El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: mayo, 2012

LA FIESTA

En Sarnago no hay crisis ni sube la prima de riesgo. Nadie escucha a los políticos ni a los tertulianos -los nuevos charlatanes- ni se preocupa del fondo de pensiones. Da lo mismo lo que diga Rajoy, Rubalcaba, Hollande, la señora Merkel o la madre que los parió. Reina el silencio. Sólo cantan las codornices en los sembrados, las cardelinas en los olmos y el cuco por Bajorente. Ni siquiera han oido hablar allí del Fondo Monetario Internacional y mucho menos del Banco Central Europeo, que manejan, por lo visto, los alemanes, ni saben, por tanto, que Europa vuelve a estar de rodillas ante Alemania como cuando entonces. Del único mercado que habían oído hablar era del mercado de los lunes en San Pedro, cuando los buhoneros poblaban los caminos, mercado que también ha desaparecido. Hace tiempo que no queda ningún pensionista y nunca nadie, que se recuerde, cobró en Sarnago el paro. Por no haber, en el pueblo no hay ni un alma desde la primavera de 1979.

Revolviendo en mis papeles me he encontrado con un escrito mio, con la tinta desvaída, casi ilegible, publicado en el “YA”, aquel gran periódico, el día 14 de marzo de ese año y que titulo dramáticamente “Salvar el pueblo”. Confieso en él que es la crónica más triste que he escrito en mi vida. Fue el acta de defunción o, estrictamente, el llanto sobre el difunto. Leo: “El Ayuntamiento está cerrado con llave para siempre. El último habitante, Aurelio, “el del tio Luis”, está en el hospital de Soria. Y no piensa volver a aquella dramática soledad. Pocos días antes habían salido los últimos “náufragos”: Tomás, el cartero, y el Lorenzo y la Clementa, los dos hermanos. Mi pueblo acaba de morir. Alguien, compasivamente, ha levantado el portillo de la pared del camposanto que da al ejido, antes de partir, para proteger un poco a los muertos. ¡Qué solos se han quedado los pobres bajo el viejo saúco a punto de florecer!”. El pronóstico se cumplió a rajatabla. El Aurelio, el último vecino, nunca más volvió. Murió un mes y una semana después en el hospital y nadie acudió a recoger su cadáver, que acabó, como ya he contado otras veces, en la sala de disección de la Facultad de Medicina. Y yo añadía entonces: “A uno le entran unas irreprimibles ganas de llorar sobre las viejas piedras, y mi corazón espera que ocurra el milagro. Tienen que volver a bailar en la plaza las mozas de la móndida y el mozo del ramo en la fiesta de la Trinidad. ¿Alguien está dispuesto a salvar un pueblo con una cultura y unas tradiciones?”.

Han pasado treinta y tres años de entonces, que pesan lo suyo a la espalda, más que la crisis y la dichosa prima de riesgo. Y el domingo es la fiesta de mi pueblo, la Santísima Trinidad, pero nadie barrerá la víspera las calles -cada vecino el trozo que le corresponde- ni llegarán al caer la tarde del sábado Los Patos de Cornago con su violín y su guitarra haciendo el alegre pasacalles, ni habrá volteo de campanas cuando aparezcan los mozos en la entrada de la dehesa con el ramo de arce en alto, ni olerá a rosquillos y magdalenas, ni repartirán a cada vecino pan y un cuartillo de vino en la Casa Concejo, ni habrá siquiera mayordomo, elegido a reo vecino. ¿Para qué iba a haber mayordomo de la fiesta si no hay fiesta? ¿Cómo iban a sonar las campanas si están en el suelo del portal de la escuela desde que se derrumbó la iglesia? ¿Quién iba a poner el baile en la plaza si el pueblo está vacío y poblado de ruinas y fantasmas a pesar de que ha estallado de lleno la primavera en los campos de alrededor? Puede, según dicen, que bailen si acaso los muertos en la plaza a la luz de las estrellas, al son de la guitarra del Nino del tio Casimiro, que tiene siempre una cuerda rota. Según este rumor verosímil, porque la fiesta es la fiesta, los muertos giran y giran en corro, con las manos entrelazadas, en un baile invisible, sin público y sin fin.

