres y tenemos la sensación de que nos mueven desde fuera como muñecos de guiñol. ¡Es el mercado, dicen, el maese Pedro que mueve nuestros hilos! Y no aparece ningún Quijote que derribe el tablado de la farsa. Así, al acabar el año, año de sobresaltos donde los haya, el estado de malestar se impone al de bienestar.

¿Se dan cuenta de por qué me niego a chapotear en la crisis y a manosear críticamente las medidas del Gobierno? En un meditado ejercicio de evasión y autodefensa, prefiero refugiarme en la infancia, que al fin y al cabo es la patria de cada cual. Sólo pretendo alegrarles un poco. Estoy seguro de que más de uno me lo agradecerá. Pero, ojo, nunca me cogerán en renuncio, nunca afirmaré categóricamente que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque a veces tenga la impresión de que la cada vez más compleja urdimbre de estos tiempos modernos nos está atando poco a poco de pies y manos como cuando de niños caíamos en la espesura del bosque y no podíamos salir ni bien ni mal. Prefiero salir hoy al claro de aquella vida rural tan elemental, tan condenadamente sencilla y rutinaria.

Como decía al principio, la noche de San Silvestre era costumbre inveterada en Sarnago echar los novios, que ésta era la expresión utilizada. No pasaba de ser un juego entretenido con una pizca de malicia. En el pueblo muchos hombres y mujeres se quedaban para vestir santos. En un talego se depositaban las papeletas con los nombres de todos los mozos del pueblo. Se mezclaban los muchachos que acababan de dejar la escuela para hacerse cargo del zurrón y el garrote de pastor, con los que habían vuelto de la mili y hasta con los cojitrancos aquejados de reúma, que cobraban ya el subsidio. Y lo mismo ocurría con el otro talego, que era de distinto color y guardaba las papeletas con los nombres de las mozas. Allí se juntaban todas, desde la nínfula con trenzas a la moza vieja, con moño y toquilla, que podía ser su abuela. La nieve helada solía cubrir las calles y el cierzo jugaba a las cuatro esquinas. A las doce de la noche, cuando San Silvestre salía a recorrer el cielo en silla gestatoria acompañado del rey Enero, se realizaba el sorteo en el “cuartecillo”, bajo el Ayuntamiento, entre el nerviosismo y el jolgorio general. Los emparejamientos podían resultar acertados o estrafalarios y estos últimos daban pie a que las mozas cantaran:

¿Qué haces ahí mozo viejo

que no te casas?

¡Que te estás arrugando

como las pasas!

Por un día todos los solteros del pueblo, hasta los que se apoyaban en la cachava y no tardarían mucho en criar malvas, estrenaban el año con novia, y al revés. Los novios debían hacer un pequeño obsequio a la novia de ocasión y bailar con ella al son de una guitarra. Esa era su dulce o embarazosa servidumbre. A veces el sorteo daba fruto y las parejas cuajaban y llegaban hasta el altar. Y colorín, colorado…Era una forma como otra cualquiera de relacionarse. (Ahora esto se hace por internet y la boda se realiza en el Juzgado, que es algo mucho más aburrido, dónde va a parar).

 

 

Anuncios

EL BELÉN DE DON MATÍAS

 

Las tarjetas de Navidad de toda la vida están de capa caída. Las felicitaciones llegan masivamente al correo electrónico. Vienen en tropel, sin hacer ruido. Se alinean pacientemente en lista de espera, hasta que el ratón hace clic y aparecen en la pantalla brillantes, originales, futuristas o, la mayoría, familiares como las de antes, con un mensaje estereotipado: ¡Felices fiestas y un próspero año nuevo! ¿Próspero? Dejémoslo en pasable, si les parece, que la prosperidad se adivina lejana. El cartero, bendito sea, anda aún cansado de acarrearnos al buzón sobres con propaganda electoral y, con la ayuda de internet y los SMS de los móviles, se ve algo aliviado de carga estos días. Tampoco los ángeles en la Nochebuena, ¿recuerdan?, hicieron el anuncio a los pastores por escrito. Prefirieron bajar en persona y por sorpresa. Hoy seguramente, a estas alturas, se valen ya de los ordenadores.

