El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: septiembre, 2016

LETRAS VIAJERAS

Acaba de llegar a mis manos “Letras viajeras” de Manuel Rico, editado por Gadir. Es un libro singular. En realidad es un libro de libros. Con él en la mano, uno se pone en camino irresistiblemente. Lo hace de la mano de escritores y poetas admirados, por rutas conocidas o soñadas y por paisajes antiguos más o menos olvidados. El autor es un poeta y narrador consagrado, con el zurrón cargado de premios y de curiosidad, y con el que comparto hace tiempo el amor a la tierra y a sus gentes. En esta obra Rico agavilla más de cuarenta reseñas de libros de viajes, una buena selección de lo mejor de la literatura viajera, en la que ha incluido, válgame Dios, mis “Historias de la Alcarama”, al lado de Pessoa, Unamuno, Machado, Umbral, Gerardo Diego, Dos Passos, Azorín, Ferres, Ramón Carnicer, Juan Goytisolo, Julio Llamazares, Dionisio Ridruejo, Ernesto Escapa y así. Introduce el libro con lo que escribió Croisset: “La lectura es el modo de viajar de aquellos que no pueden tomar el tren”. En este caso el viaje está garantizado. Y adelanto, para el que sienta curiosidad, que en “Letras viajeras” hay predilección por las tierras de Castilla y una especial atención a Soria, si no me dejo llevar por mis querencias.

Sin perjuicio de dejar constancia de otras rutas y otros autores, me ceñiré en esta entrada a paisajes sorianos que el libro de Manuel Rico nos descubre e ilumina con gracia añadida. Por hoy dejo de lado a John Dos Passos en su viaje de Nueva York a la Mancha profunda y a Azorín, que nos invita a acompañarle por Riofrío de Ávila, o por una ciudad castellana, o de paseo por Córdoba. Pasaré por alto la visita de Andersen a Cádiz y Granada y las andanzas de Richard Ford por tierras de Albarracín. No deja de ser tentador acompañar a Unamuno por las Hurdes, subir con él a la Peña de Francia o pasear a su lado por las callejas de Coimbra. Tampoco es ninguna tontería visitar Lisboa con la guía turística de Passoa en la mano, meternos en las Hurdes profundas con Ferres y López Salinas, bajar al Sur con Marsé o recorrer la Mancha con el poeta Eladio Cabañero. Conocida mi especial devoción por Dionisio Ridruejo, para andar por Castilla la Vieja -en este caso, por Segovia- no hay mejor guía que la suya. Por supuesto, valdría la pena madrugar para acompañar a Cela aquella mañana fría cuando partió hacia su “Viaje a la Alcarria” en el tren con asientos de madera. “El vagón está a oscuras. Sobre las duras tablas, los viajeros fuman adormilados…”

Pero hoy me quedo en Soria, a la que estoy viajando cada semana porque la silenciosa y traidora enfermedad ha tocado de cerca a la familia. En el hospital, junto a la ermita de Santa Bárbara, confluye cada día toda la Soria doliente. Desde las últimas semanas de vida de mi madre nunca había viajado hasta allí tanto y tan seguido. Pero esa es otra historia. Como botón de muestra, ahí van unos apuntes sorianos, extraídos de “Letras viajeras”. El libro de Manuel Rico arranca con “Corazón de roble” de Ernesto Escapa, al que dedica con razón varios capítulos. E inicia el camino en Soria. “Entra en la ciudad de iglesias románicas y calles de soportales y sombras -describe Rico- , visita el instituto donde don Antonio daba sus clases de francés, nos cuela en la iglesia de Santo Domingo, o en la de San Nicolás, o en la concatedral de San Pedro y nos invita a meditar en sus interiores frescos y olorosos a incienso; desciende, caminando, hasta el río y sus extensas praderas, nos acerca a Numancia y sus ruinas…” Las orillas del Duero las recorremos con Julio Llamazares. Por hoy nos detendremos en Duruelo, haremos alto en Casa Pirracas, cuyo dueño (que se llama Patricio, pero al que su abuelo apodó Pirracas), sirve al viajero “unas judías con chorizo y un lomo de mucha enjundia, mientras por la ventana vemos la niebla, que continúa agarrada con tozudez a las crestas del Urbión”.