Al final del verano, por San Bartolomé, con un poco de suerte y gracias al meritorio esfuerzo de la Asociación de Amigos, habrá un remedo de fiesta para que no se borre del todo la memoria, con móndidas y mozo del ramo como señala la tradición, que viene de los romanos. Muchos de los supervivientes de los que un día dejaron el pueblo volverán con sus hijos y sus nietos y habrá comida de fraternidad. Sin comida, no hay fiesta que valga en las Tierras Altas. Recuerdo que cuando era niño, en la dura posguerra con crisis permanente, se mataba en la fiesta el gallo, un cordero o una oveja machorra, y no faltaban unas cuantas azumbres de vino para alegrarse un poco. Este año, como los anteriores, será una fiesta de la nostalgia y del alivio-luto. Pero  menos es nada.

VIAJE EN EL TIEMPO Y EN EL ESPACIO

 

Me encuentro esta mañana con un estimulante mensaje de Abel Vitón y, al instante, con la noticia de la muerte de José Luis Gutiérrez, “El Guti”, periodista de raza, desgarrador y combativo leonés, de larga melena y barba hirsuta, buen manejador de la pluma, variable como el tiempo en el Calendario Zaragozano, un hombre tiernamente humano, a pesar de su aspecto hosco, con el que compartí muchas historias, algunas broncas -la última, no hace muchos días por teléfono- y no pocas comidas, a las que en tiempos de “Diario16” se unía también Paco Umbral. ¡Aquellas confidencias íntimas de la sobremesa, a veces brutales e impublicables, casi siempre divertidas, en las que las caretas caían y quedaban apartadas sobre el mantel! Eran esos momentos gloriosos, cargados de verdad, que hay en la vida de todo artista o escritor, en los que la realidad se impone a la apariencia. Hoy contemplo a los dos amigos como dos árboles derrumbados, que han caído a mi lado con estrépito en el bosque en el que estoy plantado todavía. En circunstancias como esta, es imposible no oir con inquietud el sonido de las hachas sobre los troncos -tac, tac, tac-, implacablemente, cada vez más cerca, como en la corta de la leña de la dehesa en Sarnago, cuando acudíamos de niños por el camino de la solana.

El mensaje de Abel Vitón, actor y artista de gran sensibilidad, que ama las tierras de Alvargozález y, según me ha confesado, también las Tierras Altas, aunque aún no las haya pisado, es un comentario generoso a mi anterior entrada: “Amigo, hermoso relato, hermosos recuerdos, seguimos viajando contigo en el tiempo”. No se puede decir más en menos palabras. Me quedo con la declaración de amistad y con el final de la frase. Saber que hay gente como él que te acompaña en este viaje en el tiempo hace que el camino, a pesar de su dureza, acabe siendo placentero. Estamos solos, en radical soledad, cuando nacemos y en el momento de morir. Durante el camino se agradece la compañía. Ser en el bosque un árbol solitario es el símbolo del absoluto desamparo y señal de que el bosque ha muerto y de que nuestro final es inminente. Un solo arbol no hace el bosque como tampoco hace verano una golondrina.

Una observación cautelosa a propósito del viaje en el tiempo o regreso al pasado. Pretendo que estas memorias de la infancia sean tanto un viaje en el tiempo como un viaje en el espacio. Eso explica que el relato, cargado de compasión hacia una tierra y unas gentes determinadas, se desarrolle siempre en mi espacio natural de las Tierras Altas de Soria, con la Alcarama y Sarnago como referencia. Por eso subiremos el sábado, día 9 de junio, víspera del Corpus Christi, a la cumbre de la Alcarama. Es uno de los viajes que más ilusión me ha hecho en mi vida, aunque exagere el excelente escritor Manuel Rico titulando su último y reciente trabajo en Letras Viajeras “Sarnago y la Alcarama de Abel Hernández”. Esto sería por mi parte una flagrante apropiación indebida. Quiero decir también que si fuera una simple crónica localista y costumbrista, el relato no estaría tan cargado de compasión hacia una tierra y unas gentes determinadas que forman parte de mi vida, pero que representan el universo entero. Ni tendría mucho valor. Lo que pretendo, iluso de mí, es que, partiendo de lo local, lo que escribo tenga aplicación o proyección universal. Y encontrar, claro, algún amable compañero de viaje. Trato de aplicar la lección que aprendí del escritor portugués Miguel Torga: “Universal es lo local sin paredes”. Así que estas dos coordenadas de espacio y tiempo, como para cualquier ser humano, son los dos ejes de mi vida, de mi memoria y, por tanto, de mi relato.

