El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: marzo, 2013

SEMANA SANTA EN EL PUEBLO

 

Me voy a Soria. Cada año, desde hace algunas décadas, dejo la ciudad y viajo por estas fechas a Valdeavellano de Tera, en la comarca soriana de El Valle al pie de la Cebollera. Allí paso la Semana Santa, disfrutando del silencio y de los oficios que se celebran en la iglesia, entre la gente del pueblo, cada vez venida a menos. Nadie canta saetas ni discurren las procesiones por las calles, con los hiperrealistas pasos a hombros de penitentes encapirotados, al ritmo de clarines y tambores. Aquí la piedad popular se desarrolla sin ruido. Es el antiespectáculo. Hasta las campanas enmudecen en señal de luto y de respeto al crucificado. Todo se repite milimétricamente año tras año, hasta los horarios. Uno se tropieza con los mismos rostros, el inevitable hueco de los ausentes, los saludos acostumbrados, el mismo olor a cera en el templo, las cigüeñas tableteando en lo alto de la torre, idénticos gestos litúrgicos y prácticamente las mismas siete palabras. Una bendita monotonía en un paisaje asombroso, que paradójicamente tiene la virtud de proporcionar paz y una pasajera felicidad especial.

Contrasta este recogimiento obligado sobre uno mismo con las tentadoras ofertas turísticas que airean las agencias de viajes para pasar unos días bulliciosos y divertidos en lugares exóticos. A medida que la sociedad ha ido descristianizándose, al menos en sus manifestaciones externas, la Semana Santa ha perdido su carácter sagrado para la mayoría de los ciudadanos. Lo mismo ocurre con otras fiestas religiosas, incluidos los domingos, convertidas en simple ocasión de asueto, compras y divertimiento sin referencia a sus orígenes o razón de ser. No arriendo la ganancia. Recuerdo aquellas Semanas Santas de la infancia en el pueblo. Aquel respetuoso silencio del triduo sacro -aún no había radio ni televisión-, en el que a nadie se le ocurría cantar por la calle ni mucho menos poner el baile en la plaza. Se habría considerado un escándalo y una verdadera profanación. Eran días en que se suspendían hasta las relaciones matrimoniales. Todo el pueblo pasaba por el confesionario para poder cumplir con la obligación de comulgar por Pascua florida. La iglesia, con un teatral monumento ocupando todo el presbiterio, era el epicentro vecinal. Los niños recorríamos las calles con las carracas y las matracas anunciando a gritos: “¡A los oficios!”. Con las campanas enmudecidas, pregonábamos también cuando llegaba el mediodía:

Son las doce,

el que no tenga pan

que retoce

Las mujeres acudían al templo enlutadas con el velo cubriendo la cabeza y los hombres vestidos de domingo, con la camisa blanca, la faja y la boina nueva. En el Viernes Santo sólo el zurracapote aliviaba el luto y la tristeza, y paliaba algo el ayuno y la abstinencia, que ese día no cubría la Bula de la Santa Cruzada. En San Pedro Manrique era de ver esa tarde “La Jura”: hombres con espadas custodiaban la urna del Cristo muerto. El Sábado de Gloria todo el pueblo participaba en el pórtico de la iglesia en el rito del fuego nuevo. El responsable de la cofradía de la Vera cruz pasaba lista: “Fulano de tal y mujer”. “Están”, respondían todos, hombres y mujeres, unos tras otros . Ardía el fuego sagrado. Cada vecino aportaba un tronco de roble, que colocaba en círculo, formando un sol en el borde de la hoguera. Después, a medio quemar, cada uno se lo llevaría a su casa. Tenía la virtud de ahuyentar pestes y males durante todo el año. Y el domingo de Pascua estallaba la alegría: volteaban las campanas, volvía el baile a la plaza y nostros, los niños, recorríamos las calles arrastrando al Judas, un grotesco muñeco de trapo y paja, que luego quemaríamos en las eras. En algún pueblo vecino no se conformaban con el Judas: quemaban también a la Judesa.

Una prueba de que la religiosidad, siguiendo el discurrir de los tiempos litúgicos, impregnaba entonces la vida de la gente en los pueblos constituyéndose en referencia obligada de una sociedad de subsistencia, son estas coplillas o recordatorios que nos recitaba cada año en estas fechas mi abuela Bibiana y que me han venido ahora, después de tanto tiempo, sorprendentemente a la cabeza.

El domingo de San Lázaro

cacé un pájaro.

El domingo de Ramos

lo pelamos.

El domingo de Pascua

lo eché al ascua.

El domingo de Quasimodo

me lo comí casi todo.

