El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: junio, 2016

HACIENDO MEMORIA

Haré hoy el relato de estos días de ausencia. Los lectores del blog se lo merecen. He de justificar de alguna forma el retraso en la publicación de esta entrada, que hace la número 222. Cuando me pongo a escribir he consultado las estadísticas y he visto que “El canto del cuco” alcanza en este momento las 108.250 visitas, una cantidad abrumadora. La mayoría son de España, pero no pocas proceden de medio mundo. Así que lo menos que puedo hacer es dar una explicación a los que esperaban una nueva historia en el tiempo acostumbrado y se hayan sentido defraudados. Aquí estoy de nuevo con la pilas cargadas. No se vayan. He leído que un neurocientífico y bioingeniero llamado Theodore Berger trabaja en una prótesis cerebral que, instalada en el hipotálamo, puede recuperar y aumentar la memoria. Sería fantástico acabar con el tremendo drama del alzheimer y demás enfermedades mentales que borran o entorpecen los recuerdos. Como dice Jorge Luis Borges, “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Es decir, somos lo que hemos vivido, somos lo que recordamos, y acaso el mejor dispositivo cerebral o del corazón para recuperar la memoria de las cosas y revivirlas no sea otro que la vuelta a los lugares de la infancia. Es lo que yo he hecho en estos días de ausencia, cargados de estrépito político.

En menos de una semana he viajado dos veces a los campos de Soria, que están en su momento de esplendor. El paisaje se convierte por unos días en un tapiz primoroso que se va desplegando según vas andando, siempre el mismo y siempre distinto, como el mar. Por todos los caminos dominaban a la vista los verdes, mezclados con los dorados y tostados de la mies, que empezaba a madurar ya para la cosecha, y que contrastaban con los remiendos irregulares, rojizos y pardos de la barbechera, cuando la tierra descansa. Los orillos y ribazos eran un estallido de flores azules, rojas, amarillas, violetas… La mayoría no he sabido nunca cómo se llaman; pero lo que importa es que son las mismas flores de mi infancia. Y los mismos trigos, los mismos pájaros, los mismos escaramujos con rosas elementales de cuatro pétalos rosados, los mismos tomillares florecidos en la subida del castillo. Lo más parecido a un milagro, una explosión de vida en una tierra árida y fría de largos inviernos y anchas soledades. Contemplando el vistoso paisaje se me antojó una novia hermosa que se exhibe fugazmente en el balcón, vestida de fiesta, antes de que caiga la noche y se ponga otra vez las alpargatas negras y el pardo sayal de campesina.

En Sarnago ese día soplaba el aire de la Alcarama y se agradecía el abrigo. Comimos toda la familia en la escuela, en una larga mesa, con la estufa de leña encendida, como cuando entonces. José Luis, el pariente de Tudela, que subió para el reencuentro, se ocupó de alimentar el fuego. El humo de la estufa me devolvía a los inviernos de mi niñez. Y las viejas fotografías de las paredes, con tantos rostros antiguos, se hacían presentes de pronto en la celebración como apariciones del más allá. Y en cualquier momento podían empezar a tocar solas las campanas en la entrada, asentadas en el suelo del portal, donde jugábamos a las pitas. Y, como compendio de la memoria, el sencillo y auténtico Museo Etnográfico arriba, encima de la escuela, en la casa del maestro, en la que tantas horas pasé, solo, estudiando latín y francés en la mesa camilla del saloncito que da a la plaza. Abundaron las sabrosas y variadas fiambreras sobre la mesa y no faltó el buen vino que trajo mi hijo Rodrigo de su bodega de Extremadura, etiquetado para la ocasión con el nombre de la Alcarama y la fecha del encuentro. Después unos cuantos valientes, incluido mi nieto Roque, con tres años, subimos al cerro del castillo, como estaba programado. La subida, envueltos en el aroma de los tomillos florecidos, se me hizo más dura de lo que recordaba; pero valió la pena. Es un lugar mágico de la España celtibérica, cargado de historia antigua, una atalaya sobre el valle del Linares y sobre las Tierras Altas. Después de tantos años, para mí fue un descubrimiento. Nadie que suba al castillo de Sarnago un día claro lo olvidará jamás. ¡Esa luz, esa claridad, esa magia! La vista se pierde más de una  docena de leguas a la redonda, en un paisaje circundado de montañas y sierras azules. En la cumbre azotaba el cierzo y en la bajada aseguro -no es un oportuno recurso literario- que oí cantar al cuco por el prado de los Rebollos o quizá por Bajorente. Era la primera vez que lo oía tras muchos años de ausencia.

