El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: julio, 2016

TIEMPO DE TRILLA

Era la culminación del verano. En realidad, con la trilla culminaba el año agrícola. Después de la larga y azarosa espera, a merced de los vientos, el sol, la nieve, las nubes, la lluvia y las tormentas, por fin llegaba el tiempo de recoger la cosecha, de meter el grano en el granero y la paja, en el pajar. No es extraño que el campesino se pasara la mitad de la vida inclinado sobre la tierra y la otra mitad mirando al cielo. Colgado entre la tierra y el cielo como un Santocristo, así pasaba la vida, pendiente hasta el final, con el temor en el cuerpo, de la llegada de una mala nube que machacara la mies antes de acarrearla a la era. Pocos seres más indefensos que él ante el comportamiento de las fuerzas desatadas e imprevisibles de la Naturaleza. El inexorable ciclo de las estaciones era para él, con más razón que para los que ejercían otras profesiones menos pendientes de los meteoros naturales, el ciclo de la vida y de la muerte. Algo inexorable, ajeno a su voluntad, que condicionaba su mísera existencia y teñía su mirada de impasibilidad y escepticismo. Se lamentaba si venía mal año, pero no se exaltaba cuando había buena cosecha. “Pan para hoy y hambre para mañana”, solía decir. Y así, entre rezos y juramentos, pasaba la perra vida.

Estos días de finales de julio y principios de agosto, antes de la llegada de las máquinas, la vida del pueblo se desarrollaba en las eras, esos espacios empedrados y verdes, en bancales separados por paredes de piedra, que rodeaban el pueblo como una hoz, bordeados en gran parte por el ejido. Era el tiempo de la trilla. Y era digno de verse, en un día ardiente, en el que la mies clascaba fácilmente, el espectáculo de las parvas tendidas y las yuntas de machos, de caballos o de burros, que de todo había, arrastrando el trillo y dando vueltas y vueltas sin parar hasta que el grano se desprendía de las espigas y las cañas quedaban trituradas. Un alegre bullicio se extendía por todas partes y llenaba el aire, impregnado de blancas nubes de tamo. Cualquier viajero desprevenido que lo observara desde fuera por primera vez concluiría que aquel armónico ajetreo, aquella simultánea danza de los trillos, el difícil equilibrio de los que los conducían, el variado vocerío arreando a las yuntas y hasta el chasquido de los látigos formaban parte de una pintoresca fiesta, que bien podría llamarse “la fiesta del verano”, un espectáculo asombroso e inolvidable, de una especial plasticidad y belleza.

Esta fiesta de la trilla, culminación del año agrícola, estaba compuesta por varios ritos, que iban desde tender la parva quitando los vencejos de los fajos y esparciendo las manadas en el suelo, a recogerla, amontonarla, aventarla y cerner el grano. Los fajos provenían de la hacina, torre de mies que encabezaba la era y cuya altura indicaba si había sido buen o mal año. De una hacina alta y rumbosa era de las pocas cosas de las que el campesino se sentía visiblemente orgulloso. La trilla propiamente tal duraba varias horas, con un descanso a la hora de la comida. De cuando en cuando había que dar vueltas a la parva, primero con horcas de madera y después con palas, también de madera, cuando la molienda avanzaba. Una de las servidumbres obligadas consistía en recoger los cagajones que las caballerías soltaban con generosidad durante el monótono recorrido. La yunta arrastraba el trillo, unido con la bríncula a los tarrollos que rodeaban los cuellos de los animales. Aquellos viejos trillos artesanos, con sierras y piedrecillas cortantes, son hoy objetos de culto, como residuos de un tiempo pasado.

El lector observará que me he detenido con cierta minuciosidad en la descripción de esta fundamental tarea agrícola, recreándome en el nombre de las cosas. Lo he hecho precisamente porque es algo que no volverá, aunque sobrevivan los pueblos, y porque no pocos de sus términos -trillar, hacinar…- se siguen usando hoy en la sociedad urbana sin conocer su procedencia. En todo caso, es todo un rico lenguaje procedente del mundo rural y que ha servido de soporte a lo mejor de la literatura española, el que está a punto de perderse. Lo mismo que ciertas costumbres que rodeaban, sin ir más lejos, este rito de la trilla. Lo recuerdo muy bien. Es una de las escenas de la infancia que tengo más grabadas. Cuando a un vecino le sorprendía una tormenta con la parva tendida, a medio trillar, acudían presurosos a la era los demás vecinos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, sin que nadie los llamara, a echar una mano y, entre todos afanosamente, envueltos en una nube de polvo y con los primeros goterones de lluvia sobre el rostro sudoroso, ayudaban a amontonarla y entamarla para evitar que se “acorrease” la paja y que se naciera el grano. Difícilmente se encontrará una estampa de solidaridad más gráfica y convincente. En los pueblos, las eras abandonadas son hoy la muestra de un cambio de época irreversible.