Lo digo porque uno de estos ángeles que andan sueltos me ha enviado un mensaje a mi correo electrónico esta mañana. Se hace llamar Juan Ignacio Vara y vive en Baracaldo, que él escribe con ka. El mensaje me parece tan apropiado y hermoso que me veo obligado a compartirlo con todos.

Y dijo el profeta: “Aquel día todo se convertirá en estrellas y el amor no cotizará el IVA. No habrá huelga de ángeles mensajeros y llegarán, hasta donde estrenan llanto los recién nacidos, pastores, camioneros y hasta los pilotos de Iberia.

Aquel día los Magos no necesitarán pasaporte y todos los pequeños del mundo podrán soñar sin pedir permiso al emperador. Aquel día ya ha llegado. Mirad cómo amanece en vuestros corazones”.

No sé por qué me ha traído a la memoria el belén de don Matías. También era vasco, se llamaba exactamente Matías Sáenz de Ocáriz y estaba de cura en Sarnago cuando yo empecé a tener uso de razón. El belén de don Matías -único del pueblo, al que tampoco llegaban, todo hay que decirlo, tarjetas de Navidad- es uno de los primeros recuerdos gratos de mi infancia. Los niños colaborábamos yendo a buscar el musgo a las herrañes del barranco y ayudábamos a trazar encima los caminos de serrín y a colocar con cuidado el río de cristales rotos, atravesado por el puentecillo de madera. El Niño reposaba sobre paja de bálago y a mí me impresionaba el buey porque en Sarnago no había bueyes. Después, ateridos de frio, don Matías nos obsequiaba con una tableta blanda de turrón, partida en trocitos, que, en aquellos años de penuria, era el primer turrón y único que probaríamos, aparte de unas barritas de guirlache y, con suerte, algún mazapán de Rincón de Soto, porque el dueño de la fábrica había pasado la guerra con el tío Sotero en Zaragoza y la mili los había hecho amigos para siempre.

Recuerdo la Navidad con nieve, como la preciosa postal navideña del pueblo -electrónica, por supuesto- que me envía José María Carrascosa, y con carámbanos en los aleros de los tejados. Sarnago era lo más parecido a un belén viviente. Las ovejas se quedaban encerradas en la majada, situada en la parte baja de la casa, y yo, a la luz del candil, las veía parir sus tiernos caloyos, a los que, nada más nacer, lamían amorosamente el tibio y gelatinoso envoltorio. En la misa del gallo, con la iglesia congelada, apenas iluminada por las velas, y envueltos en la penumbra y en nubes de incienso, los pastores , vestidos con sus zamarras acudían en el ofertorio a besar al Niño y le ofrecían pan, queso y miel, mientras todo el pueblo cantaba invariablemente el villancico tradicional:

Pastores venid,

pastores llegad,

a adorar al Niño

que ha nacido ya.

Yo estaba convencido de que los ángeles no podían andar muy lejos, porque no iban a dejar solos a los pastores esa noche.

¡Feliz Navidad a todos!

UNA ESCAPADA DE LEYENDA

La luz mortecina de la tarde breve de diciembre incrementaba el misterio de la Ciudad Encantada cuando Pilar y yo iniciamos el recorrido. Es imposible no sobrecogerse al penetrar en este espacio singular, irreal y fantástico, sobre el que emergen enormes moles de piedra de distintas figuras. De entrada te encuentras con el gigantesco Tormo Alto, escoltado por pinos y sabinos, que me llevan a mi paisaje de la Alcarama, al que siempre vuelvo. A los pies de esta gigantesca roca calcárea dicen que está enterrado Viriato, el valeroso guerrero ibérico que, como los pelendones de Numancia, plantó cara a los invasores romanos. Desde luego, es un buen sitio para descansar en paz.

En esta escapada a la Serranía de Cuenca, a uno le falta tiempo para aprovisionarse de belleza. Deslumbrado al llegar a Uña, no pude contenerme y llamé al poeta Octavio Uña. Los dos estábamos de acuerdo: nos vamos lejos de España buscando maravillas y las tenemos a menos de dos horas de la capital. Metido de lleno todavía en el mundo mágico por culpa de mis «Leyendas de la Alcarama», voy guardando en el zurrón, según camino por campos rojizos de mimbreras o por senderos de bosques singulares, que conducen a lagunas misteriosas o al sobrecogedor nacimiento del río Cuervo, historias mágicas que salen al paso y que te llevan a otras que parecían olvidadas. Pero es seguramente el vértigo y el asombro contemplando los desfiladeros de piedra que aprisionan la carretera camino de Beteta, los enormes cañones y las hoces de los ríos los que desatan irremediablemente la fantasía.