Después viajamos toda la familia a Valtajeros, también en busca de los orígenes, y desde el campanar recorrimos la atalaya de la iglesia almenada. Estuve en la puerta de la casa donde viví de niño, los dos primeros años de mi vida, donde murió mi padre, y en la que no he vuelto a entrar nunca más desde entonces. Pero la puerta estaba cerrada y nadie en el pueblo tenía la llave. Confío en que un día pueda cumplir al fin este sueño, convertido en una necesidad interior. Así que tendré que volver. El otro viaje, la víspera de San Juan, fue a El Burgo de Osma, al reencuentro sesenta años después con compañeros de estudios. De pronto aquellos alegres muchachos, con los que compartí rezos, juegos y pupitres, eran ahora ancianos, cuyas identidades resultaba difícil descifrar entre los estragos del tiempo y las nieblas de la memoria. En momentos así es cuando uno se da cuenta de que la vida consiste en una gran dispersión, en la cual cada uno acaba, como una hoja seca, arrastrado adonde lo lleva el viento.

Estas y otras circunstancias que no vienen al caso son la explicación con las que intento justificar mi falta de puntualidad esta vez con los seguidores más fieles de “El canto del cuco”. Espero que estas historias mías sean algo parecido a una prótesis en el cerebro de los lectores, o en su corazón, que les ayude a recuperar la memoria. O sea, la vida.

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SUBIR AL CASTILLO

El castillo de Sarnago es un cerro pelado enfrente del pueblo. En la ladera de la derecha, según se mira desde las eras, en la umbría, se ve una mata de robles y monte bajo, donde podía saltar en cualquier momento la liebre o levantar el vuelo un bando de perdices. En la entrada, bajo unos árboles solitarios, solían sestear las ovejas cuando apretaba el calor. Allí quise yo atrapar el sol un día. Los cazadores furtivos acostumbraban a echar los lazos al anochecer en las veredas del monte y volvían antes de la salida del sol a ver si había habido suerte y se topaban con una rabona ahorcada entre las estacas para echar al morral. No faltaba tampoco en estos días del final de la primavera el furtivo que subía silenciosamente entre dos luces con el reclamo de la perdiz bajo la manta de Enciso hasta el chozo situado arriba estratégicamente en un cabezo entre el monte y la solana. Hasta el Hoyo de la Mata, que así se llama el paraje profundo, acudían también los hombres a acarrear al bardal en las artolas de las caballerías cargas de estrepas, que era el combustible habitual en las casas.

Delante del cerro el viajero observará las piezas del Collado: los sembrados parecen un mantón remendado de distintos tonos de verde, con las cebadas blanqueando ya por San Juan. Las piezas, hasta que llegó la concentración parcelaria y arrasó el paisaje, estaban sabiamente organizadas en bancales irregulares sostenidos por anchos ribazos, que en este tiempo aparecían floridos y servían de refugio a pájaros e insectos. En los trigales cantarán ya las codornices, si es que queda alguna. Abajo, a la derecha, entre los sembrados y el ejido, destacan, si alguien tiene curiosidad, los muros del pequeño cementerio, último refugio sagrado de las cenizas de los vecinos dispersos, junto a los huesos de los antepasados.

Desde siempre ese cerro, que tiene algo de mágico, se conoce como “El Castillo”. Pero ni los más viejos del lugar han visto traza alguna de que allí hubiera nunca un castillo. Hace siglos que ocurre esto, como si permanecieran en la cumbre, a mil trescientos y pico metros, los muros invisibles y fantasmales de una fortaleza que estuvo asentada en ese alto un día y que desapareció como por ensalmo. Lo mismo que en el caso del río -¿Dónde está el río? ¡Los bueyes se lo han bebido!- se podría decir: ¿Dónde está el castillo? ¡Los duendes se lo han llevado! Los duendes de la historia, claro. Sólo queda un cantarral en el abrigo de la cara sur, entre ulagas, tomazas y tomillos. Y algunas matas de grosella y de frambuesa que han sobrevivido, aquí y allá, entre las piedras. Todo ello da pie a pensar que representan indicios de que allí hubo algún día huertos y vida; es decir, que fue un lugar habitado.