Y vamos ya con los poetas que amaron Soria. Manuel Rico ha caído en la cuenta de que “también en géneros como la poesía y el relato hay mucha literatura viajera”. Que se lo pregunten a él. En este caso era obligado viajar a Soria con Antonio Machado. Así volveremos a contemplar los álamos dorados del camino en la ribera del Duero entre San Polo y San Saturio y también habrá un momento que exclamaremos con él: “¡Oh tierra triste y noble, / la de los altos llanos y yermos y roquedas, / de campo sin arados, regatos ni arboledas; / decrépitas ciudades, caminos sin mesones”. Y subiremos con él, por la carretera que va de Soria a Burgos, haciendo un alto en la venta de Cidones, hasta los pinares de Vinuesa, Salduero, Covaleda, en busca de la Laguna Negra y la “Tierra de Alvargonzález”. Tampoco puede faltar el viaje a la “Soria sucedida” del gran Gerardo Diego, más alegre y juguetón con las palabras. Nos muestra allí la vida cotidiana -advierte Rico- de una pequeña ciudad de provincias -”por la ciudad dormida / cruza el rebaño en silencio”-, está la Soria invisible de sus tejados “como hechos al azar y de memoria / por manos de arbitrarios poetas albañiles”, están los paseos bajo los soportales, los pequeños comercios, los amigos… Pero además Gerardo Diego viaja por los paisajes de la provincia. No puede faltar, claro, una visita a Bécquer en su celda del monasterio de Veruela, en la falda del Moncayo. “Viajar con la palabra de Bécquer -dice Rico- es, también, sentarse junto a él en la fría celda a escribir a la luz de la vela, es recobrar sus leyendas, hechas de ruinas catedralicias, luces nocturnas, amores furtivos y extrañas pesadillas con los espíritus de El monte de las ánimas”.

En fin, si quieren venir conmigo a las desamparadas Tierras Altas, donde “había una vez un pueblo situado entre montes en un lugar pivilegiado, desde el que se dominaban veinte kilómetros a la redonda”, estaré encantado de invitarles a mi casa en Sarnago, aunque “lleva tanto tiempo cerrada que da miedo abrir el portón descolorido amarrado con cordeles”.

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POR UNA VEZ HABLEMOS DE POLÍTICA

Aseguro que esto es una excepción. Prometo que no voy a abandonar en “El canto del cuco” mis relatos del mundo rural, cargados de realidad y de sentimiento, para caer en la tentación de mi vicio antiguo y persistente de analista político. Prefiero atender el grito de la sangre y de la tierra a hacerme eco del griterío de la política, que nos ha conducido a todos al hastío y hasta a la náusea. ¡Las espumas de la política!, que decía Unamuno. Lo que pide el cuerpo a cualquiera es desentenderse diciendo: ¡Con su pan se lo coman! Pero lo que ocurre está pasando de castaño oscuro y nos atañe. La incapacidad de los representantes del pueblo nos está arrastrando al borde del precipicio o, evitando dramatizar en exceso, a un callejón sin salida. Más de nueve meses sin Gobierno, que es el tiempo de gestación de un ser humano, y sin que se vea forma de desenredar la madeja, me ha llevado a proponer en la prensa nacional una salida imaginativa que someto literalmente a la consideración de los seguidores de este blog por si podemos ayudar entre todos a salir del atolladero. Y ya metidos en política, tengo que recordar, como dato significativo, para que no se me olvide, que en los largos y tediosos debates parlamentarios no ha habido ni una mención a la España vacía y al escándalo del creciente desequilibrio demográfico que es, sin duda, uno de los grandes problemas nacionales pendientes.