Anuncios

LOS OBJETOS

Una de las cosas que da idea cabal de lo que ha cambiado el mundo que uno ha vivido en los últimos setenta años, por poner una fecha redonda, es la duración de los objetos. Ahora tienen fecha de caducidad, son de usar y tirar. Antes duraban toda la vida. Muchos pasaban en herencia de una generación a otra desde tiempo inmemorial y formaban parte natural y afectiva de la vida familiar. Significaban lo permanente de la casa, lo mismo que el recuerdo de los antepasados. Aún puedo pasar revista a algunos de memoria: Los cazos de la espetera, la caldera de cobre de cocer las morcillas, el almirez de bronce, la gran tinaja rojiza de la cocina, la cantarera con los cántaros, la escopeta de gatillos a la vista, el yugo, el trillo, el arado y los otros aperos de la labranza, la vieja cama de hierro, las tazas de café, la artesa, el puñal de la matanza guardado en una funda verde, la foto de la mili cuando la guerra de África, el almanaque con la Virgen del Carmen, el libro del romancero, el Quijote en rústica, la sobadera, el tentemozo, el estante, el reloj de pared de la sala, la capa del abuelo…Nada se tiraba. Ni las abarcas. Se heredaba hasta la chaqueta de pana del padre y el chal de la madre.

Las ropas se arreglaban, se remendaban, se zurcían, se les daba la vuelta y seguían prestando utilidad como si tuvieran que ser eternas. En el pueblo no había “punto limpio”, ese cementerio de objetos que debería llamarse más bien “punto sucio”. Nunca venía un trapero o un chatarrero, a los que nadie arrendaría la ganancia. Si se rompía una mesa, la arreglaba el carpintero. Si se desvencijaba la albarda o los tarrollos de la trilla, se esperaría la llegada del guarnicionero, que montaba el taller a domicilio. De afilar las hoces, las tijeras y las navajas se encargaba, por supuesto, el pobre afilador y si había que arreglar la reja del arado, se llevaba a la fragua del herrero. Cada temporada harían acto de presencia los cesteros de tez aceitunada con sus haces de mimbre y los silleros, dispuestos a echar culo nuevo de anea a las sillas desfondadas. Y así sucesivamente. Eran los oficios, heredados también casi siempre de padres a hijos, como ocurría con el tendero, el albañil, el bizmero o el recaudador de la contribución. Ese era el orden natural. De esta manera las cosas más insignificantes adquirían un valor superior a su valor material.

Todo esto me ha venido a la cabeza leyendo la siguiente información: “En los países ricos se tiran cincuenta millones de toneladas de aparatos electrónicos al año; el 80 por ciento va a parar a basureros en los países pobres”. Los ingenieros y diseñadores se esforzaron al principio, hasta bien entrado el siglo XX, en fabricar objetos de la mayor calidad y duración posibles: bombillas casi eternas, electrodomésticos que funcionaban más de veinticinco años, medias de nailon casi indestructibles, máquinas de coser o coches que duraban toda la vida. Pero de un tiempo a esta parte tuvieron que claudicar a las leyes del mercado, que exigían la fabricación de objetos fáciles y caducos. Me he enterado, por ejemplo, que el ciclo de vida del “smartphone”, mi teléfono inteligente que tengo sobre la mesa, es de veinte meses. Así que en cualquier momento le sobrevendrá la muerte súbita. Y así todo lo demás. A esto se llama “obsolescencia programada”. Afecta a todos los productos del mercado, pero sobre todo a los electrodomésticos, automóviles, televisores, ordenadores, radios, móviles, videojuegos, “software”, baterías y dispositivos electrónicos. Las ropas, por supuesto, son de usar y tirar. Las gentes del pueblo no acuden ya al sastre, y las nuevas generaciones no saben ni coser un botón. Otra diferencia nada desdeñable con aquellos objetos de mi infancia es que ahora llevan ininteligibles nombrajos en inglés. La característica de la época actual es la evanescencia, el fluir acelerado, el pensamiento líquido, que algunos llaman posmodernidad.

No se trata de glorificar los tiempos de la posguerra en el pueblo, claro; aquella economía de subsistencia, aquella vida primitiva rodeada de miseria y necesidades…Pero por lo menos no había plásticos invadiéndolo todo. Puede sorprender a muchos que allí no había llegado aún el plástico, que ahora contamina las aguas y las tierras, ni la rueda, por lo escabroso del terreno, ni el teléfono, ni la televisión, ni los electrodomésticos. Tardó en llegar la luz eléctrica. Internet era inimaginable y se habría considerado cosa de brujería. El contraste, como se ve, es tremendo. Pero lo único que pretendo es poner de relieve el distinto valor de los objetos entonces y ahora. No me parece un asunto menor. Al fin y al cabo, los objetos constituyen la huella que deja el ser humano a su paso por la Tierra. Y a mí, qué quieren que les diga, me gusta acariciar los objetos antiguos, que acariciaron antes otras manos.