En Uña me entero, por ejemplo, mientras contemplo las aguas serenas del lago, rodeadas de una exuberante vegetación, que en el centro de este lago había, y es posible que reaparezca en cualquier momento, una isla movediza, cubierta de árboles. El viento la balanceaba y cambiaba de sitio. Cuando menos lo pensabas, según cuentan los más viejos del lugar, la isla desaparecía misteriosamente, se supone que sumergida en la laguna, y luego volvía a aparecer. El agua tiene, sin duda, un poder purificador y taumatúrgico. Aseguran que limpia hasta el pecado original. En pocos sitios he recuperado la paz interior, en medio de un silencio total, un impagable silencio metafísico, como paseando por un sendero llano hacia la laguna de El Tobar, o asomándome en el monte a ese original prodigio natural de las torcas en Lagunaseca u oyendo el alto graznido de un cuervo mientras visitábamos el nacimiento balbuceante del río de su nombre.

Anochecía cuando alcanzamos el Ventano del Diablo, un balcón de piedra natural, asomado al profundo precipicio de la hoz del Júcar, a medio camino de Uña y Las Majadas. Daba vértigo mirar hacia abajo, por donde las aguas encajonadas del río ofrecían un llamativo color intenso verde esmeralda. No era difícil pensar que allí, en aquella tremenda escabrosidad, estaba una boca del infierno. A mí me recordó inmediatamente el Puente del Diablo que un día, no hace tanto, visité en Gales y cuya leyenda he comprobado que con ligeras variantes se cuenta en América y en España.

Cuenta esta leyenda que la vieja Megan, que vivía cerca de Ceredigion, se quedó desolada cuando su única vaca cayó al río Mynach, desbordado por las crecidas. El animal consiguió salir a la otra orilla, donde la anciana no podía recuperarlo.

La pobre mujer lloraba y se lamentaba cuando un monje apareció tras ella.

—¿Qué te pasa, mujer? —le preguntó.

—Estoy arruinada. Mi vaca está en la otra orilla. Es mi única posesión, el sostén de mis últimos días, y yo no puedo recuperarla.

—No te preocupes, Megan. Yo la recuperaré para ti.

—¿Podrías? ¿Cómo?

—Soy muy bueno construyendo puentes. No me costará nada construir uno.

—Nada me haría más feliz, pero yo soy vieja y pobre. ¿Cómo podría pagártelo?

—Pido poco. Solo quiero que dejes que me quede con el primer ser vivo que cruce el puente.

Megan aceptó el trato. Se volvió a su casa y espero a que el puente estuviera terminado. Pero Megan era una mujer astuta y algo raro en los pies y en las piernas de aquel monje, como si las rodillas se le doblaran al revés que a la gente, le hizo sospechar.

Cuando a la mañana siguiente él le avisó de que ya había construido el puente, ella se acercó con su perrillo y una barra de pan.

—Aquí tienes el puente —le dijo el monje.

—Mmmm, sí, es un puente —titubeó Megan—, pero ¿será suficientemente fuerte para que cruce la vaca?

—¿Fuerte? Por supuesto que sí.

—Por ejemplo, ¿aguantaría esta barra de pan?

—¿Que si aguantaría? —el monje soltó una carcajada— ¡Prueba y lo verás!

Megan entonces lanzó la barra de pan a la otra orilla y el perro salió corriendo tras ella y cruzó el puente.

—Sí, amable señor. Es fuerte. Por cierto, mi perro es el primer ser vivo que ha cruzado el puente. Así que puede quedarse con él. El trato es el trato.

—¡Un estúpido perro no me es de ninguna utilidad! —replicó el constructor con tono seco, que traslucía gran enfado.

Y desapareció dejando tras de sí un fuerte olor a azufre.

El Puente del Diablo que yo visité y que me ha traído a la cabeza el Ventano del Diablo sobre el Júcar, es hoy una compleja construcción de tres puentes, construidos con el tiempo uno sobre otro y que dan al valle un aspecto misterioso. ¿Comprenden ahora por qué llamo a este viaje una escapada de leyenda?