Y aquí vuelve a surgirme por dentro, lo siento, cortándome el hilo y el aliento, la inesperada desaparición de José Luis Gutiérrez, que tanto entusiasmo demostró cuando salieron mis “Historias de la Alcarama”, en las que vio la huella de Pedro Páramo. Él ha pasado ya, según creo, a otra dimensión espacio-temporal, una nebulosa misteriosa y azul, oculta en lo más profundo del bosque o más allá de las estrellas, donde a estas horas se habrá encontrado seguramente con Umbral.

EL MAESTRO Y EL MAR

En una breve escapada al mar he pasado una vez más por Cieza, el pueblo de don Juan López, mi maestro en Sarnago. Siempre andamos de prisa y pasamos de largo. Contemplo fugazmente desde la carretera el pueblo en la hondonada, los huertos de naranjos, de albérchigos y melocotoneros y el gran picacho del fondo como un hosco guardián de piedra. Don Juan es una de las personas que dejó huella en mi vida. Me sacó de la escuela y me subió al saloncito de su casa, ahora convertida en rudimentario Museo Etnográfico. Allí, en la mesa camilla con un tapete verdoso de lana, pasé las horas muertas de mi infancia repasando pretéritos y supinos, aprendiendo las declinaciones latinas y estudiando los rudimentos de la gramática francesa en un libro prestado. En Navidad, la madre del maestro enviaba una gran caja de naranjas gordas y dulcísimas, que no tenían nada que ver con las que vendía el Mario en la tienda de San Pedro Manrique. El sabor de aquellas naranjas convirtió a Cieza en mi imaginación de niño en un lugar mítico, en un paraíso, poblado de frutales, de acequias y de pájaros.

Tengo un buen recuerdo de todos mis maestros. De don Joaquín, el primero de ellos, manco y aragonés , con su guardapolvo gris, su red para cazar codornices con reclamo, su gramola y aquellas manzanas verde-doncella que les mandaban de Maluenda y que doña Felicitas, su extraordinaria mujer, compartía con nosotros. Don Florencio, interino, calvo y piadoso, que me dejó un día castigado en la escuela sin comer porque nos había sorprendido cazando pájaros; don Florencio tenía una sobrina rolliza, morena, con trenzas, de la que nos enamoramos todos los muchachos. ¡Qué habrá sido de ella! Y, sobre todo, don Juan, del que me acuerdo cada día como si fuera de la familia. Con el tiempo, uno se da cuenta de la dura e impagable tarea de los maestros rurales en aquellos años de la posguerra. Se valoran más ahora que las escuelas están vacías y los pueblos deshabitados. Pero aún no se les ha hecho justicia.

Decía que volvía yo del mar. El Mediterráneo nos sorprende siempre, nos envuelve en su luz, en su placidez y en su embrujo mitológico. De ese mar nació Europa. Esta vez el agua estaba fria, pero la arena de la playa quemaba. Orondas y rubias mujeres alemanas se tostaban al sol a pecho descubierto mientras subía la prima de riesgo. En todo caso uno vuelve siempre de este mar como si su cuerpo hubiera pasado por un Jordán purificador. Confieso que hasta bien cumplidos los diecisiete años yo no había visto el mar. Generaciones de campesinos de mis Tierras Altas se murieron sin verlo. De niños, al salir de la escuela, jugábamos en los prados a “Tres navíos hay en la mar”, un juego traído por algún maestro nacido cerca de la costa. Y los del otro bando respondían, todo a grito pelado: “Y otros tres a navegar”. Pero hablábamos de memoria. Imaginábamos un mundo lejano que no estaba a nuestro alcance. Nunca habíamos visto el mar ni se nos pasaba por la cabeza navegar algún día.

Pasado el valle de Ricote -seguramente el nombre de un morisco, uno de los expulsados a comienzos del XVII, como el que se encontró Sancho Panza cuando abandonó, desengañado, la Ínsula Barataria- y avistadas las primeras señales de tráfico con el nombre de Cieza, me ocurre siempre lo mismo. Me gustaría pararme, torcer, bajar al pueblo y preguntar en las calles y en los cafés a todo el que me encontrara por don Juan López García, a ver si alguien me daba razón de mi maestro, y por doña Modesta, su hermosa y jovencísima mujer, nacida en Tobarra, un poco más arriba, donde ya he indagado en vano. Me gustaría saber, al menos, qué ha sido de Juanito, su hijo, aquel niño precioso, de pelo ensortijado, que aparece en el centro de la foto que nos hicieron en la plaza a todos los alumnos de la escuela, junto a su padre, el maestro, que luce traje y chaleco con corbata, gafas oscuras y una amplia frente. Un fuerte viento, como una galerna, nos desperdigó a todos.