Es curioso. El significante ha sustituido por completo al significado. Han pasado cientos de años y ahí sigue el nombre y el mito. Hasta nuestros días. Eso demuestra, por lo pronto, lo difícil que es borrar las huellas del pasado, lo mismo que resultan imborrables las huellas de nuestra propia biografía (y más ahora, con internet). Y lo persistente que es la tradición en los pueblos, aunque se hayan perdido las referencias e ignoremos el origen de los ritos, costumbres y creencias actuales. Seguramente las piedras del castillo desaparecido de Sarnago forman parte de los muros de la iglesia derruida o las esquinas de las paredes de algunas casas del pueblo. Como la energía, nada se pierde, todo se transforma, y así discurren, nacen y mueren, las civilizaciones.

Hasta hace unos años, todo el mundo, aunque nunca lo hubiera visto nadie, estaba convencido en el pueblo de que en ese cerro hubo un castillo “del tiempo de los moros”. Lo mismo pasa con la característica historia de las móndidas y el mozo del ramo. Siempre se ha creído, “desde tiempo inmemorial”, que su origen estaba en la Reconquista, que databa de la batalla de Clavijo y el tributo de las cien doncellas. En realidad, seguramente su antigüedad se remonta al mundo clásico greco-latino, muchos años antes de la era cristiana. Algo parecido ocurre con la hoguera de San Juan, en San Pedro Manrique, que pasarán la noche del jueves 23 con los pies descalzos, otro episodio de la España mágica. En los siglos que duró la lucha contra el Islam se fraguó, en gran manera, la identidad nacional española. Es normal que esto haya dejado huellas profundas que borraron muchas de las anteriores referencias. Es lo que ha ocurrido con el castillo de Sarnago.

Ahora los especialistas han demostrado científicamente que fue una fortaleza celtibérica de los siglos II-III antes de Cristo. Desde ese castillo, situado en el cerro, ahora pelado, se dominaba todo el valle del Linares. Los investigadores han encontrado entre el cantarral abundantes trozos de cerámica de esa época, e historiadores como Miguel Angel San Miguel o Eduardo Alfaro, estudiosos de la tierra, han dejado constancia científica de la antigüedad, estructura e importancia del castillo como fortaleza celtibérica y hasta de las condiciones de vida de los habitantes de aquel poblado en torno al castro, que no se diferenciaban, por lo visto, mucho de la vida que yo experimenté en mi infancia. De niño oí historias maravillosas sobre tesoros escondidos en el cerro del castillo y me contaron que el tío Nicolás, un aventurero hermano de mi abuelo, empezó un día sin éxito una excavación convencido de que daría con alguno de esos tesoros; pero sólo encontró cados de conejos en galerías interminables.

Todo esta prolija presentación viene a cuento de que quiero adelantar que este fin de semana, en nuestro previsto viaje iniciático a Sarnago y a Valtajeros, en vez de a la Alcarama, tal como están los caminos y las previsiones del tiempo, he propuesto a toda la familia, chicos y grandes, subir al castillo, uno de los mejores balcones de las Tierras Altas. Será también una especie de ascensión espiritual. Un buen sitio para encontrar pistas del pasado y para obtener una visión panorámica de la realidad actual. Para mí subir al castillo es como recuperar la infancia. Y, acaso, podamos descubrir también huellas perdidas de esa España mágica.

DONDE LA VIEJA CASTILLA SE ACABA

Me enteré por Isabel Monje del nuevo homenaje en Soria a Avelino Hernández, el escritor de Valdegeña. El motivo fue la reedición de su libro “Donde la vieja Castilla se acaba: Soria”, con prólogo del inevitable Julio Llamazares. El acto estuvo promovido por la Asociación de Amigos del autor, con su viuda, Teresa Ordinas, a la cabeza. A mí no me invitaron esta vez, pero me uno desde aquí a la celebración. Al fin y al cabo, los caminos recorridos por Avelino son mis caminos. Ni Gerardo Diego ni Antonio Machado, tan reconocidos, se aventuraron por ellos. Ni las cigüeñas traspasan el puerto de Oncala. Sólo, aunque de refilón, lo hicieron Bécquer, por las faldas del Moncayo, y Dionisio Ridruejo, que buscó sus orígenes en las tierras de la Mesta. Pero este viaje no me lo pierdo, aunque ya no queden arrieros con los que compartir cháchara y petaca, ni casi pueblos en las Tierras Altas, entre la sierra del Alba y la Alcarama, que es nuestro territorio, el de Avelino y el mío, un “cementerio de pueblos”, como él lo llamó. Ni siquiera queda polvo en los caminos, ni huellas de herraduras, ni pisadas de abarcas. Hay cosas que sólo los nativos podemos sentir y comprender. La Soria provincial lleva camino de rendirse, si se observa su decadencia demográfica año tras año, como último baluarte administrativo de Castilla la Vieja.

