LA CABRADA

por elcantodelcuco

 

Al punto de la mañana sonaba en el pueblo la cuerna del cabrero. El bronco sonido característico del cuerno de toro recorría las calles. Era la señal inconfundible para soltar las cabras, que habitaban los bajos de las casas, entre canales y zarzos. Antes habían sido minuciosamente ordeñadas. En el pueblo no había vacas. Las cabras eran una mina, un tesoro, fueran cornudas o mochas, para todo hijo de vecino. Proporcionaban la leche del desayuno, el blanco y crujiente queso, fabricado en las pequeñas encellas con cuajo natural, y el delicioso requesón. El café con leche de cabra, acompañado de unas buenas tostadas de pan con aceite o de unas rebanadas de pan frito -¡de aquel pan de hogaza!- lo he considerado siempre un desayuno opíparo, difícilmente superable. Eso sí, era alto el riesgo de sufrir toda la familia las temidas fiebres de Malta, que estaban a la orden del día. Además las cabras traían al mundo los alegres cabritos. La venta de los cabritos machos en el mercado de los lunes de San Pedro Manrique significaba un alivio para la exigua economía familiar, y el cabritillo sobrante que se quedaba en casa no correría mejor suerte: acabaría inevitablemente en el plato de la mesa familiar en fecha señalada, aromado de tomillo, cuando tocaba tirar la casa por la ventana. Me vienen aquí a la cabeza, antes de que se me pasen, unas coplillas graciosas que corrían de boca en boca entre los cabreros de las Tierras Altas y que, aplicándolas, con evidente hipérbole, a alguna vecina recién parida, encerraban mucha risa y no poca malicia:

 

Tengo una cabra andirga andorga,

zapilituda, ciega y sorda.

Si ella no fuera andirga andorga,

zapilituda, ciega y sorda,

no pariría a los hijos andirgos andorgos,

zapilitudos, ciegos y sordos.

 

Para el destete de las cabras se untaban las tetas con perruna. Y la cabra más gorda, bien cebada, solía acabar acompañando al cerdo en la matanza para dar consistencia y sabor inconfundible a las vueltas de chorizo, colgadas en las varas de la cocina. Ese era el secreto de su excelencia, además del pimentón de La Vera.

 

De todos los portales, como digo, iban saliendo dócilmente los animales, hasta confluir los pequeños hatos de cada vecino en la cabrada. Detrás dejaban un rastro de cagarrutas, y los bucos, jefes de la cabrada, un fuerte olor a almizcle. Al frente de ella iba el cabrero con su chucho, un fiel perro sin raza, engendrado en la calle. Cuando no había cabrero fijo, este viejo oficio se ejercía a reo vecino, en un ejemplo de economía comunal. La cuerna pasaba entonces de casa en casa al caer la noche. Al llegar aquí, se me cruzan dos imágenes contrapuestas o puede que complementarias: la estampa del Aurelio, el último vecino de Sarnago, un mocetón tosco, de no excesivas luces, que se me figura siempre de cabrero con sus zahones, sus polainas y sus abarcas, la manta al hombro y un trosquil de pan y tocino en el zurrón, y la figura grácil de Miguel Hernández, el cabrerillo de Orihuela, con el zurrón cargado de poesía.

 

La cabrada encontraba su hábitat natural en el monte. De ahí seguramente el dicho, con su malicia dentro, de que la cabra tira al monte. Con las cabras pasa como con los burros: se han cargado de mala fama sin merecerlo. Estás como una cabra, es una niña caprichosa (capricho viene de cabra), ese tio es un cabrón, etcétera. El lenguaje popular está cargado de maledicencia contra estas humildes criaturas, familiares, duras, independientes y amables, ligeramente ácratas, lo que aumenta su encanto; animales domésticos, razonablemente casquivanos, de poco gasto y mucho beneficio y de alto valor ecológico. Puede que la Biblia haya contribuido a esta mala fama: a la derecha, los corderos, que son los buenos, y a la izquierda, los cabritos, que son los malos. ¡Es injusto y habrá que revisar esto y lo de la derecha y la izquierda; el Papa Francisco ha dicho ya que él nunca ha sido de derechas! El hecho es que desde que ha desaparecido la cabrada el monte está intransitable, los caminos se cierran, los espinos y zarzales invaden la pradera y aumenta considerablemente el peligro de incendio forestal. Y lo peor de todo: los que quedan en el pueblo o los que vuelven tienen que tomar leche de “tetrabric”. Claro que así no padecen fiebres de Malta, que todo hay que decirlo.

 

Viene todo esto a cuento de una noticia que acabo de leer en el periódico. Resulta que en algunas ciudades de Estados Unidos, las cabras están convirtiéndose en animales de compañía y en ecológicas recuperadoras de los espacios verdes, arrasando en poco tiempo los matojos y yerbajos. Lugares hay en que para eso se contratan rebaños enteros de cabras. Así no hacen falta insecticidas o pesticidas ni ruidosas máquinas segadoras o insufribles soplahojas. Las cabras se encargan de todo de forma natural y rápida. La pionera de este entusiasmo caprino se llama Jannie Grant, que no está como una chota. Vive en Seattle y tiene un blog muy leído, en el que no se cansa de ponderar la ventaja de tener cada mañana leche fresca en casa. Jannie tiene dos cabras criadas por ella. Asegura que son unos animales cariñosos e inteligentes. La tendencia empieza a abrirse paso en otras ciudades. Está poniéndose de moda. ¡Lástima que en las Tierras Altas, su hábitat natural, no queden cabradas en los montes! En su blog, “Goat Justice League” ofrece consejos para la crianza de cabras en espacios urbanos. Uno de ellos, ¡ay! es que hay que capar a los machocabríos para que no huelan. ¡Pobres! No todo iban a ser ventajas.

 

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