POR MI MANO PLANTADO, TENGO UN HUERTO

 

Cultivar un pequeño huerto está de moda en la ciudad. Es la añoranza del campo, un último vestigio de la desfalleciente cultura rural. Yo mismo lo estoy experimentando. Bastan unos macetones con buena tierra traída del pueblo, a poder ser de toperas, que es la mejor, según dice mi hermano, o un pequeño rincón del jardín, para plantar unos tomates y soñar con poder disfrutar otra vez de su aroma redondo y su sabor de entonces, que han desaparecido de los supermercados. Una vuelta breve, fugaz a la Naturaleza, que siempre devuelve con generosidad lo que se le da. En las urbes del mundo más desarrollado es ya un componente humanizador la existencia de huertos comunitarios, en los que cada vecino cuida de su pequeña parcela. Por si faltaba algo, la persistencia de la crisis puede animar a muchos a ponerse manos a la obra. La tierra siempre nos espera. El arado romano ha muerto, pero la azada sobrevive y hasta se está convirtiendo en símbolo de modernidad.

Entre los libros que tengo siempre a mano en mi mesilla de noche está el de las poesías completas del gran fray Luis de León, que enlaza la Edad Media con el Renacimiento, sus musicales odas de oro, empezando por la dedicada a la vida retirada, que es la vida que eligen “los pocos sabios que en el mundo han sido”. Difícilmente puede encontrarse mejor reclamo que este delicioso poema, que recoge y mejora la herencia de Horacio, para los que amamos el campo y soñamos con volver al pueblo, aunque sea románticamente. Yo acostumbro a refugiarme en él cuando el agobio y el estrépito de la vida ciudadana y sus servidumbres me envuelven y acongojan. Hace mucho tiempo que me lo sé de memoria. Aquí vienen, por ejemplo, bien al pelo, aquellos versos:

Del monte en la ladera,

por mi mano plantado, tengo un huerto,

que con la primavera,

de bella flor cubierto,

ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Me viene esto a la memoria porque en el pueblo estos días de mayo, pasados ya los frios y nacidos los tardíos, había que ocuparse de las tareas de las huertas en Horcajo, Los Rincones, Las Abejeras… Ahora aquellas huertas están cubiertas de zarzas y maleza. Y había que esmerarse en los pequeños huertos familiares junto a las herrañes, a un paso de las casa, ahora llecos, abandonados e irreconocibles. Llegaban hasta la plaza los coleteros de Aguilar y de Cervera del Río Alhama con sus machos cargados de fajos de coletas, la verdi-morada planta de la col, que allí siempre se llamaba berza, y manojos de lechuguinos y de cebollinos. Se seleccionaba también con esmero la patata de siembra. Y recuas de caballerías iban y venían transportando a las huertas por los caminos los serones de ciemo de la cuadra y de las majadas, que se cargaban humeantes en los corrales y que se depositaban en montones simétricos sobre la tierra. Hombres y mujeres, chicos y grandes, colaboraban a la hora de “pintar” las patatas en los surcos y de plantar las coletas. Tanto las patatas como las berzas eran artículos de primera necesidad; las patatas representaban la base del consumo humano junto con el pernil de tocino, y las berzas, la base del consumo animal, sobre todo de los cerdos y, en invierno, cuando el temporal arreciaba, también de las ovejas y las cabras, con las canales o duernas de la majada rebosantes de cestos de berzas recién picadas. Tampoco podían faltar en la huerta los surcos de alubias caparronas o de la hoz, que treparían luego por las altas varas y en verano abastecerían de vainillas la humilde mesa familiar, o las cuidadas eras de lechugas, aquellas lechugas redondas, repicoloteadas, sabrosas, inolvidables. Más de una noche de verano me quedé, ay, de niño en una choza de Horcajo, envuelto en una manta cuidando el agua, el escaso y valioso caudal, que discurría entre los chopos, los zarzales y las mimbreras. Estaba solo y los extraños sonidos del monte metían a mi asustado corazón en un puño.