El caso es, después de tanta palabrería inútil, que no se trata de hilvanar una investidura con retales gastados y descoloridos de aquí y de allá, sino de construir un Gobierno sólido con las ideas claras y suficiente respaldo parlamentario, capaz de impulsar las transformaciones precisas, abordar el problema regional, consolidar la recuperación económica, afianzar el Estado de bienestar y pisar fuerte en Europa. Una investidura prendida con alfileres conduce a un Gobierno maniatado e inútil. Ni Mariano Rajoy (PP) ni Pedro Sánchez (PSOE), que han sufrido ya el rechazo del Parlamento, están hoy en condiciones de encabezar un Gobierno fiable. El dirigente popular y presidente en funciones, porque, con independencia de sus méritos como gobernante en una coyuntura muy difícil, carga con la responsabilidad política de las corrupciones de su partido y sufre el rechazo de todas las fuerzas de la oposición, incluido el de su socio de ocasión, el ciudadano Albert Rivera. (Había que ver la cara ojerosa de éste en la pasada sesión de investidura y el escaso entusiasmo de la bancada de los suyos votando “sí”). Y en el caso del dirigente socialista, por su fracaso electoral, lo reducido de su grupo parlamentario, su débil liderazgo dentro del partido, lo discutible o peligroso de los apoyos en que se sustentaría y su pérdida de crédito en todo este penoso proceso con la pancarta del “no” como única aportación. Ninguno de los dos, pues, está en condiciones, por mucho que se autopostulen y finjan esfuerzos de diálogo, de recibir otra vez el encargo del Rey.

Descartada, pues, por inviable, pase lo que pase en Galicia y en el País Vasco, una nueva sesión de investidura con Rajoy o Sánchez de candidatos, no queda más remedio que buscar entre todos, con generosidad y realismo, si se quieren evitar unas terceras elecciones, una salida imaginativa, que algunos propusimos ya tras las elecciones del 20-D. Hoy, la mayor parte de los observadores consultados son partidarios de ella. Se trata de la formación de un gran Gobierno encabezado por una persona de trayectoria impecable, independiente o no, aceptada por la mayoría, dialogante, de firmes convicciones constitucionales y con suficiente experiencia política. En ese Consejo de ministros, plural, con miembros de peso, debería haber, por voluntad del electorado, una mayoría del PP, junto con personalidades independientes y de otros partidos del arco constitucional. En los cenáculos y centros de análisis se barajan a estas horas media docena de nombres para encabezarlo, que se repiten en todas las quinielas desde hace meses. Hacia esta solución deberían encaminarse los contactos y los esfuerzos de los dirigentes políticos y del Rey. Se busca el “tercer hombre”, que bien puede ser mujer. Lo demás es perder el tiempo y hacernos perder a todos la paciencia.

Esta es mi propuesta, que, me imagino, no llegará a quien corresponda o se oirá como las primeras lluvias otoñales en los cristales, que agradecen, más que nada, los espantapastores de las eras, los árboles sedientos y la tierra calcinada. O sea, dicho sin adornos, me temo que la oirán como quien oye llover. Pero en un momento de grave crisis nacional he sentido la obligación moral de aportar esta ocurrencia -nunca es malo echar mano de la imaginación- aprovechando el hueco de que dispongo en este endiablado y confuso mundo de la comunicación, en el que las voces y los ecos producen hoy confusión y aturdimiento. Disculpen la desviación. Este seguirá siendo un espacio abierto, cercano y pegado a la tierra. (Veo que está lloviendo. ¡Todo llega!)

HABÍA UNA VEZ UN PUEBLO

Parece que mi pueblo se ha puesto de moda. Tratándose de un pueblo deshabitado, la cosa suscita extrañeza y envidia en los de alrededor y hasta en la capital. ¿Pero qué se han creído estos muertos de hambre?, farfullan los más desconcertados y rascatripas. Y el evidente interés suscitado no es por el repentino descubrimiento de la belleza pintoresca de las ruinas, entre las que destacan las de la iglesia, ni siquiera por su enclave privilegiado al pie de la Alcarama desde donde se abre una amplia panorámica, ni por el castillo celtibérico, del que no queda más que el nombre y un cerro pelado, ni por el baño de luz purísima que envuelve el caserío. Además no favorece el acceso al lugar el camino aún sin asfaltar que asciende entre ribaceras de aulagas y tomazas desde el puente de San Pedro Manrique. Ni siquiera se conservan desde sabe Dios cuándo las cuatro cruces en las cuatro entradas del pueblo coincidiendo con los cuatro puntos cardinales, que le podían dar cierta gracia: al norte, la cruz de Cerro; al sur, la cruz del Vallejo; al este, la cruz de Cantos, y al oeste, la cruz de la Villa. Las tainas, que arrancaban justo en la cruz de la Villa y descendían escoltando el camino del Horcajuelo y que representaban el característico pasado ganadero, aparecen convertidas en cantarrales para refugio de las alimañas del campo. Ni siquiera existe el pueblo en los registros oficiales desde que se murió el pobre Aurelio, el hijo del tío Luis, el 23 de abril de 1979. En realidad, esto sucedió el día que el Estado compró las tierras y los montes para plantar pinos. Dentro de unos días cuando acuda yo a renovarme el carné de identidad, el comisario de policía volverá a decirme, como la última vez: “Usted no es de Sarnago, Sarnago no existe”, que será como negar mi propia existencia. ¿Cuál es entonces el interés?