No me importa reiterar lo dicho en otras ocasiones solemnes. Avelino Hernández escribió siempre de la vida, o sea, de lo vivido. Según confesó, no quiso dejar firmada otra obra de arte que no fuera su propia vida. Una vida, en gran manera trashumante, como corresponde. Quiero decir que sus escritos están cargados de realidad itinerante. La existencia era, para él, el valor radical e indestructible. Seguramente por eso buscó el último aliento de vida en el mundo rural desfalleciente, de donde procede, como yo, vital y literariamente. En esto fue por delante, abriéndonos camino a los que estamos escribiendo ahora la elegía por la muerte de los pueblos y recogiendo los despojos de una civilización que se acaba entre la indiferencia general. A esto van dedicados mis cuatro libros de la Alcarama y este “Canto del Cuco”, mientras el cuerpo aguante. Él fue por delante con “Una vez había un pueblo”, “Donde la vieja Castilla se acaba”, ahora felizmente reeditado, o “La sierra del alba”, referencia esencial.

Avelino Hernández comprendió pronto que la única forma de vivir y, por tanto, de escribir era siendo libre. Y lo fue. Optó radicalmente, con algunos desgarros interiores, por la libertad, virtud característica del castellano viejo. En esto arriesgó lo suyo, sacrificó hasta arraigados ideales religiosos, y, prácticamente, se jugó la vida. Fue un hombre honrado y valiente. Fue consecuente consigo mismo. Poco a poco amansó la furia sin desprenderse de la característica boina campesina y revolucionaria. Amó a las gentes, sobre todo a las gentes humildes y peculiares, tomó nota de lo que le decían los tipos curiosos que se encontró por el camino y que dieron color a su literatura. Amó la tierra, la Naturaleza, la amistad y, como la ola mansa que llega a la orilla en su refugio de Mallorca, amó el sosiego y el disfrute de los placeres sencillos de la vida. Y siempre tuvo una mirada compasiva y una mano tendida hacia los que sufren y hacia los que luchan.

Por todo lo cual me uno desde aquí a este nuevo homenaje al escritor de Valdegeña, pueblo a la sombra del Madero, a cuatro o cinco leguas de Sarnago. Avelino tiene el mérito de que él fue el que inició la resistencia. Ahora, le hemos seguido otras voces. De las duras estribaciones de la sierra de Oncala ha salido, sin ir más lejos, un gran poeta del pueblo y de la tierra. Vale la pena resaltarlo. Su nombre es Fermín Herrero, presentado ya aquí en otras ocasiones. Es curioso que en aquel “cementerio de pueblos”, donde Castilla pierde su nombre, puedan florecer las letras con tanta exhuberancia. Habrá que interpretarlo como una respuesta serena, pero firme, a tanto desatino, tanto abandono y tanto sufrimiento. A Avelino Hernández y a todos los de esta generación que seguimos su rastro entre los trigos, se nos ha pasado, seguro, por la cabeza más de una vez lo de Valle Inclán en “La lámpara maravillosa”: “Amé la soledad y, como los pájaros, canté sólo para mí. El antiguo dolor de que ninguno me escuchaba se me hizo contento. Pensé que estando solo podía ser mi voz más armoniosa, y fui a un tiempo árbol antiguo, y rama verde, y pájaro cantor”. ¡Aunque fuera el cuco!

SALVAR A LAS ABEJAS

Volvía yo esta mañana a casa de comprar en “La Tortuga” el pan y el periódico, como de costumbre, cuando he visto a un vecino fumigando en la entrada de la suya un llamativo rosal plagado de preciosas rosas blancas. Al pasar he sentido en la nariz una ráfaga del molesto insecticida en vez del agradable olor a rosas. Siempre me había parecido el rosal más hermoso de la urbanización. Ahora ya sé por qué, y desde hoy no me parecerá tanto. Le he dicho buenos días al hombre y he seguido mi camino por la acera. ¡Pobre de la abeja que se acerque hoy a este rosal tan florecido!, he pensado. Y me ha venido a la cabeza el largo informe que leí ayer en un periódico digital. Se trata de un estudio científico realizado en Estados Unidos. La primera conclusión es que los investigadores han encontrado hasta treinta pesticidas en el polen de las abejas. Supongo que más de uno de los seguidores de “El canto del cuco”, dado su nivel de curiosidad demostrada y su sensibilidad en defensa de la naturaleza, lo habrán leído también y estarán al cabo de la calle. Pero no está de más, me parece, ponerlo de manifiesto para los que no se hayan enterado. ¡Hay que salvar a las abejas!