EL AMOR DE LOS ABUELOS

 Vengo de Soria, donde hemos presentado mis «Leyendas» en el Círculo Amistad Numancia. Las gentes andaban presurosas por el Collado bajo los paraguas. El día era desapacible y frío. Los algarazos de aguanieve empujaban a refugiarse en los soportales y en los bares. Hemos comido migas del pastor en el Mesón Castellano, regadas con Silentium, vino de la tierra con nombre apropiado a la soledad del páramo, al silencio de siglos. En el camino destacan las obras paradas de la autovía y los horrendos aerogeneradores, que no merecen el nombre de molinos y que profanan el paisaje de esta tierra parda de gentes sufridas. El paisaje puro y elemental era lo único que les quedaba. Y, por si fuera poco, hasta los olmos de la orilla de la carretera se mueren.

 Para mí éste era un día señalado. Nada más asomar a Soria por los Rábanos he traspasado con el pensamiento el puerto de Oncala, que presentaba un aspecto hosco, y me he plantado en la casa de Sarnago, a la que siempre vuelvo, esa es la verdad. Este recuerdo de la infancia me ha acompañado todo el día. Me he visto en la cocina, en torno a la chimenea, celebrando con toda la familia el santo del abuelo y de la abuela
—nunca se decía allí cumpleaños, sino santo— que por razones de economía familiar y por su proximidad agrupábamos, los dos, en la misma fecha. En el techo de la cocina colgaba ya la matanza: las varas de morcillas dulces y de tripos, las vueltas de chorizo, las tiras de lomo, la blanca y redonda vejiga rellena de manteca… El perolo de vino caliente con frutas cocidas corría de boca en boca, lo que creaba el ambiente propicio para que el abuelo Natalio, animado por nosotros, los nietos, se lanzara a cantar con su vozarrón viejas canciones cuarteleras, iniciadas invariablemente con la que decía:

Levántate, Carcunda,

que las doce son,

que viene el Espartero

con su división.

 Después cada año acababa contando, con las mismas palabras, el relato de cómo se declaró a la abuela Bibiana, que escuchaba en silencio, complacida y vergonzosa como una niña, acurrucada en su banqueta junto a la lumbre. Él, un joven de buena familia, próximo a la treintena, consideró que había llegado la hora de casarse. Le dio muchas vueltas a la cabeza y se inclinó por la Bibiana, una jovencita hermosa y medio analfabeta, ocho años más joven que él, que se había ido con su hermano Benigno, destinado de cura en Valdemoro, a cuatro leguas de Sarnago. Aparejó el caballo y emprendió el viaje por el monte. Después de cuatro horas de camino llegó frente a la casa parroquial y llamó a la aldaba de la puerta. El cura bajó a recibirle. «Hombre, Natalio, ¿qué te trae por aquí?», le preguntó. «Pues mira —le respondió— te voy a ser franco y no voy a andar con rodeos: quiero casarme con la Bibiana. Esas son mis intenciones». «¿Lo sabe ella?». «No, díselo tú». El cura puso cara de circunstancias y subió a darle la noticia a su hermana.

 El pretendiente se quedó en la calle, a la puerta de la casa, esperando una respuesta. Esperó y esperó, hasta que se cansó de esperar. Interpretó que aquello era un «no». Montó en el caballo y emprendió el regreso cabizbajo. Ella rompió a llorar tras los visillos cuando lo vio alejarse. El mozo anduvo dos horas, llegó a un cruce de caminos, se paró, se apeó del caballo, sacó un duro de plata de la faltriquera y lo echó al alto. «Si sale cara —pensó— me vuelvo con la Bibiana; si sale cruz me voy con la “Colegiala” de Fuentes». Salió cara. Emprendió, decidido, el camino de vuelta. Cuando lo vio llegar desde detrás de los visillos, Bibiana bajó presurosa, con los ojos llenos de lágrimas, corrió a su encuentro y se abrazaron emocionados sin decir palabra.

Así fue el amor de mis abuelos, al que ya me referí en «Historias de la Alcarama». Se amaron hasta el final. Formaron una gran familia. El abuelo murió con noventa y tantos años. La abuela, unos meses después. Mi existencia se debió a aquel duro de plata en el cruce de caminos. ¿Se dan cuenta ahora por qué hay fechas señaladas y por qué me he acordado de Sarnago mientras me refugiaba del aguanieve en los soportales del Collado de Soria?