Y el domingo de San Isabel

me lo acabé de comer .

Lo dicho. Me voy a Soria, en busca de mí mismo, de las gentes del pueblo y de mis orígenes.

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FRENTE AL ESPEJO

Cuando me siento como hoy en el sillón frente al gran espejo, cosa que hago muy de tarde en tarde, enfundado en el peinador color café, siempre contemplo mi aspecto con abatimiento. En realidad se trata de un juego de espejos que amplían el salón de belleza, aséptico y brillante, casi como un quirófano, unisex por supuesto, y que acercan las imágenes de los demás clientes, perfectamente alineados, como en un caleidoscopio.

Una muchacha morena de cabellos ardientes me ha lavado antes la cabeza -”¿está bien el agua?”- friccionando con suavidad e indiferencia mis sienes cansadas con el champú de hierbas “para cabellos normales”. El leve roce de sus dedos, el agua tibia acariciando la piel y la misma postura del cuerpo, con la cabeza desmayada hacia atrás y los ojos cerrados, proporcionan unos instantes de relajo, una fugaz felicidad.

Al verme pocos minutos después sentado en el sillón frente al espejo hasta que llega el peluquero -”¿quiere leer algo? ¿le traigo una revista?”- observo las arrugas cada vez más acusadas de mi rostro, esas ojerass cárdenas, que esta tarde resaltan más sobre la palidez de la cara, y las canas ya indisimulables y omnipresentes. Trato de consolarme pensando que será está maldita luz de neón, que descubre sin piedad las huellas del tiempo, o, acaso, el cabello mojado y alborotado, levemente doblado hacia atrás, que nunca me ha favorecido. Eso explica, seguro, esta palidez, ese surco vertical sobre la frente y, desde luego, ese brillo apagado de los ojos. Lo mejor es dejar de mirarme como un narciso y distraerme observando a los demás.

¿De qué se reirá aquella peluquera rubia, con mechas, que seca la cabeza a aquel tipo delgado con pinta de ejecutivo, que está quedándose calvo? ¿En qué estará pensando esa señora cincuentona, con el pelo teñido de caoba, que parece ausente bajo los rayos infrarrojos? ¿A qué fiesta asistirá esta noche el mocetón del rincón, alto y delgado como un junco, que no pierde de vista el arte del peluquero sobre su hermosa cabeza de romano? A mí me ha tocado un peluquero agradable, con un bigote fino, como los de antes, y una breve y graciosa melena negra. Ya nos conocemos. Se llama Andrés. Lo lleva escrito en rojo sobre su bata azul. Apenas sé nada más de su vida. Sólo que es del Atlético como yo. Ignoro qué hace cuando sale de este salón espejado, con las estanterías pobladas de cremas de belleza, champús especiales, perfumes traídos de París, cajas de ampollas de vitaminas y otros frascos mágicos con ungüentos para la caspa, la grasa, la dermatitis o la caída del cabello. Es educado, no es cargante. “Como siempre, Andrés, a tu gusto, tendrás que descargármelo bastante, mira que greñas traigo…”

Las peluquerías se han convertido poco a poco en salones de belleza, espacios de vanguardia, lugar de consulta y tiendas especializadas de cosmética y perfumería. Mujeres hay que no encuentran mejor remedio para levantar el ánimo decaído que acudir a la peluquería. La recuperación de la armonía de la cabeza y del rostro es un alivio para los males del espíritu. Cuando una mujer dice que no quiere ver a nadie, en realidad quiere decir que no quiere que nadie la vea. Los hombres no nos quedamos ya en esto a la zaga, en un tiempo en que el culto al cuerpo y la “resurrección de la carne”, de que hablaba Laín Entralgo, son como una nueva religión.

Mientras Andrés hace su trabajo y una muchacha sonrosada con cabeza de cordero rubio va recogiendo del suelo nuestros despojos, me acuerdo del Cirilo, el barbero de San Pedro Manrique, que fue el primero que me cortó el pelo cuando yo era niño. Ya lo he contado en alguno de mis libros de la Alcarama. El Cirilo era un tipo singular, pequeño y delgado, casi insignificante, vestido con un guardapolvo gris, siempre el mismo, y con la piel pálida y brillante como el alabastro. Poseía unas alcudias, que no pasaban de pegujales, un gato, una máquina de hacer fideos, otra de retratar, esas de fotomatón con trípode en la que escondía la cabeza dentro del paño oscuro -”¡que sale el pajarito!”-, una mujer gorda y apacible, un hijo seminarista y aquel cuartucho oscuro en los bajos de la casa, junto al portal, que daba a la calle Mayor y que todo el mundo conocía por “La Barbería”.