De entrada impresiona que las abejas, esos pequeños y dorados insectos “antófilos” (del griego, “que aman las flores”) cuando regresan a sus colmenas después de sus dulces correrías, en este caso por inmensos campos de maíz del medio oeste norteamericano, lleven en su cuerpo un cóctel explosivo compuesto por una treintena de insecticidas diferentes. Estudios realizados en España han encontrado en el polen hasta cincuenta y tres plaguicidas (fungicidas, insecticidas y herbicidas), cuya mezcla eleva considerablemente la toxicidad. Pero el descubrimiento va más allá. Las químicas agrícolas son sólo una parte del problema. Según Krupke, uno de los mayores entomólogos del mundo, contribuyen tanto o más a ello los hogares y los parajes urbanos. Y apunta a los “piretroides”, insecticidas de uso doméstico contra moscas y mosquitos o para proteger las plantas del jardín contra pulgones y otros insectos, como hacía hoy mi vecino el del rosal. A este mismo flu-flu recurren los Ayuntamientos para fumigarlo todo -árboles, setos y praderas- cuando se acerca el verano. También se usan en las casas para combatir los parásitos de los animales domésticos. Una curiosidad añadida es que, por lo visto, a las abejas les gusta el néctar de las flores contaminadas con “neonicotinoides”, principal compuesto de los insecticidas, como a los fumadores el tabaco. Así buscan las pobres su propia perdición.

El caso es que las abejas se mueren. En Estados Unidos han desaparecido ya el 44 por ciento. En Europa, el 20 por ciento. En España hemos perdido entre el 20 y el 40 por ciento. En regiones como Galicia, el 56 por ciento. También nos quedamos sin abejorros y sin mariposas. Ya hemos perdido la mitad de ellos. Sobre la gradual y galopante desaparición de las abejas, la causa última no está clara. Aparte de los plaguicidas, se habla de un virus, un parásito, hongos o el cajón de sastre del cambio climático. Puede que una combinación de todos ellos. Veo que en España, según los ecologistas, están autorizados 319 productos peligrosos para las abejas, y sólo se han prohibido últimamente cuatro insecticidas tóxicos. Hay coincidencia en que la desaparición de las abejas sería una catástrofe. Algunos ven en ello una señal del fin del mundo. Estos “antófilos” tienen un papel esencial en la conservación del ecosistema. De la polinización depende cerca del 90 por ciento de las plantas silvestres y un tercio de los alimentos que consumimos. Y de las abejas y el resto de polinizadores depende, según los datos que he recogido, el 70 por ciento de los principales cultivos para el consumo humano de la agricultura en España, empezando por los árboles frutales: los manzanos, los cerezos, los ciruelos, los perales, los melocotoneros…¿Alguien se imagina un mundo sin mariposas, sin manzanas y sin abejas?

En mi pequeño jardín está prohibido fumigar. Y así me va. El albaricoquero, que planté con mis propias manos y que daba los mejores albérchigos -gordos y dulces- que he comido nunca, está enfermo, triste y sin fruto este año, llamando al hacha del verdugo; y el cerezo aparece invadido de pulgón. Y, por si faltaba algo, esta primavera, cuando florecieron, no he visto una abeja. Sólo alguna avispilla suelta. Me parece que la humanidad ha entrado en un círculo maldito. Sin fumigar no hay frutos y fumigando, acabamos poco a poco con las abejas y demás insectos, imprescindibles para la vida humana y para que las plantas fructifiquen. Hemos roto el ecosistema y estamos perdidos, agarrados como posesos a las nuevas tecnologías, como si fueran la tabla de salvación. ¡Pobres! Y llegado aquí, me vuelvo a la niñez en Sarnago, escucho en las herrañes el dulce rumor de mil insectos y veo al tío Quirino, cazador de enjambres, llamando con losas en la mano a las abejas que cruzan el aire de la plazuela como una nube dorada.