AL CUCO

He recibido un mensaje de Elena Pallardó, que me ha puesto las pilas la víspera de partir hacia el mar. Me dice que leyendo una antología de poetas románticos ingleses se ha encontrado con un poema que le ha hecho pensar en mí. Y me lo manda. No tanto para descubrírmelo, dice, como para compartir la casualidad conmigo. La verdad es que para mí ha sido además un descubrimiento y un regalo que quiero compartir con todos. Se titula “Al cuco” y es de William Wordsworth, con traducción de Leopoldo Panero. Difícilmente podría encontrar una mejor postal del verano. Es de esas veces en que uno piensa para sus adentros con sana envidia: ¿Por qué no habré escrito yo esto, si expresa tan fielmente lo que siento cuando escucho el canto del cuco en la lejanía del monte? De este poeta reproduje en “Historias de la Alcarama” aquel sublime poema, que dio título a una inolvidable película y que dice: Aunque nada pueda devolver la hora / del esplendor en la hierba, de gloria en la flor; / no hemos de entristecernos, antes bien encontrar / apoyo en lo que permanece / en la primordial simpatía / que habiendo sido debe ser por siempre / en los pensamientos tranquilos que brotan / del sufrimiento humano / en la fe que ve a través de la muerte… Trataba yo entonces de recurrir a la esperanza ante la muerte programada de los pueblos. Todo lo que se ama permanece. Nada de lo que se ama desaparecerá para siempre, etcétera. Como veis, una visión romántica de la vida, tan válida como cualquier otra.

Este poema “Al cuco” de Wordsworth, que yo, como digo, desconocía, refleja fielmente lo que sentí el otro día en Sarnago cuando, estando en el cerro del castillo, oí abajo, lejos, el apagado canto del cuco. No sé cuantos años habían pasado desde que lo oí por última vez. Es difícil que alguien ajeno al mundo rural y a estas experiencias infantiles sea capaz de comprender la emoción y el gozo convulsivo que ese cu-cu lejano, etéreo, voz errante que subía del monte o de los prados, no lo sé bien, me despertó por dentro. Y veo que no soy yo solo. Ahí va el poema que a mí me hubiera gustado escribir:

¡Ledo huésped reciente! Tu eco escucho

de nuevo, y me alborozo

¡oh cuco! ¿He de llamarte también pájaro,

o errante voz tan solo?

Mientras tendido estoy sobre la hierba,

tu doble grito oigo,

de colina en colina resbalando,

cerca a un tiempo y remoto.

Aunque es tu charla nada más al valle,

y a las flores y al sol,

a mí me trae leyenda de horas

en mágica visión.

¡Tres veces bien venido, vernal príncipe!

¡Mas, para mi, tu no

eres ave: invisible cosa eres,

un misterio, una voz!

…La misma que en mis días escolares

escuchaba; ¡aquel grito

que me hizo aquí y allá tornar los ojos

por fronda, cielo, espino!

Vagué a menudo, atravesé en tu busca

bosques y praderíos;

más tú eras siempre una esperanza, un sueño,

deseado, nunca visto…

Y aún escucharte puedo, y acostarme

sobre el llano, y oír,

oírte hasta crear de nuevo aquella

dorada edad en mí.

¡Oh ave santa! ¡La tierra que pisamos

nuevamente es así

obra de un hada, inmaterial paraje,

hogar propio de ti!

No sé si la poesía es un arma cargada de futuro. Me inclino a pensar que sí. De un tiempo a esta parte ha desaparecido de las páginas de los periódicos, que están abarrotadas de política en alpargata, de fútbol, de sucesos y, por supuesto, de economía. Lo mismo ocurre en la radio y en la televisión. El mundo de los negocios, los intereses económicos, dominan el panorama en la vieja Europa. La poesía, tan presente en los pueblos desde siempre, ha quedado barrida, relegada. Y así nos va. Recuerdo, a este propósito, una historia que viví de cerca en El Escorial, en la época gloriosa, la primera época de los cursos de verano. Una noche varios escritores relevantes, entre los que llevaban la voz cantante, templada por el vino, Claudio Rodríguez y Paco Umbral, quisieron quemar solemnemente en una hoguera toda la prensa económica, que empezaba a proliferar. Se trataba de una protesta en toda regla, con publicidad y alevosía, bajo el lema: ¡Más poesía y menos economía! Unos románticos, como se ve. Lo mismo que yo hoy. Menos mal que sigue cantando el cuco en los montes perdidos de Sarnago, aunque nadie lo oiga.