Con su vocecita suave y gangosa el Cirilo solía justificar a todas horas su miserable pluriempleo -”un poquito de aquí, otro poco de allá…”, repetía- mientras rasuraba la barba de una semana a los viejos del lugar e iba dejando, sin parar un instante de hablar, los desperdicios de la navaja oxidada, envueltos en la espuma del jabón, sobre trozos cuadrados, meticulosamente medidos, de periódico o de papel de estraza, colocados junto a la bacía. El pelo, con la ayuda de una maquinilla -clic-clic-clic…- y de unas tijeras, lo cortaba al cero, con tufa o “a la parisién”, o sea, como a cepillo. Fuera se oía el cacareo de las gallinas y, de rato en rato, los cascos de las caballerías sobre el empedrado de la calle. A través de la pequeña ventana se veía un balconcillo con geranios. Del techo de “La Barbería” colgaba en el buen tiempo una tira pringosa para atrapar moscas, y los únicos adornos de las paredes eran un Calendario Zaragozano y el cartel de Nitratos de Chile.

Andrés va terminando su trabajo. Siento en la nuca el calor y el suave zumbido del secador. Observo en el gran espejo que mi cara ha perdido la palidez inicial y mis ojos cansados han recuperado algo de brillo. Pasa de nuevo la muchacha de cabellos ardientes conduciendo a un señor maduro al sillón del fondo. El peluquero me coloca detrás de la nuca un pequeño espejo redondo. “¿Está bien así?” . “Muy bien, Andrés, perfecto, me has quitado cinco años de encima”, le digo casi sin mirar. Vuelvo a aceptarme y hasta el corazón, ya fatigado, parace que se asoma a la calle de otra forma en este comienzo de la primavera.

DE LA ALCARAMA AL ALBA

Los dos procedemos de las Tierras Altas, donde Castilla desfallece y se acaba, y, por un guiño del destino, casi nos llamamos lo mismo, hasta el punto de que más de una vez me han confundido con Avelino. Hemos recorrido los mismos caminos, entre la Sierra del Alba y la Alcarama, y nos hemos sentado en los mismos poyos de la plaza. Allí nos hemos pasado las horas muertas hablando con las gentes del pueblo de temperos, cosechas, primalas, amarguras, precios y recuerdos mientras, si se terciaba, compartíamos con ellos la petaca y la bota. Por no ser menos, él se puso hasta la boina. Nos hemos calentado en las mismas cocinas, que olían siempre a támbara y a matanza, donde hemos escuchado, sentados en los bancos del hogaril frente a la lumbre con los ojos irritados por el humo, parecidas historias de amores imposibles, apariciones, crímenes horrendos y leyendas antiguas, relatos que se repetían milimétricamente año tras año. Hemos oído las mismas campanas llamando a misa o a concejo, doblando por la muerte de un vecino, volteando en la fiesta, mientras sonaba en la calle la música de los gaiteros, o conmoviéndonos, al caer la noche, con el tenebroso toque de ánimas. Y los dos somos Hernández, “con una hache muy grande”, como decía mi abuelo Alejandro, al que llamarse Hernández le parecía, no sé por qué, un verdadero privilegio.

De Valdegeña, donde está su patria, a Valtajeros, donde viví mis dos primeros años y está enterrado mi padre, apenas hay, calculando a ojo de buen cubero, un par de leguas por el monte entre carrascas, rebollos y romero. Y legua y media más, de la sierra del Alba a la Alcarama. Demasiadas coincidencias para que uno pueda sentirse indiferente ante este personaje y su obra, tan cercanos y pioneros, tan puñeteramente incitantes, tan imperecederos.

Si una tarde de estas me encontrara con Avelino Hernández, que fue el primero que captó el alma de esta comarca fronteriza y pobre que albergó el noble Concejo de la Mesta, no tendría más remedio que decirle la verdad. Él seguramente me pedirá enseguida que le ponga al corriente y yo no podré disimular por mucho tiempo las desgracias sobrevenidas desde que él se fue. De nada servirá distraerlo con el azul violeta de la sierra, el verde despertar de los campos de labranza tras el duro invierno o la proliferación turística de casas rurales en lugares inverosímiles. Seguramente le interesará algo más conocer la floración espontánea de asociaciones culturales en los pueblos despoblados o semidespoblados, como señal de resistencia y prueba evidente de que no quieren morir convirtiéndose en un cantarral. ¡Ahí está Sarnago, mi pueblo, sin ir más lejos!, le diré, todo orgulloso. La belleza sobrecogedora y elemental de las Tierras Altas -me dirá- contrasta aún más con el proceso de decadencia y descomposición. Y yo no tendré más remedio que darle la razón y confesarle que el final de la civilización rural se ha acelerado desde que él no está. Y él me dirá entonces ladeándose la boina: “Se veía venir”.