Pues el caso es que este martes que viene Televisión Española se ocupará de Sarnago en “España Directo”. Va a rebufo del amplio reportaje de Borja Hermoso en “El País” el mes pasado. Y la carpeta con las informaciones y comentarios de la prensa local sobre el pueblo es abultada y la exhibe con orgullo José Mari Carrascosa, el activo presidente de la Asociación. Lo de menos es mi cargante empeño desde hace años en poner a Sarnago y a las Tierras Altas de Soria en el mapa. Ni TVE ni el periódico de Prisa han hablado conmigo, ni falta que hace, aunque quiero creer que algo habré contribuido yo también a esto con mis cuatro libros de relatos en torno a la Alcarama y mis cuatro años de “Canto del cuco” con 227 entradas, contando ésta, y más de 112.000 visitas de dentro y de fuera de España. Entiéndaseme bien, no me quejo, sino todo lo contrario: me uno a la fiesta. Me parece que el sorprendente interés repentino se debe al coraje de los de Sarnago -los que tuvieron que cerrar un día la puerta de su casa, sus hijos y sus nietos-, todos unidos, por no resignarse a la muerte del pueblo, que parecía muerto y está resucitando. Esa es la clave. Lo mismo relanzan la tradicional fiesta de las móndidas y del mozo del ramo que organizan hacenderas, sin ayuda de nadie, levantan las casas, montan caleras, plantan arces, organizan semanas culturales, forcejean con el Obispado para reconstruir la iglesia y con la Diputación para arreglar el camino o sacan a la luz cada año una luminosa revista. Lo que es noticia, lo que atrae a los grandes medios de comunicación, es esta unión y esta ejemplar capacidad de resistencia.

Aunque no es un caso singular, lo que ocurre en Sarnago tiene un fuerte valor simbólico. El final de la civilización rural no debe llevar necesariamente aparejada la desaparición de los pueblos, sino su transformación evitando enterrar sus valores antiguos. Algo se está moviendo en este sentido. El otro día participé en Fuentes de Magaña, un pueblo que fue grande, reducido ahora a apenas cuarenta almas, a un foro -el “Foro de la Alcarama”- en el que un científico, dos filósofos y un teólogo dialogamos nada menos que sobre el origen del universo. ¿No es sorprendente? Aunque los políticos no se hayan enterado todavía, el grito de la España vacía empieza a resonar con fuerza y ya lo oyen en Europa. El creciente desequilibrio demográfico, con la carretada de sufrimiento silencioso, que lleva consigo, de tristeza, de abandono, de injusticia y de torpeza histórica, no ha merecido ni una mención en los largos y tediosos debates parlamentarios de estos días, aun siendo uno de los grandes problemas nacionales, si no, el mayor. Pero empieza a abrirse paso en la más joven y brillante generación de escritores: Jesús Carrasco, Manuel Astur, Mireya Hernández, Fermín Herrero, Iván Repila, Manuel Darriba, Lara Moreno, Ginés Sánchez, Sergio del Molino… Ellos son los encargados de columbrar el futuro. La “literatura rural”-la alianza del hombre con la tierra- está de moda y ésta sí que es un arma cargada de futuro. ¿Se dan cuenta de por qué un pueblo como Sarnago -había una vez un pueblo…-, oficialmente convertido en no-pueblo, está también de moda y es la envidia y la esperanza de muchos?