Después repasaremos la reciente historia hasta satisfacer por completo su curiosidad. El primer dato comprobable es que ha aumentado el “cementerio de pueblos”, como él calificó a esta comarca. Sin ir más lejos, no hace mucho que abandonaron Valdenegrillos los últimos vecinos: el Zacarías y la Romana, su mujer. Castilla -reflexionaremos entonces- es el mayor desierto demográfico de Europa; Soria, el mayor desierto demográfico de Castilla, y las Tierras Altas, el mayor desierto demográfico de Soria. Así que figúrate. En los pueblos centrales que aún quedan vivos -Yanguas, San Pedro Manrique…- ha cerrado la escuela y llevan a los niños a la capital traspasando el puerto. Apenas te tropezarás, le diré, con un rebaño de ovejas desde Oncala a San Pedro, donde, como tú mismo has contado, llegaron a pastar un millón de cabezas de ganado. Es inútil que pretendas encontrarte con un arriero para prender la hebra, escuchar historias ignoradas y hablar de los oficios o de los viejos tiempos. Ya no quedan buhoneros por los caminos, ni cochineros, amolanchines, pareteros, capadores o tratantes con blusa negra. Casi no quedan caminos. En San Pedro Manrique cerró el secular mercado de los lunes. Pregúntale al Celorrio, el de la gasolinera. Hace tiempo que no se oye el sonido chirriante de la fragua ni los golpes secos del herrero. Las aceñas junto al rio dejaron de moler cosechas. Tampoco huele a pan en la calle; lo traen de fuera, descongelado, en furgonetas de reparto. Ya me dirás qué es un pueblo sin niños y sin olor a pan.

Nos quedaremos un instante pensativos. Ninguno de los dos fumamos. Contemplaremos en silencio las manchas de pinos jóvenes en las laderas y cabezos y, a lo lejos, el calvario de cruces blancas de los aerogeneradores que recorren la sierra de Oncala y las estribaciones de la Alcarama, y que se adivinan en las cumbres de los montes lejanos deformando, junto con los pinos, el pardo paisaje original y destruyendo el ecosistema.

-¡Lo que faltaba! -exclamará Avelino- ¡Se han cargado el paisaje, que es lo único que nos quedaba!

-Así es -asentiré-, los molinos metálicos están por todas partes, nos rodean como una pesadilla de fantasmas. Y ahora -le anunciaré bajando la voz- quieren fracturar las entrañas de la tierra en busca de gas. No se conforman con apropiarse de la superficie y de vaciar los pueblos. No sé qué pasará con los acuíferos.

Me preguntará entonces qué se puede hacer y yo me encogeré de hombros.

-¿Se te ocurre a tí algo? -me atreveré a devolverle la pregunta después de otro largo silencio.

-Y la Administración ¿qué? -volverá a preguntarme.

-¿El Gobierno? -le responderé ya sin ocultarle nada-. El Gobierno, para que lo sepas, prepara una reforma de la Administración Local, dice que para ahorrar gastos, que amenaza con acabar en poco tiempo con cientos de pueblos de Castilla a matarrasa.

Notaré entonces que el rostro de Avelino Hernández enrojecerá y luego empalidecerá hasta volverse mineral, del color de la tierra.

-¿Sabes lo que te digo? -me confiará antes de desaparecer misteriosamente- que prefiero estar muerto.

Y me quedaré solo.

(Mi colaboración a un libro-homenaje a Avelino Hernández, autor de “La Sierra del Alba”)

LA FIESTA DEL AGUA. PRELUDIO DE PRIMAVERA

 

Ahora, amigos, que, en el pórtico azul de la primavera, ha templado el tiempo y ha bajado la lluvia generosa a fecundar la tierra, es hora de que salgamos de nuestro ensimismamiento y de nuestros oscuros refugios invernales -¡ay este invierno interminable de España!-, juntemos nuestras manos y sonriamos. Es cuestión de esforzarse un poco dejando libre el corazón. Intentadlo. Oid cómo repica la lluvia en los cristales, mirad cómo resbala por la corteza gris de los árboles aún desnudos, fijaos en el juego amoroso de los mirlos entre los setos mojados del jardín, observad cómo brillan los coches y el asfalto de las aceras cubiertas de paraguas de colores, salid fuera, a la intemperie, y, si os atrevéis, sentid la lluvia en vuestro rostro. La fiesta del agua es todo lo contrario que el aguafiestas. Celebrémosla. Salgamos fuera. Reanimémonos tras el invierno como los animales del bosque, como los frutales a punto de brotar -¿no es un milagro?-, como los espinos de flor blanca, como los lirios del costero. Si es preciso, bebamos vino y cantemos, que el que canta ahuyenta sus males y sus fantasmas. Huyamos de los aguafiestas, aguachirles, agoreros, cenizos, rascatripas, rencorosos, victimistas, resentidos, quejumbrosos, amargados, tristes. Respiremos el aire limpio, aromado con las primeras flores de los almendros, de las mimosas y de los ciruelos morados traídos de la India.

Los días se alargan y el amor vuelve a florecer en los bancos del parque. Liberémonos por un momento de la cruda realidad, esa entelequia que cambia de color según quien la pinte. Hagámoslo sin mala conciencia. Recuperemos de este modo la experiencia imborrable, inscrita en nuestros genes, de la inocencia que precedió al pecado original. Aún se nota, si os fijáis bien, esa huella sagrada en los pueblos abandonados, en las parameras solitarias, en el riachuelo de agua limpìa y en la cara de los niños recién nacidos. ¿Quién nos puede impedir que intentemos volver al paraíso? Si no lo conseguimos, al menos recuperaremos el resuello. Una voz interior nos dice: “¡No todo está perdido, vendrán dias mejores! ¡Todo depende de vosotros!”. Ya veremos. Lo que os propongo es una evasión sigilosa. Ya habrá tiempo, si es necesario, de retomar las hachas, los gritos y las lágrimas. Fijaos. Ahora mismo, mientras escribo, la lluvia se ha dado una tregua y el sol asoma entre las nubes y entra por la ventana. Démonos también nosotros una tregua. Lo que propongo, en resumidas cuentas, es que desertemos por un día de esta guerra aunque nos señalen con el dedo acusatorio los nuevos inquisidores, que están por todas partes, en los lugares más insospechados, y que aumentan sin cesar, lo mismo que acuden los buitres a la res muerta en el monte.

Cambiemos de escenario por terapia elemental. Nos espera Fray Luis -¿lo recordáis?- el que huyó del ruido del mundo y plantó un huerto con sus propias manos en la ladera del monte. Seguramente había aprendido el oficio de hortelano en “La Flecha”, la famosa huerta de los agustinos calzados en Salamanca. “Es la huerta grande -nos recuerda en Los nombres de Cristo- y estaba bien poblada de árboles, aunque puestos sin orden; mas eso mismo hacía deleite en la vista y, sobre todo, la hora y la sazón”. Dejad, pues, que vuelva la bendita lluvia y empape bien los campos. Cuando escampe del todo, habrá ya buen tempero. Cavad entonces la tierra, que esponje bien, aciemadla de forma natural sin productos químicos dañinos y disponéos a plantar vuestro huerto. Y, si andáis estrechos de sitio, que es lo que suele ocurrir en la ciudad, en un gran tiesto de barro podéis criar fresas fragantes o sabrosos tomates. Eso os bastará. Tendréis el universo en vuestras manos. Me he enterado que en la nueva edición del diccionario la Real Academia va a incluir el término “neorural”. ¿Se referirá a estos huertos urbanos o a la huida de la ciudad y la vuelta al pueblo donde nada será ya lo mismo? ¿O acaso vuelve lo rural envuelto en los harapos de la ciudad? El mundanal ruido alcanza ya las últimas aldeas. En los pueblos abandonados los coches aparcan junto a las ruinas. Pero hoy no es tiempo de ponerse tristes. Es el preludio de la primavera y tenemos un deber de alegría. ¿Veis? Vuelve a llover mansamente, “el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada”. Etcétera.

MEMORIAS DE UN PUEBLO

El canto del cuco

A Sara

Olía a tabaco negro y a sudor, tabaco fuerte de petaca o de cuarterón, que se liaba parsimoniosamente con la ayuda de una maquinilla rudimentaria y un librillo de papel de fumar. Hasta don Joaquín, el maestro, que era manco, sabía utilizarla. El humo que emitía sin parar mi tío Sotero, el secretario, de la mañana a la noche, entre agudos ataques de tos que presagiaban el futuro cáncer de pulmón, impregnaba las paredes, los legajos de papeles y las vigas del techo. Por si fuera poco, en los días de invierno funcionaba en medio de la sala una estufa de leña, única calefacción disponible en el pueblo. La humareda, cuando revocaba, envolvía también, sin guardar el menor respeto, el crucifijo y la fotografía de Franco con capote de campaña que presidían la pared del fondo. Este olor característico aún permanecerá seguramente impregnando la Casa de Concejo, que…

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